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sábado, octubre 01, 2022

NOTICIA 2165ª DESDE EL BAR: LA EXPOSICIÓN DE CINE DE CUADERNILLOS

 Hacía tiempo que no iba al cine. Mucho tiempo. Por un lado mi economía personal, por otro lado la falta de películas que me interesaran lo bastante, y por el lado más principal: la manía de que los cines estén desde hace años a las afueras de las ciudades, a mí que no tengo coche es lo que más me hace desistir. Me disgusta esperar interminablemente a autobuses o el tren, que tiene parada en Cuadernillos La Dehesa de Alcalá de Henares, en Alcalá Universidad. Y me produce mayor rechazo cuando las esperas son a pleno calor, a pleno frío o con lluvia... pero es que además los horarios se han retrasado desde la pandemia que encima buena parte de las sesiones de las películas que me han interesado acababan muy tarde en la noche, si tenemos en cuenta que debo volver al otro lado de la ciudad y yo trabajo, me levanto a las seis de la mañana. Así no se puede. La cosa es que ayer me acerqué al cine y vi algo que no me había enterado: una exposición de objetos y cuadros de cine. Yo ya sabía que Zaida Escobar había pintado un mural dedicado a actrices españolas en la plaza de ese centro comercial, la Plaza de las Actrices. Salió en la prensa local y fueron autoridades del ayuntamiento, ahora lo que e encontré de sorpresa fue una exposición, creo que temporal, o no, no lo sé, tiene pinta de temporal, con montones de retratos de personajes de cine. Aquí os muestro al de la policía de Fargo, de los hermanos Coen, que es una de mis películas fetiche. Esta pintora siempre deja buenos sabores de boca. Últimamente me encuentro murales suyos como de sorpresa por la ciudad y siempre es una alegría.


Entre los objetos se pueden ver cosas como el mapa que usaron los Goonies o el libro de La Historia Interminable, o bien el ídolo inca de Indiana Jones o la pistola que usaba Leia. Lo cierto es que lo inesperado de entrar y encontrar esto fue algo que me despertó una sonrisa.

Al final tampoco pude ir a ver ninguna película. Me llamaron unos amigos que hace tiempo que no nos reuníamos y solo estuve allí el tiempo de ver la exposición. A veces lo material, en este caso una película, debe de ser dejado de lado por otras cuestiones, como es la gente querida. Así que, volví a esperar al tren para que me bajara al centro ciudad... y aquello sí que fue la historia interminable. Ya veremos cuándo vuelvo a subir al cine. Saludos y que la cerveza os acompañe.

miércoles, junio 29, 2016

NOTICIA 1618ª DESDE EL BAR: EN CENTRO DE ARTE MODERNO EL DÍA 30 DE JUNIO


Mañana se producirá la presentación oficial de Relatos de la Gran Guerra en Madrid capital. Será a las 19:00 horas, en el Centro de Arte Moderno, en la calle Galileo, nº 52, cuya parada de metro más cercana es la de Quevedo. Un día después de mí, el viernes 1 de julio, la viuda del escritor Carlos Onetti le homenajeará en ese mismo lugar. 

 De momento os dejo con el comentario de Luis Abad, autor del último de los relatos que se pueden leer en este libro:

"En 'Relatos de la gran guerra' de Canichu Espía del Bar, libro que os recomiendo, encontrareis una serie de relatos muy bien asentados historicamente en la primera guerra mundial. El último de ellos he tenido el honor de escribirlo. Situado en un punto tan poco ligado a la gran guerra como las Isla Marianas (Saipán) nos cuenta mediante telegramas la relación que se forma entre dos hombres. El otro día me preguntaban, de donde saque la inspiración para mi relato. Pues bien, todo empezó con esta frase:

' ... España perdió a favor de Estados Unidos la isla de Guam por el Tratado de París de 1898. Y al año siguiente el gobierno de Francisco Silvela firmó un tratado con Alemania por el cual las islas Marianas, Carolinas y Palaos pasaban a manos de esta nación por el pago de 25 millones de pesetas... En octubre de 1914 los tres archipiélagos fueron ocupados por los japoneses, quienes no encontraron la menor resistencia.'
 
Foto: Moneda española de Alfonso XIII con resello conmemorativo de la ocupación alemana en 1899."

viernes, junio 03, 2016

NOTICIA 1610ª DESDE EL BAR: CUANDO FIRMÉ LIBROS EN EL PARQUE DEL RETIRO

Lo sé, lo sé, estamos a día 3 de junio y aún no he renovado la actualidad de esta bitácora, teniendo en cuenta que la noticia anterior era sobre que iba a firmar libros en la Feria del Libro de Madrid el pasado miércoles 1 de junio, antes de ayer. La cosa es que ayer estuve llevando un ejemplar de Relatos de la Gran Guerra a un amigo que lo quería pero cuyo trabajo le impedía ir a la Feria de Madrid. Una cosa llevó a otras y al final todo el día de ayer estuve ocupado sin acercarme demasiado a un ordenador. El Parque del Retiro tuvo el día de la firma de ejemplares una tarde fabulosa casi como si fuera de verano. Estos días pasados de frío y lluvia primaverales parecían lejanos. Son las sorpresas climatológicas de este año, aunque hemos tenido una primavera que se ha comportado como primavera, lo que me alegra, porque hacía mucho tiempo que no ocurría. Estuve firmando una hora y media en la primera hora de apertura de la tarde de las casetas. La mía era la de la Librería Salamanca, que estaba ubicada al lado de la de editorial Nevski y de la de editorial Rama-Lama, cuyos libros siempre son un gustazo y alguno está en mis anaqueles. Los libreros eran gente muy simpática. Tuvimos una primera media hora más bien suave con una conversación amena sobre Historia. Pero a lo largo de toda la hora siguiente no paró de venir gente para comprar el libro y que se lo firmara. Con todos mantuve una pequeña conversación, me pareció apropiado. Se vendieron todos los libros que había en la caseta. Agoté los ejemplares.

Así que allí estuve yo, con vosotros, los lectores y lectoras, firmando en el mismo sitio donde el día anterior estaba firmando el cantautor Luis Eduardo Aute. La coincidencia quiso que enfrente estuviera además la caseta de la Fundación Anselmo Lorenzo, atendida por una antigua compañera de la Universidad, hace ya más de diez años, y amiga. Vi muchas caras conocidas y amigas. También conocí a uno de los otros dos autores de la Editorial Atlantis que firmarían después de mí. Vino a ver la caseta y a verme justo al comienzo de abrir. Era Eugenio Piñeiro Mejuto, escritor de El heraldo del caos. Él y la chica que venía con él me compraron dos ejemplares y yo le compré uno de los suyos. Nos intercambiamos firmas y conversaciones. Venía de una aldea de Galicia, lo que me pareció por su parte muy meritoria su apuesta por estar presente en Madrid. Bien es cierto que es algo importante. Decidí llevar conmigo la condecoración de guía de viajeros del tiempo que me dieron el año pasado, como os conté, como siempre también llevaba el símbolo de la paz, y acompañé a todo ello una serie de otros complementos en los cuáles en cada uno había el resto de una mujer, de una amiga, o mejor dicho, no el resto, si no la presencia. Entre ellos estaba la cara de Fernando Arrabal. De acuerdo que escribiros esto es algo totalmente banal, sin embargo me pareció importante llevar todo aquello ese día. La condecoración, por cierto, fue confundida por un anciano como condecoración  de guerra, pero, como el símbolo de la paz que eternamente cuelga de mi cuello indica, no es la guerra lo que está en mi ánimo. Mi libro, aún con todo, sigue siendo antibélico. Todo lo que llevaba tenía un porqué, e incluso el bolígrafo Bic plateado, que me regaló María Gómez expresamente para firmar libros. El hecho de firmar lo entiendo como algo que deja constancia para el futuro de un hecho que se considera importante. El hecho de firmar un libro, una carta, un lo que sea, a alguien, lo sé como historiador y como archivero, conlleva un gesto de trascendencia y de legado al futuro incluso más allá de la muerte de la persona. Se firma con dedicatoria aquello que se considera importante y se le pide la firma al que se considera que es importante que deje su huella para el futuro entre tus cosas con su firma. Firme a cada persona de modo individualizado y dedicándoles unas palabras. Es en el hecho de firmar lo escrito lo que perdura. Quise darle al acto además el recuerdo visual personal de la imagen que lancé a quien se acercó. Un recuerdo más volátil, pues queda solo en la memoria, salvo por las fotografías, que las hubo y de las que hoy me llegan varias. También la imagen grabada en fotografía perdura en el tiempo y nos habla de la transcendencia y el significado de aquello que se fotografía. Es por ello que palabras e imagen era algo sumamente importante para dejar reflejado en el futuro este acto de antes de ayer de firmar por primera vez mi primer libro editado. Quiero dejar con ello un poso de un tiempo vivido. No sé si habrá otros libros, otras firmas, yo deseo que sí, pero estas primeras firmas de este primer libro son significativas por cuanto valen como hecho en la vida personal de este autor. Muchas personas que iniciaron el camino de la escritura conmigo se llevaron esas palabras que les individualizaban y ese mensaje de mi ropa, que por material es banal, pero que por mensaje es transcendente.

De la firma del día 1 se hicieron eco las cadenas de radio SER-Henares y Onda Cero Henares en su twitter, los medios escritos cibernéticos La Luna de Alcalá, Alcalá Hoy y Te Gusta Leer, numerosos lectores de mi bitácora a través de redes sociales y, el caso más curioso de todos: Izquierda Unida de Alcalá de Henares que compartió el enlace vía twitter y se hizo amigo-seguidor mío por esa vía. Correspondí haciéndome seguidor Twitter suyo por el gesto que tuvieron conmigo retwitteando lo de la firma de Madrid... que nada tenía que ver con la política. También es cierto que una Organización No Gubernamental dedicada a derechos humanos se acercó a la caseta a última hora para ofrecerme papeles por los cuáles ofrecerme a firmar manifiestos por los derechos humanos en el futuro si lo deseba como autor.

Por lo demás, el libro ya se puede solicitar en cualquier librería de España. Por de pronto he visto que la librería Diógenes de mi ciudad, Alcalá de Henares, han solicitado ejemplares físicos y que incluso los venden exponiendo uno de ellos en uno de sus escaparates más grandes que da a la muy transitada Calle Ramón y Cajal. Pero incluso si se quisiera hacer la compra por vía de Internet, veo que también Diógenes se ha lanzado a venderlo a través de su tienda on line. A mí me gusta el hecho de ir a una librería y comprar el libro, o encargarlo, pero esa opción cibernética también existe. La librería tiene un puesto en la Feria del Libro de Madrid. Visité a su dueño y hablamos de la posibilidad de presentarlo de nuevo en la ciudad en su local. Si bien mi editorial, Atlantis, también lo vende on line, he visto que Amazon ya lo tiene disponible, y que incluso lo tiene rebajado de precio y con los gastos de envío gratuitos. Y también rebajado de precio lo tiene Agapea.  Por otro lado, en breve estará en La Casa del Libro

Por de pronto, por hoy os dejo con esto. Por dos días seguidos, empezando por esta misma tarde, comenzará el festival de Alcalá es Música, que llenará las plazas del distrito centro de un montón de conciertos de todo tipo de estilos. Yo quisiera escuchar especialmente los de rock, blues y soul, quizá algo de clásica.  De lo que escribió esta mañana un poeta y cuentista alcalaíno amigo, del que no voy a poner su nombre de manera pública para no comprometerle, me sumo a su valoración: "Fiesta de la Música de Alcalá de Henares.- Dícese del evento organizado para promocionar durante tres días a los músicos de Alcalá con el dinero recaudado multando a los locales donde se los promociona durante todo el año". Pero de este tema ya hablaremos cuando toque hablar, si toca hablar. En principio, disfrutemos de la música... y de la lectura.

