miércoles, febrero 08, 2023

NOTICIA 2197ª DESDE EL BAR: REFLEXIONES DE DANIEL L.-SERRANO "CANICHU" SOBRE TENDENCIAS HISTORIOGRÁFICAS ACTUALES (1 de 4)

Ya hemos visto los análisis que hice en mayo de 2003 durante mi cuarto curso de la Licenciatura de Historia sobre los métodos y técnicas historiográficos en las Noticia 2194ª, Noticia 2195ª y Noticia 2196ª, con motivo por entonces de un trabajo de reflexión para esa parte de mi formación como historiador. Cuando los expuse en Noticias de un espía en el bar reflexionaba en los encabezamientos a cada parte que os entregaba que respondía así a todas aquellas personas que suelen decir que estudiar Historia es como contar cuentos. La Historia es mucho más complejo. Comentaba además que podían ser anotaciones tal vez útiles al actual estudiante de Historia, a otros historiadores y a toda persona interesada. Aunque aquellas reflexiones eran de 2003, veinte años más tarde estaban en parte vigentes como debate y que mis propias conclusiones de estudiante de aquella época anticipaban un debate que hoy día está muy vigente sobre las nuevas formas de narrar Historia a través de los productos de entretenimiento de la actual cultura del entretenimiento, ya sea en videojuegos, películas, series, cómic y otros productos. 

Hoy quiero continuar esta senda con un pensamiento propio más depurado ya de mayo de 2004, durante el final de mi licenciatura de Historia en quinto curso (no repetí ni suspendí nada, y la acabé en junio, aunque luego entré en los cursos de docencia de tercera etapa, antiguamente llamada de tesina, durante 2005). Tuve que realizar una reflexión personal sobre las tendencias historiográficas actuales. No olvidemos que aunque en la Universidad de Alcalá de Henares no existía ya la especialización, uno se podía especializar orientando su carrera eligiendo todas las opciones o la máxima de ellas en un rumbo y yo lo hice en Historia Contemporánea y Actual, haciendo hincapié en la actual, incluso en lo filosófico y lo cultural. Se entendía Historia actual desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en adelante (hablando en burdo, pues en realidad es ineludible todo el siglo XX para tratarla), y como se puede entender no solo sería cuestión de historiador, sino que también te formaba esto como analista de la actualidad, cosa que muchos medios de comunicación y otros posibles trabajos nunca tienen en cuenta en España a la hora de recibir currículos de historiadores, y subrayo: en España. 

Como sea, estas reflexiones que hice en la primavera de 2004 para ir finalizando mi licenciatura y obtenerla pueden estar vigentes hoy día como reflexiones a la hora de afrontar y comprender la Historia a la hora de recibirla y de analizarla. Se puede completar con alguna de las cosas que escribí en la entrega anterior. Sin duda alguna, veinte años después, yo mismo reflexiono sobre mis reflexiones y me matizaría a mí mismo, incluso en alguna cosa ampliaría, incluiría algo o incluso cambiaría algún punto de vista ligeramente, porque lo que ahora tenemos en 2023 ha cambiado en cierto modo un poco lo que teníamos en 2004 e influenciaba en ese momento. La tecnología es un elemento clave, por ejemplo. Ahora mismo creo que arqueología, tecnología informativa, tecnología espacial, e incluso paradigmas de la comunicación actual, fuerzan a ampliar estas reflexiones y ampliar el conocimiento de las tendencias historiográficas actuales para poder seguir creando un conocimiento y el relato más apropiado de la Historia acorde a ese.

Creo que algún lector lego en la Historia como ciencia podrá encontrar en el siguiente serial en cuatro entregas un debate interesante que le hará pensar, reflexionar y comprender que la Historia es algo más que "contar cuentos". Puede que le ayude incluso para formar mejor su propia forma de reflexionar sobre cómo recibe la información que le llega cada día.

 

TENDENCIAS HISTORIOGRÁFICAS ACTUALES: EL RETORNO Y LA RENOVACIÓN DE LA HISTORIA POLÍTICA E INSTITUCIONAL. REFLEXIONES DE DANIEL L.-SERRANO

Tendencias, 1970-2000.

             En estos últimos treinta años las tendencias historiográficas han vivido un momento de eclosión de multitud de enfoques diferentes a la vez, sin que uno predomine sobre otro. Tal fenómeno ya es notado tempranamente por el historiador Lawrence Stone en su artículo "The Revival of Narrative: Reflections on a New Old History", en la revista Past and Present, nº 85, en 1979. Su artículo pretende exponer qué tendencias habían predominado hasta entonces, mostrando sus ineficiencias, a favor de exponer lo que él considera la nueva orientación de los historiadores (esto es, una revalorización de la narración y la microhistoria). Según él, existirían en el siglo XX tres tendencias preponderantes en las tendencias historiográficas, previas al retorno a la narración (retorno que él llama Vieja Nueva Historia -New Old History-). Las tendencias que cita serían: el modelo económico marxista, que habría quedado obsoleto al demostrarse con el tiempo que el determinismo socioeconómico no es tan vital ni exacto en los procesos históricos [en los años sesenta las revueltas juveniles, por ejemplo, tenían un fuerte componente idealista más que ideológico económico]; el modelo ecológico-demográfico francés, lo que sería la Eccole dels Annals, preocupado fundamentalmente por las estructuras de larga duración en el tiempo, así como la evolución demográfica y alimenticia de cada época, lo que terminó siendo una historia de lo que se podía cuantificar; y el modelo cliométrico, de origen norteamericano y cuya única preocupación es la cuantificación como único medio de crear historia científica. Este último método ha quedado desechado por su gran complejidad, costo y escaso rendimiento final. 

