jueves, febrero 11, 2010

NOTICIA 746ª DESDE EL BAR: BALADA TRISTE DE UNA DAMA (13)

Capítulo 13: pareja de conveniencia.

La pequeña Natalia levantaba el pelo pelirrojo de Patricia de Santamaría con su mano para observarlo mejor cuando ella abrió los ojos dos días después que David el portugués. Patricia observó a la niña india, ella le sonrío soltándole el pelo. Patricia le devolvió la sonrisa. No sabía dónde estaba, ni quién era aquella chiquita, pero era la primera vez en mucho tiempo que alguien le sonreía. Extendió sus brazos desde la hamaca y la abrazó. La niña se dejó acoger por aquella mujer de pelo rojo. Era como si sus cuidados y su permanencia a su lado desde que la encontrase en la playa se vieran recompensados. En esos momentos era la niña más feliz del poblado. La abrazaba la mujer del pelo rojo. Patricia de Santamaría la abrazó porque creyó comprender que estaba sana y salva gracias a aquella niña en cierto modo, gracias a los indios que fuesen los padres y la tribu de esa pequeña. Pero sobre todo, porque al recibir su sonrisa sentía un gran deseo de abrazarla. Desde que cayera presa del corsario Paul Muys, de los piratas ingleses y después aquel portugués no había recibido afecto ninguno. Sólo había sido una mercancía. Había reprimido sus lágrimas mucho tiempo, sobre todo desde que supo que ni por parte de su marido ni por parte de su padre la buscaban… y lo de la lancha, aquel inglés de la lancha, lo que sucedió en la lancha… Aún no podía llorar. Como si todo hubiera hecho una presa en sus ojos, ninguna lágrima salía; sólo un abrazo largo a aquella niña india que la sonrió.

La niña se desprendió de su abrazo con una gran sonrisa que mostraba su infante dentadura de dientes de leche a los que le faltaba uno de ellos, que estaba creciendo. Salió corriendo alborozada de la cabaña. Patricia de Santamaría se incorporó y se levantó de la hamaca. Dio unos pasos por aquella estancia tan sencilla y humilde, llena de olores a Naturaleza. Pronto un gran murmullo de gente se dejó oír por el hueco de la puerta. La dama española miró hacia allí cuando entró David el portugués como un golpe de realidad, de su condenada y triste realidad desde hacía tanto tiempo. No era una mujer libre. No lo era ni en manos de aquel hombre que la sacó de las manos de los piratas para ponerla en las suyas, si acaso más temibles. Verle era recordar aquellas cosas de la lancha. Lo innombrable. Aquello de lo que ella también tenía culpa, aquello que inició él. Su rostro mutó su sonrisa contagiada de la niña india a su rictus serio y melancólico de realidad.

-Al fin has despertado –dijo el portugués entrando del todo-. Los vizcaínos están todos deseando conocerte.
-¿Los vizcaínos? –preguntó Patricia de Santamaría con una débil esperanza de estar cerca de españoles.
-Son estos indios. No temáis de ellos son pacíficos.
-No les he visto y ya sabía que lo eran antes de que me lo dijéseis.
-No seas tan seca conmigo, ya no soy sólo tu rescatador, soy tu esposo –David el portugués lo había dicho con su habitual media sonrisa, que a menudo era una máscara de su alma perturbada-. Me hace gracia tu cara. No te preocupes, no me he casado contigo mientras estabas ahí con medio dormida, medio despierta con fiebres. No me casaría con mi mercancía… Oh, perdona, no sois una esclava… pero cobraré por ti de igual modo… mejor, espero. Estos indios pertenecen a una misión española. Hay dos jesuitas castellanos que te están esperando ahí fuera. Fueron ellos los que nos han salvado de nuestras fiebres. Ellos creen que somos marido y mujer, y más te vale que lo sigan creyendo. Si mantenemos esta farsa quizá pueda llevarte ante tu padre.

La dama española, tan sencilla y modesta en esos momentos, tan relegada de sus títulos y crianza, tan lejos de su felicidad en una vida donde no fuera cautiva, tristemente aceptó las premisas del portugués sin decir una sola palabra. Todo lo que él decía era cierto. Aquel repugnante hombre era su única llave para poder regresar a Veracruz. Aceptar su juego era poder regresar algún día con su padre.

El portugués le tendió la mano para salir de la cabaña. Ella no se la aceptó pero se dirigieron a la puerta juntos. Salieron y bajaron al suelo ante un grupo expectante de indios e indias. Todo el poblado se arremolinó en torno a ella. Todos querían tocar su pelo. Todos extendían su mano para tocarlo. Todos lo tocaban. La situación era un tanto agobiante. Patricia de Santamaría reconoció cerca a la pequeña Natalia y la acercó a ella tocándola la cabeza. La pequeña se abrazó a sus piernas. Los dos jesuitas apartaron un poco a los indios y se presentaron.

-Nos alegramos mucho que haya despertado, señora Patricia. Hemos rezado mucho por su salud. El Señor nos ha oído. Me llamo Luis Abad y mi compañero es Alejandro García –Patricia los saludó debidamente y aún algo confusa.
-Veo que ya sabe quién es la pequeña Natalia –dijo Alejandro-. No se ha movido de su lado desde que les encontró a usted y su marido. Estos indios son los tequesta, y creo que el color de su pelo los ha cautivado. Los vi el otro día pintando un dibujo de mujer con el pelo rojo, sin duda debía ser usted.

Patricia correspondió con la noticia con un pequeño gesto de agrado con sus labios.

-Estoy un poco aturdida aún. Me he levantado con ánimo, pero me agobia tanta gente alrededor… Les agradezco mucho a estos indios sus cuidados… pero necesito algo de aire… al menos un rato –dijo Patricia de Santamaría.
-Es comprensible –dijo Alejandro-. Tome un poco de aire. Nosotros celebraremos una misa en agradecimiento a su recuperación. Vamos a prepararlo todo mientras se alivia.

Los jesuitas dijeron unas palabras en tequesta a los indios. Todos se apartaron de la dama de pelo rojo y acompañaron a los españoles al centro de la plaza del poblado, donde la cruz de madera. Patricia de Santamaría, cogió de la mano a la pequeña Natalia y paseó mirando los altos árboles de aquel lugar paradisíaco. El portugués la acompañaba. Bordearon las casas del poblado hasta ver la pequeña laguna cercana. Se acercaron a la orilla, ella melancólica agarrada a la niña india, él acompañando sus pasos por detrás de ellas. Patricia de Santamaría se paró al pie del agua. Al otro lado se veían aquellas aves grandes y zancudas de plumaje rosáceo. Nunca había visto unos animales así. Los observó absorta, huyendo de su mundo a través de su visión, a través de aquel otro mundo tan lleno de libertad y complejidad.

-Son flamingos –dijo el portugués colocándose a su lado, Patricia de Santamaría no hizo gran gesto de haber recibido la información-. Fue de lo primero que vi cuando yo desperté.
-¿Cómo saldremos de este poblado? –dijo ella sin estar segura realmente si quería salir. Era la primera vez que tenía cierta paz en mucho tiempo, a pesar de que deseara reencontrarse con su padre.
-Falta más de medio año antes de que venga por aquí un barco de aprovisionamiento para esta misión. No pienso estar aquí tanto tiempo.
-Entonces…
-El jesuita más corpulento, Alejandro, se irá dentro de varias semanas a un fuerte español que hay a orillas de otro río, el Miami. No está muy lejos, pero tampoco cerca de aquí. El fuerte encierra dentro una pequeña población española muy básica, por lo que me han contado estos misioneros. Es un emplazamiento militar, pero su pequeña población civil produce algunos objetos que estos misioneros necesitan para sacar adelante esta misión. Irá, comprará y regresará. Le he convencido para que le acompañemos. Lo han comprendido los dos. Saben que será lo mejor para nosotros intentar llegar a ese fuerte. Pero deberás ponerte ropa de hombre si quieres caminar por estos caminos selváticos.
-Eso no me importa.
-¿Ya no sois hidalga? –bromeó con oscuro e hiriente sarcasmo el portugués.
-¿Alguien me ha tratado como tal en los últimos tiempos? –Patricia de Santamaría, aún con la niña cogida de su mano, se volvió para seguir paseando por aquel lugar.
-En la vida fuera de los palacios la sangre azul es tan roja como todas. En América más. Esto es un nuevo mundo. Hasta tú desciendes de personas que no fueron más que ninguno de los que estamos en este poblado. En este nuevo mundo hay que trabajar la propia vida para tener derecho a ella –dijo el portugués como reflexión aceptada por sí mismo de las experiencias de su vida, sin pasión alguna.

Los jesuitas les llamaron para atender a una nueva misa de gracias a Dios, esta vez en nombre de la recuperación de Patricia de Santamaría. De nuevo los ruegos y gracias al Señor se combinaron con la muestra de la Biblia en alto a todos los indios. Era un libro enorme que no podían leer, pero el mero hecho de saber que contenía en sí las palabras de Dios, como le s habían dicho, les creaba un gran respeto y veneración. No eran capaces de mirarlo directamente. Todos bajaban la cabeza cuando el jesuita Alejandro lo alzaba con las dos manos por encima de su cabeza antes de empezar a leer de él. Ellos no entendían muchas de sus palabras, ni del sentido, pero comprendían que aquel Dios que había sido capaz de traer a aquellas personas desde el otro lado del mar, debía ser un Dios poderoso. Se celebró la comunión y con unos cánticos finales se cerró la ceremonia. Tras esto los jesuitas se fueron a realizar trabajos manuales con los indios barones. No hacían ascos a trabajos duros, como levantar nuevas construcciones de madera. Combinaban su evangelización con tareas del trabajo diario, lo que les hacía más cercanos a los indios. Luego, se dedicaban a intentar enseñar algo de castellano, aunque esta era una tarea constante, sobre todo con los niños del poblado.

Los tequesta no estaban del todo convencidos de aquella religión de los hombres blancos, pero iban adoptando varias de sus ceremonias. El jesuita más pequeño, Luis Abad, era bastante duro con ellos cuando les veía realizar alguno de sus rituales. Sabían que el más alto, Alejandro, se las aceptaba si las combinaban con el nombre del Dios de su libro.

Patricia de Santamaría pasó el resto de la tarde con las mujeres y niños del poblado, Natalia no se separaba de ella, estaba embelesada. Todas ellas la tocaban el pelo cuando bajaba la guardia la española. No le importaba que lo hicieran, le hacía incluso cierta gracia y halago. Era la primera vez en mucho tiempo que era el tema de atención de un grupo de gente por motivos agradables. Era como una de sus pasadas reuniones sociales… como cuando estaba con sus damas de compañía… Esther, Sonia, Julia… y con Verónica… Ese recuerdo le producía tristeza. Allí, con las indias tequesta intentaba aprender hacer la comida como ellas cocinaban, para poder seguir en contacto con ellas, con su compañía que tanto le estaba aportando, y mostrarse agradecida.