Saludos y que la cerveza os acompañe.

martes, mayo 31, 2016

NOTICIA 1609ª DESDE EL BAR: YO FIRMARÉ EL 1 DE JUNIO EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID


Ya os hablé de mi libro Relatos de la Gran Guerra que presenté por primera vez en la cafetería-bar Las Retintas de Alcalá de Henares el pasado día 20 de mayo. Podéis volver a leerlo en la Noticia 1604ª si queréis saber detalles porque aún no sepáis de él. Yo os dije que el 1 de junio, de 18:00 a 19:30 estaré firmando libros en la Feria del Libro de Madrid, en la caseta de la Librería Salamanca, que es la número 358, en el Parque del Retiro entrando por la puerta de la calle O'Donell. Ese 1 de junio es mañana miércoles. Aunque el libro no sólo se puede comprar en esa caseta, también está a la venta en la misma editorial Atlantis y se puede ver por aquí. El precio del libro es de 18€. Claro que también lo podéis encargar en cualquier librería, como por ejemplo Diógenes o De Javier (Cervantes) en el caso de Alcalá de Henares, aunque se puede pedir en cualqueir librería de cualquier localidad. En breve estará disponible en Casa del Libro, y Amazon.

Del total de sesenta y un escritores y escritoras que están anunciados para firmar libros mañana 1 de junio ha dado la casualidad que en la lista oficial de firmantes que ha confeccionado la Feria del Libro de Madrid estoy anunciado en novena posición. Claro que en la lista oficial de la propia Editorial Atlantis soy yo el primero de los autores de la editorial que comenzará a firmar, en solitario en la primera hora y media de la tarde, luego me sucederán de la misma editorial los compañeros autores Álvaro Moreno Setién, con Advenimiento, y Eugenio Piñeiro Mejuto, con El heraldo del caos, que firmarán después de las 19:30 hasta las 21:00. Por aquí podéis ver la lista completa de todos los autores de Atlantis que firmamos este año a lo largo de toda la Feria del Libro de Madrid.

La verdad es que para mí es todo un placer y un honor firmar en la Feria del Libro de Madrid, que este año cumple 75 ediciones. Nació durante la Segunda República Española en 1933, como iniciativa de la unión de los libreros madrileños. Fue en su cuarta edición en 1936 que el Estado la institucionalizó de forma oficial, como parte del fomento de la Cultura y como parte que era también de la economía en la venta de libros. Sin embargo el estallido de la guerra civil en julio de ese año impedió que se volviera a convocar. La quinta edición se produjo ya con la dictadura de Franco en 1944. Se hizo cargo de ella el Intituto Nacional del Libro Español, por cuyos despachos se movían a menudo personas que habían desempeñado o desempeñaban cargos de censura y de propaganda política de lo que el franquismo llamaba el Movimiento, basado en Dios, patria y Franco, así como en la grandeza del pasado Imperio Español. Como sea, ese instituto, por sus características, tenía la paradoja de ser un elemento tan leal a los valores franquistas y controlado por el gobierno, como contenía intelectuales y funcionarios que o bien eran contrarios a la dictadura o bien comenzaban a deslindarse de la misma. Algunas ediciones fueron suspendidas, como las de 1950 y 1954, otras fueron trasladadas a otras ciudades, como Barcelona en 1946 y 1952 o Sevilla en 1948. A partir de los años 1960 muchos municipios españoles empezaron a tener sus propias ferias del libro, como Alcalá de Henares (aunque en este caso comenzamos entre finales de los años 1970 y comienzos de los años 1980). La Feria del Libro de Madrid se había ido moviendo de lugar de convocatoria hasta que entre los años 1960 y 1970 se asentó definitivamente dentro del Parque del Retiro. En 1981, con la Transición, dejó de hacerse cargo de ella el Instituto Nacional del Libro Español, el cual había reciclado en cargos a algunos antiguos funcionarios que ya de por sí trabajaban allí o que venían de las oficinas de censura. El propio instituto estaba siendo renovado en funcionarios por vía de jubilaciones o traslados para poder modernizarlo dentro de la democracia de la actual monarquía parlamentaria. En ese sentido sus relaciones fueron relanzadas hacia un perfil de colaboración España-Iberoamérica. Como sea, en 1981 la feria pasó a ser gestionada por una comisión compuesta por libreros, editores y distribuidores, así ha permanecido hasta la fecha actual de 2016.

Lo curioso es que este año me es aún mayor placer poder participar de esta feria con tanta solera por su antigüedad y significado. La razón de ello es que casualmente este año también han estado firmando ya estos días que lleva en marcha algunos autores jóvenes con los que he estado recitando poesía el año pasado y con los que he contado con ellos incluso para la antología de poetas complutenses que sacamos esta primavera. Me refiero a gente como Jesús de Matias Batalla, con su libro Los versos del destierro (editorial Playa de Ákaba), el cual pesentará el próximo día 8 de junio en la Librería Diógenes, me refiero también a Marina Casado Hernández, con dos libros: Mi nombre de agua y Los despertares (Ediciones De la Torre), y me refiero también a María Agra-Fagúndez, con Destierros (Valparaíso Ediciones). Mi libro no es de poesía, son relatos, como ya dije y expliqué en aquella Noticia 1604ª. De momento alguno de los lectores que ya han leído el libro me han expresado el buen sabor de boca que le ha dejado, si bien una persona desconocida que no había leído el libro, ni lo había comprado, expresaba su disgusto porque hubiera escrito algo que ella consideraba imposible: sobre acontecimientos pasados que yo no había vivido. Aún más, consideraba absurdo que se escribiera ficción sobre acontecimientos de la Historia real. Me pregunto qué clase de síncope le podrá dar a esta hipotética lectora el día que se entere que Benito Pérez Galdós escribió ficción de episodios nacionales que no vivió, que Pérez-Reverte jamás combatió en los tercios de Flandes del siglo XVII ni existió un capitán Alatriste, que Quijote es un producto de la imaginación de Cervantes,  o que Homero relató la Guerra de Troya a partir de relatos orales que llevaban en circulación unos trescientos o cuatrocientos años antes de su nacimiento. Quitando esta anécdota que simplemente me resulta algo gracioso, y a pesar de que esta hipotética lectora confundió en nuestra conversación la Primera Guerra Mundial con la Guerra Civil Española, el resto de lectores y lectoras que sí han comenzado a leer están muy satisfechos. Eso es algo que me alegra mucho, pues una de las cosas que más me inquietaba desde que presenté el libro es la posibilidad de defraudar al lector. El libro está gustando y creo que tiene posibilidades de transportar a la gente a otro mundo y reflexionar sobre ello. Otra cuestión es mi capacidad de hacerlo llegar a la gente interesada en poder leerlo, pero, estoy tratando de trabajar en ello, de momento ya estoy intentando cerrar del todo una presentación en Madrid capital y un segundo acto en Alcalá de Henares. ¿Y Barcelona? Algún lector barcelonés de esta bitácora me ha pedido por vía privada que lo presente allí. Mis posibilidades económicas de movimiento son limitadas en estos tiempos de desempleo. La falta de dinero es el gran problema de la promoción del libro, pero no obstante mentiría si no dijera que estoy sopesando diferentes vías de quizá poder ir hasta Barcelona, aunque todo lo debiera mover desde aquí. En todo caso, si algún lector es capaz de organizarme una presentación en su ciudad, que se comunique conmigo y lo hablamos.

De momento, el 1 de junio, miércoles, mañana, firmo en la Feria del Libro de Madrid y estoy muy contento con ello. Saludos y que la cerveza os acompañe.

martes, mayo 17, 2016

NOTICIA 1604ª DESDE EL BAR: RELATOS DE LA GRAN GUERRA.

Tal como dice el cartel, este viernes 20 de mayo próximo, a las 20:00 horas, presento por primera vez mi primer libro publicado por una editorial. Será en el bar Las Retintas, de la histórica Plaza de los Irlandeses de Alcalá de Henares, donde en la parte de atrás suya vivieron los Briones, primeros impresores de Cervantes siglos atrás. Podía haber elegido otro lugar, otra ciudad, pero preferí que mi primer libro se presentara en mi ciudad natal. Doce libros de poesías inéditos, dos novelas inéditas, varios libros de relatos inéditos, numerosas revistas que codirigí y publicamos, varios artículos de investigación y conferencias de Historia publicados, incontables recitales y Canichu aún no había sido editado en libro propio. Ediciones Atlantis, dieciocho años después de que yo iniciara mi actividad literaria, se ha animado a publicarme. Nunca dejé de mandar textos a editoriales, pero mientras en Internet y en recitales tenían cada vez más éxito de lectores y seguidores, ninguna editorial se había atrevido a apostar por mí hasta ellos en este 2016. Y no es una autopublicación, ni una publicación a medias autor-editorial, han apostado por mí plenamente. 

El primer libro que publico en una editorial no es mi primer libro escrito, es de los más recientes, lo escribí entre 2014 y 2015. Se trata de una colección de relatos breves de ficción ambientados en la Primera Guerra Mundial. Entre la diversión literaria deslizo datos de Historia para aquellas personas que quieren saber, pero no se atreven a leer libros de Historia por la razón que sea. Esta colección de relatos no es un sustituto de un libro de Historia, en absoluto, ni pretende serlo. Es una ficción de ambientación histórica. Tampoco es un libro bélico que promocione el belicismo, es un libro antibélico. Nació en la idea del primer centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 2014, y a iniciativa propia en esta misma bitácora, Noticias de un espía en el bar, después de que el periódico Diagonal me encargara, por medio de mi amigo y colega de profesión Julián Vadillo, un reportaje de dos páginas sobre la literatura de gente que vivió aquella guerra para un especial con motivo de ese aniversario. El libro nace de aquello y de innumerables libros que leí de gente que vivió la contienda para tal artículo, todos con un espíritu de rechazo a la guerra a pesar de haber participado en ella... Capote, Hemingway, Jünger, Hasek, Blasco Ibáñez, Remarque, Cobb, London...  

Mi libro, que recopila aquellos relatos que escribí, se llama Relatos de la Gran Guerra. En ellos se cruzan personajes ficticios con personajes reales. Todas las historias tienen un fundamento histórico, aunque hay un determinado acontecimiento que es un anacronismo hecho a propósito en uno de los relatos, aunque, quien lo capte, ¿quién dice que no se pudiera dar? La idea de introducir el anacronismo responde a un guiño al futuro de Europa veinte años después, pues como dijo el mariscal francés Foch durante la firma del armisticio, aquello que se firmaba en 1918-1919 no era una paz duradera, era una tregua de veinte años. Acertó de pleno como si fuera un vidente, en 1939 el mundo iría a una nueva guerra mundial. Como hago muchas veces en otros textos de prosa que he escrito dejo abiertos los vericuetos y puertas secretas entre realidad y ficción para quien quiera encontrar los vericuetos laberínticos. Si bien no es la prosa a la que tengo acostumbrados a mis lectores, sí que hago algún ligero guiño en algún lugar. Así por ejemplo, de entre todos los personajes que aparecen sólo dos toman esta vez el nombre real de amistades personales. Y por supuesto la metanovela también está presente en la novela en algún lugar, aunque no en el que lo parece, en ese no. Ningún capítulo con sucesos conflictivos responden al carácter de metanovela.

La imagen de portada la delegué en la propia editorial Atlantis, que la realizó por medio de ded-Fotolia.com. Para la contraportada, sin embargo, conté con la poetisa y fotógrafa, amiga personal, Sofia Winter, con quien he realizado y sigo realizando diversos proyectos literarios. La foto de contraportada que realizó acompaña la sinopsis y datos biográficos-bibliográficos. Pertenece a una sesión de diez fotografías, cinco en color y cinco en blanco y negro. Se realizaron en el bar Oh La La! de la Calle Mayor de Alcalá (donde por cierto detrás mía se ve una portada del mítico periódico La Avispa que perteneció a Manuel Azaña de joven en esta ciudad antes de meterse a político) y en la Librería Domiduca, en la Plaza de Palacio, de Marcos, cuya imagen, una de las varias que me hizo allí, fue la elegida. Mi favorita era otra dentro de esa tirada, pero dejé la total elección y tratamiento a Sofia Winter y su criterio. Estas son algunas de las imágenes de esa serie.