            Las ineficacias y fracasos parciales de estos tres métodos habrían llevado en los años sesenta a un paulatino retorno a escribir la historia como una narración, como un relato, pese a correr el riesgo de ser acusada tal historia de no científica. Sin embargo, esta historia sería la única capaz de analizar procesos de larga duración que sí explicarían todo aquello que la cuantificación no puede, como las mentalidades. Por ello, tratan de lo cultural, lo religioso, lo tradicional, etcétera. Además, comprendiendo que no se puede hacer extensible a todos los lugares una misma forma de pensar y sentir, se ciñe a lugares concretos. La suma de esos lugares concretos sería lo que haría posible una puesta en común, siempre compleja, que permitiría crear unas líneas generales. Así pues, el relato y la microhistoria se impondrían como explicación a los procesos macrohistóricos. Serían los modelos de comportamiento lo que explicaría los procesos históricos. Por ello cobrarían interés los testimonios directos de la gente desconocida, normalmente encontrados en documentos jurídicos. Pero la elección de la microhistoria se hace fundamental, ya que ha de ser algo que pueda ser ejemplo y extensible a la generalidad de la explicación de la macrohistoria. De otro modo se estarían explicando nimiedades, o "chismes".

 La Vieja Nueva Historia se diferenciaría científicamente de la Vieja Historia hecha con relatos usando de ciertas técnicas consideradas científicas. Estas son: preocupación por los sentimientos y pensamientos de los desconocidos y no de los poderosos. Combinación de descripciones y análisis (y no sólo de descripciones como la vieja historia de la descripción, o sólo de análisis como los métodos de historia anteriores, llamados científicos). Uso de nuevas fuentes documentales, como las actas judiciales, sobre todo haciendo hincapié en los testimonios de testigos. El uso de la antropología y del intento de entrar en el subconsciente (a decir mejor, siguiendo una buena traducción de Freud, sería en el inconsciente, ya que este es aquello que compone nuestra mentalidad pero que lo hemos retraído sin saber que está ahí, mientras que el subconsciente sí sabemos de su existencia pero lo tratamos de ocultar o no sacar afuera. El inconsciente es el que sale por medio de sueños, formas de hablar o comportarse, lapsus, etc., que, supongo, es lo que Stone quiere decir que se investiga en esos documentos). Y por último, se trata de lo que ocurre a una sociedad entera, no a una persona, momento o proceso.

 Lawrence Stone fue respondido por otro historiador prestigioso, que el mismo Stone en su artículo consideraba dentro de esa New Old History. Este era Eric J. H. Hobsbawn, el cual también escribió en la revista Past and Present, pero en el nº 86, en 1980. Su artículo se llamaba: "The Revival of Narrative: some Comments". Él también afirma que existe un cambio en la historiografía a partir de los 1960's, pero sobre todo desde los 1970's. Sin embargo, para él, lo que ha cambiado no son los intereses historiográficos, sino los métodos para analizar la historia. Sería cierto que se habría abandonado un tanto los sistemas analíticos y cuantitativos, pero no porque los temas que estos estudian ya no interesen, sino porque se creería que se acercan mejor a ellos usando lo que Stone ha llamado New Old History. El cambio se vería necesario dados los nuevos medios de hacer historia y de guardar obtener documentos. Estos son principalmente los audiovisuales. Para Hobsbawn no son eliminables todos los personajes conocidos de la historia, a favor de los desconocidos, pues entonces sería difícil conocer bien el pasado. Pese a que el estudio de instituciones o personajes dejasen muchas insatisfacciones, estos son necesarios para entender una parte de lo ocurrido. Los historiadores de las antiguas tendencias, como Le Goff, se acercarían a la historia relato (como lo suele ser habitualmente la historia política) para poner sus conclusiones en común a la aplicación de las ideologías, estructuras, etc., que se dieron. O sea: para poner sus conclusiones cuantificables en contacto con la realidad y sin ignorar que hay algo más allá de lo meramente cuantificable. Un hecho puede ser estudiado desde diversas perspectivas y aportar algo desde cada una de ellas. La elección de microcosmos o macrocosmos sería una cuestión de método y no tanto de nuevos intereses de hechos en la investigación histórica. La combinación de ambas tendencias (sin relato, con relato) sería ideal como complementarias. O al menos deseable que no se desdeñasen la una a la otra, pues ambas pueden dar resultados valiosos. Claro está que, para que sea útil todo esto, Hobsbawn dice que entonces hay que recurrir a la síntesis. Sobre todo en la forma de escribir historia con el uso del relato. Este, ya se ha dicho, sería a causa de los nuevos medios, que serían principalmente audiovisuales, son estos los que imponen la síntesis y el relato, por encima de estadísticas y comparativas minuciosamente trabajadas.

 Sobre cómo hacer una síntesis en historia escribiría José Andrés-Gallego en Recreación del Humanismo: desde la Historia, que son unas actas publicadas en Madrid en 1994. La idea esencial para hacer una síntesis sería la claridad. Esta se alcanzaría empezando en que la hubiera en el mismo profesor de historia o en el historiador. Para ello se habría de buscar que sistema de valores ha buscado una determinada actitud en la historia, si ha habido coherencia o perversiones entre el sistema de valores y la acción, y la propuesta de soluciones a los problemas que pueda plantear toda contradicción, lo que implica que el historiador también ha de tener claro su propio sistema de valores. Lo dicho cobraría importancia al saberse que los sistemas de valores son diferentes en las personas, por lo que un mismo hecho podría tener diversas verdades. Esas diferentes realidades podrían hacer que la historia se compartimentase artificialmente en diversos aspectos, cuando en la realidad estos interactúan entre sí. Andrés-Gallego habla de escribir la historia haciendo al humano, al individuo protagonista de ella, sólo así se evitarían esos compartimentos. Es en el individuo donde todo esto interactúa (economía, política, cultura, sentimiento nacional, etc.). Sin embargo, sería imposible escribir una historia por todos y cada uno de los individuos que han vivido a lo largo del tiempo. El autor dice que se trata de adaptar los compartimentos (como burgués, catalán, católico, etc.) a unos individuos determinados. Se trata de acercar más la historia a quien la crea, las personas, y no de hacerla tan general. 

