jueves, enero 22, 2015

NOTICIA 1435ª DESDE EL BAR: AÑO NUEVO DE 1915

Con motivo de haber terminado de leer Senderos de gloria (1935), de Humphrey Cobb, he querido escribiros otro relato por el primer centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial. Cobb, que estuvo destinado en Europa dentro del ejército canadiense entre 1917 y 1919, se indignó mucho al leer la noticia real de los juicios sumarísimos para dar ejemplo entre la tropa francesa durante la contienda. En concreto en 1934 había leído una noticia en The New York Times donde se informaba de una indemnización simbólica a dos de las viudas y una reparación de honor a otra viuda cuyos maridos habían sido fusilados como resultado de un proceso ejemplar a todo un regimiento de hombres que se habían negado a salir a combatir por la imposibilidad de poder hacerlo ante la potencia del fuego enemigo. La novela no fue muy vendida en un primer momento, pero fue llevada al teatro en torno a 1938, también sin éxito. Cobb se hizo comerciante de acciones de la Marina estadounidense y posteriormente agente de la Oficina de Información de Guerra (la OSS, posterior servicio secreto llamado CIA). Pero quizá se hizo famoso como guionista de películas de Hollywood, entre ellas varias protagonizadas por Humphrey Boggart. Cobb murió en 1944 con 45 años, no pudo ver la adaptación cinematográfica que hizo Stanley Kubrik en 1957 con dinero del actor Kirk Douglas, quien quiso a cambio ser el protagonista. En Francia no se pudo proyectar hasta 1975, y en España hasta 1986. El libro, reeditado en España por la editorial Capitán Swing con una introducción muy inteligentemente escrita por David Simon, cuenta, en esa edición, con un apéndice final que contiene el diario personal anotado del Cobb mientras fue soldado raso combatiente en la guerra. El autor fue antibelicista. Fue un gran descreído de las autoridades militares y los sacrificios que pedían. Precisamente su libro puso en contradicción todo el aparato burocrático y todas las razones de Estado para la guerra. En su escritura se intuye parte de la experimentación de la época al mezclar la narración clásica con cartas, informes, borradores y hasta con las actas del juicio final del proceso sumarísimo a los condenados, pero lo hace ne dosis pequeñas, lo que nos permite leerlo todo del tirón. No hay capítulos, aunque hay zonas acotadas en el texto a modo de tales, y se divide toda la narración en tres partes. El final del libro es diferente al final de la película. Stanley Kubrik añadió en su guión un par de escenas brillantes que posiblemente hubieran sido del gusto de Cobb. Así mismo, no son tres los acusados, como en la película, sino cuatro, merece la pena conocer los porqués del cuarto acusado. Además, a pesar del peso del coronel Dax en la película, interpretado por Douglas, el libro es una historia coral donde todos los personajes cobran importancia ya por sus dotes mezquinas, ya por sus dotes campechanas, ya por sus dotes nihilistas, religiosas, asesinas, ambiciosas u honorables. Si hubiera que hablar de un protagonista en el libro no sería tanto Dax, cuya personalidad es muy atractiva, si no  el del soldado raso Langlois, aunque en realidad cada una de las tres partes contiene un personaje diferente más destacado sobre los otros. El lenguaje es directo y conciso. Ataca directamente a toda la burocracia militar y a todo lo que se esconde de ella en forma de intereses personales disimulados en órdenes. El libro es asequible a 18 euros. Merece la pena tenerlo e la bilbioteca. Sin más, os dejo con el relato que os he escrito yo, que no tiene nada que ver con este libro. Saludos y que la cerveza os acompañe.



AÑO NUEVO DE 1915
 
El lago de los cisnes había sonado lento y aburrido. Chaikovski mismo hubiera bostezado de sueño y aburrimiento. La pequeña banda sinfónica comenzó a acometer La marcha Radetzky con más entusiasmo. Las notas de Strauss no sólo despertaron a los músicos de una abulia que habían logrado transmitir, también el público se reanimó y poco a poco se oían palmas acompañando la música. El viejo director de orquesta rejuveneció su espíritu aquel día de Año Nuevo de 1915 con una sonrisa que comenzó en las comisuras de sus labios no creyendo aún haber despertado al público asistente del pequeño teatro. Pronto fue una enorme sonrisa que incluso pintó un poco de rosa las pálidas mejillas del ya casi octogenario hombre de la batuta. El público entero al unísono daba palmas perfectamente sincronizadas con el tempo de la música, había quien daba pequeños taconazos en el suelo de debajo de su butaca. El director de vez en cuando, con una sonrisa formidable bien asentada en su cara, se daba la vuelta y se atrevía a dirigir a aquel público de ciudad pequeña austriaca que tan vigorosamente tocaban sus palmas al ritmo de La Marcha Radetzky. Parecían haber ensayado. Subían el sonido de sus palmas o lo bajaban al ritmo que les indicaba el viejo director, que se atrevió incluso a dirigirles por sectores de la sala. Aquella composición de Strauss sonó fuerte, rotunda, convencida, unísona, bien compenetrada sin que el público se hubiera puesto de acuerdo previamente, todo funcionaba perfectamente como un artilugio de relojería austriaca, como una máquina germana.

El público estaba entusiasmado con aquella marcha a pesar de que el resto del concierto había sido entre pasable y olvidable. Bien es cierto que para la gran mayoría de los presentes, si no para todos, un concierto de Año Nuevo sin El lago de los cisnes y sin La marcha Radetzky hubiera sido un engaño o una falsa esperanza, como la pasada tregua de Navidad en los frentes de combate. La ejecución de El lago de los cisnes era un auténtico destrozo por el carácter patético que le dio el director. Quien no se dormía recordaba a su hijo muerto o a su esposo muerto, o recordaban a quienes podían morir el día de mañana o ese mismo día. Los que estaban de permiso pensaban en su propia muerte. El lago de los cisnes no debería haber conferido esos pensamientos. Muchos los eludieron pensando en sus pequeñas tareas diarias o en las vivencias de la celebración de la noche vivida, pero en todos, aunque no se pensara directamente en ello, tenían en la cabeza el ambiente lóbrego que aquel director transmitió a Chaikovski. Pero La marcha Radetzky era otra cosa. Era energía pura. Era golpe de mano con golpe musical dirigiendo a todos unidos en una revancha emocional que no podía culminar en otra cosa más que en el convencimiento absoluto de que aquel concierto había merecido la pena, todo lo demás eran circunstancias de la guerra. La marcha Radetzky hacía que todos fueran parte de aquel concierto. Palmeaban a la vez con fuerza y entusiasmo como si a cada palmada amplificada por otros cientos de manos dando palmadas estuvieran acabando con todos los males de Austria como quien aplasta una mosca con contundencia marcial. Los corazones se agitaban más deprisa. Todos se sentían parte de algo. Después de todo, aquel teatro no era tan pequeño ni la orquesta sinfónica de aquella ciudad lo era tampoco. Estaba siendo una mañana estupenda justo en ese momento, en aquel tema musical que daba fin al concierto, cosa que no hubieran dicho un par de temas antes.

Cuando la música acabó se levantó de su asiento todo el mundo en el patio de butacas y en los palcos aplaudiendo desbordadamente como si sólo La marcha Radetzky y su ímpetu imperial hubieran sido todo el concierto. El director de la orquesta se volvió complacido tras dar la orden para que se levantaran primero las diferentes secciones de cuerda de su orquesta, luego las diferentes secciones de vientos y por último su sección de percusión. Se inclinó ligeramente en señal de respeto al público mientras le llovían los aplausos. Salió por un lateral hasta en dos ocasiones, pues hubo de salir a escena ante los aplausos interminables. Sin duda, a fin de cuentas, al final había sido mejor concierto de lo que él mismo hubiera esperado. Hacía días que el médico le había dictaminado una enfermedad que en breve le dejaría sin recuerdos hasta el día de su muerte, pero eso sólo lo sabía él y su médico. Aquel concierto expresaba su ser. Aquel final era una lucha personal de vitalidad frente a todo aquello que ahora le parecía una vida rociada de tristeza y ceniza por su condena al olvido. La marcha Radetzky era para él un estallido de rebeldía aquella mañana. Tras dejarse llevar por lúgubres pensamientos, la pasión musical le hizo dar aquel enérgico final que él no terminaba de comprender cómo había empatizado con el auditorio. Allí estaba la masa nebulosa compuesta por los diferentes colores de los trajes de gala de la gente, aplaudiéndole. También sus ojos hacía tiempo que no le mostraban una realidad nítida.