David el portugués fue a cazar con el indio Borja y otros más. Atraparon unas cuantas aves pequeñas con unas flechas cuya punta de piedra era roma. Era una táctica muy útil. No destrozaban a las pequeñas aves atravesándolas con puntas de piedra, pues sólo conocían el metal por los españoles, ellos no tenían acceso a él de otro modo. Lanzando flechas de punta roma atontaban de un golpe al ave pequeña si la acertaban bien a la altura de la cabeza o las alas. Cuando caían al suelo sólo tenían que cogerlas y retorcerlas el cuello para matarlas sin haberlas destrozado, pudiendo aprovechar toda su carne. El portugués, Borja y otro indio más, atraparon a una gran tortuga. La mataron allí y la trasportaron con cuidado, y teniendo que hacer varios altos en el camino al poblado. Esas cazas, junto a frutas y a algunas verduras que cocinaron las mujeres, fueron el objeto de una gran cena festiva en honor a que habían despertado ya los dos.

Los jesuitas bendijeron los alimentos y cenaron bien todos alrededor de una gran fogata. Pronto los tequesta sacaron rudimentarios instrumentos de percusión para tocar una música muy básica acompañada de cánticos y bailes. Era un sonido casi como de letanía, pero contagioso para bailar. Aquellos indios eran realmente muy activos, incitaban a seguir sus ritmos. Así se prolongó la fiesta varias horas hasta que, por cansancio, todos se fueron retirando a sus cabañas. Los jesuitas dispusieron una en concreto para los que creían un matrimonio. La dama española y el portugués aceptaron por guardar las apariencias. Patricia se retiró antes a intentar dormir, el portugués se quedó dando una vuelta por el poblado a la luz de la Luna llena.

Poco a poco se retiraron todos a dormir. El portugués paseó hasta la pequeña laguna. Aún a esas horas había extraños ruidos desde la selva. En la oscuridad que pretendía iluminar la luz de la Luna le pareció ver en el agua algo moverse, tal vez un caimán. Uno de aquellos enormes cocodrilos capaces de comerse una persona. Explicaba aquello porque las cabañas estaban sobre plataformas. Aquellos indios eran más listos de lo que podían suponer los prejuicios. Ahora que estaba despierta Patricia de Santamaría sólo quedaba esperar la marcha de Alejandro García al fuerte de Miami. Aquel lugar podría ser el único que les ayudara a salir de allí de modo más rápido que esperar el barco de aprovisionamiento de la misión.

Un ruido cercano entre la maleza llamó la atención del portugués. Se acercó al lugar con sigilo. Eran unos gemidos que pretendían ser sordos sin lograrlo. Cada vez eran más profundos, más sentidos. Entre la penumbra de la maleza un culo desnudo se movía hacia delante y hacia atrás sobre otro culo. El jesuita Luis se encontraba sodomizando a uno de los indios jóvenes que había ido a cazar con él aquella tarde. La piel blanca sobre la cobriza se dejaba ver bastante precisa entre los gemidos del sacerdote. No parecía que en esos momentos le molestase entenderse o no con palabras con aquel indio. El portugués observó divertido un rato pequeño hasta que se retiró con cuidado del lugar. Regresó a la cabaña que les habían asignado pensando con mofa en la labor misionera de la que tanto había hablado este hombre que no paraba de celebrar misas y bendecir por las cosas más nimias.

La cabaña estaba oscura. Sólo entraba luz por la puerta. Luz de Luna llena. Patricia de Santamaría dormía en su hamaca. Él tenía la suya cercana a la de ella. La observó. Por primera vez que la viera dormida la vio en su rostro un algo apacible, triste, pero apacible. Observó su pelo pelirrojo que tanta atención llamaba a los indios. Se acercó a ella a observarla mejor. Cerca de ella tuvo tentación de tocarla la mejilla de piel tan blanca y, aún con todo lo pasado, de un aspecto que parecía delicada, aunque probablemente ya no lo era a esas alturas. La agarró por la cintura instintivamente y la despertó con violencia arrojándola al suelo. Rápidamente se lanzó sobre ella tapándole la boca con la mano con gran fuerza, mientras con la otra mano la desnudaba. Patricia de Santamaría forcejeaba en vano, ni siquiera le era de ayuda patalear. El cuerpo del portugués la aprisionaba prácticamente por completo. El portugués también logró desnudarse de cintura para abajo en parte y la poseyó sexualmente con violencia. Cuando la penetró ella echó su primera sangre; como hidalga casadera, era virgen.

Cuando hubo acabado él volvió a colocar en su sitio la ropa de ella. Se levantó, se vistió y miró por la puerta. Ella, acurrucada contra una pared, dijo:

-Mi padre os matará por esto.
-¿Cuándo? –dijo él calmado- ¿Antes o después de que vuestra madrastra le limpie el culo?

Patricia de Santamaría calló. No lloró. Aún no podía llorar tras tantas cosas ocurridas. Se levantó y se tumbó en su hamaca. Aquello tampoco había ocurrido. Nunca había ocurrido. Aún era aquel portugués la única llave para llegar de vuelta a su padre. No quería pensar que acababa de ocurrir lo que había ocurrido. No hablaría de ello… le avergonzaba, le hacía daño reconocerlo. No, no podía haber ocurrido, como nunca pudo ocurrir lo de la lancha… aquello de la lancha… lo que ocurrió en la lancha con aquel inglés. Vivía. Y si vivía no debía ser por haber vivido aquellas cosas. No habían ocurrido. Nadie debía saberlo. Si nadie lo sabía, no habían ocurrido. Su despreciable y trastornado compañero de viaje aún era la única persona que prometía llevarle a ella ante su padre. En la hamaca cerró los ojos, no podía dormir, pero trataba de pensar en la sonrisa que aquella mañana le había regalado la pequeña niña Natalia. Sí, aquella sonrisa sí había ocurrido, y el paseo por la laguna con ella, sólo con ella, con nadie más. Había cosas que no habían ocurrido, que no debían haber ocurrido.

David el portugués se tumbó en su hamaca. Una vez que la tuvo ya no tenía más interés en ella. Para él, ella siempre había sido un medio por el que obtener beneficio. Sólo esa noche se había dejado llevar por una pasión. Ya no le interesaba más que como objeto de dinero. Los padecimientos y las alegrías de las personas no solían moverle a sentimiento. Ver a sus esclavos morir de colapso por lipotimia en las bodegas de su barco, o ver a un grupo celebrando una fiesta, no le motivaban por dentro ni más ni menos que la comprensión de esos sucesos como si fueran precisamente meros sucesos. Nunca había tenido empatía. Los otros, todas las personas, los que no eran él, sólo eran eso, otros.

Así pasaron la noche en la cabaña esta extraña pareja de conveniencia, la una por esperanza y lucha por su futuro, el otro por interés económico, dispuestos a seguir juntos, por sus diferentes motivos, a pesar de los padecimientos vitales de ella y el alma tenebrosamente oscura de él. Eran una pareja inconvenientemente de conveniencia.

Afuera, en la pequeña laguna, los flamingos dormían con la cabeza escondida bajo el ala.

miércoles, febrero 10, 2010

NOTICIA 745ª DESDE EL BAR: BALADA TRISTE DE UNA DAMA (12)

Capítulo 12: entre vizcaínos

Lo primero que vio David el portugués cuando abrió los ojos fue un techo de hojas de palmera. Un indio con cierta tripa y dos plumas en la cabeza medio caídas estaba en la puerta de aquella especie de cabaña, instalando una especie de estera en el hueco. El portugués se medio incorporó para observarle. Estaba en una hamaca colgada entre dos postes que sujetaban el techo de la estancia. El indio se volvió y le vio despierto. Sin mediar palabra salió de allí apartando la misma estera que acababa de colgar. David se levantó con un poco de esfuerzo de la hamaca. Caminó hacia la puerta. Tenía curiosidad de saber dónde estaba antes de que aquel indio regresara con otros indios. Apartó la estera con su antebrazo y miró desde el dintel el poblado que se veía desde allí. Era un poblado de cabañas de madera elevadas sobre una plataforma de palos, con techumbres de hojas de palmera. Estaba rodeado de abundante vegetación cercana a una pequeña laguna donde unas aves zancudas de color rosa caminaban cuidadosamente por el agua buscando peces con su enorme pico curvo. Había gran cantidad de ruidos selváticos. Montones de aves, y algún que otro animal, se dejaba oír por allí, aunque no tan alto como el montón de niños indios que vino corriendo a mirarle desde el suelo como observaba desde la puerta de su cabaña. Iban desnudos completamente. Con el pelo largo y negro como el azabache. Las mujeres del poblado, primeras personas adultas que vio después de aquel indio de la puerta, vestían una especie de falda confeccionada con lo que parecía una tupida alga marina de las que había oído llamarlas en el Caribe alga española. Llevaban sus pechos totalmente desnudos, el pelo recogido en coletas, o suelto las mujeres más jóvenes. Se acercaban como los niños, con los mismos ojos de curiosidad. Pronto aparecieron los hombres, vestidos tan sólo con taparrabos de cuero, encabezados por aquel indio que estuvo en la puerta y un sacerdote español, dos misioneros jesuitas que mantenían su cruz de madera en el cuello, pero vestían en camisas de lino blanco bastante usadas y viejas. Los hombres se abrieron paso entre las mujeres y los niños, se detuvieron ante él con una sonrisa. Tenían la cabeza a la altura de sus rodillas cuando el jesuita más alto y corpulento, de cabeza afeitada hacía al menos un par de semanas, le habló.

-Bienvenido. Nos alegra mucho que haya despertado. Usted y su esposa llegaron muy enfermos. Llevaban ya varios días sin despertar. Llegamos a temer por ustedes, pensamos que tal vez los mosquitos habían empeorado su situación, por aquí son endémicos. Tuvieron fiebres. ¿Cómo se encuentra?
-Mi… mi esposa… -dijo el portugués ordenando ideas en su cabeza confusa.
-Oh, sí, está viva, con nosotros, pero aún no ha despertado. No se preocupe, en los últimos días ha ido mejorando, como usted. Despertará también, pero cada persona tiene sus tiempos.
-Así es –dijo el otro jesuita, más bajo y de constitución más delgada que corpulenta, con el pelo sin rapar, aunque corto-. Disculpe a mi compañero, creo que nos debemos presentar. Yo me llamo Luis Abad.
-Cierto, discúlpeme –dijo el jesuita corpulento-. Alejandro García –y le tendió la mano.
-David –contestó comprendiendo la situación el portugués y dando la mano a los dos jesuitas mientras bajaba de la cabaña india para verse rodeado cara a cara por toda aquella gente.
-¿Son ustedes portugueses? –preguntó en afirmación Alejandro García.
-…Yo soy portugués… mi esposa es española –contestó David más o menos rápido manteniendo la confusión de los salesianos.
-Querrá verla, vamos a su choza –le comenzó a encaminar el paso el jesuita Alejandro.
- Hemos rezado por ustedes. Desde que llegaron hemos celebrado las misas rogando por ustedes –dijo Luis Abad en el breve camino-. ¿Le ha gustado la hamaca? Es cómoda, las fabricamos nosotros con ellos, yo tenía una en una misión en la que estuve en el río Paraná, hace años. Cuando llegué a Florida esta gente dormía casi en el suelo. Me pareció buena idea enseñarles a fabricar estas comodidades para dormir.