Personalmente opino de la aportación de Andrés-Gallego que esto no ayudaría mucho a crear una síntesis y sí a perderse y prolongarse demasiado en explicaciones que acabarían no siendo muy útiles sino se las usa parcialmente (lo que no sería una síntesis). Esto lo opino en cuanto creo que Andrés-Gallego se contradice algo, o al menos no muestra ejemplos de la historia que propone, quizá por la dificultad de poder mostrarlos. Acercar la historia más al individuo, pero a la vez no hacer la historia según individuos sino sobre las categorías en las que se les ha metido... esa explicación es un tanto galimatías, por lo que no parece una buena forma de crear una síntesis, al menos que esté afirmando lo que en realidad desea negar. Sin embargo, se le entiende cierta idea básica de lo que pretendería decir. Busca la realidad colectiva de lo que ocurrió, para ello busca, dentro de las categorías, individuos, no unos, sino todos, tarea difícil e imposible, pues bien se sabe que todas las  personas son mundos diferentes, y en realidad las categorías son generalidades que nos llevarían a ir individuo por individuo viendo lo que no cumple de ellas, lo que contradice, etc. Como mucho, se podrían buscar ejemplos claros y generales de individuos de ciertas categorías, una suerte de microhistoria que podría estar a caballo entre Stone y Hobsbawn. Podría decirse entonces que relativiza la historia según individuos y su forma de percibir la realidad. Sin embargo él dice que no, pues sólo hay un modo en el que ocurren las cosas. Pero sí que es verdad que en cierto modo se contradice. Las cosas ocurren de un modo, pero el modo de ocurrir las cosas es visto, sentido, percibido y vivido, según individuos. Estos pertenecen a unas categorías donde se les podría meter en general, con lo que esa categoría, en general, lo vive de igual modo. El hecho entonces ocurre de un modo... pero vivido de diversas formas. Por lo que sí existe el relativismo en el argumento del autor, aunque reniegue de él. 

Los sucesos de la expulsión de los judíos durante el reinado de los Reyes Católicos es un hecho. Pero decir que lo es sin más es algo muy vago. Si se analiza encontraremos una versión judía de ver lo ocurrido, una versión española, una versión desde alguien no español ni judío, una versión antisemita, una versión económica, una versión cultural, una versión marxista, unas versiones de testimonios de la época si las hay, una versión... y así hasta agotar todas las posibilidades. Definitivamente, no creo que Andrés-Gallego aporte una buena solución de síntesis. Las únicas versiones posibles serían las más generales, eludiendo las más minoritarias. Por otra parte, él no considera que la política sea algo fundamental en el actuar de los individuos desconocidos. Para él importa más la cultura y otros factores que, sin embargo, otros autores como Pedro Luís Lorenzo Cadarso, consideran dentro del comportamiento político (que no de la política). Creo que Cadarso está más acertado. Siguiendo las definiciones de política de los filósofos griegos, la política sería lo que nos lleva a convivir en sociedad, o sea, no se refiere sólo a instituciones, relaciones jerárquicas, pertenencias partidistas o sindicales, etc., sino a la vida diaria. Además, creo que no habría que ahondar mucho si digo que la ideología de una persona actúa inconsciente y conscientemente en esta, en todo momento. Con lo que, alguien que sienta unas necesidades y gustos que se hallan ido definiendo a lo largo del tiempo como de izquierdas, difícilmente actuará como de derechas en determinados momentos, y viceversa.

 Andrés-Gallego también trata acerca de si es preferible la historia analítica o la del relato. Sólo que él defiende la del relato como que también es analítica, al construirse con el lenguaje y necesitar este ciertas construcciones que requieren del análisis. En ello también estoy de acuerdo. El relato no tiene porqué no ser análisis. El lenguaje necesita de estructuras lógicas. En historia las estructuras se apoyarían, además en datos y, siguiendo la tesis de Andrés-Gallego, en ideas claras sobre lo que se habla. Además, tampoco creo que Hobsbawn estuviera desencaminado cuando deja libertad para que se entrecrucen ambas formas de hacer historia, ya que creo que esa colaboración puede ser muy beneficiosa. Pero eso no son cambios en la historiografía, al menos no cambios radicales. Son tendencias que se tienen a la hora de hacer historia, preferencias en busca del camino a lo más cercano a la verdad. Para Andrés-Gallego es preferible dejar caminos abiertos para la duda en esa búsqueda, ya que así se podrá avanzar en el futuro en la investigación del pasado. Está de acuerdo con Stone en no hacer del trabajo del historiador algo inútil, pero no en reducir las búsquedas de las causas tan sólo al relato. Andrés-Gallego dice que eso sería hacer sólo literatura, aunque creo que Andrés-Gallego no ha sabido leer bien a Stone, cuya exposición es más tendente a mostrar los resultados en relato que en estadísticas simplemente, o en adaptaciones filosóficas de la historia. No lo rechaza, según le leo yo, si no que prima el relato, aunque es Hobsbawn, indiscutiblemente quien pretende crear un espacio para todas las tendencias, al decir que es una cuestión de preferencias. Para Andrés-Gallego sólo la narración puede hablar gráficamente de acciones reales a la hora de hacer historia, cosa que comparto, por mucho que otros tipos de historia puedan ayudarnos a una mayor comprensión.

 Sin embargo, este autor también señala que una excesiva duda en el relato histórico puede volver la historia una tarea imposible. Por ello, habla de que se necesita cierto consenso en algunos temas, para tratarlos, aunque siempre quede en ellos puertas abiertos. Ese consenso suele estar en planos filosóficos (v.g.: la libertad). Así, habría cuatro planos que me interesa escribir, por cuanto el resto del trabajo tratará sobre las tendencias en política: 

1.- Ética natural como sistema de vida. 

2.- Ética como producto de contratos y pactos. 

3.- Ética como sistema público de derechos individuales (algunos derivarían este plano del otro y lo unirían). 

4.- Ética siendo eficacia como criterio (las interpretaciones que se fijan y ajustan a lo ocurrido sin más). 