Y esta es la sinopsis que aparece en contraportada, dejo los datos del autor para quien vea el libro físicamente (aunque quien lee esta bitácora o ha leído mis revistas o ha ido a mis recitales, ya los conoce en buena parte y más detalladamente):

SINOPSIS:



Entre 1914 y 1918 el mundo cambió de forma sanguinolenta y radical en lo que se conoció como la Gran Guerra. Un conflicto bélico de unas dimensiones y una atrocidad con valores bélicos nuevos, basados en un mundo totalmente cambiante. Se creía que aquello acabaría con todas las guerras, aunque en realidad sería la primera entrega de lo que habría de venir en una segunda guerra mundial que configuraría atrozmente el siglo XX. De ambos desangramientos del mundo somos herederos en la actualidad. En 2014 comenzó la celebración del primer aniversario centenario de estos sucesos. La presente colección de relatos de ficción nos lleva a unos y otros escenarios de la pesadilla que fue aquella guerra mostrándonos los diferentes problemas que unos y otros contendientes tenían en sus manos. Desde los páramos rusos a las trincheras atlánticas, desde el uso de los aviones con fines asesinos, desde la presunta neutralidad española al Japón alineado con la Triple Entente, desde el África colonial en guerra al origen de las pesadillas alemanas que estaban por surgir de aquella pesadilla. En diferentes historias independientes entre sí se nos descubrirá el manto de un mundo en guerra hilvanado con los hilos de las historias de las vidas personales de los personajes que viven aquellos avatares.


El último de los relatos que aparece en el libro lo ha escrito Luis Abad Gutierrez, como así se indica en esos ejemplares. 

Yo ahora mismo, aunque parezca mentira estoy sumergido en la creación de otros tres libros, uno ya casi acabado, otro de poemas en tratamiento y uno en una vieja idea interrumpida. De momento toca ahora centrarse en este libro. Desde aquella fotografía de la firma de mi primer contrato editorial, con Atlantis, realizada por mi cómplice particular, amiga incuestionable, compañera y secretaria ocasional a la que tengo gran aprecio y cariño, María Gómez, hasta esta semana de la presentación, mucha gente me ha preguntado cómo se podrá conseguir el libro. Una vez que se presente, por defecto la editorial vende sus libros en Casa del Libro, Corte Inglés, Amazon y creo que FNAC. Por vía de Amazon lo podríais tener en cualquier lugar de España, supongo que del mundo, depende de si queréis pagar el porte según las normas Amazon. Pero Amazon normalmente rebaja precios. Suele salir bien sus ofertas. En todo caso, la propia página de la editorial ya lo ha puesto a la venta desde ayer, después de la presentación empezará a estar disponible en esos y otros sitios. La venta en editorial Atlantis se puede ver por aquí. El precio del libro es de 18€. 

Otra opción es en cualquier librería que lo encarguéis o por la que se muevan los comerciales de Atlantis. Así por ejemplo, en Madrid capital y Aranjuez supongo que ya tendrán algunas predeterminadas. En el resto es cosa de que encarguéis. A mí que pidáis los libros en librería me viene bien, porque así se verá en la editorial que hay interés, y sólo por esa vía el libro se podrá ver en librerías. Así que, por ejemplo en Alcalá de Henares, Diógenes o De Javier (Cervantes), o las de otra ciudad,  podría tener los libros si los pedís. Recordad que en Alcalá existe una Casa del Libro en el centro comercial Alcalá Magna, al margen, claro está, del mismísimo Corte Inglés del barrio de La Garena.

También estarán en cada una de las presentaciones, para empezar la de este viernes 20 de mayo en el Retintas. Trataré de convocar una segunda presentación en algún lugar de Alcalá, mi preferencia es Diógenes o incluso Histórica, pero también intentaré firmar libros en el mercado de la Aljama de 4 de junio. En principio, este viernes en el Retintas.

Ahora bien tengo el placer de deciros que el 1 de junio, de 18:00 a 19:30 estaré firmando libros en la Feria del Libro de Madrid, en la caseta de la Librería Salamanca, que es la 358, en el Parque del Retiro entrando por la puerta de la calle O'Donell.

Gente, comprad el libro porque os interese, id a las presentaciones o informaros sobre él. No os sintáis comprometidos, no lo hagáis por hacer favor. Comprad porque queréis leer. O no compréis, pero leed. Yo, por supuesto, satisfecho con ambas opciones.

De momento, si queréis saber más, en breve se publicará una breve entrevista que me hizo la agente de prensa de la propia Ediciones Atlantis en su bitácora, que se lee por aquí. Y este Jueves 19 de Mayo, entre las 12:30 y las 13:00 me entrevistará en directo la cadena de radio SER-Henares. me trasladaré a su estudio para ello, con mucho gusto, porque además soy seguidor de ellos desde hace muchos años. Soy radio oyente siempre que puedo en directo y cuando no en sus podcast.

Saludos y que la cerveza os acompañe.


PD: 

ENTREVISTA ESCRITA EN EDITORIAL ATLANTIS: POR AQUÍ

ENTREVISTA HABLADA EN CADENA SER-HENARES: POR AQUÍ

jueves, octubre 08, 2015

NOTICIA 1529ª DESDE EL BAR: EL GABINETE DEL DOCTOR CALIGARI EN LA SEMANA CERVANTINA

Hoy empieza el Mercado Cervantino en Alcalá de Henares, que todo el mundo confunde con un mercado medieval. En otros años el ayuntamiento llegó a autojustificar que se programaran actos medievales en tal mercado alegando las historias de caballería de Don Quijote, pero de esto ya hice un razonamiento y una crítica y un análisis el año pasado, en la Noticia 1396ª, creo que sigue vigente y pertinente, y creo que ya que la gente sigue llamándolo medieval (siglos V a XV) y no cervantino (siglos XVI a XVII), quizá es mejor que se lo dediquen al escritor Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, que también era de Alcalá de Henares y al menos él sí era del siglo XIV. Quizá lo único a añadir es esa crítica que se ha leído en algún sitio en la que a costa de que el concejal de Medioambiente, Alberto Egido, de Somos Alcalá, ha sostenido la idea de prohibir en la ciudad por normativa municipal los circos clásicos que usan animales, entonces, decía aquella crítica que les lanzaban, ¿por qué no eliminar también todas las intervenciones de animales también en este evento cervantino tan dado a exhibir aves rapaces, ocas, caballos, mulas, camellos, serpientes y otros a los que obligan a hacer cosas de espectáculo...? Escribir esto no quiere decir que yo comparta esta idea, no la comparto ni en circos ni en el mercado, aunque no es una cuestión de blanco o negro, tengo importantes matices en ambos asuntos, sólo creo que la contradicción de gobierno que han señalado en otros lugares de la red cibernética es pertinente que se señale, puesto que se da. Aún no he leído ninguna declaración del grupo Somos Alcalá en contra del uso de animales en el Mercado Cervantino. E insisto que no es que yo comparta la visión de la prohibición, aunque pondría grandes matices también a la no prohibición, puesto que por lo que se ha visto otros años, ni creo que se deba prohibir, ni creo que se deba permitir determinadas prácticas con esos animales dentro de esta ciudad, puesto que alguno ha parecido más bien estar sufriendo tras muchas horas y días seguidos encajonados y forzados a determinadas actividades con montones de personas a su alrededor, varazo mediante. La normativa municipal vigente desde hace muchos años referente a animales en la ciudad es clara en esto: está prohibido con multa el sufrimiento animal. Cito: según la Ordenanza reguladora de la tenencia y protección de animales domésticos, Alcalá de Henares, de sesión ordinaria 15 de octubre de 1996, publicada en el BOCAM el 22 de noviembre de 1996, vigente en la actualidad, en su artículo 10 prohíbe los actos de crueldad y malos tratos a los animales, en su artículo 55 a.6 considera infracción leve mantener a los animales en la intemperie sin protección adecuada, en su artículo 55 c.16 considera infracción muy grave usarlos en espectáculos y fiestas populares, a excepción de la tauromaquia, que impliquen que les genere sufrimiento o les haga objeto de tratos antinaturales, que generen crueldad, o maltrato. La cuantía de las multas quedan inscritas en el artículo 57 según los casos. Más aún se podrían usar otros artículos, como el que obliga a recoger toda deyección animal de manera inmediata. Por supuesto leer la normativa entera depara muchas sorpresas, como la prohibición de usar perras como guardianes en la ciudad, sólo se admite el uso de machos, o la prohibición de tener reptiles como mascotas e incluso venderlos (y las tortugas lo son). Como sea, ahí queda eso, y la policía municipal, garantes hipotéticos de las normativas municipales, debiera conocer todo esto.

La cosa es que el Mercado Cervantino empieza hoy y mucha gente se plantea inaugurarla (con su ya tradicional lluvia de todos los años) antes de que lleguen todos los turistas el fin de semana y no se pueda ni hacer vida normal la gente que somos de aquí, porque nos impidan caminar por la calle o descansar a determinadas horas los que vivan en el distrito centro. Mientras eso ocurre, en El Laboratorio, de la calle Vaqueras esquina con el Paseo de los Curas, casi en la Puerta del Vado, un servidor y Mario Misas proyectaremos El gabinete del doctor Caligari, un clásico del cine rodado por el alemán Robert Wiene en 1920. Una película muda del expresionismo y del cubismo alemán creada en la inmediata postguerra de la Primera Guerra Mundial. Es una de las primeras que dieron pistoletazo de salida a lo que sería el cine de terror del periodo de entreguerras. Un cine marcado por el vanguardismo en toda Europa. Su cartelería es parte de colecciones museísticas hoy día. El cine pensado como Arte muy por encima de una concepción comercial. La película fue mutilada y restaurada pocos años después de su estreno, su restaurador fue poco menos que Murnau, otro de los grandes directores alemanes de estas tendencias, creador del primer Drácula cinematográfico, conocido como Nosferatu, en 1922. La película fue inspirada por una serie de crímenes reales que ocurrieron en Hamburgo. El proyecto iba a ser entregado a Fritz Lang, otro de los grandes, pero Erich Pommer, de la productora Decla Bioscop, terminó dándoselo a Wiene, que venía del mundo del teatro. Después de la proyección aspiramos a poder conversar de la películas y de cine con el público asistente. Así pues, entre Miguel de Cervantes, el medievo, lo que sea, y Caligari, acompasados por la feria del libro, queda hecha la propuesta de este jueves que abre algo más de una semana de continuidad de la actividad cultural de Alcalá de Henares que ha empezado tan fuerte este mes de octubre, como dije la vez anterior con otros actos y también como especifiqué la otra vez a la anterior

Saludos y que la cerveza os acompañe. La proyección será a las 19:30 horas de hoy jueves 8 de octubre, en El Laboratorio.

martes, enero 27, 2015

NOTICIA 1437ª DESDE EL BAR: EL BEY VENEZOLANO


Desde el pasado 14 de enero y sólo hasta este viernes 30 hay en Alcalá de Henares una exposición fotográfica sobre el exterminio de armenios durante la I Guerra Mundial. La ha organizado la Sociedad de Armenios de Madrid para recordar este suceso cien años después. La exposición ha salido en prensa nacional (véase por ejemplo el ABC), pero apenas hay una nota de un párrafo en la prensa local (yo la leí en el semanario Puerta de Madrid). La exposición es en la Quinta de Cervantes y tiene por título "El campanario incesante, Armenia 1915-1918"). España no ha reconocido jamás ese genocidio, tal como Turquía tampoco ha hecho nunca. Así que es significativa esta exposición en Alcalá, una exposición que además es itinerante por diversos municipios de la Comunidad Autónoma de Madrid. 