Llegaron a una cabaña cercana y subieron a ella los dos españoles y el portugués, los indios se quedaron a esperarles expectantes fuera. Una pequeña niña se encontraba mirando como seguía durmiendo en su hamaca Patricia de Santamaría, durmiendo desde que la encontraron, como él hasta ese momento.

-La niñita se llama Natalia… –dijo Alejandro García.
-La bauticé yo así –interrumpió Luis Abad.
-…Sí, el padre Luis la bautizó con ese nombre. Fue ella quien les encontró. Si no hubiera sido por ella tal vez hubieran muerto en la playa. Pero si se lo quiere agradecer no les entenderá nada. Le cuesta mucho comprender el castellano, sólo hemos logrado que sepa algunas palabras básicas, dudo mucho que su acento portugués…
-Comprendo –dijo David mientras se acercó a la hamaca de Patricia de Santamaría. Acarició la cabeza de la pequeña india, que desvió su mirada de Patricia sólo un par de segundos para mirarle a él.
-Su esposa le tiene fascinada –dijo Luis Abad-. Es por el pelo, ¿sabe? Nunca había visto a nadie con el pelo rojizo, nadie en este lugar lo había hecho. Su esposa se ha hecho sumamente popular en el poblado.
-Bueno –dijo ahora el jesuita Alejandro en este baile de interrupciones-, como ha visto su esposa está bien. Será mejor dejarla descansar. Salgamos. La pequeña Natalia la cuida bien.

Poniéndole la mano en la espalda volvió a encaminar los pasos del portugués fuera de la cabaña. Otra vez rodeado de indios David recibió un montón de frutas de manos de unas indias.

-Coma. Coma. Se las traen a usted. Las recogieron temprano hoy –le conminó Luis Abad. El portugués cogió una de las frutas y comenzó a comerla. El jesuita prosiguió-. En general estas gentes no hablan mucho castellano aún. Nos ha costado mucho hablar con ellos… a veces es como hablar con vizcaínos… por eso yo los llamo indios vizcaínos –Luis Abad se sonrió de su propia gracia que, por otra parte, era una realidad.
-Pero son tequestas, señor David. A mi compañero le gusta seguir la gracia del resto de españoles de esta región. Estos indios son tequestas. Nosotros hemos aprendido bastante de su idioma. A veces les damos la misa en él, dentro de lo que podemos, para que puedan salir de su paganismo. De hecho hemos adaptado algunas cosas hasta que podamos enseñarles bien la Palabra del Señor. Por ejemplo, cuando llegamos adoraban al Sol. Como no lográbamos que comprendieran que el Sol no era Dios si no parte de su Creación, al final optamos por hacerles comprender la idea del Sol como una manifestación de Dios. Esperamos poder progresar y hacerles comprender la Verdad. Vamos poco a poco. En la Obra del Señor no hay prisa si hay buena intención.
-Sí, es cierto. ¿Se puede creer, señor David, que también adoran los huesos? Cuando llegamos aquí acababa de morir uno de sus jefes y vimos como en su funeral, tras incinerarlo estos paganos, se quedaron los huesos, enterraron los más pequeños con sus cenizas y repartieron los más grandes por la cabaña principal. La tribu iba a rezarle. Rezaban a tal barbaridad. ¿Se lo puede creer? Ahora hemos instalado una cruz en el centro del poblado. Allí celebramos nuestras misas. Ahora pueden rezar frente a esa cruz, que es el símbolo de nuestra redención gracias al Señor, que murió por nosotros en ella –completó Luis Abad la información de su compañero con esto dicho-. Celebraremos ahora mismo una misa dando las gracias al Señor por haber despertado tras tan mal trance que ha pasado. Espero que no le sea precipitado.
-Está bien, está bien –contestó David el portugués con un tono que pretendía sonar a comprensivo, mientras ocultaba sus pensamientos creando un esquema sistemático de la delicada situación en la que se encontraba-. ¿Hay otros españoles aquí? –dijo a modo de curiosidad.
-No –contestó Alejandro García-. Pero está rodeado de buena gente. Son seres inocentes. Casi como recién salidos del Paraíso. Aún no tienden a la corrupción a la que hemos tendido nosotros.
-Sí, esta gente está retrasada, pero son buenos salvajes –comentó rápidamente Luis Abad.
-No son salvajes. Son como nosotros… pero de otra manera –defendió Alejandro-. Entre los hijos del Señor, padre Luis, no hay gente retrasada y gente que no. No hay entre sus hijos nadie que valga más que nadie. Todos somos sus hijos. Todos iguales. Igual el rey que el campesino. Igual el monje que el pecador.
-Sea como sea –apresuró a atajar el otro jesuita lo que se adivinaba una vieja discusión entre ellos-, me alegra oír una voz de acento familiar entre tanta voz pagana. Mire –acercó pasándole el brazo por el hombro al indio con cierta tripa que estuvo en la puerta de la cabaña donde despertó-, este vizcaíno se llama Borja, también lo bauticé yo. Es de entre todos el que más lengua cristiana habla.
-Bueno, bueno –interrumpió de nuevo el jesuita Alejandro algo molesto con lo que entendía puyas indirectas de su compañero, atajando así él también entrar en aquella que se intuía una discusión antigua entre los dos-, estamos cerca de la cruz del poblado. Reunámonos alrededor de ella. Hagamos una misa improvisada para dar gracias al Señor, luego podemos salir con los tequesta a pescar. ¿Le gusta pescar?
-He pescado con frecuencia últimamente –dijo David.

Reunidos en torno a la cruz de madera, todos los indios se sentaron de rodillas. David les imitó, mientras los dos jesuitas permanecieron de pie. El indio Borja les acercó unas sotanas jesuitas que se pusieron rápidamente por la cabeza, una copa, un pellejo de vino que los jesuitas custodiaban con gran recelo por su escasez hasta el próximo barco de aprovisionamiento, el cual solía ser anual, y una torta de maíz a modo de pan. Así mismo acercó una Biblia. Comenzó el ritual besando ambos la cruz de madera de sus pechos, a falta de otras cruces manejables, mostrando en alto la Biblia a todos los indios y haciendo todas las habituales gracias y ruegos al Señor.

David el portugués no prestaba atención a las palabras de la misa de gracias por su recuperación. Sólo pensaba en cómo podría huir de aquel lugar de Florida con su rescatada raptada Patricia de Santamaría. Apenas había despertado y ya tenía la cabeza volcada en esos asuntos. De momento las cosas no iban mal. Aquellos jesuitas les habían tomado por matrimonio. No habían realizado preguntas comprometedoras, como porqué habían aparecido en la playa. Pero debía irse del lugar con la dama española si quería cobrar su recompensa o su extorsión. Además, sabía que las misiones españolas podían tardar más de un año en recibir visitas, él tenía su negocio esclavista pendiente. Gamero le esperaría en Cartagena de Indias en la fecha convenida por medio de Trujillo. Era irónico. ¿Qué hubieran pensado aquellos jesuitas, o al menos el tal Alejandro García, si supieran que vivía de vender personas a las que trataba como animales? ¿Le hubieran acogido igual? ¿Hubieran sido igual de piadosos? Tal vez el padre Luis…

-Parece distraído… –interrumpió la liturgia el propio Luis Abad.
-Perdonen, continúen, son muchas cosas en poco tiempo… pero continúen por favor… les agradezco lo que hacen por mi alma -se excusó el portugués falsamente, de rodillas como el resto de los indios tequestas presentes en aquella misa oficiada por los jesuitas españoles.
- “Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra”, Jonás, 2, 10 –terminó de leer del Libro el jesuita Alejandro.

Luis Abad comenzó a preparar el vino y la torta de harina de maíz para realizar la comunión, mientras el portugués se volvió al indio Borja para hablarle bajo.

-¿Me entiendes bien? –el indio no quiso levantar la cabeza- ¿Eh, me entiendes? –le volvió a preguntar dándole ligeramente en el codo con su codo. Gabriel le miró de soslayo y regresó la mirada a tierra intentando seguir una misa que la mayor parte de los presentes no entendía- Oye, me han dicho que hablas bien el castellano. Sé que me entiendes.

El indio Borja volvió la cabeza hacia él y asintió con la cabeza para volver a agacharla mirando a tierra. El portugués quería informarse sobre la distancia que podría tener aquella misión con otros lugares poblados, sobre todo si había fuertes españoles cerca. Sentía cierta necesidad de actividad a cada instante que pasaba desde que despertó. Luis Abad se acercó a él y, sin apenas darle tiempo a verlo venir el portugués, le dio un bofetón que le volvió la cara.

-Cuando la palabra del Señor habla, sus hijos callan.

Debía irse del lugar con Patricia de Santamaría si quería cobrar su recompensa o su extorsión… pero también si quería seguir siendo libre y no uno de sus esclavos ante un amo.

martes, febrero 09, 2010

NOTICIA 744ª DESDE EL BAR: BALADA TRISTE DE UNA DAMA (11)

Capítulo 11: tierra firme.

Una alargada línea de costa repleta de árboles atravesaba de norte a sur el horizonte. No había duda de que tras muchos días remando, con la misma sensación de que ir a la deriva sería lo mismo, no habían llegado a una isla. Aquello era tierra firme. Florida. El lugar donde debía estar la Fuente de la Eterna Juventud que creyó encontrar en vano Ponce de León un siglo atrás. David el portugués lanzó el rapiñado cuerpo de Jason Steinman al mar nada más ver aquella masa de tierra salvadora. Aunque algo había pescado con sus entrañas, no siempre hubo comida. Los peces sólo habían comenzado a abundar en la pesca en los últimos días. Como si fueran indios caníbales de las selvas de Venezuela, habían llegado a comer de la putrefacta carne del inglés maloliente. Incluso la dama criada en bordadas sábanas caras, Patricia de Santamaría hubo de rendirse al hambre y luchar contra su repugnancia y sus miedos religiosos. Allí en el mar no parecía que Dios diese señales de vida. Había vomitado los primeros días, pero hasta el cuerpo humano, que lucha por la supervivencia, logra acostumbrarse a lo que le es necesario, el alimento, venga de dónde venga. Peor problema fue poder beber. El agua llena de salitre del mar era insalubre. Dentro de la lancha de madera no tenían medios para poder sanearla calentándola y lograr así disolverla y para diluirla potable en otro recipiente. Aunque alguna vez bebieron de aquella agua marina que corrompía las ideas, el portugués decidió que debían beber de su orín. A veces había visto hacerlo a los negros de su barco negrero, cuando les faltaba el agua en el viaje. Pensó que si mucha de su mercancía esclava era capaz de sobrevivir de aquella manera el largo trayecto de África a América, ellos, blancos, también podrían hacerlo. Con tan repugnantes usos sobrevivieron en aquella lancha donde la sangre de Jason Steinman se había solidificado en el fondo tras haber manchado de costras negruzcas todo lo que tocaron. Sus ropas estaban llenas de sangre de Steinman. Eran como cuervos de rapiña en un cementerio esperando que echasen los cuerpos de los sin dinero a una fosa común. Dos cuervos alimentados de la muerte viajando en una lancha.