Estos cuatro planos son capaces de crear un consenso inmanente en el tiempo. Sobre estas bases, que son las que deben quedar claras, no debería caber duda alguna, y sí plantear las dudas históricas a partir de los hechos derivados de ellas. En definitiva, la tesis central de Andrés-Gallego es que todo ejercicio histórico debe basarse sobre estructuras que queden claras, y estas son de tipo filosófico, gnoseológico dirá él. Además, la historia debe orientarse hacia el individuo, al  igual que dice Hobsbawn en parte. 

domingo, febrero 05, 2023

NOTICIA 2196ª DESDE EL BAR: MÉTODOS Y TÉCNICAS DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA (3 de 3; Conclusiones)

Llegamos a las conclusiones que saqué en su día de lo que en cuanto a métodos y técnicas hablaron Moradiellos y Lozano para la Historia (Noticia 2194ª y Noticia 2195ª). Servía de resumen, pero también de reflexión. Fueron escritas por mí en 7 de mayo de 2003. Quizá para el lector joven le resulten muy normalitas, y llevará razón si no fuera porque en España, y sobre todo en algunas carreras universitarias, el mundo cibernético y la educación popular a través, por ejemplo, de videojuegos o producciones televisivas o de cine, no estaban aún ni medianamente aceptadas y en muchos casos se desconocía por parte de muchos profesores. También entre el alumnado. Pensemos que era una época donde los teléfonos móviles en general ni los tenía todo el mundo ni contenían en sí Internet, no eran pequeños ordenadores en tus bolsillos. No se había desarrollado tampoco la informática, ni había habido una explosión de producciones artísticas con motivación histórica. España llegó tarde a toda esa revolución de las telecomunicaciones, y en esto puedo hablar también como persona que vivió su llegada siendo joven. 

Los ordenadores no estaban en todas las casas, se consideraban en las familias como un aparato de juegos, Internet era desconocido para muchos. El gobierno de Felipe González (PSOE) estaba tan sumergido en problemas políticos de corrupción, acusaciones de terrorismo de Estado y crisis económica que desde el año clave de 1992, apogeo de nuestra modernidad tras la muerte de Franco en 1975, hasta el año 1996 no se preocupará tanto en este nicho de oportunidades y futuro. Algo había, pero poco y mal desarrollado y menos expandido y conocido. Había teléfonos móviles, eso sí, pero el mundo cibernético era otra cosa. Fue el gobierno Aznar (PP), llegado al gobierno en 1996, el que comenzó a realizar políticas destinadas a introducir en España una alfabetización cibernética y una modernización masiva para fomentar el uso de ordenadores y el conocimiento de Internet. Eso pasaba porque las Universidades fueran dotadas de aulas de informática mejor equipadas de lo que estaban, así como de reformas económicas que favorecieron a las tecnológicas, como se hacía en Estados Unidos y en el resto de Europa. De ese modo, cuando llegué a la Universidad en 1999, la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá tenía un pequeño cuartillo recientemente equipado con unos cinco ordenadores o cuatro, no cabían más, que funcionaban mal por antiguos. A lo largo de la carrera universitaria esto mejoraría y se cambiaría a una gran sala con muchos ordenadores que funcionaban correctamente. Lo que yo encontré en 1999 y lo que yo dejé allí en 2004 (2005 si contamos los cursos presenciales del tercer ciclo) son panoramas salidos de mundos diferentes. Además, en 1999 yo entendía los ordenadores, tenía uno en casa y manejé otro en el bachillerato al codirigir una revista literaria, pero muchos compañeros y sobre todo compañeras no se habían acercado a uno nunca, ni por asomo a Internet, ni tampoco habían ido a cibercafés (antecedente de los locutorios con ordenador). En 2004 era raro el que no supiera manejar todo esto entre los compañeros, algunos de manera muy deficitaria, pero ya sabían algo. 

Más aún, archivos a los que uno iba a investigar, como el Archivo General de la Administración, tenían salas pequeñas y también con equipos informáticos que no tenían Internet. Eso con los años también cambió, pero hubo otros archivos, como el municipal, que ni siquiera tenían esos equipos informáticos. Incluso las bibliotecas públicas estaban así. Se hacían las consultas aún en fichas de cartulina.

En ese contexto hay que entender que estas conclusiones, y más si se tiene en cuenta por ejemplo las recomendaciones de Moradiellos, que en algunas partes quedan anacrónicas en 2023, que incluso lo eran un poco ya en 2003, eran conclusiones hasta cierto punto innovadoras como alumno universitario, pero en cierto modo anticipaba un debate que hoy aún sigue y creo que amplificado.

Reflexiones sobre ambos capítulos de métodos y técnicas.

Está claro que la relación entre ambos capítulos es su complementariedad entre técnicas y métodos. Pues si bien hay que tener una técnica para poder escribir historia sin perderse, atascarse, divagar, decir cosas baladíes, etc., esta técnica no tendría sentido si no estuviese aplicada dentro de un método con el que poder tratar la historia, o a la inversa, un método por sí sólo no valdría para explicar la historia sin una técnica.

Las técnicas explicadas por Moradiellos son, en general, muy universales, y por tanto útiles para cualquier historiador. Son entendibles para el historiador.

Aunque ignora, no comenta, las nuevas técnicas archivísticas y de consulta que ofrecen las nuevas tecnologías informáticas, las cuales han cobrado un gran protagonismo. Los archivos y catálogos informáticos permiten una más rápida búsqueda y consulta.

Pero no sólo eso, dentro de la red que forma Internet muchos de estos archivos y catálogos están disponibles desde cualquier lugar del mundo con acceso al ciberespacio. Tanto en una página propia como en páginas de universidades o instituciones o historiadores o comunidades... A veces incluyen la posibilidad de descargar y obtener el usuario determinados documentos (de cualquier índole). Y si no se pudiera descargar, siempre queda la posibilidad de que se ofreciera verlo.