Poco a poco fue saliendo la gente del teatro. Algunas personas hacían grupitos en el recibidor del edificio hablando entre ellos. Otros esperaban o eran recogidos por coches de caballos. Había parejas que se iban dando un paseo calle abajo o calle arriba. El sargento Clemens Leisser se fue andando en soledad. Estaba agotando su tiempo de permiso. Una barrida de ametralladora había matado a todos los hombres a los que él mandaba en el momento de un intento de asalto a las posiciones enemigas. Apenas había ocurrido quince días atrás. Los cuerpos habían caído como muñecos de marioneta a los que les cortaron las cuerdas. Sus posturas fueron de lo más extrañas. Él había quedado sólo en tierra de nadie. Era el soldado que más había avanzado aquel día. No era de lo que más se enorgullecía. Se daba a sí mismo por muerto. En poco tiempo una ráfaga de ametralladora podía seccionarle la cabeza o sacarle las tripas, entonces todo hubiera acabado. Sólo esperaba que no fuera especialmente doloroso. La muerte en sí no le importaba tanto como el modo en el que se podría producir. A fin de cuentas él no era un soldado de chocolate, no era una persona que le gustara lucir su uniforme y sus medallas delante de los civiles, especialmente delante de las chicas, para luego derrumbarse y derretirse toda su estampa, como se derrite el chocolate con el calor, a la hora de enfrentarse a los combates. Se veía a sí mismo muerto en pocos minutos, quizá en segundos. Incluso si le acertaran las balas y quedara vivo era probable que muriera desangrado, quizá incluso viviera lo justo para ver como alguna rata se decidía por empezar a comérselo sin esperar a que fuera carroña. Empezaría por algún trozo inerte de su cuerpo aún caliente. Tal vez fue la idea insoportable de morir mientras unos dientecillos de rata le devoraban aquella cuando anocheciera que se decidió por quitarle las granadas de mano a un par de los soldados muertos a su lado y salir lanzándolas hacia delante corriendo hacia aquella ametralladora. Tiró todos los explosivos que tenía y disparó cuánto pudo. Estaría muerto antes de llegar a la alambrada enemiga, o quizá llegaría hasta allí justo a tiempo para quedar enganchado y morir quedando colgado de las púas metálicas. Fue algo instintivo y pasional. Si lo hubiera reflexionado bien, hubiera retrocedido arrastrándose y serpenteando hasta sus posiciones. Sin embargo, no pudo tener más fortuna en el lanzamiento de aquellas bombas de mano. La primera cayó cerca de la ametralladora enemiga, lo suficiente para aturdir con una lluvia de tierra a los soldados que la manejaban. La segunda bomba los mató. Las otras convirtieron aquel nido de ametralladora en un montón de agujeros. Habían caído todas tan cerca que nadie pudo hacer uso de aquel arma. Desde atrás de él aquello infundió ánimos al pelotón que les seguía, los cuáles ya se estaban retirando. Animados por la acción el capitán de aquellos hombres ordenó de nuevo el avance. No se tomó la posición. En apenas treinta minutos más volvieron a retroceder. Aquel día nadie avanzó nada en sus posiciones, pero el cabo Clemens Leisser fue ascendido a sargento y recibió veinte días de permiso. Así que allí estaba él. Era huérfano, no tenía familia, ni tampoco esposa, novia o alguien al cargo. Allí estaba él, paseando de vuelta a la habitación que alquiló en aquella ciudad pequeña del interior de un valle de Austria. Podría haber ido a Viena, pero prefirió aquel lugar. Le parecía más tranquilo, un lugar intermedio entre lo urbano y lo rural. Todo lo que había ocurrido esos días podría no haber ocurrido, pero había ocurrido y seguía vivo, había aplaudido La marcha Radetzky, se había puesto su gabardina militar y andaba por la calle cerca de la hora de comer. Comer era el principal motor para que los soldados se sintieran vivos. Más que una Marcha Radetzky.

Leisser había pasado el comienzo de la noche de Año Nuevo emborrachándose con cerveza negra en un bar donde conoció a una prostituta que dijo que se llamaba Nina. El resto de la noche la había pasado con esa chica en su habitación. Ella era joven y muy delgada. De pelo moreno. Tal vez era judía de nacimiento y educación, pero no parecía creyente, simplemente algo se notaba en algunos de sus modos de comportarse y de hablar, y en su nariz, ligeramente grande, ligeramente curva. Sus ojos eran grandes y negros. Sus piernas firmes. Sus pechos pequeños y duros. Su estómago estaba blindado al alcohol, pero sabía disimular. Sus movimientos tenían la precisión del conocimiento de su trabajo. Sumisa en apariencia, le había dirigido en todo lo que aquella deseaba aquella noche. Ganó su sueldo hora tras hora. Leisser gastó en ella la pequeña paga extraordinaria que le habían dado. Cuando volviera al frente podía morir segado por una ráfaga de balas, todo el dinero que tuviera daría igual. Mejor para aquella chica, que le había tratado sin rudezas ni órdenes ni nada que amenazara su ser. Habían hablado mucho en la madrugada. Él le había contado cosas de su infancia y los recuerdos borrosos de sus padres. Ella le había escuchado abrazada a su pecho de hombre en la cama. También ella le contó cosas de su infancia. Se habían gustado, aunque ambos sabían cómo funcionaba el mundo para que ellos se hubieran conocido. No había sido casualidad que se eligieran mutuamente aquel Año Nuevo. El frío unía a las personas, sobre todo a las personas con vidas amenazadas por lo salvaje. Se despidieron a la hora del desayuno, pero se habían prometido volver a verse. Leisser se proponía volver a verla en la próxima ocasión. De momento él había ido a aquel concierto, para el que había sacado su entrada días antes, y ahora debería buscar un lugar donde comer antes de partir de nuevo hacia el sector del frente donde estaba su compañía. Le quedaba muy poco tiempo de permiso. La volvería a ver, se dijo, ganaría otro permiso y volvería a aquel lugar, la vería, le pediría una dirección donde escribirla y nunca más se volvería a ir sin besarla, siempre que ella así lo quisiera. Necesitaba de aquel cobijo en su vida. Necesitaba de ella, único momento agradable que había vivido en muchos meses. No era un enamoramiento, sino una sensación de paz. Leisser asociaba la paz al bienestar junto a ella aquella noche, ni siquiera la relajación del esfuerzo físico era comparable a la relajación del esfuerzo físico que había vivido en cada combate. Probablemente si conociera a más chicas, chicas que no pagara y que le aceptaran, viviría similares o mayores sensaciones, pero hacía tanto tiempo que sólo recibía horrores de la guerra, que aquella chica era para él la culminación de la paz en su vida. Se proponía volver a verla, incluso vivir con ella si ella le aceptara. Pero todo esto eran pensamientos ligeros, cosas que se pensaban porque igualmente le mantenían lejos de los cañones. Unos cañones amenazantes, dispuestos a despedazar su cuerpo, a desvertebrarlo, a acabar aquel cuerpo que tan placenteramente había descansado aquel Año Nuevo en el lecho con ella.

En estas cosas pensaba caminando en busca de un lugar donde comer dentro de una o dos horas, lejos de la marcialidad unísona de los aplausos sincronizados de la multitud en La marcha Radetzky. Paseó varias calles secundarias hasta llegar al río que bordeaba la ciudad. Estuvo paseando por allí observando algunas aves no migratoria saltar de rama en rama de los árboles de la ribera. Un padre pasó en bicicleta seguido por su hija. Hacía sol y hacía frío. La nariz se le helaba cuando al fin se decidió por regresar hacia el centro de la ciudad. Conocía un mesón en el que servían una buena sopa de verduras seguida de un plato de carne asada que le podía valer como el mejor de los regalos para su estómago, que en los próximos meses volvería a alimentarse de comidas de rancho y conservas en escasas porciones. Sólo se comía algo más después de un ataque, si se lograba regresar de una pieza. Se solía atacar antes de comer, pues se evitaba así que los estómagos pesados por la digestión impidiera correr u otros ejercicios propios del combate. Aquellos que morían por la patria hacían un último acto de amistad a sus compañeros, pues su rancho aumentaba las raciones. El frente aún estaba lejos, tenía frente a sí un pernil pequeño de cordero que pagó haciendo un último derroche y reservando un poco más por si encontraba a Nina. La salsa se había compuesto con pocos ingredientes, pero combinados y usados con inteligencia. El tiempo que había estado en el horno le había dado a todo una ternura y un sabor como si fuera el mejor de los manjares del palacio imperial. Apenas había dos patatas, pero venían al cuerpo como si fueran un patatal entero. Era Año Nuevo y pese a la guerra, la vida.

Tras comer fue a su habitación. Se tumbó un poco en la cama, había que aprovechar el colchón y su recuerdo. Luego escribió un par de cartas a un par de amigos y las mandó por correo tras ir a sellarlas. Aquellas iban a ser las primeras cartas que escribía no iban a pasar la censura militar tras muchos meses en el ejército. Había que aprovechar también el servicio civil de correos. Cuando se puso a escribir se dio cuenta que tampoco sabía exactamente qué quería contar que mereciera la pena contar sin aquella censura militar. Se limitó a escribir sobre la tranquilidad que había recibido en aquella ciudad esos días. Sobre que tal vez debiera sentar la cabeza cuando se licenciara, pero que, si moría en combate, como era probable tarde o temprano, dejaba dicho a sus amigos todo aquello que debía hacerse con sus bienes y que quería que hicieran con el cuerpo si se recuperaba del campo de batalla. No escribió nada sobre Nina. Tan sólo cerró las cartas, fue a sellarlas y las envió.

Sobre las cinco tomó un café en la avenida principal. Habló con algunos clientes de la mesa de al lado sobre temas intrascendentes. A las seis el frío aumentaba. El cielo se ponía blanco. La gente comenzó a irse a sus casas poco a poco. Las chimeneas soltaban el humo de su calor. Para las siete hubo un gran movimiento en la ciudad, a pesar de que ya era de noche. La gente corría a sus casas. Algunas madres y padres llevaban casi a rastras a sus hijos. En esa zona del país no había peligro de que la guerra llegara, así que le parecía raro el alboroto. Leisser siguió su paseo sin darle gran importancia, pero extrañado. Habían comenzado a caer algunos copos de nieve, tal vez no querían ser sorprendidos por una gran nevada en la calle. A él le daba igual. Las trincheras endurecía los cuerpos de los que allí habían estado.

-¡Sargento! ¡Sargento! –le gritó un soldado que viajaba agarrado al lateral exterior de un camión que se paró al otro lado de la calle.
-¿Qué ocurre soldado? –le gritó Clemens Leisser.
-¡Venga al camión sargento! ¡Ha habido un accidente con el camión que iba al matadero y se han escapado las vacas, las terneras y los toros!
-¡Pues que formen una familia! –le gritó Leisser jocoso sin estar dispuesto a interrumpir su paseo.

Un coche de policía llegó hasta aquella calle y paró junto al camión militar.

-¡Oigan!, ¿es que no saben lo del matadero? Los animales están asustados y vienen hacia acá desbocados. Vayan a refugiarse –les ordenó un oficial de policía.