Patricia de Santamaría había luchado por su supervivencia. En más de un año privada de su libertad no había dado fin a su vida, aunque hubo un tiempo que estuvo tentada. Tenía tanto miedo a la muerte, que se aferraba a la vida como podía. No había resistido tantas penurias para morir. Sentía un contradictorio sentimiento de repulsa y vergüenza hacia sí misma. Culpaba en su interior a aquel portugués de haber cometido todas aquellas aberraciones contra natura, pero en el fondo se culpaba a ella por no haber afrontado un destino muy distinto a manos del Señor, evitando cometer el pecado de comerse a un semejante. Ahora que se acercaban a tierra existía la posibilidad de reencontrarse con otras personas civilizadas, no deseaba, no quería, no debía, hablar nunca jamás de lo que en aquella lancha había ocurrido. Sin embargo, la oscura personalidad afable por fuera, terrible por dentro, de David el portugués, consideraba que todo lo ocurrido era muy propio de la naturaleza humana. Había observado a lo largo de su vida y sus viajes como todos los seres vivos trataban de seguir viviendo. Para él todo lo ocurrido en la lancha respondía a algo normal y lógico, necesario. Tan común en el orden de cosas de la vida, que si no hablaría de ello sería porque era algo de sentido común. No todo el mundo, por otra parte, comprendería de las necesidades del uso del cuerpo de otra persona para las situaciones extremas de supervivencia. Pudiendo peligrar su integridad era también de sentido común no mencionarlo para seguir garantizando su propia vida, sobre todo su propia vida en libertad.

Así pues se produjo un pacto de silencio implícito en la mirada que Patricia de Santamaría le echó cuando le vio tirar por la borda el cuerpo del inglés. Su expresión era una extraña confluencia de sensaciones y sentimientos contradictorios hacia el portugués, pero sus ojos pedían en el fondo que lo lanzase al mar para poder seguir viviendo como si aquel inglés ni siquiera hubiera nacido, como si jamás hubiera existido, como si nunca hubiera estado su cuerpo en la lancha.

David el portugués se acercó a ella y colocó su cara delante de la suya para decirla mirándola a los ojos.

-Ahora voy a soltarte. Vas remar conmigo con todas tus fuerzas hacia tierra. Lo vas a hacer porque si me das algún problema te lanzo al mar como al inglés. Eso de ahí enfrente tiene que ser Florida. Si cuando lleguemos a tierra hay algún español y dices algo que no sea conveniente te juro que te mato en el acto. Me da igual que un montón de españoles me maten después, lo prefiero antes que pudrirme en un calabozo maloliente lleno de ratas –El portugués la volteó y liberé las manos de Patricia de Santamaría de sus sogas-. A fin de cuentas –añadió volviéndola a mirar a la cara- soy tu libertador. Yo no soy uno de esos piratas, ¿recuerdas? Quiero llevarte ante tu padre.
-Quieres su dinero, quieres extorsionarle.
-Toda persona quiere algo en esta vida –dijo poniendo media sonrisa, luego la sentó a su lado en uno de los bancos del barco-. Ahora empecemos a remar. Hazlo fuerte o acabaremos de nuevo en el océano y demasiado cansados para volverlo a intentar. Es ahora o nunca. Si quieres vivir, sabes la elección, si no quieres vivir yo sé cual será mi elección. Sé que estarás cansada, yo lo estoy. El orín nos ha enfermado, lo sé. Pero este es el momento de que demuestres de qué estás hecha, española, de vida o de mediocridad.

Ambos remaron con gran fuerza. La costa parecía cercana pero no lo estaba. Remaron durante cerca de dos horas. Remaron con gran fuerza. Sin mediar apenas palabra. Si acaso alguna palabra del portugués para provocar a Patricia de Santamaría, para herirla en su orgullo de mujer nacida en una vida acomodada, tras tantas tribulaciones, con el objetivo de que no desfalleciera y continuara remando sin parar. Cuando llegaron a la playa estaban tan extenuados que salieron de la lancha para chapotear con paso torpe por el agua para dejarse caer en una fina arena blanca. La negruzca costra de sangre seca de Steinman que cubría todo el fondo de la lancha había atraído a una nube de mosquitos. Ellos, manchados también de la sangre de Steinman, llenos además de capas de sudor seco de varios días, rociadas por una intensa capa nueva de sudor pegajoso de las dos horas de remar con fuerza, superando el empuje de la corriente continental hacia el interior de la mar océana, pronto fueron acosados por otra intensa nube de mosquitos. Estaban tan cansados que ambos, caídos en la arena de la playa, no se defendieron de los mosquitos. Inmóviles cayeron en un profundo sueño.

La playa de arena blanca estaba siendo bañada por un sol brillante. El océano se veía azul turquesa, mientras el cielo era de un bonito azul claro. Ellos eran la mancha oscura del panorama, recubierta de la trepidante nube de mosquitos que trataba de alimentarse de su hedionda suciedad, así como de su sangre enfermada de haber comido carne humana putrefacta y de haber bebido orines durante días. El cansancio del que ahora eran víctimas sin movimiento en aquel lugar, rodeado de un manto verde y espeso de vegetación selvática, era producto no sólo del último sobreesfuerzo y de todas las penurias, era sobre todo producto de la enfermedad que desde hacía días les había golpeado y flaqueado en fuerzas.

A uno de los extremos de aquella playa salía a desembocar un río rodeado de diferentes tonalidades de verde esmeralda. Un vocerío de niños salió de allí corriendo por la playa. Con unos palos a modo de lanza y portando una caracola se perseguían unos a otros desnudos a modo de juego. Sus risotadas interrumpían los sonidos de exóticas aves desde el interior de la selva. Una de ellas, un enorme loro rojo y azul salió de la tupida vegetación sobrevolando la playa. Una niñita del grupo la siguió corriendo. Le gustaba mucho aquel tipo de ave. Las había visto imitar sonidos de otros animales, desde entonces le cautivaban. Corría tras ella cuando, bajando un poco la vista de su vuelo para poder ver por donde corría, vio a dos extrañas personas sucias caídas en la arena de la playa. La pequeña niña era más curiosa que cautelosa. Pasito a pasito se acercó a ellos. Cuando llegó a dos metros del cuerpo de Patricia de Santamaría la observó detenidamente. Nunca había visto una mujer tan alta, de piel tan blanca y, sobre todo, de pelo rojo. El pelo rojo era para ella una novedad maravillosa y portentosa. Caminó hacia el centro de los dos cuerpos, pero se retiró enseguida. Aquella mujer y aquel hombre tumbados no olían bien, estaban sucios, atraían a tantos mosquitos que era molesto estar muy cerca de ellos. El niño que portaba la caracola la gritó desde el extremo de la playa cercano al río para que volviera con el grupo. Ella le devolvió gritando la respuesta de que en la playa había alguien que necesitaba ayuda. Pronto los inamovibles cuerpos de Patricia de Santamaría y David el portugués fueron rodeados de un grupo grande de niños indios.

lunes, febrero 08, 2010

NOTICIA 743ª DESDE EL BAR: BALADA TRISTE DE UNA DAMA (10)

Capítulo 10: dos realidades.

Santiago Cobreces, el panadero, aún recordaba las palabras de su esposa Mireia cuando el Santa Marta zarpaba de Santiago de Cuba con él y Javier Barrios, el barbero, a bordo. “Patán desagradecido, que no piensas ni en tu esposa ni en tu hijo”, le había gritado desde el puerto con el bebé en brazos. Aquella gallega le quería bien, por eso estaba tremendamente enfadada con aquellas tonterías del honor y de cumplir palabras. Si bien su esposo había dado su palabra de embarcarse en busca de una señora de alta cuna, ¿no le había dado antes su palabra a ella cuando se casaron de que siempre la cuidaría y estarían juntos? Pensaba, como buena gallega, que para él no debía haber más dama que su señora, y su señora era ella, su esposa. Todas aquellas promesas entre hombres empeñados en embarcarse contra los piratas eran pájaros volando, y muy peligrosos. Bien quería que regresara pronto y sano, tanto como quería que nunca hubiera dado su palabra para subir a aquel buque que equiparon como si fuera de guerra, pero que en realidad era un mercante cuya tripulación, además, no eran militares, sino gente de a pie de la ciudad reclutada a falta de gente de armas, ocupada esta en otras misiones.

-¿Aún piensas en lo de Mireia? –le preguntó Javier limpiando la cubierta junto a él.
-Sí –contestó Santiago lacónico-. ¿Y qué te dijo a ti la tuya?
-Carolina me pegó una bofetada. No dijo nada.

Ambos siguieron limpiando la cubierta arrodillados con un cubo de agua y paños. Con un silencio entre ellos se comprendían todas las penas inusitadas. La tormenta de la noche pasada había hecho algunos estragos en el barco. Toda la tripulación estaba poniéndoles reparo. Había mucha actividad en el Santa Marta esa mañana. Había amanecido el día claro y despejado. Simeón, un marino que normalmente estaba al mando del timón, estaba cerca de ellos, mirando el mar.

-Las mujeres son así –dijo sin dejar de mirar el mar allí de pie-. Para un hombre su mujer ha de ser su único mar, pero cuando uno es marino, bien vale que esa mujer comprenda que su hombre nunca se encuentra lejos de ella aunque lo esté. ¿Os he hablado de Naida? Ah, aquella griega… Esa mujer podría haber sido el puerto donde quedarme por siempre… Pero mi mundo está en las olas.
-Pues si yo pudiera no habría salido de Santiago de Cuba, mi mundo es bien sencillo, mi panadería, Mireia, unos dados con los amigos y nada de todas estas tonterías –dijo Santiago.
-Eso es porque no eres marino –repuso Simeón.
-Yo también me hubiera quedado de buena gana con Carolina –apoyó Javi a Santiago.
-Tú tampoco eres marino… este barco está tripulado por gente de tierra… No es buena cosa. Cuando sois marinos toda la vida, como yo, y manejáis el timón, como yo, sentís que el barco y tú sois uno. Ya no comprendéis el mundo sin dejar de viajar de un sitio a otro, siempre conociendo nuevas cosas. Sí, el Santa Marta y yo somos uno. Llevo mucho tiempo guiándolo y a veces pienso que es este barco el que me guía a mí, el que guía mi vida –Simeón hablaba con voz trascendente.