También ignora Moradiellos las formas de análisis y comentario de fotografías, dibujos de prensa o cómic, grabaciones sonoras, grabaciones visuales, grabaciones audiovisuales... que suponen las fuentes contemporáneas más recientes. Aunque estas son ignoradas o minusvaloradas aún por muchos historiadores, y por tanto aún no se ha desarrollado una técnica apropiada, de comentario para ellas, por lo que se suelen dejar aparte o bien comentar como si se comentaran otra clase de fuentes. Normalmente estas fuentes son consideradas no con un valor propio de historia, sino con un valor ilustrativo de la historia. Pero son, en nuestra opinión, unas fuentes con tanto valor como el resto y se debería desarrollar una técnica adecuada para analizarlas y comentarlas, pues podrían aportar nuevas visiones. Moradiellos en su capítulo las ignora.

En cuanto a los métodos expuestos por Lozano, a lo largo de la historia, parece intuirse en su capítulo que él comparte la idea de un método que combine la historia narrativa y la analítica que cuente la verdad, y no lo verosímil, con un buen estilo narrativo. Particularmente opinamos que ese es el método a seguir hoy en día, pues el conocimiento de lo pasado, en todos sus aspectos, a de ser accesible a todo el mundo (y no sólo a unos pocos que comprendan analíticas, diagramas, barras...). La accesibilidad a la totalidad debe ser acompañada por el interés al acceso. Y el interés por el acceso se logra presentando una historia expuesta de modo interesante. Por ello es necesario introducir en el discurso histórico una serie de recursos literarios y exponer los hechos (universales o singulares) de un modo tal que tengan un desarrollo narrativo coherente, por muchas interrupciones que puedan existir para explicar otros desarrollos narrativos para la comprensión del central. Pero la historia a de tratar de conocer y tratar de ajustarse lo más posible a la realidad y a sus diversos puntos de vista, por lo que no a de ser mera narración interesante y habrá de tender a usar la historia analítica, la cual aporta datos sólidos para entender acontecimientos (sobre todo de índole universal). Lo dicho no quita que los datos obtenidos de modo narrativo (con documentos testimoniales no matemáticos ni numéricos) sean ciertos.

Sólo que entre los métodos que menciona Lozano, olvida mencionar uno que sepa diferenciar entre documentos falsos o que mientas, y documentos verdaderos o que dicen la verdad (cosas, ambas, diferentes), y no sólo que sepa diferenciar entre la historia y el mito o la fábula. Para estos métodos se podrían usar algunos sacados de paleografía, el examen de autores e instituciones emisoras, su contexto, su material de creación en relación a la época que dice pertenecer, el examen de la traducción si lo es, de su copia si lo es, de su interpretación si lo es de otra fuente, etc. Todo esto está bien expuesto por M. Bloch dentro del capítulo tercero, llamado "la crítica", en su libro Apología de la Historia o el oficio de historiador, conde también habla de entresacar los matices que contenga el documento.

También le faltaría incluir los nuevos métodos históricos adaptados a nuestras épocas audiovisuales e informáticas. La novedad de estos medios provocan que la historia sea presentada en ellos de un modo nuevo, por necesidad. No hay que olvidar que muchas páginas de Internet consultadas con frecuencia en los últimos tiempos hacen referencia a temas históricos, o bien que muchos videojuegos actuales incluyen presentaciones que son auténticos documentales históricos para introducir al jugador en otro mundo, a la par que le instruye (por más que estas introducciones siempre estarán viciadas por las leyes del marketing y la mercadotecnia, siempre interesadas en obtener la mayor venta y no tanto en obtener la verdad y lo verídico en sus presentaciones).

Las páginas de historia que ofrece la red de Internet requerirían de métodos ya no sólo narrativos y analíticos, sino también rápidos, llamativos y ágiles. La historia ya no sería dentro de la red una ciencia-arte con la que obtener y narrar la verdad, sino también un producto de mercado al introducirse en el ciberespacio, por lo que el método histórico añade a su cercanía actual a la sociología, la antropología, la narración, el discurso y el análisis el del, siempre desvirtualizador de la verdad, marketing. No obstante hay en la red páginas no tan interesadas en el negocio, y sí en la historia misma, que son más austeras pero más científicas. Estas suelen ser de historiadores profesionales, universidades, instituciones, diversos organismos y asociaciones o personas particulares instruidas, o aficionados, en la historia. Expurgadas de erratas, fallos, imprecisiones, y verificarlos, quedaría abierta al historiador profesional.  Internet ofrecería la posibilidad de usar un método globalizador que permitiría abrir conexiones entre diversos conocimientos históricos de muy distantes zonas del planeta, con sus muy diversas tradiciones históricas. Las páginas cambian el método haciéndose rápido, más de consulta, muchas veces, que de monografía, pues hasta las monografías parecen organizarse de modo consultivo rápido. Al discurso narrativo de historia se le añaden posibilidades que superan los conmutadores que citaba Lozano en su capítulo, al ofrecer la posibilidad de abrir conexiones directas con otras páginas relacionadas con el tema a tratar por medio de "Links", los cuales se podrían diferenciar en una lista o bien en el mismo texto informático mediante un color de letra diferente, como puerta de acceso a esa otra página, lo que no interrumpiría el discurso en zigzags. O bien las posibilidades de abrir foros de debate sobre lo tratado con otros cibernautas e intercambiar opiniones, preguntas, material interesante... O bien la posibilidad de escribir un correo electrónico al autor y consultarle personalmente. O bien incluir numerosos apéndices. Etc. Los métodos históricos que propondrían los nuevos medios telecomunicativos aún no han sido muy estudiados a causa de su novedad. Aunque bien es cierto que tampoco se ha estudiado mucho el discurso histórico en medios contemporáneos un poco más antiguos como el cine o la televisión, aunque sí hay estructuras definidas de hacer documentales.