La puerta delantera del acompañante del conductor del camión militar se abrió y bajó un capitán.

-¿Y qué hacen ustedes? –le dijo el capitán al oficial de policía.
-Intentamos avisar a la población.
-Señores, ustedes están huyendo. Hagamos frente a los toros.
-No tenemos medios para atraparlos, queremos que se concentren en una plaza para poderlos encerrar y meterlos de nuevo en otro camión –dijo el policía.
-Idioteces. Ustedes están huyendo –contestó el capitán que rápidamente tomó el control de la situación aunque no estaba dentro de su potestad-. Esos animales iban al matadero, hagamos el trabajo ahora y será más fácil hacer que monten en el camión.
-Pero… -intentó replicar el policía, el capitán le hizo callar con un gesto autoritario.
-¡Sargento, venga aquí! –ordenó el capitán a Leisser, que se acercó a desgana-. ¿Está de permiso?
-Sí, señor –contestó Leisser saludando militarmente.
-Bueno, pues una poco de práctica disparando no le vendrá mal. ¿Tiene su pistola?
-Sí, señor.
-Bien. Móntela. ¡Soldados, bajen del camión con sus fusiles y cárguenlos! Y ustedes dos –les dijo a los policías-, sigan avisando a la población y corten las calles en un perímetro de dos manzanas a la redonda.

Todos obedecieron las órdenes, aunque los policías lo hicieron disconformes con obedecer a un mando militar ajeno a la ciudad, sin embargo, pese a todo, preferían dejar en otras manos aquel asunto.

-Sargento, esto será rápido, incluso divertido, como unos ejercicios de tiro, o una cacería. Siento estropearle su permiso pero las circunstancias son las circunstancias. Mejor esto que los italianos, los serbios o los franceses.

A continuación el capitán apostó a los soldados en determinados lugares estratégicos de la calle y dividió en patrullas de a dos a unos pocos hombres para buscar a los animales y tratar de azuzarlos hacia la zona donde les esperaba la balacera. Leisser era uno de los exploradores. Sólo tenía su pistola, en el camión no tenían fusiles de sobra, pero le acompañaba un soldado con uno. La orden era arriesgada y fuera de toda ordenanza militar. Aquel capitán tenía fama de dar órdenes controvertidas. Nunca le había salido mal una jugada, aunque nunca era tarde para que un día alguna de sus osadías tuviera un mal final y acabara con su brillante carrera. Se había alistado como soldado raso antes del estallido de la guerra. Había ascendido por méritos corriendo todo tipo de riesgos que a otras personas, por menos, les había llevado a la tumba, o a mejor decir, a la sepultura del barro de la tierra de nadie entre las trincheras. Sus osadías y el uso nulo que hacía a menudo de las ordenanzas no le habían llevado nunca al calabozo. Corría el rumor de que su apellido coincidía con el de un conocido diputado, y por su edad había quien juraba sin saber que ese capitán era sobrino de alguien importante en Austria. Su temeridad había llevado a la tumba a mucha gente a la que había mandado, pero a él le había dado muchos honores. Estaba convencido de su predestinación a la gloria militar de una manera casi levítica. De él, pensaba, dependía el ejemplo a cundir entre los austriacos que esos días empuñaban las armas. Leisser era ajeno a esa forma de ser. Para él bien valía ya firmar un armisticio.

El sargento y el soldado avanzaron por la calle por la que habían aparecido el camión militar y el coche de policía y se desviaron en la primera bocacalle que encontraron a su izquierda. Se trataba de una pequeña calle que se dividía en otras dos. Tomaron el camino de la calle más estrecha de esa nueva bifurcación. El soldado avanzaba pegado a la pared del edificio de la derecha, mientras que el sargento lo hacía por le de la izquierda. Trataban de no hacer mucho ruido para no alertar a los animales, por si estuvieran justo al otro lado de la próxima esquina. La nieve comenzaba a ser más abundante.

Leisser temía que aquello le fuera a retrasar mucho más tiempo del que esperaba gastar. No sabía cuánto tardarían en dar con los animales escapados del matadero, pero temía sobre todo al posible formulismo militar posterior o a los caprichos de aquel capitán. Con todo, esperaba acabar con suficiente tiempo como para poder encontrar a Nina y pedirle una dirección postal, si había suerte, para dar un trago juntos. Tras las esquinas de aquellas calles no había nada. Vieron pasar a otros dos soldados como ellos al otro extremo de la calle, así que volvieron y tomaron la calle que habían dejado atrás sin explorar. Ni el soldado ni él estaban contentos de tener que afrontar aquella misión estúpida. Todos estaban de permiso. Los soldados habían sufrido un duro bombardeo manteniendo sus posiciones en Los Alpes, después de aquello los habían mandado al combate sin darles un tiempo de refresco gracias a aquel capitán de mandíbula cuadrada. Buena parte de ellos habían muerto. Recibieron algunos hombres nuevos que renovaran las pérdidas y tras aquello al fin se decidieron los mandos a darles un  descanso. Ninguno de ellos se imaginaba que incluso en su descanso aquel capitán les iba a seguir manteniendo en activo, aunque fuera en algo tan estúpido como aquello. Estaban cansados y su capitán parecía un niño jugando a la guerra.

Avanzar por las calles con la sensación de que en cualquier momento apareciera alguno de los animales recordaba en cierto modo al avance por la trinchera enemiga, donde no se sabe dónde los enemigos. En cualquier momento, de improviso, podía salir de la nada lo inesperado, a pesar de haberle estado esperando, y acabar de bruces contigo. Nevaba. Aquellos animales tendrían frío y miedo en el cuerpo. Se volverían más peligrosos si resbalaban. Se les oía correr y mugir. Un par de disparos sonaron de lejos. El grito de una mujer asustada cerrando una ventana de golpe rebotó por cada calle. Un tercer disparó fue seguido de lo que parecía el desplome de uno de aquellos animales. Unos gritos de los soldados informaban que habían abatido a uno, pero varios se les habían escapado rápidamente doblando la calle hacia su izquierda. Leisser y el soldado se volvieron hacia la calle por donde creyeron que venía el sonido más fuerte. Leisser le hizo un gesto al soldado

-Pásame el fúsil –le dijo.
-¿Qué?
-Que me pases el fúsil -le pidió Leisser.
-Ni hablar, no pienso hacerlo –contestó el soldado desde el otro lado de la calle aferrándose más al cañón del fúsil como si así estuviera más seguro en sus manos.
-Soy un sargento, dame el fúsil –le ordenó.
-No voy a pasarle el fúsil, sargento. Usted tiene la pistola.
-Te estas insubordinando.
-Lo siento, sargento, pero el capitán me ordenó patrullar con el fúsil.
-El capitán no está aquí y yo soy un sargento. Dame el fúsil –Lessier se impacientaba, estaban al lado de la esquina de la calle y el animal se aproximaba.
-Sargento, con todos mis respetos, creo que el animal entrará por este lado y me será más útil a mí.
-Desde donde estás no tendrás tiempo a apuntar el arma, dame el fúsil y quítate de esa esquina, estúpido.
-No, sargento – el soldado se agarró más fuerte, movió la cabeza hacía un lado como si estuviera pendiente de Leisser y del posible toro a la vez, aunque en realidad pretendía evitar el enfrentamiento directo con las miradas.

Sonaron varios disparos en otras calles sucedidos de algunos gritos de euforia. El animal que se les aproximaba sonaba cada vez más fuerte cuando apareció de súbito arrollando al soldado. Se trataba de una vaquilla bastante corpulenta marrón y blanca que levantó por los aires al soldado. El fusil salió por los aires y cayó bastante lejos de donde estaban, aunque el soldado no lo hubiera podido recuperar. El soldado no terminó de caer al suelo cuando la vaquilla le volvió a enganchar por el interior de uno de sus muslos casi a la altura de la entrepierna. Aquel hombre dio otra voltereta en el aire antes de caer con la cabeza por delante al suelo. Ya había comenzado a aparecer un reguero de sangre bastante grande cuando la vaquilla se fue por el otro lado de la calle a toda velocidad huyendo del matadero.

Leisser se acercó corriendo al hombre caído. La primera cornada apenas le había rasgado uno de sus costados. Quizá tuviera alguna costilla rota, prácticamente le había levantado de un cabezazo. Ni siquiera la vaquilla se había planteado al aparecer que allí hubiera alguien. Pero la segunda cornada le había atravesado la pierna, tal vez le había cortado el sartorio, posiblemente también alguna arteria, que era la que debía estar desangrándose. Cuando le alzó en el aire por segunda vez el peso del cuerpo del soldado había provocado un desgarro bastante grande, tanto que uno de sus testículos estaba fuera del escroto. Para remate, el golpe en la cabeza contra el asfalto parecía grave, también sangraba por allí, pero Leisser había visto muchas heridas por caídas en la cabeza, puede que aquello fuera más aparente que lo de la pierna. Trató de taponarle la salida de sangre usando la tela del propio abrigo del soldado, cuyo faldón en esos momentos estaba justo al lado de la hemorragia. La sangre no paraba de salir. Leisser gritó pidiendo auxilio. La vida de aquel hombre se le iba entre las manos. La sangre le manchó las puñetas de su gabardina, ya había impregnado toda la superficie de sus manos. Cuando aparecieron los primeros compañeros de aquel hombre, aquel ya había muerto. Estaba, según el capitán que mandó aquella operación, en un lugar mejor que en el que ellos estaban.