La Quinta de Cervantes, una antigua casa de burgueses ricos del siglo XIX que a finales del siglo XX y principios del XXI se reconvirtió en Concejalía de Medio Ambiente y ahora simplemente es un edificio en su gran mayoría sin uso y en su menor usado parte como sala de exposiciones. Se ubica entre las calles Vía Complutense y la calle Navarro y Ledesma. Su jardín es uno de los más bonitos de la ciudad. Sin embargo, a pesar de que como sala de exposiciones se anuncia que está abierto de lunes a viernes tanto por las mañanas como por las tardes, la realidad es que yo traté de ir el lunes por la tarde y aquello estaba totalmente cerrado, y a través de sus ventanas sólo se veía oscuridad y vacío. Llamar al timbre n o sirivió de nada, allí no había nadie. Tampoco es extraño, la gestión cultural y turística de la ciudad es altamente nefasta desde hace mucho tiempo. No obstante recordemos que por ejemplo la más visitada Casa de Hyppolitus cierra los lunes, lo que es normal, pero de martes a viernes cierra por las tardes, lo que deja con muy mal sabor de boca a quien se traslada hasta mi barrio para ver esa casa junto a los restos de Complutum y se encuentra con un viaje de media sonrisa. Si nos centramos en el asunto de la Quinta de Cervantes, diré que probablemente es la sala de exposiciones menos publicitada, donde menos se invierte y que menos gente conoce su uso y lo que allí se hace. Una auténtica lástima, pero una realidad tremenda. Está altamente desaprovechada, mal usada y mal publicitada.

Como sea, si bien este martes 27 se celebra el 70º aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial, en 1945, también es cierto que celebramos esos cien años del comienzo del genocidio armenio durante la Primera Guerra Mundial. El genocidio armenio se extendió de 1915 a 1923, si bien hubo un punto de inflexión en torno al final de la Primera Guerra Mundial en 1918. Está considerado el primer genocidio planificado de la Historia Contemporánea y Actual, la antesala del genocidio judío a manos alemanas de la Segunda Guerra Mundial, junto al exterminio de gitanos, republicanos españoles, comunistas, testigos de Jehová, y otros colectivos. Es curioso que hoy la presencia del presidente de Ucrania en Polonia, en Auschwitz, ha provocado que el presidente ruso, Putin, no haya ido, ya que Rusia no reconoce al actual gobierno ucraniano. Polonia y otros países del Este han dicho que no importa, porque las tropas que lo liberaron eran fundamentalmente ucranianas, cosa discutible. Rusia ha contestado con razón que las tropas soviéticas estaban compuestas por gentes de diferentes etnias y diferentes lugares de la antigua URSS, por lo que le parece insultante el comentario de Polonia. Como sea, este será el último aniversario redondo con un gran número de supervivientes vivos y presentes en el acto, el próximo serán los 75º años, pero por cuestiones de edad, es probable que la gran mayoría haya muerto. Es una pena que los rusos que los liberó no estén presentes. El primer soldado que entró en el campo de concentración de Auschwitz fue un soldado soviético de avanzadilla a pie (no a caballo como se ve en La lista de Schindler, -Steven Spielbeg, 1993-). Había tanta niebla que no sabía dónde entraba y cuando vio aparecer lo que le parecieron esqueletos andando hacia él creyó que había muerto en algún bombardeo y venían a recogerle, así lo declaró en sus últimos años de vida con motivo de la película citada, unos pocos años después.

Volviendo al asunto del genocidio armenio, los turcos siempre han defendido que no hubo genocidio, sino que se trató de la deportación y detención de independentistas que luchaban junto a los rusos. Esto está puesto en entredicho por cuanto se le aplicó tal consideración a toda la etnia armenia en bloque y hubo, además, connotaciones religiosas en determinadas ocasiones. España nunca ha avalado la existencia del genocidio armenio, como he dicho, en consonancia con el gobierno turco. No se cree que hubiera un plan de exterminio, sino que hubo una gran mortandad por la crueldad y condiciones de las deportaciones y el modo como se realizaron los arrestos, cuando los kurdos y las tropas otomanas tuvieron via libre para la represión. Las cifras de muertos armenios varían mucho de historiador en historiador, aunque en general se acepta la cifra de un millón ochocientas mil muertes armenias en tales hechos. Sin entrar en todos estos debates, os escribo otro relato sobre todos estos hechos en recuerdo del primer centenario de la Primera Guerra Mundial. Escojo para ello el caso real de un mercenario de Venezuela que combatió para el Imperio Turco Otomano.Y por supuesto os animo a ir a la exposición fotográfica del genocidio armenio expuesta e la Quinta de Cervantes.




EL BEY VENEZOLANO

Los armenios habían sido desarmados apenas unas horas antes. Una fila de doce de ellos fueron maniatados con mucha fuerza. Tanta fuerza que a alguno se le había cortado la circulación sanguínea. Notaban el frío en las manos. Pronto pasaría. Enfrente de ellos un pelotón detonó sus fusiles contra ellos. Ni siquiera les vieron las caras, habían sido colocados en sus últimos momentos frente al sol. Una potente luz del astro que les había iluminado en la vida les cegaba, les forzaba a bajar la mirada o a fruncir el ceño. Cayeron de manera desigual. Algunos lo hicieron de inmediato hacia atrás, otros cayeron doblándose sobre sus rodillas, que caían hincadas a la tierra, había quien fue desplomándose poco a poco hasta caer como recostado sobre un lateral, tocando el cuerpo de al lado. El oficial turco al cargo del pelotón de fusilamiento se acercó con su pistola de asalto y buscó uno a uno sus orejas para dispararles el tiro de gracia allí. Dos de ellos habían recibido impactos en la cara, lo que le complicaba la búsqueda de sus orejas, simplemente apuntó a algún punto de lo que era la cabeza de aquellos. Doce disparos secos y la orden de retirar al pelotón. Quedaron los cuerpos tendidos al sol que ahora les iluminaba en su primer minuto de muerte.

La orden del Héroe de la Libertad había sido tajante, había que desarmar y ejecutar a los armenios que habían portado armas, a todos sin excepción. Daba igual que realmente hubieran ayudado a los rusos en Sarikamis o no, todos eran culpables. En Estambul ya se estaba deteniendo a todos los armenios más brillantes intelectualmente. También ellos irían a la cárcel. Los civiles, mujeres, niños, ancianos, debían ser deportados de las proximidades del Cáucaso. El bey Enver Pachá fue claro, ni un armenio podía ser considerado leal al Imperio Turco.

Los rusos zaristas no habían tenido contemplaciones con los turcos derrotados tras la batalla de Sarikamis. Los habían perseguido y disparado por la espalda mientras se retiraban. El bey Enver Pachá no contemplaba la posibilidad de su derrota. Los armenios y su nacionalismo eran colaboradores necesarios en su mente. Había que tener disciplina y unidad, como los alemanes. No cabía en su Imperio la disidencia. Aquellos cristianos eran culpables.

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El bey Rafael de Nogales Méndez tenía un pequeño bigote negro que dibujaba un cuadrado negro en su cara, justo respetando los márgenes del espacio de debajo de su nariz. Tenía una cara como si fuera un niño de ojos tristes y orejas grandes y separadas de la cabeza. Tenía 35 años formados militarmente en Venezuela, Alemania, Bélgica y España. Su vida itinerante le había llevado por diversas guerras del mundo desde finales del pasado siglo. Cuando estalló la Gran Guerra el año anterior quiso combatir por Francia, pero los franceses le pidieron renunciar a su nacionalidad. El bey Rafael de Nogales Méndez no quiso deshacerse de su origen, ofreció sus servicios a Alemania. Alemania le mandó al frente oriental y los turcos otomanos le emplearon militarmente con tanto éxito que obtuvo varias medallas que mostraba en su pecho y le ascendieron a bey. Allí estaba él con su alto gorro cilíndrico negro con la insignia de su media luna y la estrella brillantes. Contrastaba bien con su claro traje militar turco ceñido, su sable y sus guantes blancos enganchados en su cinturón. Bien clara entre sus medallas estaba la cruz de hierro alemana, al menos un par de ellas, entre otras muchas medallas con formas de estrellas metálicas varias. Su piel de color bronce no paraba de gritar a todo el mundo aquello a lo que él nunca quiso renunciar: su ser venezolano. Visceral y anticomunista en esencia, era disciplinado y ordenado en todo lo que se proponía. Llevaba tiempo luchando en una u otra guerra por dinero, aunque siempre respetando sus ideales conservadores, que ideaban y ordenaban al mundo y a las sociedades con jerarquías claras y desigualdades patentes pero debidas, según como él las pensaba desde su origen. Él concebía el mundo desde lo radical, pues iba a la radicalidad de los problemas del mundo, o sea, a las raíces, para levantar un edificio mental de cómo había de ser al cual transportaba a todas y cada una de las guerras en las que él participaba. Era su paso por el mundo un paso por un concepto personal de orden a imponer.

La Guerra Hispano-Norteamericana de 1898 había sido su debut, pero le habían seguido otras como la Revolución Libertadora de 1904 en su propia Venezuela y, en aquel mismo año, la Guerra Ruso-Japonesa. Había intentado regresar a su país en 1908 gracias a un nuevo gobierno dictatorial. La enemistad con el nuevo gobierno le mandó al exilio, de ahí a su venta mercenaria a Francia y de rebote a Alemania, que le mandó al Imperio Turco Otomano. Andaban los turcos combatiendo desde octubre de 1914, con apoyo de los búlgaros, por el Este Europeo, pero fundamentalmente también en torno al Cáucaso, contra los rusos. No le faltaban enemigos a los turcos otomanos. Los rusos se habían adentrado en el Imperio Turco por aquellas zonas con apoyo de algunas etnias. Los armenios planeaban su independencia como un nuevo estado cristiano o al menos eso planteaban en diversos medios escritos. Ante la proximidad de los rusos habían protagonizado una revuelta armada en la ciudad de Van, o al menos eso dijo el gobierno turco. La violencia contra la población armenia había ido en aumento como táctica para provocar una revuelta armada de manera evidente para poder proceder a atacarles, pues, hasta esa fecha, los armenios eran unos ciudadanos turcos más, si bien todos ellos eran dhimmíes, una de las naciones turcas consideradas leales por no haber provocado nunca ningún altercado violento. Los armenios, con su religión cristiana, eran permitidos dentro de aquellos territorios musulmanes, si bien debían pagar impuestos especiales. En el tiempo que llevaba el bey Rafael de Nogales allí había visto como les habían subido tales impuestos sin razón aparente y como habían sufrido innumerables provocaciones por parte de las autoridades otomanes, temerosas de que entre los armenios hubiera una fuerza revolucionaria e independentista como las que habían sufrido a lo largo del siglo XIX en sus territorios europeos que habían terminado siendo un auténtico avispero de guerras hasta aquella Gran Guerra.

Las injusticias contra los armenios explotaron en la revuelta de la ciudad de Van y los rusos lo aprovecharon para avanzar e invadir el lugar. Se llegaron a  autoproclamar  como República Democrática de Armenia interesada con asociarse a los rusos. Los otomanos habían logrado recuperar el territorio, pero por breve tiempo. Entre medias, lo que menos se sabía fuera del Imperio Turco, llevaban desde abril deportando por ley a todos los armenios a través de los desiertos de Anatolia y de Mesopotamia. Una gran cantidad de ellos murieron o fueron asesinados por el camino, mientras otros llegaban a campos de concentración de refugiados, que en realidad lo eran de prisioneros, donde los guardias y custodios del lugar cometían todo tipo de abusos que conducían la mayor parte de las veces en la muerte por asesinato, tortura, maltrato, enfermedad, hambre o sed. Caso aparte lo sufrían las mujeres, violadas innumerables veces por diversos guardias.

Los insurgentes de Van tuvieron aún peor suerte. Su resistencia fue valiente y ardua, pero fue, como era de esperar, imposible de mantener ante el potente ejército del sultán. Entre ellos fueron pocos los afortunados en ser presos. La orden general era la de no tener compasión. La ira de los propios combatientes hizo el resto.

Frente a sus ojos negros a juego con su  pequeño bigote negro y cuadrado y su gran gorro de pieles negras con la media luna y la estrella turcas, un guardia golpeaba con una vara a un hombre que se cayó al suelo pidiendo algo que quizá fuera comida. Si era insurgente o civil, no lo sabía. Si fueron lo primero, habían sido combatientes como él. Se merecían un respeto entre caballeros de armas. Nacionalistas, sediciosos o bien producto de conflictos religiosos, nada de eso incumbía en esos momentos a su pensamiento. Los golpes de la vara eran rápidos. La vara subía y bajaba sobre aquel hombre con desmesurado entusiasmo del guardia, hasta que al fin aquel hombre se separó. ¿Cuántos habían muerto ya ante semejantes circunstancias? El sultán negaba que aquello fuera algo planeado.