El barco seguía tranquilo su rumbo por unas aguas calmas que nadie hubiera dicho que durante la noche hubieran sido objeto de una gran tormenta. Javi y Santiago pararon de limpiar la cubierta por un momento e irguiéndose sobre sus rodillas miraron como pudieron al mar por donde miraba Simeón.

-¿Crees que encontraremos a esos piratas? –preguntó Javier.
-Sí –contestó Simeón.
-¡Restos de barco a estribor! ¡Restos de barco a estribor!–gritó desde la cofa el vigía-. ¡Cuerpo en el agua a estribor! ¡Cuerpo en el agua a estribor!

Simeón había contestado su “sí” con gran seguridad, él ya había visto aquellos restos del naufragio del barco de “los Jimis” antes de que el vigía diera la voz. Toda la tripulación se acercó a la borda de estribor con ellos a mirar todo aquello. El barco se acercó a unos cada vez más abundantes restos en el agua. El capitán del barco, Miguel Ángel Fernández, se abrió paso entre ellos y miró detenidamente el lugar. Un hombre alto y delgado en extremo, tenía la cara surcada de tantas arrugas como la palma de su mano. Casi se diría de él que estaba enfermo, si no fuera porque allí se encontraba capitaneando un barco con tanta entereza como cansancio vital. Asintió con la cabeza contestándose a sí mismo una pregunta que meditó para él mismo. Se volvió hacia los marinos de su derecha y ordenó subir el cuerpo muerto que flotaba cerca del barco. Pronto unos cuantos marineros dispusieron sogas y ganchos para poder atrapar al inerte flotante boca abajo. El capitán Miguel Ángel Fernández se volvió caminando hacia el centro de la cubierta con las manos a la espalda, para esperar que le trajeran el cuerpo.

-¿Crees que es el barco que buscamos? –le preguntó a media voz Santiago a Simeón.
-Sí. Andábamos cerca según nos informaron en Santo Domingo. Lo intuyo.

Los marineros que bajaron a por el cuerpo ya lo habían subido. Lo colocaron boca arriba sobre la cubierta delante del capitán. Estaba hinchado y azul. Lleno de agua. Tenía aquel muerto un aspecto terrible y deforme. Con venas marcadas de azul y ojos blancos y perdidos, como si hubieran reflejado el horror.
-¿Alguien le reconoce? –preguntó el capitán Miguel Ángel Fernández con las manos a la espalda, nadie contestó- ¿Ven esos rizos negros? ¿Ese aro en la oreja izquierda? ¿Y esa casaca roja? Es Jimi “el Rizos”, señores. Llevo muchos años en el oficio y le reconozco. Reconozco a los rufianes de estos mares como si fuera su madre. Nuestro barco se ha hundido.

Javi se volvió hacia Simeón para hablarle en voz baja.

-¿Dónde buscaremos ahora a doña Patricia de Santamaría?
-No lo haremos –contestó Simeón.
-Pero quizá sigua viva. Puede que la salvasen en un bote.
-“El Chicly” –de aquel modo llamaba a veces Simeón al capitán- no la buscará. Es como si estuviese muerta, aunque esté viva.
-Pero…
-Las Bahamas están llenas de islas donde se ocultan bandidos de todas clases. Acercarnos a cualquiera de las islas podría ser meternos en un fuego cruzado de piratas. “El Chicly” no lo hará. Es ya demasiado viejo.
-Pero nuestra misión… –dijo Santiago.
-Nuestra misión ha terminado –sentenció Simeón-. Haya muerto o no haya muerto, Patricia ha muerto, esa es la realidad. El capitán Fernández desearía estar sentado frente a una chimenea en España, con sus nietas, y abandonar el mar. Son muchos años… ha sido un gran marinero, el mejor, pero ya no… Algunas personas no quieren morir en el mar…

Un marinero llamó al capitán con un vestido de mujer que acababa de rescatar del mar en sus manos. Miguel Ángel Fernández lo cogió con una mano, sin dejar de tener la otra en su espalda, y lo observó.

-Señores, la realidad es que doña Patricia de Santa María ha muerto. Volvemos a Santiago de Cuba –y le entregó el vestido al marinero que se lo dio, caminando lentamente a su camarote, donde podría descansar escribiendo en el diario de a bordo las nuevas noticias.
-Pero… -dijo Javi en protesta.
-Ya lo has oído –dijo Simeón-. Volvemos a Santiago de Cuba. Enhorabuena, podréis regresar con vuestras familias, como el capitán –Simeón se fue hacia popa desentendiéndose ya de toda conversación. Le hubiese gustado, como a otros embarcados, seguir la búsqueda.

… … …

En otro lugar del mar, unos días después de aquello, una lancha vagaba a golpe de remos con dos hombres y una mujer a bordo. La huida del barco inglés en plena batalla, precipitada, sin preparar, les había impedido poder llevarse cartas de navegación o aparatos que les pudieran servir para guiarse. Tenían que haber llegado en poco tiempo al islote donde podrían encontrar ayuda de unos filibusteros que conocían. Pero desde que huyeron sólo habían visto agua. Agua y más agua del océano. El sol caía sobre ellos, sin poder resguardarse de él. Patricia de Santa María había sido maniatada a la espalda. Steinman y David el portugués remaban sin saber muy bien a dónde. Allí sólo había agua.

-No hay comida –dijo Patricia de Santamaría confirmando una realidad resignadamente, rompiendo un silencio que había durado horas.
-Cállate –le ordenó seco el portugués.
-Ella lleva razón –dijo Steinman dejando de remar-. No tenemos comida ni agua. Mis fuerzas ya empiezan a resentirse. Nos hemos perdido… ¡Mas nos valdría tirarnos a los tiburones!
-Cállate tú también –le ordenó el portugués al pirata dejando de remar él también.
-¿Cuánto tiempo vamos a durar? No hay ninguna isla.
-Tenemos las estrellas y las corrientes marinas –dijo David.
-Las corrientes marinas nos arrastraran al centro del océano, tú lo sabes.
-No, no lo están haciendo.
-¡Pues yo creo que sí! –dijo el inglés enervado.
-No hay comida –dijo triste Patricia de Santamaría.
-¡Qué te calles! –le gritó Steinman-. Ninguno tiene comida.
-Vamos a morir –dijo la dama española con sus ojos tristes, su pelirroja melena ajada y su vestido maltratado.
-No vamos a morir –afirmó David el portugués con serenidad.
-Pues yo creo que sí –dijo el inglés-. Creo que la condenada española lleva razón. Ojalá los españoles la anden buscando y nos encuentren, antes arriesgarme a la horca que a morir sin remedio en esta lancha… a fin de cuentas he ayudado a liberarla… me perdonarían, ¿no? Me perdonarían, ¿verdad, portugués?
-No lo creo. Como mucho te pudrirías en alguna cárcel húmeda de La Habana. Pero no vendrá nadie a buscarla. Su prometido no quiso saber nada de ella, creo que ya tiene nueva prometida –al decir esto David el portugués Patricia levantó la mirada con la noticia con una tristeza realzada que confirmaba los pensamientos que al respecto tenía desde que hacía un poco más de un año la raptara Paul Muys.
-Pero su padre… su padre sí… -dijo el inglés.
-Su padre la quiere de vuelta, pero se rumorea que su madrastra impide que nadie zarpe. Le tiene engañado al viejo, que ha perdido su hombría, está postrado en una silla y no puede ni cagar sin ayuda. Nos pagaría su rescate si nos presentamos con ella en su casa, no esperes que haya ningún barco de su parte –Patricia de Santamaría oyó estas palabras del portugués cerrando los ojos y con un profundo lamento interior como un lloro que nunca nadie escuchó llorar.
-¡La Armada de Indias! –gritó el inglés buscando salvadores desesperadamente, queriendo creer.
-Suficiente tienen con tantas acciones vuestras por ahí.
-¡No quiero morir en esta lancha! -dijo Steinman levantándose y agitando las manos.
-Siéntate y cálmate. Nos vas a volcar.
-¡No quiero calmarme! ¡Vamos a morir! ¡No hay comida! ¡No hay isla! ¡No hay barco! ¡Ni siquiera españoles! ¡Esta mujer sólo trae la muerte por donde pasa! –Steinman no paraba de gritar muy agitado haciendo que la barca se moviera peligrosamente.

David el portugués se levantó de su sitio y se colocó cerca del inglés, que le dio la espalda totalmente ido, gritando, moviendo los brazos, blasfemando. El portugués le agarró por la frente y, echándole la cabeza hacia atrás rápidamente, le cortó la garganta con su machete. Un chorretón de sangre salió propulsada hacia el fondo de la barca. El cuerpo del inglés cayó dentro de la lancha. David le dejó morir. Patricia de Santamaría, que abrió los ojos cuando dejó de oír las blasfemias de acento inglés de Steinman, vio como este se encontraba desangrándose con algún estertor aún en sus extremidades. El portugués se había sentado a observarlo con calma. El horror se apoderó de ella por completo, sin pronunciar ni medio sonido. Cuando el inglés estuvo recién muerto, David el portugués le abrió su camisa y le realizó una escisión en la tripa cortándole un trozo de intestino. Desclavó un clavo de los asientos de la lancha que estaba mal clavado y lo enganchó a una cuerda que había en el bote. Lo tiró al agua tranquilamente y se quedó sentado cogiendo la cuerda, esperando. Patricia de Santamaría estaba inmovilizada de terror en el otro extremo de la lancha. David el portugués, la miró, regresó su mirada al agua y dijo:

-No tenga miedo, señorita. A vos no le voy a hacer nada. Vale demasiado… a fin de cuentas soy su rescatador. Este come mierda me hubiera abandonado en el barco cuando estaba luchando contra sus capitanes. Se hubiera ido con usted y le apuesto lo que quiera a que no hubiera sido muy cortés. Ahora tendremos comida. El señor Steinman, bien usado estos días, nos servirá de cebo. El “sedal” no es lo mejor, pero es lo que tenemos. Esperemos, eso sí, no tener que bregar con un tiburón. No sé si podría con uno. Y no le haga ascos al pescado en cuanto lo tengamos, un español que estuvo en el mar de la China me contó que hay gente en el mundo que come pescado crudo. No seremos nosotros menos… y en cuanto al cebo… bueno, los pescados comen lo que pueden, como nosotros. Relájese, duerma si quiere, le vendrá bien. Creo que podremos llegar a tierra, no sé a cual, creo que nos alejamos de las Bahamas, creo que vamos a Florida. La necesito fuerte. Cuando nos aproximemos a la costa continental la corriente nos arrastrará mar adentro, sólo llegaremos a tierra firme si remamos los dos a la vez con mucha fuerza. La soltaré las manos para hacerlo. Espero que no sea muy sensible al olor. El señor Steinman será una compañía tan útil como desagradable de oler en lo que queda de viaje. Todo saldrá bien. Esta es nuestra realidad.