Leisser había visto morir a muchos hombres, pero nunca de aquella manera. Aquel capitán apenas tuvo unas palabras marciales sobre el deber cumplido, ignorando que no era el deber de aquel hombre de permiso controlar una desbandada de vacas y toros. Verdaderamente aquel capitán era un niño jugando a la guerra como si aquellos hombres fueran peones de ajedrez o soldaditos de plomo. Leisser deseó darle un puñetazo bien fuerte en el mentón. Sólo hubiera servido para meterle en problemas. Temió que aquel puñetazo pudiera darle muy graves consecuencias. Se contuvo mucho de no destrozarle a golpes la mandíbula cuando dejó de hacer presión en la herida abierta. Un río de sangre salió a presión como un surtidor, para después salir sosegadamente formando un charco junto al hombre muerto al que aquella sangre apenas unos segundos antes daba vida. Un soldado le invitó a levantarse con una suave palmada en el hombro. El capitán se agachó para certificar él mismo la muerte de aquel hombre, a pesar de que ya había sido corroborada por el propio Leisser y otro soldado. Se levantó y les ordenó terminar el trabajo iniciado antes de hacerse cargo del cuerpo, como si del campo de batalla se tratara.

Una hora más tarde habían abatido a todos los animales. El cuerpo de aquel soldado había sido envuelto en una manta y montado en el camión. El capitán les ordenó quitarse las gorras y dijo unas palabras como si fuera el capellán militar. Si por este hombre hubiera sido, él lo hubiera sido todo en aquella guerra. Pero en ese gesto que le repugnaba a Leisser, los soldados a su mando encontraban en él algo respetable, por extraño que pareciera. Como la persona que simpatiza con su raptor cuando su vida depende del raptor.

Apenas habían hecho aquello por controlar realmente a cuatro vaquillas.

Era ya muy tarde, las diez de la noche, cuando Leisser llegó al bar de mala reputación donde encontró a Nina la noche anterior. No había cenado, pero quería encontrarla. Un desasosiego le recorría su interior después de lo de aquel hombre. Tenía las manos limpias, se las había lavado en su habitación. El capitán le proporcionó una gabardina nueva como recompensa por la que estaba manchada de sangre, ya que estaba de permiso. Aquello fue extraño, un acto teatral de cortesía después del trágico suceso. Era como si aquel hombre no sintiera. En el bar no estaba Nina.

-¿Eres uno de los militares que ha quitado de la calle a esos toros? –le preguntó el dueño del local acercándose a la mesa con un plato de comida humeante.
-Sí –contestó Clemens Leisser sin ningún orgullo ni pasión.
-Muchas gracias, muchacho, toma esto de parte de la casa –le dijo dejándole el plato delante suya y dándole una gran palmada en la espalda que le hizo inclinarse hacia delante.

Leisser aceptó el plato metiendo la cuchara dentro para comenzar a cenar. No estaba nada mal cocinado. A fin de cuentas así había sido su vida los últimos meses. Pensaba en aquel chico, pero sobre todo en lo fortuito de la vida. Un vaso de vino después de comer y después otro y otro. Pasó otra hora antes de que Nina apareciera en el local. Sin duda venía de haber acompañado a algún cliente un rato, pero también ella se alegró de verle. Fue directa a sentarse a su lado.

-Nina –le dijo-, mañana por la mañana vuelvo al frente.
-Aún tenemos la noche.
-Pero quiero volver. Volveré en cuanto pueda. Mientras, si tú quieres…
-¿Has oído lo de los toros? Dicen que se escaparon lo menos diez.
-Si tú quieres podríamos escribirnos.

Nina tomó un trago de vino del vaso de Clemens.

-¡Camarero, trae otro vaso! –ordenó desde su mesa Leisser, lo trajeron rápido y se sirvieron dos vasos de una jarra nueva de vino-. ¿Qué me dices?
-Hay que ser muy valientes para enfrentarse a los toros. Dicen que hirieron a uno de los soldados. Pobrecito, pero ahora quizá pueda ver a su mamá.
-Sólo nos queda esta noche, Nina. Necesito saber si…
-Sí. Escríbeme –contestó pasándole el brazo por los hombros, él la besó.
-¿Dónde…?
-¿Sabes escribir?
-Sí.
-Yo no. Sólo sé hacer mi marca.

Leisser sacó una libreta y una pluma estilográfica muy barata y algo vieja. Anotó la dirección que le dijo Nina y volvieron a beber juntos antes de besarse.

-¿Quieres pasar esta noche conmigo, es tu última noche? –le preguntó Nina tocándole el interior de sus muslos.
-Nuestra última noche.
-Sí.
-Sí, quiero.
-Entonces paga y vámonos.

Leisser sacó su cartera y pidió la cuenta, que pagó de inmediato. Cuando se levantaron apareció de nuevo el dueño del local dándole de nuevo las gracias por lo de las vaquillas que él mismo confundía con toros. Estaba notablemente bebido lo justo como para valorar como algo muy positivo cada cosa que le contaban que le gustaba.

-Entonces, ¿tú estuviste en lo de los toros? –le preguntó Nina con los ojos iluminados de una forma novedosa y admirativa.
-Sí, yo estuve allí –le contestó sin orgullo Leisser.
-¡Qué callado lo has guardado! ¡Bésame, héroe!

Leisser la besó en un beso más húmedo y más pasional que todos los besos anteriores.

-Hay otras cosas que no te he contado, cosas vergonzosas –le dijo tras besarla.
-¿Ah, sí? ¿Cómo qué? Si vas a escribirme no debemos tener secretos, mi héroe.
-Pues por ejemplo, esta mañana estuve en el concierto de Año Nuevo –dijo Leisser sonriendo con su broma.

Ella sonrió con una pequeña risita. El dueño del local, que estaba al lado, estalló de entusiasmo:

-¿Habéis oído todos? ¡Este hombre ha estado en el concierto de Año Nuevo!

Todos los presentes hicieron reverencias mientras Nina reía falsamente llevada por el vino.

-Cántala, Jakob –le pidió Nina al dueño del local sujeta al brazo del sargento Clemens Leisser.

El dueño del local se sintió animado por todos y comenzó a entonar el comienzo de las notas más conocidas de La marcha Radetzky. Poco a poco todos los presentes le acompañaron con sus voces cada vez más altas. Y con sus palmas, también cada vez más altas. Y con sus tacones en el suelo. Cantaban igualmente unísonos, casi marciales, como una máquina germana, todos acompasados como marchando juntos de verdad, como pudiendo hacer frente en ese momento a cualquier adversidad. Nina reía agarrada a Clemens, y Clemens, con una sonrisa tiraba de ella hacia la puerta. La marcha Radetzky llenaba todo el lugar, como lo había llenado la vaquilla al arrollar a aquel soldado. Como lo había llenado la sangre del desgarro de su pierna. La situación parecía cómica, pero todo el local parecía pasar del humor de las borracheras a la compenetración unísona de voces, palmas y taconazos sincronizados. Como una marcha maquinal y férrea. Como algo imparable. Como si Austria entera se estuviera movilizando en aquel local entre jarras de vino a medio beber, vasos vacíos y vasos llenos. Incluso el director de la orquesta de la mañana podría haberse sumado el tanto de aquella noche sin estar allí, y probablemente con seguridad sin que allí hubiera alguien que hubiera estado en el concierto, salvo Leisser. Los austriacos de aquella ciudad parecían encantados con La marcha Radetzky.

La noche continuaba. Por la mañana el sargento Clemens Leisser marcharía al frente.


Por Daniel L.-Serrano “Canichu”
Alcalá de Henares, 22 de enero de 2015. Publicado en Noticias de un Espía en el Bar, con motivo del 100 aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

miércoles, enero 21, 2015

NOTICIA 1434ª DESDE EL BAR: ANDREA BRESADOLA, TIEMPO DE SILENCIO

"Especialmente interesantes son las supresiones de algunos pasajes más amplios, y que por supuesto no se recuperaron en las ediciones sucesivas ni se hallan en la versión francesa. Aquí se supone que la intervención corresponde al mismo autor. Son dos pasajes en la famosa descripción de Madrid que comienza con “Hay ciudades...”:

- tan llenas de unos secretos calabozos de los que nadie habla pero que mantienen adheridos por largos de tiempo indeterminados sus gusanos humanos (p. 67.9);
- que suponemos que llegará bajo la forma de un estallido más fuerte que la misma explosión del sol sobre sus tejados (p. 69.2);

O el siguiente diálogo entre Pedro y el policía en la cárcel:

- Quiénes son esos?
- ¿Esos? Unos chalaos. Mira que a estas alturas ponerse a repartir papeles... (p. 297.29)."

(Andrea Bresadola, "Luis Martín-Santos ante la censura: las vicisitudes editoriales de Tiempo de silencio", en Creneida, nº 2, 2014.)


Este párrafo que pertenece al artículo "Luis Martín-Santos ante la censura: las vicisitudes editoriales de Tiempo de silencio", fue publicado en la revista europea de crítica literaria Creneida, en su número 2, perteneciente a 2014, aunque se publicó a finales de año. Se puede leer el artículo completo entrando por aquí. Lo escribió un colega historiador italiano al que conocí en mis años de carrera universitaria y con el que sigo manteniendo amistad, Andrea Bresadola. Para él también he investigado o dado ayudas puntuales algunas veces dado que él vive en Italia y sólo viene por España cuando puede. Así por ejemplo entre 2013 y 2014 estuve yendo al Archivo General de la Administración (AGA) tanto con él como sin él para investigar la censura en los libros de Miguel Delibes, de lo que resultó una conferencia suya y una publicación en actas en la Universidad de Udine en abril de 2013, la cual se llamó: "Variantes de autor en las novelas de Delibes: el caso de El camino". Es de aquellas ayudas a sus investigaciones de las que sale también este otro artículo dedicado a Martín-Santos y la única novela que acabó este autor rebelde e incorregible que le dio quebraderos de cabeza a la censura de Franco.