El bey Rafael de Nogales estaba muy lejos de sus tierras cálidas y verdes. De sus montañas y su mar claro. Tal vez era hora de regresar. Mientras, ante sus ojos los guardias hacían todo tipo de cosas a los prisioneros, pues aquellos no eran otra cosa más que prisioneros pese al nombre que el sultán quisiera darles para la tranquilidad de su mente o la ocultación en su política. El bey iba redactando imaginariamente su solicitud de relevo como oficial de la gendarmería de Van. Tal vez, se respondió entre medias, había visto más de mil muertes ya de presos que lo eran por ser simplemente armenios cristianos.

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Bedros era ya viejo cuando se cubría con una manta tumbado sobre la tierra aquella noche. Mikael le trajo algo de agua y se sentó a su lado.

-Cuando Abdul Hamid II les dio permiso a los kurdos para matarnos, aquello era como esto –le dijo el anciano sorbiendo algo de agua-. Yo estuve en Urfa cuando los turcos quemaron la catedral. Allí había mucha gente dentro. Los quemaron vivos. Ahora nos matan caminando por el desierto y encerrándonos en estos sitios.

-Han hecho cosas peores –le corrigió su joven nieto.

-Sí, pero también entonces violaban a niños y mujeres. Satisfacían sus bajos instintos. Pensarás que todo eso queda muy lejos. ¿Qué año fue? ¿1894? ¿1896? ¿1897? No me acuerdo ya, no me acuerdo del año. Pero me acuerdo de la gente. No, no está tan lejos.

-¿Siempre ha sido así, abuelo?

-No. En otras épocas, cuando yo era joven, ellos sabían que éramos un pueblo leal. Había respeto, había paz. Pero aquellas matanzas de Hamid tuvieron consecuencias. No nos íbamos a dejar matar. Todo tiene un precio, Mikael. Cuando los Jóvenes Turcos se hicieron con el gobierno también nos mataron en Adana, de esa fecha sí me acuerdo, 1909. Yo no estuve en Adana, pero lo viví como Urfa. Somos un estorbo para los islámicos y sus reformas legales. Creen en el sultán, pero a este imperio le queda poco para ser una República. Pero eso no nos incumbe a nosotros. Nosotros estaremos en otro lugar.

-Francia es un gobierno laico.

El viejo Bedros miró muy seriamente a su nieto, que no pudo sostener la mirada del anciano de barba blanca y ojos claros.

-Nosotros somos cristianos –le dijo seco.

Mikael recogió el vaso de latón que le devolvía su abuelo y lo mantuvo con las dos manos contra su estómago.

-Deja de estar encorvado –le dijo su abuelo más tranquilizador-. Dime, ¿has visto a ardemos hoy?

-Sí.

-Bien, esto está bien. Nunca abandones a tu hermana. A mí me queda poco y entonces sólo os tendréis el uno al otro.

-Abuelo, he oído que los rusos bombardearon a los otomanos en Van. Quizá, si llegaran hasta aquí… yo… yo quisiera…

El abuelo sonrió con amargura sin que le viera su nieto, aún con la mirada hacia abajo. Le acarició la cabeza y le pidió que se fuera a por otra manta para acostarse a su lado. Mikael obedeció muy obediente.

Bedros cerró los ojos un poco más recostado mientras esperaba a su nieto. El negro de la noche a través de sus párpados le hizo sentir algo de descanso. Su nieto se acurrucó a su lado con la manta al llegar a su lado. El viejo lo atrajo a sí pasándole el brazo por los hombros. Estuvieron los dos tumbados juntos. Había sido un día especialmente duro. Los guardias les habían hecho caminar durante demasiadas horas. Les trataban como a animales a los que golpear con una vara cuando las fuerzas les hacían vacilar. Aquellos turcos no lo habían pasado bien frente a los rusos. No habían tenido en cuenta la potencia de su artillería, que los había desmenuzado como si fueran sacos de plumas elevados al aire y rotos. Tampoco los caídos aún vivos a tierra habían tenido mucha suerte. Las tropas zaristas eran concienzudas con sus sables y sus fusiles. Los turcos habían aprendido que frente a los rusos continuaba una manera antigua y ruda de hacer la guerra. Una manera vieja. En su retirada aun les dolió más los disparos de simples rifles en manos de gente del Imperio que cometían actos de sedición a favor del avance ruso. Armenios, no podían ser menos que armenios. Todas las muertes sufridas en Sarikamis habrían de ser cobradas. Ojo por ojo, diente por diente, como los mismos armenios hubieran dicho. No pocos kurdos les ayudarían. Aquellos cristianos eran potenciales enemigos internos de los otomanos. Los guardias les azotaban y se les hacían pasar todo tipo de venganza personal e injustificada.

Bedros comenzaba a dormir junto a su nieto tras un día duro de camino a pie bajo el sol del desierto de Anatolia. El negro de la noche comenzaba a mostrar en sus párpados colorines que iban de un lado a otro. Poco a poco formaban formas entre sí. Caras. Caras del presente y del pasado. Como la de aquel guardia que había forzado a su hija no hacía muchos días. Sólo estaba ya con su nieto y rezaba por su nieta, mientras los colorines se mezclaban más allá de la oscuridad de la noche. Las palabras de su rezo interior se volvían vagas y distantes. El sopor iba venciéndole.  De vez en cuando se reanimaba, no de todo, y retomaba las frases de su rezo por donde creía haberlo interrumpido, en segundos volvía a los misterios del sueño. Los colorines de su cabeza, en su danza por ella, iban formando formas de fuego en llamaradas largas que nacían de las torres de la catedral de Urfa. Las paredes se ennegrecían con penachos de humo. Los techos se caían. Las tropas otomanas habían sellado las puertas y miles de gritos salían junto a las lenguas de fuego y las columnas de humo. Gritos terribles de mujeres y niños que se habían refugiado en suelo sagrado. Y las caras de los de dentro, caras del pasado, en su sueño, eran su hija y su yerno.

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La guerra estaba terminando cuando en un despacho de Londres dos abogados leían la prensa en un momento de descanso.

-El embajador Henry Morgenthau dice cosas nuevas sobre la matanza de armenios.

-Ya lo vi, Christopher.

-Ha debido ser terrible la guerra en Turquía. Lo ocurrido con esta gente está fuera de todo derecho militar o civil.

-Indudablemente, pero me preocupan más los bolcheviques.

-Alexis, ¿es que no lo ves? Si hemos permitido esto, ¿cómo será la próxima guerra? Y esos bombardeos sobre Londres. Altamente irregular. Sí, señor, eso es lo que es, altamente irregular. Y los precedentes… ¡los precedentes!

-Olvida ese tema. La nueva República Turca lo está controlando, dicen que sólo se trata de deportaciones. Es normal que quieran eliminar la posibilidad de sediciosos que permitan que los bolcheviques se expandan a costa suya. Los bolcheviques, Christopher, los bolcheviques. Ellos sí que son un grave precedente. ¿Dónde iremos nosotros a parar? Me parece bien que nuestro gobierno y Estados Unidos intervengan en esa guerra civil.

-Te preocupan demasiado los bolcheviques. ¡La guerra no fue por los bolcheviques!

-Pero tampoco por los armenios.

-¡Por el amor de Dios, Alexis, no me seas demagogo! El asunto armenio…

-El asunto armenio no nos afecta. No tienen pretensiones de un nuevo orden social, pero la guerra en Rusia sí nos puede alcanzar de nuevo. Es fácil controlar a militares en los frentes de combate, pero, ¿y a los obreros? Estamos rodeados de obreros.

-Los obreros se sienten cómodos con nuestro sistema.

-¿Tú crees?

-Y si no lo estuvieran hagamos que lo estén. Sin embargo el asesinato indiscriminado de armenios…

-¿Ha habido asesinatos o muertes? Tanto el caído sultán como el actual presidente turco saben bien cómo están haciendo las cosas. Pensemos que a fin de cuentas los turcos tienen qué temer. No es mentira que han perdido una gran cantidad de territorio respecto a lo que fueron en otra época.

-A veces eres imposible, Alexis.

-Claro.

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Habían pasado varios años desde el final de la guerra y Rafael de Nogales quiso rentabilizar su pasado en el ejército turco publicando un libro llamado Cuatro años bajo la Media Luna. Era 1925, tocaba el turno en aquellas memorias de explicarse, de buscar un porqué, de justificarse ante el mundo del porqué un venezolano terminó siendo bey y condecorado por el mismísimo Káiser Guillermo II. Pero ante todo estaba también aquel asunto de los armenios. Las innumerables muertes de gente indefensa. El mundo había cambiado. El comunismo le seguía pareciendo aborrecible, pero no así la justicia social. Se necesitaba justicia social en un mundo deformado por la guerra. Las persecuciones a intelectuales por las calles de Estambul, las caminatas por toda Anatolia, los hacinamientos de gente que ni siquiera había empuñado armas, gente que simplemente era culpable de ser armenios, todo aquello no se podía volver a repetir.

Cerró uno de los ejemplares que había tomado de la estantería de la librería a la que había ido sólo por verlo expuesto. El tacto del papel le había transportado en su recuerdo a aquel papel en el que pidió el relevo de la gendarmería de Van. Duró más años en la guerra, pero aquel destino le había marcado. Ni todo el dinero que ganó con sus servicios podía pagar la muerte de niños y niñas, la violación de jóvenes y viejas, la muerte de adolescentes y adultos a golpes o fusilados, o acaso con disparos en la cabeza o sablazos. Todo era válido. La gran mayoría había muerto en las largas caminatas y en la mala alimentación en los campos de concentración de los deportados. Las condiciones de salubridad habían sido las peores condiciones que se hubieran dado nunca a un prisionero. En su vida había visto a muchos prisioneros. Aquellos armenios… Una vez vio a un armenio muerto junto al que lloraba su nieto. El anciano sólo había tardado un poco más de lo normal en levantarse. Suficiente para recibir un disparo, justo en la cabeza.

Era momento de entrar en una nueva guerra. Una más justa donde compensar todo aquel mundo injusto al que contribuyó en Van. Hacía mucho tiempo que no entraba en conflictos. Desde luego no apostó por el mejor de los bandos en la pasada guerra. El clamor de las armas le llamaba, pero no quería volver a ver ciudadanos a lo sumo con una escopeta contra ejércitos profesionales con cañones e instrucción militar. La inactividad bélica no podía compensar lo que él había hecho dirigiendo soldados. No hubo una guerra tan llena de odios y resentimientos como la de Anatolia. Debía resarcir las carnicerías contra los desprotegidos. No estaba en su mano resucitar a los muertos, pero sí inflingirlos entre los que mataban a los indefensos. En Nicaragua había escuchado la historia de Sandino, un hombre que se había lanzado a la guerra en sus selvas contra los grandes hacendados  y un gobierno de latifundistas al servicio de grandes compañías multinacionales norteamericanas. Sí, aquella guerra podía ser una guerra. Sandino le resultaba un personaje de justicia social lejos del comunismo y el bolchevismo. Sus armas debían ir a su lado. Los tiempos estaban cambiando. Nunca más debían existir campos de concentración de civiles por nacer en una etnia. ¿Acaso él o sus ascendentes no fueron en un pasado de una? Inchauspe, ¿a quién le importaba su auténtico apellido? A él.