Patricia de Santamaría no podía esbozar ninguna palabra. Jason Steinman había cubierto el fondo de la lancha de sangre. Le llegaba a sus zapatos. David el portugués pescaba apacible con un trozo de sus tripas. Hacia sol. El mar estaba calmo.

domingo, febrero 07, 2010

NOTICIA 742ª DESDE EL BAR: BALADA TRISTE DE UNA DAMA (9)

Capítulo 9: Tormenta

Llovía en el mar. Era una lluvia ligera, pero un relámpago iluminó el cielo gris, al rato tronó su trueno. Caían las finas gotas sobre la cubierta del barco. “Los Jimi” ordenaron mantener el buque al pairo. Se intuía que pronto iba a desembocar todo en una tormenta y no querían arriesgar la embarcación. Llevaban varios días de viaje hacia Florida usando una ruta interna por el archipiélago de las islas Bahamas. Los recovecos de estas islas eran los favoritos para toda clase de piratería, sobre todo la de los propios ingleses, para poder protegerse de los barcos militares españoles. Otro relámpago iluminó el cielo, esta vez el trueno tardó menos tiempo en tronar.

“Los Jimis” tenían sus planes con Patricia de Santamaría. No era para ellos nada interesante la idea de cobrar un rescate, sino que creían poder obtener mayores beneficios si la vendían en la colonia inglesa de Jamestown. Era aquella una gran colonia recién nacida donde la sociedad se estaba construyendo al modo de Europa. Era una colonia que les era simpática, si acaso por la anecdótica fundación que tuvo a manos de un sir que fue corsario, Walter Raleigh. “Los Jimis” tenían un sentido del humor propio para sus negocios. Allí podrían tener altas sumas por venderla como esclava o como prostituta a algún burdel de lujo. Y si algún inglés de alto parangón quería tener un gesto noble y pagar por rescatarla también les valía. Todo les valía salvo adentrarse en el Caribe con ella, tan plagado de buques españoles, y menos yendo a Veracruz, donde se encontraba la base militar del fuerte de San Juan de Ulúa, especializada en cazar piratas. Virginia, en la costa Atlántica de América del Norte, era para “los Jimis” el lugar más adecuado para sus planes con Patricia de Santamaría, pese a que previamente debían atender su negocio particular con el portugués y desembarcarle en Florida, en San Agustín.

Llovía. Estaban casi saliendo de las Bahamas por el Noroeste. El viaje había sido hasta el momento tranquilo.

Casi toda la tripulación estaba en los camarotes de la bodega del barco, a resguardo de la lluvia. “Los Jimi” habían ordenado que el vigía de la cofa no se moviera de su puesto. Desde allí observaba la cubierta, más que el agua, maldiciendo su suerte esa tarde de tener que estar mojándose allí arriba. El mar comenzaba a agitarse cada vez con más fuerza y el barco bailaba a su ritmo, flotando a cada subir y bajar exagerados de las aguas. También el viento empezaba a soplar fuerte. El vigía vomitó cofa abajo hacia la cubierta que había estado observando. Se acurrucó en aquel puesto desobedeciendo, en cierto modo, las órdenes de “los Jimis”. Se empezaba a encontrar realmente mareado y lleno de temblores y sudoración fría allí arriba. Pero no era el único que miraba a esas horas la cubierta. Desde el castillo de popa miraba el barco el alma negra de David el portugués. Escudriñaba cada rincón buscando todas las claves para dar con el momento preciso y los modos en los que daría su golpe de efecto sobre “los Jimis”.

Contaba con un apoyo dentro del barco. A sabiendas de las intenciones de los capitanes de no volver a Santo Domingo había usado la información para atraer a sus planes a Jason Steinman. No obstante, el propio Jason Steinman aspiraba a una parte prometida por el portugués de las ganancias que se pudieran obtener de entregar a Patricia de Santamaría. Tenían por idea hacer explotar pólvora en la bodega del barco para aprovechar la confusión y sacar de su camarote a Patricia de Santamaría y hacerse al mar en una lancha en dirección a una de las bases filibusteras de las Bahamas que conocían ambos cercana de aquel lugar. Para completar su plan con mayor perfección, evitando poder ser perseguidos por “los Jimis” en la otra lancha con la que contaba el barco, debían agujerear esta. Más aún, David el portugués planeaba asesinar a los capitanes justo cuando Steinman hiciera explotar la pólvora, siempre que las circunstancias se lo permitieran. Otra opción hubiese sido fomentar un motín. “Lo Jimis” gobernaban su barco con mano dura. Hacía pocos días habían dado un castigo ejemplar sobre un grumete dándole tantos latigazos que aún se encontraba sin poderse mover en su camastro, boca abajo y lacerante.

Aunque la tormenta podría ser un buen momento para llevar a cabo sus planes, aún no era el momento. Sí lo era para agujerear una de las lanchas. El portugués vio vomitar al vigía desde la cofa y cómo este, tras vomitar, se acurrucaba en su puesto sin otear ya nada desde allí. David bajó del castillo de popa y, andando malamente con los pasos combados a costa de los movimientos exagerados que el barco comenzaba a dar de un lado a otro por culpa del temporal, llegó hasta la gran lancha que estaba a estribor. Con esfuerzo sacó los remos y los tiró al mar. La lluvia comenzaba a ser fuerte y las gotas impactaban ya con gran fuerza sobre la madera de cubierta. Sus manos se resbalaban intentando agujerear la lancha por entre sus maderas con un cuchillo largo de machete. Vio que lo mejor era usar el machete a golpes contra la base de la lancha, a modo de hacha.

Otro trueno creó su estruendo mientras el portugués golpeaba la lancha con su machete de espaldas a la puerta que daba a los camarotes de la oficialidad, de donde, a desconocimiento suyo, salió Harry Reddish, un pirata veterano que normalmente custodiaba la puerta que encerraba a Patricia de Santamaría. Harry Reddish había abandonado su puesto momentáneamente para ver cómo se encontraba el vigía, pues no era la primera vez que en temporales así alguno se había caído al mar. Aunque lo normal era no tener vigía en plena tormenta en el mar. Nada más ver a través de la lluvia a alguien saboteando una de las lanchas llamó a gritos al capitán y se dirigió decididamente al saboteador. David se dio la vuelta se dio la vuelta cuando oyó la voz de alarma que le delataba. Harry Reddish vio que la traición venía del portugués que los capitanes habían embarcado. Un movimiento rápido de David evitó un contundente golpe de espada de Harry Reddish. Tanta fuerza llevaba que la hoja de su arma se clavó en la madera de la lancha de tal manera que no podía sacarla. El portugués aprovechó para clavar de costado su largo machete de hoja ancha en el pecho del veterano pirata inglés. Tanto ímpetu le puso que le rompió el esternón alcanzándole los órganos más vitales. Harry Reddish dio un paso para atrás mirando en blanco a su asesino. Cayó sobre cubierta como un tronco de árbol al ser cortado. Un borbotón de sangre salió de su boca manchando su barba y mezclándose con el agua de la lluvia. El portugués le desclavó el machete haciendo un poco de fuerza y un par de movimientos justo cuando salían ya a cubierta los Jimis y sus hombres. Sacaron todos sus armas. Una bala rozó con su silbido la cabeza del portugués.

Jason Steinman fue el único que se dirigió dentro de la bodega en dirección a los barriles de pólvora mientras todos salían a cubierta. Había comprendido que, fuera o no el momento adecuado, ya no habría otro momento. Creó una improvisada mecha y le prendió fuego. Rápidamente salió a cubierta. Cuando vio cuan perdido estaba el portugués, que se defendía de toda una tripulación entera como podía, decidió ir corriendo al camarote de la prisionera. Con un disparo de su pistola reventó la cerradura. Patricia de Santamaría estaba asustada y le rehuía creyendo que había llegado su hora. Jason Steinman la golpeó haciéndola una pequeña herida que no sólo la hizo sangrar un poco la cabeza, si no que también la dejó inconsciente. La cargó a sus hombros y la llevó en medio de la lluvia y la pelea en cubierta, que se había trasladado al castillo de proa, cerca de la lancha de babor. Se dedicaba a intentar soltarla cuando el barco entero se levantó en su parte delantera sobre las olas con un gran estruendo. La pólvora había estallado. Cayó el barco de nuevo haciendo que todos los que se encontraban en cubierta cayeran y rodaran por el suelo, cayendo algunos al mar.

Jimi “el Rizos” ordenó a los marineros ir a la bodega a intentar taponar la vía de agua que con toda seguridad provocó la explosión. Sin embargo varios de los piratas se dirigieron hacia la lancha donde estaba Steinman con Patricia de Santamaría, que ya había sido echada dentro de esa embarcación. El barco se escoraba y se hundía rápidamente. Usando un cabo David el portugués llegó hasta la lancha donde Steinman se hubiera ido de buena gana sin él. Sin embargo ahora le necesitaba para luchar hombro con hombro mientras, a la vez, trataban de botar la lancha al agua manteniendo a raya a sus agresores. El capitán Jimmy iba en persona contra ellos cuando de repente un montón de astillas volaron por encima de las cabezas de todos ellos. Otro barril de pólvora había estallado por simpatía de la primera explosión. Todos cayeron al suelo salvo los de la lancha, que, por efecto de la nueva zozobra cayó con Steinman, el portugués y Patricia de Santamaría al mar.

El buque inglés se partía por la mitad mientras un nuevo relámpago y su trueno inundaban el cielo oscuro de tormenta. David y Steinman remaban lo más fuerte y rápido que podían tratando de alejarse. Una de las partes del barco, que se hundía rápido, volcó y se puso panza arriba, muriendo en ello mucha gente. La otra parte, más entera en su hundimiento, mantenía al capitán Jimmy disparando su pistola contra la lancha, pues la muerte no le importaba tanto como la venganza. En el agua Jimi “el Rizos” amenazaba a gritos con vengarse desde el Infierno.

La lancha se alejaba de todo aquello.

sábado, febrero 06, 2010

NOTICIA 741ª DESDE EL BAR: BALADA TRISTE DE UNA DAMA (8)

Capítulo 8: quien roba a un ladrón

En aquella costa de Santo Domingo los bucaneros y filibusteros habían levantado un pequeño poblado de casas de madera cerca de la playa. Incluso contaba con una empalizada con vigías para defenderse de posibles ataques de las autoridades españolas de la isla. Las casas estaban bien dispuestas para facilitar la huida por mar hacia la cercana isla de La Tortuga, donde podían ser más fuertes, si fuera necesario. Algunos españoles comerciaban allí de contrabando con ellos, habiendo algunos que incluso se habían establecido entre ellos dentro de aquella sociedad pirata gobernada con las normas de los filibusteros franceses que mandaban en ese emplazamiento. Había otros poblados parecidos a lo largo de la zona occidental de La Española, pero era en ese lugar donde “los Jimis” estaban preparando su barco para un viaje con su cautiva.