A Andrea Breadola le mencioné por primera vez enero de 2014, en la primera entrega de "La Historia de lo local a lo estatal", cuando hablé por extenso de la censura y os reproduje las preguntas que siempre hacían los censores de Franco al enfrentarse a un texto. Fue él, además, quien me regaló el libro Q, de Blissett.  El recuerdo más reciente que tengo de él, aparte de que me enviara el correo electrónico con este articulo, es tres días después del Año Nuevo, cuando celebré la llegada del año con dos amistades. Por un lado, con una amiga que vino a mi casa y como en estos dos años de desempleo se ha prestado a todo tipo de propuestas sin dinero para pasar el tirón, pues me pareció bien usar con ella la presencia del otro amigo: Andrea Bresadola. Además estas dos personas tienen una extraña relación entre sí, pues si Andrea investigó la censura en Delibes, ella conoció en persona al escritor de niña. Andrea me regaló una botella de cerveza roja y un salami de jabalí de un pueblo del norte de Italia, de los Alpes italianos, cuya historia es que se quedó aislado en el siglo XV y se olvidaron de su existencia. Ellos siguieron su vida con sus tradiciones y formas siglo tras siglo. A comienzos del siglo XX, cerca de la I Guerra Mundial, el gobierno italiano les reencontró y el siglo XV tropezó con el XX de golpe. Esta cerveza y este jabalí es tradicional de allí, sigue las formas de elaboración del siglo XV, que aún mantienen. Es tradición que lo tomen juntos. Andrea me lo regaló en otoño y yo lo reservé. El jabalí seguía sorprendentemente tierno como si hubiera sido recién hecho. Si algún día voy a Italia me gustaría conocer este pueblo. Por cierto que la historia de ese pueblo me recuerda a la película El último valle (James Clavell, 1971).

Andrea está publicando especialmente en Italia todo tipo de investigaciones sobre escritores españoles incluso con información historiográfica que en España es desconocida. El artículo que os he enlazado para que podáis leer entero sobre Martín-Santos y Tiempo de silencio, una novela publicada en 1961, contiene mucha información hasta ahora inédita que nos descubre que, aunque se han hecho varios estudios sobre la obra y el autor, sobre todo de parte de la editorial Seix-Barral, la primera escritura del libro sigue desconocida y contiene partes que tanto la censura como la editorial eliminaron y no se han editado nunca desde entonces. Esta novela escandalizó en su momento a todos los órdenes sociales de la dictadura. Marcó el paso a una nueva forma de afrontar la Literatura más combativa con el mundo que les había tocado vivir. Es de aquellos libros que ayudaron desde la intelectualidad a cuestionar la dictadura, sus formas y su sociedad desde dentro de España y no sólo desde el exilio. Como es conocido la novela toma como eje de la narración una relación sexual escandalosa por ilícita y un aborto, a partir de ahí repasa la sociedad franquista y no deja en buen lugar a todo su aparato represor. Aunque la novela era de las mejores escritas en su momento, Martín-Santos interrumpiría su producción de manera drástica al morir trágicamente en un accidente de automóvil en 1964.

En el pasado colaboré también con Andrea Bresadola en simples conversaciones entre ambos acerca de mi parecer sobre la consideración de la educación o la Literatura durante la guera civil. De ahí han nacido otros artículos suyos muy variados, como por ejemplo "Proyecto existencial, político y estético en Del Cielo y del escombro, de Arturo Serrano Plaja", publicado por la Universidad de Udine en la revista Impossibilitá, en 2012. También tiene otros textos dedicados a la obra de Carmen Laforet o a la Literatura del siglo XVI español. Sin duda este investigador italiano es uno de los investigadores qué más está haciendo por el conocimiento de la Literatura española en Europa, cuando menos en Italia. De una Literatura de la que estaría por decir que incluso muchos españoles han optado por desconocer. Cuando he tenido la oportunidad de ayudarle o colaborar con él brevemente lo he hecho siempre encantado, pues además es una persona con la que se trabaja muy fácilmente, nos entendemos muy bien y siempre se nota cuando una persona tiene las cosas claras en cuanto a lo que quiere y a dónde quiere llegar dentro de un archivo.

Con todo mi afecto, esta entrada para mi colega (en ambos sentidos) Andrea Bresadola.

Saludos y que la cerveza os acompañe. Espero que, si os interesa Tiempo de silencio, disfrutéis un artículo con tantas novedades nunca antes descubiertas y dichas dentro de sí mismo.

lunes, enero 19, 2015

NOTICIA 1433ª DESDE EL BAR: DOS AÑOS DE DESEMPLEO

Acabo de renovar mi demanda de oferta de empleo en las oficinas electrónicas del Servicio Regional de Empleo, también conocido antes como Instituto Nacional de Empleo (INEM). Oficialmente acabo de cumplir dos años ininterrumpidos de desempleo. La segunda vez en mi vida que cumplo tanto tiempo de paro laboral. La primera vez fue antes de la crisis económica, después de un trabajo que tuve de limpiador de los servicios, vestuarios y zonas de ejercicio de un gimnasio. Aquel trabajo me duró de junio de 2004 a enero de 2005. Luego vino aquel paro que se prolongaría hasta 2007. Aquel desempleo prolongado, aún con todo, afectó a mi vida de una manera mucho más suave que este paro prolongado de ahora. Estos dos años de desempleo actual es con creces el peor periodo de paro que he vivido nunca. Un periodo desalmado e insolidario de la mano del peor gobierno que ha tenido esta monarquía parlamentaria, un gobierno de un Partido Popular dirigido por Mariano Rajoy donde no se sabe si gobiernan ellos o los grandes empresarios encuadrados en la CEOE, aunque sí que parece evidente en los tribunales que muchos de los que han gobernando y opinado con peso decisorio en asuntos de gobierno han sido gente corrupta que ha pisoteado a toda la ciudadanía española con su ambición. 

Cumplo oficialmente dos años de desempleo al fichar de nuevo hoy, sin haber recibido ningún tipo de ayuda económica y sobreviviendo sólo gracias a préstamos de mi madre que habré de devolver cuando tenga en el futuro empleo. Dos años oficiales de desempleo, que no reales, pues cuando se me acabó mi último contrato de archivero el 30 de diciembre de 2012 fue entonces cuando realmente me quedé sin empleo. Fue entonces, el 30 de diciembre de 2014 cuando cumplí dos años de paro. Pero por entonces, en 2012, no fui a inscribirme en la oficina del paro hasta el 18 de enero de 2013, por lo que oficiosamente llevo dos años de paro desde el 30 de diciembre de 2014 y oficialmente llevo dos años de paro desde hoy, 19 de enero de 2015. Bien es cierto que por entonces, en 2012-1013, fui uno de los becarios FormArte de España, por lo que en calidad de becario, que no de trabajador, ejercí como archivero trabajando como si fuera un trabajador pero sin serlo oficialmente archivando el por entonces sin archivar archivo personal de Luis Buñuel, en la Filmoteca Española. Aquello terminó el 24 de junio de 2013, nos dieron una entrega de títulos con mucha pompa dentro del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte donde en el discurso de despedida se nos dijo: "Pasásteis la selección de entre cuatro mil personas que se presentaron a las becas FormArte, sois los mejores preparados de los estudios de Letras de este país en estos momentos". Lo conté y lo reflexioné en la Noticia 1219ª. El poco dinero que gané en esa beca se lo llevó el propio Estado al acogerme a cotizar yo mismo con carácter retroactivo otra beca de archivero que disfruté años antes y por la cual no se había cotizado por mí. Con una mano delante y con otra detrás he afrontado estos dos años de desempleo que han sido y son los más diespadados que hasta la fecha yo he vivido. Y no tiene pinta de que vaya a terminar todo esto de manera inmediata con un contrato. ¿Quién sabe? A este ritmo puede que cumpla dos años también sin trabajo desde el final de aquella beca FormArte el 24 de junio de 2013.

Es curioso como el año pasado leía en El País una noticia llamada "El gran hospital de las películas", allí, el 17 de diciembre se podía leer como la Filmoteca Española tenía unas lujosas instalaciones que yo mismo he conocido, aunque yo trabajé en el archivo del edificio antiguo, y como la noticia enfocaba su problema como un problema material y de dinero. Mencionaban que había cuarenta trabajadores, de los cuales veinte eran becarios y voluntarios. No parecía que para El País eso fuera un problema. Un voluntario es un trabajador menos, eso lo he dicho yo siempre. Y un becario debería serlo para aprender, no para sustituir a un trabajador. Si la Filmoteca Española tiene el 50% de sus trabajadores en calidad de becarios y voluntarios, está claro que están para trabajar... y por supuesto que trabajando se aprende, pero la diferencia está en la intencionalidad de la proporción de esos trabajadores. Cito este caso porque es el que venía en prensa y del que yo vengo como última labor. Lo cierto es que no es un problema de la Filmoteca, sino del gobierno, que es quien da las plazas de  becas a cubrir y que es quien tiene capacidad de hacer contratos laborales que no hace porque cubre los puestos de trabajo con becarios. Esa es la realidad de este país, que el propio gobierno no da ejemplo de cómo se han de hacer las cosas y tira de becarios para cubrir necesidades laborales en lugar de para instruir, y en este contexto, ¿cómo van a exigir a los empresarios que no hagan ellos eso mismo? No tienen autoridad moral ni ética para decir nada a nadie de cómo hacer las cosas en este sentido. La culpa no es de la Filmoteca, donde por cierto yo he tenido uno de los periodos de trabajo como becario que más he disfrutado y con gente muy buena trabajando allí, la culpa es del gobierno que es quien provoca la situación. ¿Cuántas veces no me habrían dicho mis jefes allí en privado que a ellos lo que les interesa realmente es tener más trabajadores fijos e indefinidos porque sólo así se puede trabajar plenamente teniendo gente que sabe cómo se hacen las cosas allí y cómo va el trabajo y qué se ha de trabajar más y qué menos? Este caso de becarios no es único, se repite por todos los sitios. En el Archivo General de la Adminsitración (AGA), por ejemplo, otro lugar que conozco bien, una buena cantidad de trabajo sale adelante también con alumnos de talleres de empleo, prácticas universitarias y becarios, al mismo ritmo que la gente se jubila y no se renuevan sus plazas. y podría seguir citando casos, porque esto es un mal endémico que está generalizado por toda España, tanto en lo público como en lo privado, como si se tratara de un cáncer de médula extendido al cuerpo a través de la sangre. Como ya se sabe, tales cánceres son letales. 