Por Daniel L.-Serrano “Canichu”
Alcalá de Henares, 27 de enero de 2015. Publicado en Noticias de un Espía en el Bar, con motivo del 100 aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

jueves, enero 22, 2015

NOTICIA 1435ª DESDE EL BAR: AÑO NUEVO DE 1915

Con motivo de haber terminado de leer Senderos de gloria (1935), de Humphrey Cobb, he querido escribiros otro relato por el primer centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial. Cobb, que estuvo destinado en Europa dentro del ejército canadiense entre 1917 y 1919, se indignó mucho al leer la noticia real de los juicios sumarísimos para dar ejemplo entre la tropa francesa durante la contienda. En concreto en 1934 había leído una noticia en The New York Times donde se informaba de una indemnización simbólica a dos de las viudas y una reparación de honor a otra viuda cuyos maridos habían sido fusilados como resultado de un proceso ejemplar a todo un regimiento de hombres que se habían negado a salir a combatir por la imposibilidad de poder hacerlo ante la potencia del fuego enemigo. La novela no fue muy vendida en un primer momento, pero fue llevada al teatro en torno a 1938, también sin éxito. Cobb se hizo comerciante de acciones de la Marina estadounidense y posteriormente agente de la Oficina de Información de Guerra (la OSS, posterior servicio secreto llamado CIA). Pero quizá se hizo famoso como guionista de películas de Hollywood, entre ellas varias protagonizadas por Humphrey Boggart. Cobb murió en 1944 con 45 años, no pudo ver la adaptación cinematográfica que hizo Stanley Kubrik en 1957 con dinero del actor Kirk Douglas, quien quiso a cambio ser el protagonista. En Francia no se pudo proyectar hasta 1975, y en España hasta 1986. El libro, reeditado en España por la editorial Capitán Swing con una introducción muy inteligentemente escrita por David Simon, cuenta, en esa edición, con un apéndice final que contiene el diario personal anotado del Cobb mientras fue soldado raso combatiente en la guerra. El autor fue antibelicista. Fue un gran descreído de las autoridades militares y los sacrificios que pedían. Precisamente su libro puso en contradicción todo el aparato burocrático y todas las razones de Estado para la guerra. En su escritura se intuye parte de la experimentación de la época al mezclar la narración clásica con cartas, informes, borradores y hasta con las actas del juicio final del proceso sumarísimo a los condenados, pero lo hace ne dosis pequeñas, lo que nos permite leerlo todo del tirón. No hay capítulos, aunque hay zonas acotadas en el texto a modo de tales, y se divide toda la narración en tres partes. El final del libro es diferente al final de la película. Stanley Kubrik añadió en su guión un par de escenas brillantes que posiblemente hubieran sido del gusto de Cobb. Así mismo, no son tres los acusados, como en la película, sino cuatro, merece la pena conocer los porqués del cuarto acusado. Además, a pesar del peso del coronel Dax en la película, interpretado por Douglas, el libro es una historia coral donde todos los personajes cobran importancia ya por sus dotes mezquinas, ya por sus dotes campechanas, ya por sus dotes nihilistas, religiosas, asesinas, ambiciosas u honorables. Si hubiera que hablar de un protagonista en el libro no sería tanto Dax, cuya personalidad es muy atractiva, si no  el del soldado raso Langlois, aunque en realidad cada una de las tres partes contiene un personaje diferente más destacado sobre los otros. El lenguaje es directo y conciso. Ataca directamente a toda la burocracia militar y a todo lo que se esconde de ella en forma de intereses personales disimulados en órdenes. El libro es asequible a 18 euros. Merece la pena tenerlo e la bilbioteca. Sin más, os dejo con el relato que os he escrito yo, que no tiene nada que ver con este libro. Saludos y que la cerveza os acompañe.



AÑO NUEVO DE 1915
 
El lago de los cisnes había sonado lento y aburrido. Chaikovski mismo hubiera bostezado de sueño y aburrimiento. La pequeña banda sinfónica comenzó a acometer La marcha Radetzky con más entusiasmo. Las notas de Strauss no sólo despertaron a los músicos de una abulia que habían logrado transmitir, también el público se reanimó y poco a poco se oían palmas acompañando la música. El viejo director de orquesta rejuveneció su espíritu aquel día de Año Nuevo de 1915 con una sonrisa que comenzó en las comisuras de sus labios no creyendo aún haber despertado al público asistente del pequeño teatro. Pronto fue una enorme sonrisa que incluso pintó un poco de rosa las pálidas mejillas del ya casi octogenario hombre de la batuta. El público entero al unísono daba palmas perfectamente sincronizadas con el tempo de la música, había quien daba pequeños taconazos en el suelo de debajo de su butaca. El director de vez en cuando, con una sonrisa formidable bien asentada en su cara, se daba la vuelta y se atrevía a dirigir a aquel público de ciudad pequeña austriaca que tan vigorosamente tocaban sus palmas al ritmo de La Marcha Radetzky. Parecían haber ensayado. Subían el sonido de sus palmas o lo bajaban al ritmo que les indicaba el viejo director, que se atrevió incluso a dirigirles por sectores de la sala. Aquella composición de Strauss sonó fuerte, rotunda, convencida, unísona, bien compenetrada sin que el público se hubiera puesto de acuerdo previamente, todo funcionaba perfectamente como un artilugio de relojería austriaca, como una máquina germana.

El público estaba entusiasmado con aquella marcha a pesar de que el resto del concierto había sido entre pasable y olvidable. Bien es cierto que para la gran mayoría de los presentes, si no para todos, un concierto de Año Nuevo sin El lago de los cisnes y sin La marcha Radetzky hubiera sido un engaño o una falsa esperanza, como la pasada tregua de Navidad en los frentes de combate. La ejecución de El lago de los cisnes era un auténtico destrozo por el carácter patético que le dio el director. Quien no se dormía recordaba a su hijo muerto o a su esposo muerto, o recordaban a quienes podían morir el día de mañana o ese mismo día. Los que estaban de permiso pensaban en su propia muerte. El lago de los cisnes no debería haber conferido esos pensamientos. Muchos los eludieron pensando en sus pequeñas tareas diarias o en las vivencias de la celebración de la noche vivida, pero en todos, aunque no se pensara directamente en ello, tenían en la cabeza el ambiente lóbrego que aquel director transmitió a Chaikovski. Pero La marcha Radetzky era otra cosa. Era energía pura. Era golpe de mano con golpe musical dirigiendo a todos unidos en una revancha emocional que no podía culminar en otra cosa más que en el convencimiento absoluto de que aquel concierto había merecido la pena, todo lo demás eran circunstancias de la guerra. La marcha Radetzky hacía que todos fueran parte de aquel concierto. Palmeaban a la vez con fuerza y entusiasmo como si a cada palmada amplificada por otros cientos de manos dando palmadas estuvieran acabando con todos los males de Austria como quien aplasta una mosca con contundencia marcial. Los corazones se agitaban más deprisa. Todos se sentían parte de algo. Después de todo, aquel teatro no era tan pequeño ni la orquesta sinfónica de aquella ciudad lo era tampoco. Estaba siendo una mañana estupenda justo en ese momento, en aquel tema musical que daba fin al concierto, cosa que no hubieran dicho un par de temas antes.

Cuando la música acabó se levantó de su asiento todo el mundo en el patio de butacas y en los palcos aplaudiendo desbordadamente como si sólo La marcha Radetzky y su ímpetu imperial hubieran sido todo el concierto. El director de la orquesta se volvió complacido tras dar la orden para que se levantaran primero las diferentes secciones de cuerda de su orquesta, luego las diferentes secciones de vientos y por último su sección de percusión. Se inclinó ligeramente en señal de respeto al público mientras le llovían los aplausos. Salió por un lateral hasta en dos ocasiones, pues hubo de salir a escena ante los aplausos interminables. Sin duda, a fin de cuentas, al final había sido mejor concierto de lo que él mismo hubiera esperado. Hacía días que el médico le había dictaminado una enfermedad que en breve le dejaría sin recuerdos hasta el día de su muerte, pero eso sólo lo sabía él y su médico. Aquel concierto expresaba su ser. Aquel final era una lucha personal de vitalidad frente a todo aquello que ahora le parecía una vida rociada de tristeza y ceniza por su condena al olvido. La marcha Radetzky era para él un estallido de rebeldía aquella mañana. Tras dejarse llevar por lúgubres pensamientos, la pasión musical le hizo dar aquel enérgico final que él no terminaba de comprender cómo había empatizado con el auditorio. Allí estaba la masa nebulosa compuesta por los diferentes colores de los trajes de gala de la gente, aplaudiéndole. También sus ojos hacía tiempo que no le mostraban una realidad nítida.

Poco a poco fue saliendo la gente del teatro. Algunas personas hacían grupitos en el recibidor del edificio hablando entre ellos. Otros esperaban o eran recogidos por coches de caballos. Había parejas que se iban dando un paseo calle abajo o calle arriba. El sargento Clemens Leisser se fue andando en soledad. Estaba agotando su tiempo de permiso. Una barrida de ametralladora había matado a todos los hombres a los que él mandaba en el momento de un intento de asalto a las posiciones enemigas. Apenas había ocurrido quince días atrás. Los cuerpos habían caído como muñecos de marioneta a los que les cortaron las cuerdas. Sus posturas fueron de lo más extrañas. Él había quedado sólo en tierra de nadie. Era el soldado que más había avanzado aquel día. No era de lo que más se enorgullecía. Se daba a sí mismo por muerto. En poco tiempo una ráfaga de ametralladora podía seccionarle la cabeza o sacarle las tripas, entonces todo hubiera acabado. Sólo esperaba que no fuera especialmente doloroso. La muerte en sí no le importaba tanto como el modo en el que se podría producir. A fin de cuentas él no era un soldado de chocolate, no era una persona que le gustara lucir su uniforme y sus medallas delante de los civiles, especialmente delante de las chicas, para luego derrumbarse y derretirse toda su estampa, como se derrite el chocolate con el calor, a la hora de enfrentarse a los combates. Se veía a sí mismo muerto en pocos minutos, quizá en segundos. Incluso si le acertaran las balas y quedara vivo era probable que muriera desangrado, quizá incluso viviera lo justo para ver como alguna rata se decidía por empezar a comérselo sin esperar a que fuera carroña. Empezaría por algún trozo inerte de su cuerpo aún caliente. Tal vez fue la idea insoportable de morir mientras unos dientecillos de rata le devoraban aquella cuando anocheciera que se decidió por quitarle las granadas de mano a un par de los soldados muertos a su lado y salir lanzándolas hacia delante corriendo hacia aquella ametralladora. Tiró todos los explosivos que tenía y disparó cuánto pudo. Estaría muerto antes de llegar a la alambrada enemiga, o quizá llegaría hasta allí justo a tiempo para quedar enganchado y morir quedando colgado de las púas metálicas. Fue algo instintivo y pasional. Si lo hubiera reflexionado bien, hubiera retrocedido arrastrándose y serpenteando hasta sus posiciones. Sin embargo, no pudo tener más fortuna en el lanzamiento de aquellas bombas de mano. La primera cayó cerca de la ametralladora enemiga, lo suficiente para aturdir con una lluvia de tierra a los soldados que la manejaban. La segunda bomba los mató. Las otras convirtieron aquel nido de ametralladora en un montón de agujeros. Habían caído todas tan cerca que nadie pudo hacer uso de aquel arma. Desde atrás de él aquello infundió ánimos al pelotón que les seguía, los cuáles ya se estaban retirando. Animados por la acción el capitán de aquellos hombres ordenó de nuevo el avance. No se tomó la posición. En apenas treinta minutos más volvieron a retroceder. Aquel día nadie avanzó nada en sus posiciones, pero el cabo Clemens Leisser fue ascendido a sargento y recibió veinte días de permiso. Así que allí estaba él. Era huérfano, no tenía familia, ni tampoco esposa, novia o alguien al cargo. Allí estaba él, paseando de vuelta a la habitación que alquiló en aquella ciudad pequeña del interior de un valle de Austria. Podría haber ido a Viena, pero prefirió aquel lugar. Le parecía más tranquilo, un lugar intermedio entre lo urbano y lo rural. Todo lo que había ocurrido esos días podría no haber ocurrido, pero había ocurrido y seguía vivo, había aplaudido La marcha Radetzky, se había puesto su gabardina militar y andaba por la calle cerca de la hora de comer. Comer era el principal motor para que los soldados se sintieran vivos. Más que una Marcha Radetzky.