En este sentido, nos gustaría mencionar el nuevo enfoque que la cadena de telecomunicación BBC (que junto a National Geographic ha hecho los mejores documentales de historia tradicionalmente) ha creado en algunas series documentales de historia. En ellos explican la historia de un modo antropológico y social representado con actores y ambientaciones las formas de vida en determinados periodos, como si un reportero actual lo estuviese grabando y explicando (como en documentales tradicionales de fauna, noticias o sociología contemporánea). El más famoso hasta la fecha [2003] es Neanderthal (de BBC y Canal +), donde se pretendía estar conviviendo con una familia de neandertales. Pero el inicio de estos documentales estuvo en la serie dedicada a conocer el mundo de los dinosaurios, llamada Caminando entre dinosaurios, que aprovechaba los efectos especiales infográficos. Es un método narrativo audiovisual muy manejable para explicar historia de las mentalidades. Ya que el documental con material auténtico (v.g. con imágenes de la I Guerra Mundial) es muy recomendable y útil, y analizable, pero sólo muestran un montaje que no muestra por sí solo las formas sociológicas, antropológicas, o de mentalidad, sino sólo grandes hechos. Si bien se podrían combinar con otras imágenes de apoyo, como gráficos, el historiador hablando del tema, testimonios de personas partícipes en el tema tratado (nada despreciables, aunque expurgables en algunas partes), entrevistas, etc. La diferencia está en el grado grafico que se alcanza de cara al espectador con uno y otro método documental.

Expuesto todo lo dicho sobre métodos y técnicas a través de los capítulos de Lozano y Moradiellos damos por concluido el presente trabajo.

viernes, febrero 03, 2023

NOTICIA 2195ª DESDE EL BAR: MÉTODOS Y TÉCNICAS DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA (2 de 3; "El discurso histórico", Jorge Lozano)

 Siguiendo la idea de desmitificar que la licenciatura de Historia es "como contar cuentos", que ya iniciamos en la Noticia 2194ª con las técnicas de referencias y consejos de escritura de Moradiellos, hoy os presento un resumen de lo que decía Jorge Lozano repasando muy por encima varias formas de narración de la Historia que se pueden leer... y escribir. Y aquí podéis empezar a tener idea de lo que es cronista, de lo que es historiador, hasta de "tronista"... y, quien quiera entender, de lo que se llama verdad reconstruida o postverdad, o sea de aquel que en nombre de la Historia no se atiene al método científico buscando una verdad (inalcanzable por el exceso de relatos posibles, algunos de imposible recuperación), sino buscando una verosimilitud (posible, pero de carácter interesado por parte del narrador). 

La verdad en la Historia es negada como algo tajante, salvo el hecho material innegable. Lo más cerca de la verdad en la Historia es la mayor acumulación de datos posibles y el contraste y análisis de todos los puntos de vista que pudieran atañer a lo que se ha de analizar para su conocimiento.

Sobre el capítulo de Lozano.

Sobre el capítulo "La historia como narración", en El discurso histórico de Jorge Lozano.

Lozano intenta explicar en su capítulo dos puntos de vista acera de cómo se enfoca la historia (en principio). Esto es esencial como método para escribirla, ya que según se entienda esta así la tratará el autor. Lozano aporta muchos puntos de vista de muchos autores que han tratado el tema a lo largo de los tiempos. Básicamente son dos visiones aparentemente contrapuestas las de ver la historia: como narración, lo que equivaldría a arte, o como conocimiento adquirido mediante investigación, lo que llevaría, por determinadas formas de métodos, a tratarla como ciencia. La historia, explica Lozano, implicaría además, según Hegel, tanto lo sucedido de facto como el relato de lo sucedido de facto.

La historia como narración es afirmada por Ortega y Gasset, aduciendo que contar la historia implica narrarla, narrar lo que ocurrió, por lo que no habría que inducir ni deducir. Pero Hegel, en su visión de historia como lo que pasó y el mismo relato de lo que pasó, cree que sí hay que investigar en el relato histórico, ya que él mismo contendría claves para entender la historia, puesto que él mismo es historia.

La historia como narración implicaría la poética, lo que la introduciría en el arte. Esta relación implicaría que hubiese una historia como narración de acontecimientos y que esos acontecimientos que la compondrían serían también historias.

La historia nacería de los griegos en forma de poesía, al narrar hechos épicos concretos. A lo largo del tiempo esta tradición evolucionaría a una prosa épica, a cantares de gesta, a un teatro histórico en la edad moderna, a dramas y novelas históricas y a literaturas recurriendo a la historia para sus argumentos. Así que, Walsh, llega a decir que esto es así pues la narración permite contar una serie de acontecimientos, que es lo que se busca en lugar de hechos concretos inconexos.

Serían los filósofos griegos (el primero, Luciano de Samosata) los que introducirían la metodología histórica de narración, por más que se piense que los griegos anteriores, como Aristóteles, resultasen indiferentes a la historia como disciplina científica. Aristóteles legó a diferenciar entre historiadores (los que cuentan lo que ha sucedido) y poetas (los que dicen lo que podría suceder).

El poeta se traslada al tiempo pasado heroico y lo organiza temporalmente al narrarlo cronológicamente. La poesía abstrae de la realidad inmediata y transforma el pasado en algo idílico, lo que le da superioridad narrativa sobre la historia (la cual es en esos momentos sobre hechos particulares). La poesía sería lo verosímil (que es presentado como algo seductor), la historia sería lo verdadero. Poesía e historia tendrían, pues, sus diferentes formas de presentación. Fábula, tragedia, comedia... para la poesía, y un lenguaje civil de orador para la historia.

Al ser la historia una narración con lenguaje de oratoria, se trataba entonces de crear una narración lógica. Por lo que se buscaba la razón y a veces el resultado no era lo que ocurrió si no lo que era verosímil que hubiese ocurrido. Además, como poesía, según Finley, se buscaba una universalidad que decir sobre la vida misma.