Mirar ofertas de trabajo ahora mismo para mí supone ver ofertas de trabajo donde las empresas quieren becarios. Donde el gobierno cubre puestos con becarios. Donde hay quien directamente pide voluntarios, que suelen encontrar entre los grupos de jubilados, gente bien intencionada y gente que cree estar haciendo méritos para un contrato. En la gran mayoría de los trabajos se quiere contratar a gente joven porque el gobierno da ventajas a los empresarios que contraten gente joven, otros ofrecen trabajo por las mismas circunstancias a gente mayor. Otros piden gente con minusvalías. Otros piden contratar sólo a mujeres, principalmente con requisitos de exclusión social. Y entre tanto, uno, que no está disminuido, no está en una edad considerada legalmente ni joven ni viejo, que no es mujer, que no es estudiante y que no tiene cargas familiares, recibe todo tipo de discriminaciones positivas que, para uno mismo, son discriminaciones muy negativas. Por este camino llevo dos años desempleado sin ningún tipo de ingresos, viviendo gracias a los préstamos de mi madre que vienen de su pensión, que no es mucha. ¿Es que acaso los varones relativamente jóvenes, pero no jóvenes, no disminuidos y sin cargas familiares no tenemos derecho al trabajo y con él a la comida, la ropa, la sanidad y todo aquello que compone una vida digna? Las políticas de discriminación positiva se han transformado en políticas de mentalidad desfasada con toda la revolución económica en negativo que ha supuesto 2008. Querer proteger a esos coletivos sólamente, supone que ocurran casos como el mío, que no es único, que hay mucha gente como yo en las mismas circunstancias. Hay que superar o modificar esa mentalidad de protección, porque existimos otros colectivos que necesitamos ahora mismo medidas que fomenten el poder contratarnos. Es altamente machista excluir de todos los planes de empleo a los varones no discapacitados mayores de 30 años y menores de 45 sin cargas familiares porque se crea que tenemos más opciones de trabajar, porque es mentira. No soy el único en esas circunstancias en un paro de larga duración sin ingresos y que no encuentra más que ofertas de empleo que le invitan a no mandar una solicitud de empleo por no cumplir requisitos de supuestas políticas de discriminación positiva. Hay que variar los valores que hasta la fecha se barajan de discriminación positiva. la discriminación es discriminación, nunca es positiva, para alguien siempre será negativa. Por este camino yo voy a cumplir este año 36 años, estoy cerca de los 40 años, para entonces se calcula el final real de la crisis económica, para entonces ya no me contratarán por tener 40 años. Se necesita trabajo ahora. No son los jóvenes los que más van a padecer la crisis, ellos, por ser jóvenes tienen ofertas de empleo ahora y las tendrán en el futuro cuando acabe la crisis, y con ello no digo que lo tengan fácil ahora mismo, pero es mi generación de treintañeros la que o se va del país o simplemente estamos condenados a la nada más absoluta. Nada ahora, nada en el futuro.

Luego existe también el problema tecnológico, también El País, por poner otro ejemplo, publicaba el 20 de diciembre un artículo llamado "España digitaliza la fábrica de cerámica", en El País de los Negocios. La industria de la cerámica vive una revolución mundial. España quiere ser (y está logrando ser) líder mundial y pionera. Hace poco se inventaron las impresoras en tres dimensiones (3D) y ahora se han creado fábricas de azulejos donde sólo trabajan esas máquinas. Dicen que se han hecho en 2014 con el 60% del mercado mundial y aspiran a tener el 90%. Obviamente donde hay máquinas no se necesitan personas, salvo las dedicadas a mantenimiento. El viejo dilema del obrerismo desde el siglo XIX: tecnológicamente se puede hacer, pero ¿se debe hacer? Lo llaman progreso y dicen que no se puede parar. Y es cierto que no se puede parar. Pero sin embargo, mientras en nombre del progreso se dice que todos viviremos muy bien, la realidad es que en los países más desarrollados de Occidente sigue existiendo la pobreza extrema y los desheredados, así como trabajadores que hacen lo que pueden para vivir. Si no hay trabajo, no hay ingresos, y si no hay ingresos, no se puede vivir bien. El sistema mantiene una cantidad de trabajadores para que continúen consumiendo, una cantidad de trabajadores que va rotando con contratos y despidos. El progreso actual, ¿es progreso para la sociedad o se confunde el término con el progreso económico del capitalista, del gran empresario? ¿Se debe mecanizar todo o se deben mantener puestos de trabajo? La mecanización del caso citado desmonta las teorías de la plusvalía que desarrollaron David Ricardo y Karl Marx en el siglo XIX? Si no hay seres humanos en la producción (más que unos mínimos) la plusvalía generada por el trabajo no hay porqué repartirla con otras personas que hayan contribuido a la producción, los obreros. Quizá viene siendo hora de la búsqueda más que necesaria de otro gran nombre, otro gran pensador de la economía que realice teorías para el siglo XXI, o quizá, más a mi gusto, se necesita que los grandes empresarios se humanicen y dejen de ser máquinas de hacer dinero. Al menos que quieran ser los más ricos del cementerio cuando mueran de viejos. 

Sí, está la teoría del decrecimiento y también la teoría de la responsabilidad social, que no es algo nuevo aunque algunos crean haber inventado la rueda, pero está claro que son insuficientes. En España hay una fiebre por lo tecnológico. Se tecnifica con máquinas y ordenadores todo tipo de trabajos. Eso significa despidos y paro, y eso significa tragedias humanas, vidas frustradas. En otros países más avanzados técnica y económicamente que España se valora más a la persona y, aunque podrían aplicar la tecnología como nosotros o más, no lo hacen y se mantienen puestos de trabajos tradicionales. En España es muy común ver un camión de la basura autómata, por ejemplo, mientras en Reino Unido mantienen el clásico camión de la basura con varios basureros que recogen la basura; en España se ve también barrenderos con máquinas limpiadoras de dudosa eficiencia, en Estados Unidos los barrenderos barren a escoba y se contratan más que en España, o sea: se da más puestos de trabajo; en España se opta por cajeros automáticos en bancos y en grandes superficies comerciales, en Alemania, existiendo estos cajeros, se contrata trabajadores que hacen esas labores más que aquí. Y así podríamos seguir en un largo etcétera. Volveríamos al viejo dilema de la primera mitad del siglo XX cuando en ámbitos de discusión de políticas laborales internacionales se preguntó aquello de que teconológicamente algo se podía hacer, pero, humanamente y en consideración a la gente que necesita el trabajo para vivir, ¿se debía hacer a gran escala? Si la respuesta era sí, entonces la siguiente respuesta era que en tal caso se debía proceder a socializar y repartir la riqueza, pues de otro modo el enriquecimiento progresivo de quien haya instalado las máquinas haría de la vida de los demás algo imposible. No se puede tener todo y no esperar consecuencias.

Pero ¿qué mas da? ¿No? Estamos ante un gobierno de un Partido Popular para el que la crisis del ébola del año pasado fue culpa de la enfermera y de su perro, de la culpa de la gestión del hundimiento del Prestige en 2002, de la que se hizo cargo Rajoy cuando era Ministro de Aznar, fue culpa del capitán del barco y no suya, lo mismo en aquellas épocas para la gestión del accidente del avión militar Yak-42, y de la gestión del accidente del tren AVE de Santiago de Compostela y de la gestión del accidente del tren de Metro en Valencia; de los atentados del 11 de Marzo de 2004 se los achacaron a ETA y cuando no pudieron sostenerlo más dijeron la verdad sobre que fue el integrismo islámico; de la crisis económica de 2008 dijeron que fue culpa del PSOE, en el gobierno, y cuando ellos comenzaron a gobernar sin soluciones no sólo siguieron con esa línea si no que la aumentaron diciendo que también era culpa de los ciudadanos, los cuales habíamos vivido "por encima de nuestras posibilidades"; de las inmigraciones masivas en Ceuta, Melilla y las costas andaluzas y sus consecuencias mortales o de las devoluciones en caliente y, o, con violencia de la guardia civil se culpabiliza a los emigrantes; de casos de corrupción relacionados con Bankia dicen que el culpable es el juez, y del caso Gurtel que embadurna de acusaciones y sentencias de corrupción a una parte importante del PP, o que lo fueron en su momento de realización, también consideran que el culpable es el juez, y en el caso de corrupción de los ERE en Andalucía consideran que los culpables son los sindicatos, y no determinados sindicalistas, en este caso a la jueza incluso parece que la van a ascender en breve, mientras que en los otros casos han relevado a los jueces. Y mientras ocurren todas estas cosas y otras... parados de larga duración sin ingresos, culpables también. Muchas de las medidas para combatir el paro parecen más criminalizaciones de los desempleados que ayudas. Y luego por supuesto, si protestas también se te criminaliza con una Ley de Seguridad Ciudadana que parece salida de los tiempos de Franco. Y si alguien se plantea que quizá la salida está con un gobierno de izquierdas de la mano de Podemos, se te considera un problema y un "rojo peligroso". 