Leisser había pasado el comienzo de la noche de Año Nuevo emborrachándose con cerveza negra en un bar donde conoció a una prostituta que dijo que se llamaba Nina. El resto de la noche la había pasado con esa chica en su habitación. Ella era joven y muy delgada. De pelo moreno. Tal vez era judía de nacimiento y educación, pero no parecía creyente, simplemente algo se notaba en algunos de sus modos de comportarse y de hablar, y en su nariz, ligeramente grande, ligeramente curva. Sus ojos eran grandes y negros. Sus piernas firmes. Sus pechos pequeños y duros. Su estómago estaba blindado al alcohol, pero sabía disimular. Sus movimientos tenían la precisión del conocimiento de su trabajo. Sumisa en apariencia, le había dirigido en todo lo que aquella deseaba aquella noche. Ganó su sueldo hora tras hora. Leisser gastó en ella la pequeña paga extraordinaria que le habían dado. Cuando volviera al frente podía morir segado por una ráfaga de balas, todo el dinero que tuviera daría igual. Mejor para aquella chica, que le había tratado sin rudezas ni órdenes ni nada que amenazara su ser. Habían hablado mucho en la madrugada. Él le había contado cosas de su infancia y los recuerdos borrosos de sus padres. Ella le había escuchado abrazada a su pecho de hombre en la cama. También ella le contó cosas de su infancia. Se habían gustado, aunque ambos sabían cómo funcionaba el mundo para que ellos se hubieran conocido. No había sido casualidad que se eligieran mutuamente aquel Año Nuevo. El frío unía a las personas, sobre todo a las personas con vidas amenazadas por lo salvaje. Se despidieron a la hora del desayuno, pero se habían prometido volver a verse. Leisser se proponía volver a verla en la próxima ocasión. De momento él había ido a aquel concierto, para el que había sacado su entrada días antes, y ahora debería buscar un lugar donde comer antes de partir de nuevo hacia el sector del frente donde estaba su compañía. Le quedaba muy poco tiempo de permiso. La volvería a ver, se dijo, ganaría otro permiso y volvería a aquel lugar, la vería, le pediría una dirección donde escribirla y nunca más se volvería a ir sin besarla, siempre que ella así lo quisiera. Necesitaba de aquel cobijo en su vida. Necesitaba de ella, único momento agradable que había vivido en muchos meses. No era un enamoramiento, sino una sensación de paz. Leisser asociaba la paz al bienestar junto a ella aquella noche, ni siquiera la relajación del esfuerzo físico era comparable a la relajación del esfuerzo físico que había vivido en cada combate. Probablemente si conociera a más chicas, chicas que no pagara y que le aceptaran, viviría similares o mayores sensaciones, pero hacía tanto tiempo que sólo recibía horrores de la guerra, que aquella chica era para él la culminación de la paz en su vida. Se proponía volver a verla, incluso vivir con ella si ella le aceptara. Pero todo esto eran pensamientos ligeros, cosas que se pensaban porque igualmente le mantenían lejos de los cañones. Unos cañones amenazantes, dispuestos a despedazar su cuerpo, a desvertebrarlo, a acabar aquel cuerpo que tan placenteramente había descansado aquel Año Nuevo en el lecho con ella.

En estas cosas pensaba caminando en busca de un lugar donde comer dentro de una o dos horas, lejos de la marcialidad unísona de los aplausos sincronizados de la multitud en La marcha Radetzky. Paseó varias calles secundarias hasta llegar al río que bordeaba la ciudad. Estuvo paseando por allí observando algunas aves no migratoria saltar de rama en rama de los árboles de la ribera. Un padre pasó en bicicleta seguido por su hija. Hacía sol y hacía frío. La nariz se le helaba cuando al fin se decidió por regresar hacia el centro de la ciudad. Conocía un mesón en el que servían una buena sopa de verduras seguida de un plato de carne asada que le podía valer como el mejor de los regalos para su estómago, que en los próximos meses volvería a alimentarse de comidas de rancho y conservas en escasas porciones. Sólo se comía algo más después de un ataque, si se lograba regresar de una pieza. Se solía atacar antes de comer, pues se evitaba así que los estómagos pesados por la digestión impidiera correr u otros ejercicios propios del combate. Aquellos que morían por la patria hacían un último acto de amistad a sus compañeros, pues su rancho aumentaba las raciones. El frente aún estaba lejos, tenía frente a sí un pernil pequeño de cordero que pagó haciendo un último derroche y reservando un poco más por si encontraba a Nina. La salsa se había compuesto con pocos ingredientes, pero combinados y usados con inteligencia. El tiempo que había estado en el horno le había dado a todo una ternura y un sabor como si fuera el mejor de los manjares del palacio imperial. Apenas había dos patatas, pero venían al cuerpo como si fueran un patatal entero. Era Año Nuevo y pese a la guerra, la vida.

Tras comer fue a su habitación. Se tumbó un poco en la cama, había que aprovechar el colchón y su recuerdo. Luego escribió un par de cartas a un par de amigos y las mandó por correo tras ir a sellarlas. Aquellas iban a ser las primeras cartas que escribía no iban a pasar la censura militar tras muchos meses en el ejército. Había que aprovechar también el servicio civil de correos. Cuando se puso a escribir se dio cuenta que tampoco sabía exactamente qué quería contar que mereciera la pena contar sin aquella censura militar. Se limitó a escribir sobre la tranquilidad que había recibido en aquella ciudad esos días. Sobre que tal vez debiera sentar la cabeza cuando se licenciara, pero que, si moría en combate, como era probable tarde o temprano, dejaba dicho a sus amigos todo aquello que debía hacerse con sus bienes y que quería que hicieran con el cuerpo si se recuperaba del campo de batalla. No escribió nada sobre Nina. Tan sólo cerró las cartas, fue a sellarlas y las envió.

Sobre las cinco tomó un café en la avenida principal. Habló con algunos clientes de la mesa de al lado sobre temas intrascendentes. A las seis el frío aumentaba. El cielo se ponía blanco. La gente comenzó a irse a sus casas poco a poco. Las chimeneas soltaban el humo de su calor. Para las siete hubo un gran movimiento en la ciudad, a pesar de que ya era de noche. La gente corría a sus casas. Algunas madres y padres llevaban casi a rastras a sus hijos. En esa zona del país no había peligro de que la guerra llegara, así que le parecía raro el alboroto. Leisser siguió su paseo sin darle gran importancia, pero extrañado. Habían comenzado a caer algunos copos de nieve, tal vez no querían ser sorprendidos por una gran nevada en la calle. A él le daba igual. Las trincheras endurecía los cuerpos de los que allí habían estado.

-¡Sargento! ¡Sargento! –le gritó un soldado que viajaba agarrado al lateral exterior de un camión que se paró al otro lado de la calle.
-¿Qué ocurre soldado? –le gritó Clemens Leisser.
-¡Venga al camión sargento! ¡Ha habido un accidente con el camión que iba al matadero y se han escapado las vacas, las terneras y los toros!
-¡Pues que formen una familia! –le gritó Leisser jocoso sin estar dispuesto a interrumpir su paseo.

Un coche de policía llegó hasta aquella calle y paró junto al camión militar.

-¡Oigan!, ¿es que no saben lo del matadero? Los animales están asustados y vienen hacia acá desbocados. Vayan a refugiarse –les ordenó un oficial de policía.

La puerta delantera del acompañante del conductor del camión militar se abrió y bajó un capitán.

-¿Y qué hacen ustedes? –le dijo el capitán al oficial de policía.
-Intentamos avisar a la población.
-Señores, ustedes están huyendo. Hagamos frente a los toros.
-No tenemos medios para atraparlos, queremos que se concentren en una plaza para poderlos encerrar y meterlos de nuevo en otro camión –dijo el policía.
-Idioteces. Ustedes están huyendo –contestó el capitán que rápidamente tomó el control de la situación aunque no estaba dentro de su potestad-. Esos animales iban al matadero, hagamos el trabajo ahora y será más fácil hacer que monten en el camión.
-Pero… -intentó replicar el policía, el capitán le hizo callar con un gesto autoritario.
-¡Sargento, venga aquí! –ordenó el capitán a Leisser, que se acercó a desgana-. ¿Está de permiso?
-Sí, señor –contestó Leisser saludando militarmente.
-Bueno, pues una poco de práctica disparando no le vendrá mal. ¿Tiene su pistola?
-Sí, señor.
-Bien. Móntela. ¡Soldados, bajen del camión con sus fusiles y cárguenlos! Y ustedes dos –les dijo a los policías-, sigan avisando a la población y corten las calles en un perímetro de dos manzanas a la redonda.

Todos obedecieron las órdenes, aunque los policías lo hicieron disconformes con obedecer a un mando militar ajeno a la ciudad, sin embargo, pese a todo, preferían dejar en otras manos aquel asunto.

-Sargento, esto será rápido, incluso divertido, como unos ejercicios de tiro, o una cacería. Siento estropearle su permiso pero las circunstancias son las circunstancias. Mejor esto que los italianos, los serbios o los franceses.

A continuación el capitán apostó a los soldados en determinados lugares estratégicos de la calle y dividió en patrullas de a dos a unos pocos hombres para buscar a los animales y tratar de azuzarlos hacia la zona donde les esperaba la balacera. Leisser era uno de los exploradores. Sólo tenía su pistola, en el camión no tenían fusiles de sobra, pero le acompañaba un soldado con uno. La orden era arriesgada y fuera de toda ordenanza militar. Aquel capitán tenía fama de dar órdenes controvertidas. Nunca le había salido mal una jugada, aunque nunca era tarde para que un día alguna de sus osadías tuviera un mal final y acabara con su brillante carrera. Se había alistado como soldado raso antes del estallido de la guerra. Había ascendido por méritos corriendo todo tipo de riesgos que a otras personas, por menos, les había llevado a la tumba, o a mejor decir, a la sepultura del barro de la tierra de nadie entre las trincheras. Sus osadías y el uso nulo que hacía a menudo de las ordenanzas no le habían llevado nunca al calabozo. Corría el rumor de que su apellido coincidía con el de un conocido diputado, y por su edad había quien juraba sin saber que ese capitán era sobrino de alguien importante en Austria. Su temeridad había llevado a la tumba a mucha gente a la que había mandado, pero a él le había dado muchos honores. Estaba convencido de su predestinación a la gloria militar de una manera casi levítica. De él, pensaba, dependía el ejemplo a cundir entre los austriacos que esos días empuñaban las armas. Leisser era ajeno a esa forma de ser. Para él bien valía ya firmar un armisticio.

El sargento y el soldado avanzaron por la calle por la que habían aparecido el camión militar y el coche de policía y se desviaron en la primera bocacalle que encontraron a su izquierda. Se trataba de una pequeña calle que se dividía en otras dos. Tomaron el camino de la calle más estrecha de esa nueva bifurcación. El soldado avanzaba pegado a la pared del edificio de la derecha, mientras que el sargento lo hacía por le de la izquierda. Trataban de no hacer mucho ruido para no alertar a los animales, por si estuvieran justo al otro lado de la próxima esquina. La nieve comenzaba a ser más abundante.

Leisser temía que aquello le fuera a retrasar mucho más tiempo del que esperaba gastar. No sabía cuánto tardarían en dar con los animales escapados del matadero, pero temía sobre todo al posible formulismo militar posterior o a los caprichos de aquel capitán. Con todo, esperaba acabar con suficiente tiempo como para poder encontrar a Nina y pedirle una dirección postal, si había suerte, para dar un trago juntos. Tras las esquinas de aquellas calles no había nada. Vieron pasar a otros dos soldados como ellos al otro extremo de la calle, así que volvieron y tomaron la calle que habían dejado atrás sin explorar. Ni el soldado ni él estaban contentos de tener que afrontar aquella misión estúpida. Todos estaban de permiso. Los soldados habían sufrido un duro bombardeo manteniendo sus posiciones en Los Alpes, después de aquello los habían mandado al combate sin darles un tiempo de refresco gracias a aquel capitán de mandíbula cuadrada. Buena parte de ellos habían muerto. Recibieron algunos hombres nuevos que renovaran las pérdidas y tras aquello al fin se decidieron los mandos a darles un  descanso. Ninguno de ellos se imaginaba que incluso en su descanso aquel capitán les iba a seguir manteniendo en activo, aunque fuera en algo tan estúpido como aquello. Estaban cansados y su capitán parecía un niño jugando a la guerra.