Más confuso sería distinguir entre historia y mito. El mito se basaba en relatos más o menos reales cuya finalidad era que la sociedad admitiera unas condiciones y formas de vida ya existentes. Pero no es material baladí, ya que contendría remotas referencias a algún hecho real, o, en su formulación, notas de contexto social de la época, el cual, cuando fue construido, estaba vigente. El mito deformaría la verdad, pero no se construiría desde la nada, según dice Dumèzil, Y la deformación de la verdad no conduciría a no creer que no fuera cierto todo lo que se cuenta. . Además, los mitos influyen en la historia cuando estos mueven determinados actos o formas de actuar o de guiar a pueblos o personas, o bien de pensar.

Herodoto creo una historia investigada que introducía mitos y leyendas que habría recogido. Aún así, fue el primer historiador que intentó crear una demostración y exposición de los hechos. Sus fábulas tenían por objeto persuadir a la multitud de que contaba la verdad, ya que al recoger rumores que circulaban por todas partes, sin ser el propio Herodoto el autor, le daban cierta verosimilitud. Nadie podía, por otra parte, comprobar el grado de verdad. El propio Herodoto dice que él cuenta lo investigado, pero que no tiene por qué creer todo lo que a él le han contado. Su método pues, consiste en una historia donde el mito añade interés a lo narrado.

Píndaro daría otro paso cuando cuadra cronologías históricas reales, con cronologías fantásticas de dioses y héroes.

El mito, que sirve para embellecer y para ensalzar [hoy en día se mitifican figuras y hechos], lo es para el que lo denuncia, nunca para el que lo enuncia. Hecateo de Mileto fue el primero que quiso hacer diferenciación de mito e historia. Tucídides prosiguió esta idea. Para él la historia ha de buscar la verdad, y por tanto no tiene porqué ser bella. En ese intento inició un método decisivo en influencia metodológica posterior: prescindió de las fuentes orales para atender sólo a las escritas. Así nació una distinción y un enfrentamiento: texto histórico y texto de ficción.

San Isidoro de Sevilla habló de tres clases de texto: historias, como hechos que han sucedido, argumentos, como hechos que han sucedido pero también que pudieron suceder, y fábulas, como hechos que ni han sucedido ni podrán suceder nunca. Más tarde, Voltaire, distingue entre texto histórico y fábula, pero en cuanto a su intencionalidad y forma de presentar los hechos.

Pomian habla de una historia comenzada en Italia en el siglo XV que constataba lo afirmado con fuentes impresas, esta es la que se expandiría hasta ser la única en el siglo actual. Pero habría que buscar las fuentes fidedignas. Antes de la imprenta se usaban marcas de historicidad donde el autor daba fe de la verdad que había contado. Pero en el siglo XVI también son mapas y citas directas de las fuentes. Para más certificación, en el XVIII se introdujeron columnas de cifras. En el XIX, los gráficos. En el XX fueron las fotografías alas consideradas fuentes fidedignas. [Y a finales de ese siglo hasta el cine o el vídeo es considerado una fuente maraca de historicidad.] Pero esas marcas no son suficientes, ya que igualmente se usan en otras historias como memorias, crónicas, libros de viajes... Son textos históricos si cuentan la verdad, tan sólo. Pero ese criterio de verdad tampoco es suficiente, ya que se volvería a la verosimilitud y a crear textos que intentasen sustituir la verdad por lo verosímil (aunque no se haga intencionadamente).  La diferencia de la verdad en lo histórico está en que los hechos ocurridos no son ni falsos ni verdaderos, esto sólo lo es lo que se escribe sobre ellos, la interpretación de ellos [de lo otro, de los hechos reales, sólo podríamos decir que podría ser lo que se cuenta de ellos]. Por ello la historia es un tipo de relato, un discurso, una narración. Esta puede meter un siglo en una página y eliminar así la inmensa mayor parte de lo que de hecho sucedió en ese siglo. Así que la única condición para que tal narración contenga historia es que los hechos hayan ocurrido en la realidad.

La historia es entonces un discurso, como forma narrativa. Barthes lo divide a este en tres partes: enunciación, enunciado y significación.

En cuanto a enunciación habla de ciertos conmutadores o shifters (que aseguran el pasado de lo dicho, enunciado, con lo que se dice, enunciante). Habría conmutadores de escucha, los cuales son usados para decir las fuentes y testimonios usados, como si la historia se aproximara a la etnología. El historiador participa de esas fuentes, por ello Barthes no lo considera propio del discurso histórico. Sí que cree que participa el conmutador de organización, donde el historiador para, pausa, enuncia, retoma, etc., un  relato para decir o indicar otras cosas referentes al relato. Esto introduce dos tiempos, el del enunciado (lo dicho) y el de la enunciación (la narración del historiador). Así se produciría una aceleración de la historia, donde el pasado remoto no tendría tantos detalles como el pasado más cercano en una misma proporción de páginas o tiempo narrado. Otro conmutador aportaría una historia en zigzags, que hace ir y venir entre diferentes épocas. Esto rompería la narración al alterar el tiempo para introducir diversas narraciones.

Para Barthes el discurso se empezaría o de un modo poético o con un prefacio que anunciase lo que se va contar o se juzgue lo que se va contar. Sea como sea, los conmutadores relacionan el tiempo pasado con el tiempo de la narración de ese pasado. Así mismo, el discurso tendría una dirección o intención (para un destinatario) o sería impersonal. A veces el enunciante del discurso intervendría en lo que narra y eso hace de su relato su propio tiempo (v.g. Julio César).

El enunciado se dividiría en temas, que podría incluir diferentes discursos dentro del discurso que la narración del hecho ya es en sí en su totalidad.

La significación cobra ser si se introduce un sentido a la narración, por lo que es el discurso quien "crea" el hecho histórico. Si no sólo serían unas anotaciones de hechos puntuales. Por ello la historia es narración con sentido de realidad, sino, dice Barthes, la historia iría, como actualmente va [su actualidad es 1967] hacia la irrealidad por ininteligible, por incomprensible. Es entonces cuando se pasa de la historia-relato a la historia-problema.