Desde que me quedé sin trabajo con contrato laboral el 30 de diciembre de 2012 me planteé echar un mínimo de un curriculum al día solicitando trabajo. Lo cumplí. A veces hay días que eché cinco, diez o quince curriculums. Pero contemos sólo como si sólo hubiera echado un curriculum al día, ignorando los días que eché muchos más. El verano pasado de 2014 calculé cuántos había mandado a empresas, puesto que cumplí con mi propuesta de mandar uno al día literalmente. Me daba por resultado más de quinientas solicitudes de trabajo por mi parte hasta esa fecha, contando sólo uno al día, sin contar los que mandé de más. ¿Cuántas entrevistas de trabajo he tenido? Ninguna. Era agosto y decidi romper mi propia norma, porque la experiencia me dice que en pleno agosto el mercado laboral se para. Mandé exporádicamente con la idea de retomar el ritmo en septiembre. Llegado septiembre me pareció absurdo retomar el ritmo. No tiene sentido si tras más de quinientos curriculums de enero de 2013 hasta agosto de 2014 no ha habido ni siquiera una entrevista de trabajo. Como me dijo un viejo amigo hace poco, ya no funciona el echar curriculums, hoy día muchos de los que consiguen trabajo es por referencia de otras personas o por gente que le conoce. Discrepo un poco con esto, pero no está muy equivocado en muchos casos. Ahora mando desde septiembre de 2014 curriculums con mucha frecuencia aún, pero cuando veo que hay algo que quizá podría ser... Sigo sin entrevistas de trabajo. La semana pasada me enviaron de parte del antiguo INEM dos mensajes de texto al teléfono diciéndome dos fechas para que vaya a ver si quiero ser alumno de dos talleres dedicados a desempleados que imparte una academia privada. También en el pasado tengo experiencia con estos talleres. Antes los daba el propio Estado a través de sus instituciones o a través de la Cámara de Comercio. No tenían tanto peso estas academias privadas, de las que me pregunto cómo habran logrado obtener este beneficio para ellos. Mi experiencia pasada con estos cursos me ha hecho ver que no sirven para obtener trabajo. No estoy en posición, como tantos otros, de aceptar un curso no remunerado, y si lo está suele ser a dos o tres euros la hora, donde realmente no te enseñan nada que no sepas ya, donde lo que realizas en prácticas es el trabajo que debería hacer un trabajador con contrato, que además ocupe de seis a doce meses de tu vida que debiera ser ocupado por un trabajo de verdad, y que además te elimine estadísticamente de las cifras del paro como si hubieras encontrado trabajo, pero realmente sin tener trabajo. Estos cursos sólo sirven para el beneficio de quien los imparte y para el beneficio de las cifras estadísitcas del paro que quedan de este modo maquilladas a mejor, como una disminución del número de parados. ¡Qué casualidad más grande que en dos años no me hayan llamado para nada y me llamen justo ahora para dos cursos a cuatro meses de las elecciones municipales y autonómicas y a diez de las elecciones generales! ¡Qué casualidad! ¡Coño, qué puta casualidad! A mí no me toman por gilipollas, y es que esto me parece un gigantesco insulto y una falta de respeto. No quiero ser cómplice del maquillaje de las cifras del paro que le salve el culo al Partido Popular que nos ha llevado a estas situaciones. Como tengo la opción de no aceptarlo y además el Estado no me ha dado ni me da ningún tipo de prestación, por lo que no le debo nada, que me como los mocos desde hace dos años y a quien únicamente le debo mi sustento ha sido y es a mí madre, no me voy a presentar a esos cursos. La única forma de que me quiten a mí de las cifras del paro pasa por un contrato de trabajo, que es la única forma como una persona deja de estar de verdad en el paro.

Saludos y que la cerveza os acompañe.

sábado, enero 17, 2015

NOTICIA 1432ª DESDE EL BAR: BARES DE BUENOS RECUERDOS EN TIEMPOS SIN DINERO

No sé cuánto llevo ya sin salir un fin de semana, salvando el encuentro con mis amigos más antiguos el día de Navidad, para lo cual ahorré. Y no salgo por falta de empleo, por tanto: por falta de dinero. El paro está destrozando mi vida social y con ello se destroza también poquito a poquito el ánimo. Ánimos no me faltan. Pero el lunes se cumple una fecha redonda de la que ya hablaré y todo va haciendo mella. El paro prolongado es un elemento de desgaste en general del ser humano hasta niveles de privarle de su vida en gran medida. Yo aún con todo me defiendo, y reconozco que me mantengo muy activo y estoy en mejor ánimo que muchas de aquellas personas que en mis mismas circunstancias a veces veo totalmente apagados, pero, y siempre hay peros en la vida, todo va sumando para bien y para mal. Me siento a veces poco menos que un preso siendo libre de andar por donde quiera, pero preso. El dinero, mal que les pese a muchos bienpensantes conforma nuestra vida actual en el siglo actual y poco es lo que se puede hacer sin él, excesivamente menos son las personas que comprenden esto y se acercan a hacer, o a implicar en, cosas a uno bajando a este nivel de escasez. También es normal. No hay reproche. Sólo explicación.

Saltemos esta trascendencia inicial para poder hablar del primer post que dedico a los bares de Alcalá de Henares dentro de este año 2015. Esta es una breve selección de unos pocos bares que pisé entre los últimos meses de 2014 y los primeros días de 2015 a costa de algunas invitaciones de amistades y de unos ahorros de monedillas que tuve para poder tomar una caña de cerveza con amistades que regresaron por Navidades a España para estar con sus familias, pues tienen que trabajar en el extranjero, y que me llamaron expresamente para compartir un rato conmigo. No son todos los sitios, pero es que algunos de los que estuvimos ya han sido mencionados anteriormente.

Y aunque ya ha sido mencionado anteriormente también El Gato de Tres Patas (Ronda de la Pescaderia, nº 27), este sí quiero volver a mencionarlo en este 2015. Lo reseñé antes, aparte de por otros motivos secundarios, lo hice específicamente por primera vez el 9 de octubre de 2009, en la Noticia 691ª, porque lo habían abierto hacía poco y me gustó su planteamiento. Quizá sea el mejor bar de tapas de la ciudad en cuanto a calidad, y una cantidad que tampoco es desdeñable, pero sobre todo es calidad. El dueño, Javier, un amante de los juegos y de las historias de ciencia ficción y de fantasía, mantiene una carta que va variando cada poco tiempo con unos toques que a menudo se aproximan a una cocina muy elaborada. Tiene incluso cosas comestibles aptas para celiacos y para veganos. También da comidas. Uno de los atractivos del bar es un gran montón de juegos de mesa, de los que los clientes pueden hacer uso, con los cuales se celebra una vez a la semana una tarde específica de juegos. Si yo quería volver a mencionarlo se debe a que en septiembre pasado, mientras ayudaba a los dueños del Flamingo Rock Bar a instalar el bar en su nuevo local, por amistad larga con al menos uno de ellos, en un descanso fui a este bar a tomar un refresco. Allí estaban dos chicos más jóvenes que yo hablando de las bondades del trabajo en el extranjero y de los grandes males del trabajo en España. Como el ambiente en el sitio siempre es muy cordial, intervine en la conversación, porque vi que podía hacerlo, hablando de la realidad del trabajo en España en relación con las responsabilidades personales y familiares al hacerte mayor y no necesariamente por cumplir años. Me daba la sensación que uno de ellos no había trabajado fuera de una beca universitaria y el otro, el que venía del extranjero, estaba en el mismo caso, pero con beca Erasmus, pero los dos parecían en posesión de la verdad absoluta del mundo laboral español. El baño de realidad no sé si les aportó algo, porque lo cierto es que me trataron con condescendencia, así que me hice el tonto. Cuando se fueron, el dueño, al que conozco desde 2009 a fuerza de ir a su bar y que sabe que últimamente voy menos por estar en un paro prolongado, me invitó a una cerveza y me contó su particular experiencia laboral, algo que me sonó a un estar bastante en consonancia con lo que yo había dicho.  Aquello me gustó mucho, tanto que algún día, cuando vuelva a tener sueldo, quisiera corresponder llevando allí a muchos amigos a los que yo pueda invitar si no tienen con qué pagarse una cerveza y una mínima vida social.

En esos días de septiembre ayudando en el montaje del Flamingo Rock Bar, Pepe, mi amigo dueño del bar, me invitaba a tomar cafés, antes de empezar los trabajos de cada tarde, en el bar de la Casa de Asturias, que está dentro del recinto de las Casas Regionales (Ronda de la Pescadería, nº 26). Es un lugar al que he ido desde niño, pero sobre todo desde 1995 con mi grupo de amigos más antiguos, aunque no con mucha frecuencia. Ahora sí tengo algo de frecuencia. Las Casas Regionales están construídas dentro del edificio del antiguo matadero de Alcalá de Henares del siglo XIX, el cual estuvo abierto hasta los años 1960 ó 1970. Su arquitectura está protegida y es parte del Patrimonio de la Humanidad, pues es de la poca arquitectura monumental e industrial del siglo XIX que queda en España con uso público. La Casa de Asturias es muy acogedora, el resto también, sólo que en esta tienen unas buenas tapas, precios bajos y una cerveza autóctona de allí llamada Belenos que es muy digna y muy a tener cuenta. Destaca además sus desayunos con hogazas de pan tostado gigantes.