Avanzar por las calles con la sensación de que en cualquier momento apareciera alguno de los animales recordaba en cierto modo al avance por la trinchera enemiga, donde no se sabe dónde los enemigos. En cualquier momento, de improviso, podía salir de la nada lo inesperado, a pesar de haberle estado esperando, y acabar de bruces contigo. Nevaba. Aquellos animales tendrían frío y miedo en el cuerpo. Se volverían más peligrosos si resbalaban. Se les oía correr y mugir. Un par de disparos sonaron de lejos. El grito de una mujer asustada cerrando una ventana de golpe rebotó por cada calle. Un tercer disparó fue seguido de lo que parecía el desplome de uno de aquellos animales. Unos gritos de los soldados informaban que habían abatido a uno, pero varios se les habían escapado rápidamente doblando la calle hacia su izquierda. Leisser y el soldado se volvieron hacia la calle por donde creyeron que venía el sonido más fuerte. Leisser le hizo un gesto al soldado

-Pásame el fúsil –le dijo.
-¿Qué?
-Que me pases el fúsil -le pidió Leisser.
-Ni hablar, no pienso hacerlo –contestó el soldado desde el otro lado de la calle aferrándose más al cañón del fúsil como si así estuviera más seguro en sus manos.
-Soy un sargento, dame el fúsil –le ordenó.
-No voy a pasarle el fúsil, sargento. Usted tiene la pistola.
-Te estas insubordinando.
-Lo siento, sargento, pero el capitán me ordenó patrullar con el fúsil.
-El capitán no está aquí y yo soy un sargento. Dame el fúsil –Lessier se impacientaba, estaban al lado de la esquina de la calle y el animal se aproximaba.
-Sargento, con todos mis respetos, creo que el animal entrará por este lado y me será más útil a mí.
-Desde donde estás no tendrás tiempo a apuntar el arma, dame el fúsil y quítate de esa esquina, estúpido.
-No, sargento – el soldado se agarró más fuerte, movió la cabeza hacía un lado como si estuviera pendiente de Leisser y del posible toro a la vez, aunque en realidad pretendía evitar el enfrentamiento directo con las miradas.

Sonaron varios disparos en otras calles sucedidos de algunos gritos de euforia. El animal que se les aproximaba sonaba cada vez más fuerte cuando apareció de súbito arrollando al soldado. Se trataba de una vaquilla bastante corpulenta marrón y blanca que levantó por los aires al soldado. El fusil salió por los aires y cayó bastante lejos de donde estaban, aunque el soldado no lo hubiera podido recuperar. El soldado no terminó de caer al suelo cuando la vaquilla le volvió a enganchar por el interior de uno de sus muslos casi a la altura de la entrepierna. Aquel hombre dio otra voltereta en el aire antes de caer con la cabeza por delante al suelo. Ya había comenzado a aparecer un reguero de sangre bastante grande cuando la vaquilla se fue por el otro lado de la calle a toda velocidad huyendo del matadero.

Leisser se acercó corriendo al hombre caído. La primera cornada apenas le había rasgado uno de sus costados. Quizá tuviera alguna costilla rota, prácticamente le había levantado de un cabezazo. Ni siquiera la vaquilla se había planteado al aparecer que allí hubiera alguien. Pero la segunda cornada le había atravesado la pierna, tal vez le había cortado el sartorio, posiblemente también alguna arteria, que era la que debía estar desangrándose. Cuando le alzó en el aire por segunda vez el peso del cuerpo del soldado había provocado un desgarro bastante grande, tanto que uno de sus testículos estaba fuera del escroto. Para remate, el golpe en la cabeza contra el asfalto parecía grave, también sangraba por allí, pero Leisser había visto muchas heridas por caídas en la cabeza, puede que aquello fuera más aparente que lo de la pierna. Trató de taponarle la salida de sangre usando la tela del propio abrigo del soldado, cuyo faldón en esos momentos estaba justo al lado de la hemorragia. La sangre no paraba de salir. Leisser gritó pidiendo auxilio. La vida de aquel hombre se le iba entre las manos. La sangre le manchó las puñetas de su gabardina, ya había impregnado toda la superficie de sus manos. Cuando aparecieron los primeros compañeros de aquel hombre, aquel ya había muerto. Estaba, según el capitán que mandó aquella operación, en un lugar mejor que en el que ellos estaban.

Leisser había visto morir a muchos hombres, pero nunca de aquella manera. Aquel capitán apenas tuvo unas palabras marciales sobre el deber cumplido, ignorando que no era el deber de aquel hombre de permiso controlar una desbandada de vacas y toros. Verdaderamente aquel capitán era un niño jugando a la guerra como si aquellos hombres fueran peones de ajedrez o soldaditos de plomo. Leisser deseó darle un puñetazo bien fuerte en el mentón. Sólo hubiera servido para meterle en problemas. Temió que aquel puñetazo pudiera darle muy graves consecuencias. Se contuvo mucho de no destrozarle a golpes la mandíbula cuando dejó de hacer presión en la herida abierta. Un río de sangre salió a presión como un surtidor, para después salir sosegadamente formando un charco junto al hombre muerto al que aquella sangre apenas unos segundos antes daba vida. Un soldado le invitó a levantarse con una suave palmada en el hombro. El capitán se agachó para certificar él mismo la muerte de aquel hombre, a pesar de que ya había sido corroborada por el propio Leisser y otro soldado. Se levantó y les ordenó terminar el trabajo iniciado antes de hacerse cargo del cuerpo, como si del campo de batalla se tratara.

Una hora más tarde habían abatido a todos los animales. El cuerpo de aquel soldado había sido envuelto en una manta y montado en el camión. El capitán les ordenó quitarse las gorras y dijo unas palabras como si fuera el capellán militar. Si por este hombre hubiera sido, él lo hubiera sido todo en aquella guerra. Pero en ese gesto que le repugnaba a Leisser, los soldados a su mando encontraban en él algo respetable, por extraño que pareciera. Como la persona que simpatiza con su raptor cuando su vida depende del raptor.

Apenas habían hecho aquello por controlar realmente a cuatro vaquillas.

Era ya muy tarde, las diez de la noche, cuando Leisser llegó al bar de mala reputación donde encontró a Nina la noche anterior. No había cenado, pero quería encontrarla. Un desasosiego le recorría su interior después de lo de aquel hombre. Tenía las manos limpias, se las había lavado en su habitación. El capitán le proporcionó una gabardina nueva como recompensa por la que estaba manchada de sangre, ya que estaba de permiso. Aquello fue extraño, un acto teatral de cortesía después del trágico suceso. Era como si aquel hombre no sintiera. En el bar no estaba Nina.

-¿Eres uno de los militares que ha quitado de la calle a esos toros? –le preguntó el dueño del local acercándose a la mesa con un plato de comida humeante.
-Sí –contestó Clemens Leisser sin ningún orgullo ni pasión.
-Muchas gracias, muchacho, toma esto de parte de la casa –le dijo dejándole el plato delante suya y dándole una gran palmada en la espalda que le hizo inclinarse hacia delante.

Leisser aceptó el plato metiendo la cuchara dentro para comenzar a cenar. No estaba nada mal cocinado. A fin de cuentas así había sido su vida los últimos meses. Pensaba en aquel chico, pero sobre todo en lo fortuito de la vida. Un vaso de vino después de comer y después otro y otro. Pasó otra hora antes de que Nina apareciera en el local. Sin duda venía de haber acompañado a algún cliente un rato, pero también ella se alegró de verle. Fue directa a sentarse a su lado.

-Nina –le dijo-, mañana por la mañana vuelvo al frente.
-Aún tenemos la noche.
-Pero quiero volver. Volveré en cuanto pueda. Mientras, si tú quieres…
-¿Has oído lo de los toros? Dicen que se escaparon lo menos diez.
-Si tú quieres podríamos escribirnos.

Nina tomó un trago de vino del vaso de Clemens.

-¡Camarero, trae otro vaso! –ordenó desde su mesa Leisser, lo trajeron rápido y se sirvieron dos vasos de una jarra nueva de vino-. ¿Qué me dices?
-Hay que ser muy valientes para enfrentarse a los toros. Dicen que hirieron a uno de los soldados. Pobrecito, pero ahora quizá pueda ver a su mamá.
-Sólo nos queda esta noche, Nina. Necesito saber si…
-Sí. Escríbeme –contestó pasándole el brazo por los hombros, él la besó.
-¿Dónde…?
-¿Sabes escribir?
-Sí.
-Yo no. Sólo sé hacer mi marca.

Leisser sacó una libreta y una pluma estilográfica muy barata y algo vieja. Anotó la dirección que le dijo Nina y volvieron a beber juntos antes de besarse.

-¿Quieres pasar esta noche conmigo, es tu última noche? –le preguntó Nina tocándole el interior de sus muslos.
-Nuestra última noche.
-Sí.
-Sí, quiero.
-Entonces paga y vámonos.

Leisser sacó su cartera y pidió la cuenta, que pagó de inmediato. Cuando se levantaron apareció de nuevo el dueño del local dándole de nuevo las gracias por lo de las vaquillas que él mismo confundía con toros. Estaba notablemente bebido lo justo como para valorar como algo muy positivo cada cosa que le contaban que le gustaba.

-Entonces, ¿tú estuviste en lo de los toros? –le preguntó Nina con los ojos iluminados de una forma novedosa y admirativa.
-Sí, yo estuve allí –le contestó sin orgullo Leisser.
-¡Qué callado lo has guardado! ¡Bésame, héroe!

Leisser la besó en un beso más húmedo y más pasional que todos los besos anteriores.

-Hay otras cosas que no te he contado, cosas vergonzosas –le dijo tras besarla.
-¿Ah, sí? ¿Cómo qué? Si vas a escribirme no debemos tener secretos, mi héroe.
-Pues por ejemplo, esta mañana estuve en el concierto de Año Nuevo –dijo Leisser sonriendo con su broma.

Ella sonrió con una pequeña risita. El dueño del local, que estaba al lado, estalló de entusiasmo:

-¿Habéis oído todos? ¡Este hombre ha estado en el concierto de Año Nuevo!

Todos los presentes hicieron reverencias mientras Nina reía falsamente llevada por el vino.

-Cántala, Jakob –le pidió Nina al dueño del local sujeta al brazo del sargento Clemens Leisser.

El dueño del local se sintió animado por todos y comenzó a entonar el comienzo de las notas más conocidas de La marcha Radetzky. Poco a poco todos los presentes le acompañaron con sus voces cada vez más altas. Y con sus palmas, también cada vez más altas. Y con sus tacones en el suelo. Cantaban igualmente unísonos, casi marciales, como una máquina germana, todos acompasados como marchando juntos de verdad, como pudiendo hacer frente en ese momento a cualquier adversidad. Nina reía agarrada a Clemens, y Clemens, con una sonrisa tiraba de ella hacia la puerta. La marcha Radetzky llenaba todo el lugar, como lo había llenado la vaquilla al arrollar a aquel soldado. Como lo había llenado la sangre del desgarro de su pierna. La situación parecía cómica, pero todo el local parecía pasar del humor de las borracheras a la compenetración unísona de voces, palmas y taconazos sincronizados. Como una marcha maquinal y férrea. Como algo imparable. Como si Austria entera se estuviera movilizando en aquel local entre jarras de vino a medio beber, vasos vacíos y vasos llenos. Incluso el director de la orquesta de la mañana podría haberse sumado el tanto de aquella noche sin estar allí, y probablemente con seguridad sin que allí hubiera alguien que hubiera estado en el concierto, salvo Leisser. Los austriacos de aquella ciudad parecían encantados con La marcha Radetzky.

La noche continuaba. Por la mañana el sargento Clemens Leisser marcharía al frente.


Por Daniel L.-Serrano “Canichu”
Alcalá de Henares, 22 de enero de 2015. Publicado en Noticias de un Espía en el Bar, con motivo del 100 aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).