Sobre la cubierta del barco inglés se encontraba David, el capitán negrero de origen portugués. Hablaba con un español renegado de la justicia, Trujillo, que se había hecho bucanero entre aquellos. Trujillo solía trabajar con el portugués en el contrabando de bucán en esa isla. David, personaje tan claro por fuera como oscuro por dentro, no sólo traficaba con negros africanos de forma legal e ilegal indistintamente, mantenía estos negocios bucaneros y aún otros que implicaban una red maquiavélica cuyos agentes, amigos normalmente del portugués, ocultaban el nombre del mismo. Trujillo había traído en un carro otras dos reses más preparadas en carne de bucán para sumarlas a la primera res que el propio David trajo al barco acompañado de los propios “Jimis”. Le entregó una parte del dinero que le habían pagado y le dio instrucciones para que llevara su parte a Carlos Gómez y Sergio Corbacho. Él no pretendía regresar al lado oriental de la isla, donde se encontraba anclado su barco en la capital. Las historias que había oído sobre Patricia de Santamaría le hacían sospechar que allí podría haber grandes beneficios si lograba sacarla del barco y llevarla de vuelta a Veracruz con su padre. Pensaba que lograría un buen rescate, como se rumoreaba, y si no era así siempre podía practicar una extorsión para lograrlo. Patricia de Santamaría para él era un negocio mejor por el que poder ganar más dinero que por cualquiera de los esclavos negros más valorados en sus ventas en Cartagena de Indias. Si lo lograba por medio de una recompensa voluntaria incluso podría ganar cierto prestigio social entre los españoles que le podría ser muy útil en sus negocios legales… y de tapadera de los ilegales. Por ello mandó a Trujillo ir a la capital de Santo Domingo tras pagar su parte a sus socios, con el fin de que allí esperara en su barco negrero a un mulato que le era fiel y estaba por venir pronto a reunirse con él a La Española. Este mulato, Jorge Gomero, debía hacerse cargo del barco y llevarlo a Punta Cana, en el extremo más oriental de la isla, e iniciar un viaje de carga de mercancía humana a Angola si en dos meses no había regresado él. Si eso ocurría se reunirían en varios meses convenidos en la mismísima Cartagena de Indias para hacer la venta de negros. David no desconfiaba de nada de este mulato. Gamero era un hombre que le era en exceso sumiso, quizá por no tener ningún lugar donde fuese aceptado con tanto aprecio como estando al servicio del negrero.

Trujillo bajaba del barco inglés cuando el capitán Jimmy se acercó a David el portugués que miraba desde la borda una escena llena de gente en tierra. Del aquel grupo de gente curiosa salió un hombre y que se dirigía al barco mientras una mujer alta de pelo rizado se alejaba en otra dirección después de haberle cogido las manos entre las suyas.

-Ahí viene el señor Steinman –dijo el capitán Jimmy con voz indolente-. Esa es su compañera, una flamenca, Barbara Von Cauwalaert. Ella quiere que nuestro señor Steinman se quede a vivir aquí con ella y han ido a hablar con el jefe de los filibusteros franceses. Los franceses se organizan demasiado… y son tan aleatorios. Su ley puede ser hoy esta y mañana otra, según su parecer.
-Pero tienen normas –dijo el portugués.
-Sí, pero no están escritas. Acaso algunas cosas se respetan por tradición, pero sus normas son de libre interpretación por sus cabecillas. Por eso a mí no me gustan. Prefiero que no me digan qué debo hacer. Sin embargo es necesario convivir con los franceses, este puerto es bastante seguro… dentro de lo que es vivir en un puerto de una isla española. Esto es lo que me hace reír de ellos –haciendo un alto en su discurso el capitán Jimmy añadió aún con tono indiferente-. Vaticino que el señor Jason Steinman va a perder a su amada Barbara Von Cauwalaert.
-¿En qué se basa?
-En que no volveremos a pisar esta isla. ¿Se imagina? Usted volverá, por supuesto, es un honrado vendedor de personas… bueno, cuando nos la vende a mi socio y a mí es sólo un vendedor de personas –el capitán Jimmy nunca medía sus palabras, era un provocador nato sin considerar las consecuencias en todas sus posibilidades-. Pero nosotros no volveremos. Nos aburre esta isla. Tal vez volveremos a La Tortuga, tiene más vida, ¿no cree? Así que espero que el jefe de los filibusteros de este pueblucho no le haya hecho muchas ilusiones a la parejita dándoles su visto bueno para instalarse… y si se las ha hecho peor para la holandesa. A fin de cuentas le hago un favor al señor Steinman, ¿qué hace un inglés intentando tiznar su sangre con una holandesa? Y menos con una holandesa dispuesta a tiznarse con alguien de pasado judío. Su padre se convertiría, pero entonces porqué mantiene el apellido. Por lo que a mí respecta no es mejor él que ella, ¿no cree?

Jason Steinman acababa de subir al barco tras acercarse en un bote y usar la escala casi al lado de ellos.

-Buenos días, señor Steinman, zarparemos pronto, no desembarque ya. Me alegra tenerle a bordo.

Jason Steinman saludó y fue hacia los camarotes. David compadeció a aquel pirata.

-La verdad es que no comprendo qué hace un judío en mi barco, pero me preocupa más la presencia de un portugués. Podría explicarme otra vez, amigo David, porqué quiere viajar con nosotros y no en su barco negrero –el capitán Jimmy se volvió esta vez hacia el portugués para mirarle la cara, cosa que él correspondió.
-Mis negocios están a buen cuidado. Necesito hacer un viaje secreto y me ayudaría bastante que los españoles crean que estoy a bordo de mi barco y viajar en realidad a bordo del suyo.
-No es cosa mía meterme en sus negocios, cada uno tiene sus asuntos, pero comprenderá que me preocupa llevar pasajeros de más, y usted, señor David, no deja de ser un portugués con un Rey que no me simpatiza demasiado.
-Creo, capitán Jimmy, que no debe haber ningún Rey en el mundo a quien usted simpatice –ante las palabras de David el capitán Jimmy esbozó una forzada media sonrisa-. Hemos hecho buenos negocios en el pasado. No tiene que temer de mí. Le hubiese entregado hace tiempo si yo fuera su enemigo, ¿no cree, capitán?
-Es cierto –dijo el inglés volviendo a mirar por la borda-. Pero ya que nuestra amistad es una amistad comercial, dígame, en este favor ¿qué ganamos mi socio y yo?
-Una cifra, un porcentaje de lo que gane de la venta de mi próxima venta de esclavos.
-Hablamos de un 50.
-Capitán, no me tome por ingenuo.
-Cierto, creí que era un viaje importante para usted. Quizá hablamos de un 30.
-De un 20.
-25.
-De acuerdo.
-¿Y dónde he de desembarcarle?
-En Florida.
-Bonitas costas. Espero un momento, señor David, he de consultarlo con mi socio… ya sabe, los negocios a medias.
-Vaya capitán, yo me quedaré aquí –David observó como el capitán Jimmy se alejaba por cubierta en busca de Jimi “el Rizos”.

El portugués no tenía ningún viaje secreto más allá de sus intenciones de raptar a Patricia de Santamaría para cobrar el rescate o extorsionar a su padre. Había inventado la historia del viaje secreto y regateado una cifra que no pensaba pagar. Era el mejor modo de que su trampa funcionara. “Los Jimi” no eran sus mejores clientes, y defenderse de ellos cuando descubrieran el engaño suponía que le iba a ser fácil, no obstante jugaba con la ventaja de saber el porqué real de querer embarcar en el barco pirata inglés. La parte complicada la encontraba en cómo sacaría a Patricia de Santamaría del barco. En esto pensaba cuando se acercaron “los Jimis” a él.

-De acuerdo, señor David –dijo el capitán Jimmy-. Espero que disfrute de nuestra compañía en su viaje. Nosotros disfrutaremos del cobro el año que viene cuando haya vendido su nueva remesa de esclavos.
-Vamos a zarpar ya –dijo Jimi “El Rizos”-, le acomodaremos en los camarotes del castillo de popa junto a los nuestros, venga.

Los tres fueron hacia popa. David el portugués estaba satisfecho, había picado el anzuelo de su trampa. La red de araña estaba tendida. Sabía, por el guardián de la puerta, que ella, Patricia de Santamaría, estaba encerrada en uno de esos camarotes de popa. A lo largo del viaje tendría tiempo para urdir el plan del rapto, un rapto que no podía presentársele mejor.

viernes, febrero 05, 2010

NOTICIA 740ª DESDE EL BAR: BALADA TRISTE DE UNA DAMA (7)

Capítulo 7: una apuesta de dados.

En una taberna de Santiago de Cuba había luz encendida a esas horas tardías. No era raro. La ciudad rebosaba siempre vida. El ambiente estaba cargado de humo de las velas y su olor a cera, cargado de humo de tabaco, de alcohol, de sudor de la gran cantidad de clientela que había haciendo ruido y riendo o hablando en voz alta, porque en Santiago de Cuba se sabía un poco de todo, que era como saber mucho de nada, y todos opinaban de lo que sabían.

El dueño de la taberna, Francisco Huerta, estaba a esas horas tan felizmente ebrio como sus compañeros de partida de dados. Eran tres en esa mesa e iba ganando aquella noche el barbero, Javier Barrios, y más o menos perdiendo el carpintero, Daniel López-Serrano, aunque este no había perdido tanta cantidad de monedas como de compostura a esas horas. La alborotada taberna la llevaba la única cabeza a esas horas en orden, Dolores Fernández, la esposa de Francisco, una rubia extremeña de armas tomar que antes de que la engañasen en los precios y los pagos ya había soltado un buen bofetón que no admitía réplica para el osado. La ayudaba en sus tareas su sobrina, María Jesús, que era observada desde una apartada esquina por un joven bachiller llamado Daniel Pizarro, novio suyo en secreto, tan en secreto que aún ella no lo sabía, aunque bien se lo imaginaba. Ella servía vino por las mesas y recibía el apoyo de acaloradas miradas de ira contenida de aquel joven cuando algún viejo marino de barba blanca y cabeza despoblada azotaba el culo de la joven con la carcajada de toda la mesa presente. El panadero, Santiago Cobreces, llegó a esas horas, ya bebido de otra taberna tras una larga jornada en la panadería. Se sentó en la mesa del tabernero, el barbero y el carpintero, con gran recibimiento de los mismos. Francisco Huerta pidió otra jarra de vino alzando la voz por encima de todas las voces para que le oyera su esposa Dolores entre todo el jaleo e incluyeron en la partida de dados a Santiago, que traía las mejillas bien rojas.