El Fogón de Amós también es muy querido por mí y a este he estado yendo desde que era adolescente a mediados de los años 1990. Los dueños me conocen. Está en la calle Rico Home, nº 18. Se trata, como indica su nombre, de un fogón, que es un tipo de hostelería que según los expedientes del corregimiento de Alcalá de Henares entre los siglos XVI a XIX era lo que realmente más abundaba en la ciudad junto a las posadas. Fogones y figones tienen un hueco importante en la Historia hostelera de la ciudad, aunque quedan pocos propiamente dichos. Toda su comida se basa en carnes a las brasas, aunque también tienen patatas con salsas y otras cosas. Las hacen al momento para el cliente, no las tienen preparadas previamente. Así que tienen las brasas funcionando sin parar. El olor del fogón es marca de la casa. Los dueños, camareros y camareras son muy amables y conversadores. Los precios son bajos y es ideal para ver partidos de fútbol si eres del Real Madrid, no es mi caso, el de ver partidos de fútbol, digo. Algún amigo ha puesto pegas a que tengan carteles y otras decoraciones de tauromaquía, pero si a uno le da igual, en serio que es una excelente opción, y muy de aquí. Es entrañable ver por las mañanas a algunos ancianos que van allí para tomarse juntos su chato de vino. A lo largo del mes de octubre las dos amigas que más compañía y planes hacen conmigo sabiendo mi situación económica y aceptándola, me han  llevado allí en algunas ocasiones. Gracias, María y Eva. Y gracias también a los dueños por invitarnos en ocasiones sin razón alguna para hacerlo.

El Garnacha es una vinoteca situada en el número 1 de la Plaza de los Santos Niños, donde antes estaba el ambigú (que es un tipo de negocio y no un nombre, como algunos creían) de los antiguos Cines Cisneros. La verdad es que a mí me gusta más la vinoteca llamada El Tempranillo de esa misma plaza, pero de esa ya hablaré en el futuro. La he pisado más y conozco a uno de sus camareros desde los tiempos del Quebec de la Calle Mayor. Me parece un lugar de calidad. Como sea, el Garnacha lo menciono porque en el mes de noviembre, durante la celebración del XIV Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, antes de ir a comer al Macandé del Corral de la Sinagoga, mis amigos y colegas historiadores Julián Vadillo y Juan Pablo Calero, me invitaron a tomar una cerveza en este sitio. Era domingo por la mañana y ponían un platito de paella. No se trata de una tapa, sino de un pincho, lo que es cumplir con la idea de la comida como acompañamiento a degustar de la bebida. Es apropiado para consumir o catar vino. El estar dentro de un edificio de origen medieval tiene su encanto.


También en noviembre, en este caso unas semanas antes del Garnacha, fui jurado de Alcine, para su clausura en la noche del viernes 14 fui hacia la sala de conciertos Ego para ver un par de conciertos que ponían el broche antes de proyectar los palmarés. Pero yo y otras dos amigas fuimos absorvidos por el bar de al lado, el Tráfico Bar de Copas (calle Zaragoza, nº 4). Este año van a cumplir diecisiete años de existencia, lo que pone su apertura inicial en 1998, y efectivamente, en aquellas fechas yo iba bastante por allí, sobre todo porque también existía en la zona otro bar llamado Paranoid, de música heavy metal que abrió en torno a 2003-2004, hoy día cerrado. El Tráfico es un bar de rock, sobre todo autóctono de España, que apuesta por conciertos de bandas locales de rock. Es ideal para ir adentrada la noche. El concierto que nos absorvio aquella noche era de los Chuzos de Punta, que tocaron temas de Barricada, Reincidentes, Leño y otros grupos que yo canté entusiasmado, parecía que no había pasado el tiempo de cuando yo iba por allí. Fue fantástico. Me llevé uno de sus calendarios de mano, que regalaban, y lo guardo con cariño. Me resulta raro no haber hablado nunca antes de este bar siendo uno de los míticos y clásicos del rock y las noches alcalaínas, si bien está alejado de la zona de bares común. Por cierto, ellos saben perfectamente que buena parte de su clientela antigua no va o no va tanto por la crisis y los efectos personales que produce, en un programa de mano de los conciertos que programaron ese mes se lee: "No penséis en la crisis, sólo está en vuestra mente, no existe, que España va bien!!!", y a continuación se lee en un bocadillo de cómic de la boca de Bart Simpson: "¿Nos quitarán la siesta?".

La Fuencisla (Calle Mayor, nº 68) es nuevo desde el verano pasado. Los que somos de Alcalá de Henares lo recordamos de cuando en los años 1980 era una cerería que vendía velas, hachones, santos, vírgenes y bacalao en salazón que exponían al aire en la puerta. Durante muchos años este negocio, que debía tener muchos años de antigüedad a juzgar por el estilo de su entrada, quizá de los años 1940, sino anterior, estuvo cerrado. Sin uso. Abandonado. El principal acierto de los dueños del local al reabrirlo fue mantener la puerta original, el nombre de aquella cerería, y la pintura original, que fue restaurada. Me quito el sombrero ante un empresario responsable y consecuente con lo que es la Historia de la ciudad y el Patrimonio de la Humanidad representado en esa puerta de entrada comercial que nos remite a las profundidades del siglo XX de la ciudad previo al nacimiento de mucho alcalaíno actual. Lo segundo que me ha gustado es que los dueños, o al menos quienes atienden el negocio, saben empatizar enseguida, te tratan como si fueran amigos, saben hacer bromas de buen gusto y te hacen sentir confortablemente. Lo tercero que me gusta es que una amiga mía, la citada Eva, trabaja eventualmente allí y sé que además los que llevan el bar son muy buena gente a través de ella, cosa que yo mismo he percibido en mi poco trato con ellos. En diciembre, tanto Eva, como la también citada María, como otra amiga llamada Isabel que vino de su trabajo en Inglaterra, me invitaron a ir a este sitio. Tienen dos patios cubiertos, con chimeneas reales de fuego en funcionamiento. Se puede ver la arquitectura medieval con sus arreglos de la Edad Moderna y de los siglos XIX y XX. Tienen un piano para quien quiera tocarlo, siempre que sepa y pida permiso. Sus tapas no son muy diferentes al resto de tapas de la Calle Mayor, pero es el ambiente y el bienestar que transmiten sus regentes lo que te hace sentir bien allí. Un italiano, varios brasileños. A mí me gusta. Además, soluciona mi curiosidad por saber cómo era la Fuencisla por dentro tras tantos años que sólo vimos la degradación de sus cierres de entrada. Un acierto de gestión en cuanto a trato humano y en cuanto a respeto por la Historia del local.

De La Cartujana (calle Manuel Azaña, nº 16) yo quería hablar hace tiempo, pero lo fui retrasando. Ahora tengo la paradoja de cómo hacerlo, pues sus regentes, o al menos su encargado está al cargo del nuevo El Gato Verde, de la calle san Felipe Neri, que sustituye al insustituíble Perro Verde. Lo que he visto desde fuera, como por ejemplo videocámaras enfocando al público o el haber quitado las pinturas de músicos de jazz de la entrada, no me ha gustado, y lo que me han contado de dentro, tampoco, pues parece que ya no hay ambiente familiar, se han hecho cambios estructurales innecesarios y el trato prácticamente es la producción de tapas comunes y corrientes como las del resto de bares de tapas de la Calle Mayor. Como sea, yo aún no lo he pisado, asíque del Gato Verde mejor hablar cuando lo conozca por mí mismo, tal vez cambie mi opinión, no sé. También me han dicho que no va mucha de la clientela que iba, porque no encuentran en su ambiente lo que encontraban en el anterior bar. Como sea, el que sí me gusta de esta gente, y que sí conozco, es el propiamente llamado La Cartujana, de la calle Manuel Azaña, que es la calle que demarca el Parque de San Isidro por detrás del centro comercial Carrefour. Ocupa el lugar que anteriormente ocupó uno de los locales del conocido Indalo, éste hoy día con locales también en Madrid y Guadalajara. Se trata de un local de inspiración andaluza, aunque decorado como si fuera un bar irlandés, y con tapas no estrictamente andaluzas. Una mezcla rara, pero no desentona. El trato no es familiar, ni invita a la conversación con los que allí trabajan, pareciera que el encargado tiene gran preocupación porque el contacto entre servicio y clientes sea el estrictamente profesional. Eso no me convence nada en absoluto, como también me parece absurdo mantener permanentemente ocupado a un trabajador de hostelería incluso en los tiempos muertos que a veces ocurren en estos negocios. Pero me gusta el buen gusto que han tenido para elaborar su carta de tapas, y me gusta que además no defraudan. Me hace gracia que oferten una maceta de nachos con queso y literalmente te traigan a la mesa una maceta llena de nachos con queso. El ambiente invita a lo apartado y la intimidad con quien vas. Yo fui con dos excompañeras de trabajo en archivos del año 2009-2010. Aún tengo contacto con ellas y nos vemos de vez en cuando, en este caso lo hicimos para felicitarnos las Navidades. También fui con dos hermanos amigos míos que viven por allí. Este bar está bien porque tiene todo lo que uno quiere de un bar de tapas, salvo lo que he dicho que no me gusta, más que no está saturado y no contiene el ambiente cargado de los bares de la Calle Mayor. 

Otro fogón activo en la ciudad diferente al de Amós es uno más reciente, aunque tiene ya también bastantes años, El Argentino, o también llamado El Churrasquito. Hablé de este local en varias ocasiones, pero específicamente en la Noticia 1039ª extensamente, y en la Noticia 1122ª cuando cambiaron el nombre de El Churrasquito a El Argentino, que es como es conocido popularmente, aunque usan los dos nombres. Está en la Plaza de Cervantes, nº 31. También a este he ido con frecuencia desde que era más joven. No puedo decir más de lo que dije en la Noticia 1039ª, sirven pizza incluida con la cerveza. Tienen un fogón de brasas porque es un restaurante de parrilla argentina. Si lo vuelvo a mencionar hoy es porque en este mes de enero una amiga me llevó allí tras hacer el programa de radio del que soy cuarto locutor y me alegró mucho cuando uno de los camareros se acordaba de mí, me llamó por mi nombre, nos felicitamos el año y nos gastamos bromas. Han subido el precio un poco en este 2015, pero es un local que está entre los bares donde se acuerdan de uno aunque haga tiempo que, por circunstancias, uno no pueda ir tanto como le gustaría repetir.

Y con esto, por hoy, me despido. Saludos y que la cerveza os acompañe.