-¿Cómo he podido casarme con un hombre tan poco trabajador? –dijo alegre Dolores a modo de recibimiento a Santiago trayendo una jarra grande de barro llena de vino tinto y un vaso nuevo.
-Este gasta más que gana –dijo Javier el barbero.
-Yo y la chica sirviendo las mesas y este venga a jugarse los cuartos con vosotros, que sois unos besugos –seguía jocosa Dolores aprovechando la familiaridad de la clientela habitual mientras servía el vino de la jarra en el vaso de Santiago, ya acomodado, y como mostrando no estar absorto en el generoso escote que Dolores dejaba ver al inclinarse.
-¿Y la Castro? –preguntó Daniel el carpintero con una voz entre este mundo y aquel, embotado de tanto vino.
-Eso, ¿canta hoy aquí la Marta Castro? –dijo Javier.
-¿Queréis que cante la Marta? ¡Marta! ¡Marta, sal! –gritó Francisco bien alegre.
-Este se te va con la Marta, Lola –dijo con sonrisa Javier, que se acompañó de las risitas de todos los presentes.
-No creo, bien sabe que antes le corto el palo de la verga mayor –contestó Dolores con gracia extremeña, y dirigiéndose a su marido dijo-. Anda, botarate, calla, que mira que hay voces y sólo oigo la tuya. Ya llamo yo a Marta Castro para que salga a cantar.

Dolores se retiró de la mesa para buscar a Marta Castro recibiendo una pícara mirada de su esposo.

Soltaron todos sus dineros en la mesa, no sin antes se le cayeran los suyos a Daniel de su bolsa al suelo, y comenzaron a jugar la partida de dados. Javier sacó un seis entre los dos dados y Santiago un ocho cuando entró esta vez a la taberna Julián Vadillo, el alguacil y se les acercó.

-Buenas sean las de Dios –saludó-, bien sabéis que jugar juegos de azar, como son los dados, está prohibido por su Majestad, más apostándoos dinero, y peor si alguno juega de fiado.
-Pues ya lo sabemos, Julián –dijo Francisco tirando sus dados-. Anda coge una silla, ¿Cuánto te fío esta noche?
-Pues con lo habitual me conformo –dijo Julián Vadillo, quitándose el sombrero de ala ancha, al sentarse a la mesa agarrando unas silla y el vaso vacío de una mesa contigua-, que más vale respetar la justicia que las leyes –y todos asintieron en su rojez de mejillas.
-¿Y dónde habéis dejado a Pascual, a Remeseiro y a Villaverde, que venís hoy tan sin ellos? –preguntó Javier, el barbero.
-Pues ahí les he dejado esta noche haciendo la ronda, que están las cosas raras. Y la Lola, ¿dónde está?
-Raro… raro… es que no sé donde está mi dinero –dijo Daniel, el carpintero.
-Lo has dejado ya en la mesa, borracho –le dijo con sonrisa Santiago mientras sacaba un cinco con los dados.
-Pues es verdad –dijo Daniel dándose cuenta y cogiendo los dados.
-Lola ahí viene con la Marta Castro –dijo Francisco mientras Dolores se acercaba a saludar y Marta Castro se disponía a cantar evitando manos largas-. ¿Y cómo es eso de que estén las cosas raras? ¿Que nos asaltan otra vez los piratas?
-Julián, ¿cómo te sientas con estos mandurrianes? Trae dos besos –le dijo Dolores al alguacil para saludarle-. Ale, ahí tenéis a Marta, borrachuzos –y Lola, tras saludar a Julián volvió a su tarea ayudando a María Jesús con unas jarras que traía cargadas para una mesa de calafates.
-“Na” –dijo Julián Vadillo el alguacil tirando sus dados-, tonterías de los mandos. Nos han llegado noticias de que “los Jimis” andan cerca, en Santo Domingo, y que llevan consigo a una dama de Veracruz contra su voluntad.
-¿Es que hay dama que se vaya voluntaria con los piratas? –preguntó con broma Santiago.
-La esposa de este vago por no seguir trabajando –soltó la broma de corazón Javier Barrios y todos carcajearon.
-¿Y qué nosotros si están en Santo Domingo? -dijo Paco recogiendo de nuevo las ganancias que había vuelto a ganar con su doce en los dados, y volviendo a tirar.
-Pues que no se sabe cuando se echarán al mar ni qué pretenden con la dama. Toda la Capitanía de Cuba anda alerta. No es un caso cualquiera. Hablamos de una dama, no de una campesina.
-Para mí la alta alcurnia se puede ir al cuerno –dijo Santiago-, más padecemos la gente de a pie.
-Tened cuidado con las palabras, que no dejo de ser alguacil.
-Alguacil, le anoto lo que a perdido en la primera partida y se lo apunto en su “debe” –le dijo Francisco haciendo palos en un papel.
-Chisst, callad, que va a cantar la Castro –balbuceó Daniel.

Callaron ellos, pero no la taberna hasta que Dolores pegó dos gritos bien fuertes pidiendo silencio y llamándoles zopencos. Todo el bar calló. Marta Castro cantaba bonitas historias de barcos y marineros que llegaban a lugares inexistentes. Algunas eran de amor, y otras de desdichas. Todo el mundo apreciaba su cantar, mas nadie respetaba su condición de mujer, pese a que en toda la taberna nadie hubiera ido más allá de unas groserías y unas manos largas. Aunque Marta Castro lo sabía era algo que la frenaba en su ser, lo que la hacía componer últimamente canciones cada vez más tristes y, alguna vez, canciones cargadas de sarcasmo. La acompañaba con una guitarra un jovencito. Algunas letras eran tan delicadas que hasta el viejo marinero de la barba blanca no podía contener una disimulada lágrima. Terminó justo cuando entró a la taberna una gata estirando sus patas delanteras. Se acercó a Marta, que estaba cantando su última estrofa, y restregó su lomo afectuosamente contra sus faldas. Toda la taberna la dio un buen aplauso y la mesa del tabernero volvió a su partida de dados.

-Vamos a armar un buque para darles caza –dijo el alguacil mirando lo que había sacado en su nueva tirada de dados-. Estamos buscando gente para armarlo, la marinos de guerra andan ocupados en otros asuntos estos días y necesitamos voluntarios.
-Pues aquí tenéis unos cuantos marinos bebiendo –dijo Francisco.
-Se paga bien… tal vez vosotros…
-Nosotros somos gente de tierra –dijo Javier.
-Es lo de menos –insistió el alguacil.
-Algún día, fijaos bien lo que digo, algún día Santo Domingo no será España con tanto pirata francés… -desvarió Daniel el carpintero.
-Menudo borracho estás hecho –dijo Francisco el tabernero con autosuficiencia-, ¿cuándo España va a perder una isla tan grande como La Española teniendo una Armada como la nuestra? Anda bebe y tira tus dados. Yo no soy hombre ambicioso Julián, me conformo con mi taberna, mi Lola y mi sobrina. Ahora que si engañas a estos allá ellos.
-Ya quisieras tú perder unos clientes como nosotros –contestó rápido en la broma Javier.
-Pues ¿por qué no? –dijo Julián el alguacil- Apuesto en esta tirada que mañana os presentéis en el puerto para enrolaros contra “los Jimis”, tú, Javier, Santiago y Daniel.
-Daniel no se entera de nada –dijo Francisco-, no seas tramposo.
-Mañana se enterará de todo. ¿Qué decís? ¿Acaso no sois españoles por los cuatro costados? Mirad que se paga bien… y tal vez su padre pague recompensa.
-Yo te digo que ni loco –dijo Santiago.
-¿Y qué ganamos nosotros si pierdes tú? –preguntó Javier.
-Mi paga de un mes.
-¿Pero los funcionarios de su Majestad cobran dinero algún año? –Todos rieron la gracia de Santiago.
-Yo no entro –dijo Francisco-, me quedo en mi mesón, vosotros veréis.
-Ponedlo por escrito –dijo Javier.
-Lo pongo –contestó.
-Si lo ponéis por escrito… yo también juego –dijo Santiago.
-¿Y tú? –le preguntó el alguacil a Daniel el carpintero.
-Este se ha dormido sobre la silla, ¿no lo ves? Deja a este en paz que mañana no sabrá ni donde ha meado –dijo Francisco.
-¿Cómo haréis constar el compromiso? –dijo Javier.
-Allí veo al joven bachiller Daniel –dijo el alguacil-. ¡Daniel, acercaos, Daniel! –el joven se acercó pasando tan cerca de María Jesús que la rozó un brazo, con sonrisa disimulada de esta- Vos sois licenciado…
-No, no lo soy, señor. No acabé mis estudios… quiero acabarlos cuando pueda ir a México y…
-Calla, ¿pero sabes la jerga leguleya?
-Sí, si la sé.
-Pues redacta en este papel –el alguacil cogió el papel y la pluma con la que el tabernero estaba anotando las deudas del juego de la partida de dados- que yo, Julián Vadillo, alguacil de Santiago de Cuba, me comprometo a darles mi sueldo de un mes a Javier Barrios, barbero de esta ciudad y a Santiago Cobreces, panadero de la dicha ciudad, si faltase a mi palabra a tantos de tantos.
-Perdón, señor –dijo el bachiller-, pero para estar totalmente en orden necesito saber cuál es esa palabra dada.
-Mi palabra es mi palabra, que es palabra de alguacil y con eso basta toda razón y explicación –Julián Vadillo sabía que no podía constar en el contrato legal un acto ilegal como era el juego de azar.

El joven escribió confiado y firmó el papel, haciéndoselo firmar luego a ellos. Tras esto, todos tiraron los dados. Javier, el barbero, sacó dos cuatros, lo que no era una mala cifra, si tampoco muy alta. Santiago, el panadero, ante la mirada de Francisco recriminándoles su estupidez, sacó un seis y un tres. Bien podía considerarse Santiago salvado, si no fuera porque el azar hizo que el alguacil sacara dos seises y cerrase la partida.

-¿Quiere que escriba esto, señor? –le preguntó el bachiller al alguacil.
-No, majadero, ¿cómo vas a anotar esto? Anda vete a mirar a la joven –y el bachiller Daniel Pizarro se fue a su esquina-. Esta juventud… ya aprenderá. Y vosotros –dijo Julián levantándose para irse y mirando a Javier y Santiago-, mañana temprano os quiero ver en el puerto en la mesa del escribano del capitán. Una deuda es una deuda, caballeros.

Julián se fue, despidiéndose de ellos.

-Anda, que menudo negocio habéis hecho –dijo Francisco levantándose también.
-¿Qué ocurre? –preguntó Lola acercándose.
-Nada, que mañana juego sólo con Daniel –dijo Francisco yéndose a recoger jarras de vino vacías.