La historia-relato restablecería el caos de la existencia vivida, según François Furet, para explicarla con sentido temporal. Por ello da importancia a las biografías (el más ajustado tiempo a la vida de un hombre). El hecho histórico es así acontecimiento. Pero el acontecimiento no explica nada si no es introducido en un discurso con otros acontecimientos, así se hace un relato. Y este tendrá sentido si tiene una finalidad. Todo ello implica crear conceptos para la historia  y unir acontecimientos y biografías.

 Sin embargo, en la historia-problema el historiador renuncia al tiempo, creando márgenes temporales y de problemas a resolver, por lo que se busca una buena pregunta a la que responder, más que querer explicar un hecho. Tampoco hace caso del acontecimiento único, necesita hechos comparables para poder crear conceptos que respondan preguntas, de ahí nace la historia cuantitativa. Para ello inventa sus fuentes, consultando documentos y archivos inéditos hasta el momento, los cuales puede comparar. Por todo ello las conclusiones son cada vez menos separables de su propio proceso de verificación, por el cual se ha llegado a ellos.

En definitiva la historia-problema propone elegir un fenómeno y construirlo, en lugar de contar un acontecimiento importante. La historia del acontecimiento es tradicional y da paso a una nueva historia, según Veyne. En esta se explicaría "por qué", y no sólo "qué", lo que habría de dar el salto de historia-arte a historia-ciencia.

El nuevo método científico criticaba en boca de Voltaire (aunque tuvo precedentes clásicos) que la historia de los acontecimientos hasta entonces sólo narraba la vida de los grandes hombres y los grandes hechos. Por ello se debía narrar todos los acontecimientos que afectasen al hombre (entendido como ser humano), tanto lo belicoso, como lo moral, lo ético, lo religioso, lo científico, lo físico, etc. O sea, la nueva historia incluía la historia de las mentalidades. El nuevo método hacía de la historia lo que algunos llaman una superhistoria, un conocer todo.

El debate se abre entonces, cuando gente como Michelet piensa que la historia debe especializarse para poder ser más historia, o cuando Buckle habla de una historia del intelecto y de los sentidos para explicar toda la historia. El debate era: acontecimiento contra mentalidad, lo singular y lo universal. Y era la historia universal la que dejaba abierta una puerta abierta para que los métodos históricos pasaran a ser tratados como ciencia, ya que la universalización requeriría conceptualización.

Hempel pensó que la historia podría ser tratada con las mismas leyes que las de las ciencias de la naturaleza. Sólo que el término ley implicaba confirmar hechos con experimentación, cosa imposible en historia, por lo que se sustituía por hipótesis universal. Esta daría explicaciones y predicciones. Las explicaciones serían mediante la presentación de causas para que se dé un hecho. Estas generarían hipótesis con enunciados confirmados de los que se deducirían otros enunciados. . Sin embargo, lo que dan son esbozos de explicación, ya que las causas aportadas no pueden salirse del campo de lo posible. Lo que se decía entonces es que el hecho ocurría porque las causas llevaban a que así ocurriese y no de otro modo. El mismo Hempel reconocía que las explicaciones obtenidas eran incompletas, ya que las leyes generales son demasiado complejas para crearlas en el campo de la historia.

Dray sentenciaba en 1957 al respecto que no podían haber leyes generales, ya que la historia no se explicaba por causas, sino por razonamientos que conectaban todos los factores de un hecho acontecido. La generalización no sería aplicable a la historia, como se quería proponer a través de explicaciones causales. Las generalizaciones, en todo caso, debían aplicarse entre historiadores como referencias para ir conociendo el material a tratar de modo general.

Todo conocimiento necesita de muchos factores para ser explicado, por ello von Wright habla de un constante reexamen de los acontecimientos a través de las épocas y los historiadores. Los hechos son los que fueron, pero son difíciles de conocer, y cada punto de vista nuevo aporta correcciones y reevaluaciones del hecho. El historiador, no obstante, trabaja en cosas que ya existían, no inventa, si acaso aporta su visión si esta logra encontrar una posible corrección al modo en que se ha visto un hecho.

El acontecimiento, para Ricouer, ya no es narrativo, es en tanto a una explicación del hecho. No importa ya tanto la causa como el modo de encuadrarlo y tratarlo. La historia como ciencia debe prescindir del acontecimiento, pues una vida singular no podría variar la historia entendida como algo universal. Ricouer usa un nuevo método histórico basado en economía y sociedad, con oscilaciones cíclicas. Para él un acontecimiento es igual a una ocurrencia, aplicada tanto al desarrollo de grandes acontecimientos como a tendencias sociales, evolución de instituciones, de ideas, de religión o a los hechos de los grandes hombres. Y esto es así en cuanto a que los grandes hechos colectivos necesitan ser narrados de forma individual al igual que los acontecimientos de grandes hombres y grandes sucesos. Todos están sujetos a una duración (ocurrencia), ya sea larga o corta.

Mediante un parecer histórico se asociarían microacontecimientos y microhechos múltiples considerados relevantes, y encadenados crearían el acontecimiento histórico y su discurso. Por lo que un acontecimiento histórico no es una narración, sino una configuración discursiva. Lo que devuelve al discurso histórico a una necesidad narrativa y no sería sólo una conexión espacio-temporal de hechos.

Braudel añadiría al relato tradicional información sobre la coyuntura donde se desenvuelve ese relato, dividiéndolo en secciones. Huye de los tiempos cortos ya que considera que llevan a engaño, prefiere los tiempos largos, los cuales aportarían estructuras para explicar lo económico, social, político, cultural y militar.

Es Stone quien habla ya de un método que mezcle lo narrativo y lo analítico, que trate más lo particular y específico que lo colectivo y estadístico. El análisis aportaría datos importantes (sobre todo en lo cuantitativo) aunque habría de exponerse con elegancia estilística narrativa, para su comprensión. Dice que en la historia científica existieron tres clases:

1.- Modelo económico marxista: que hasta los años 1950 hablaba de determinismo económico, y tras esa década, los neomarxistas, abandonaron un poco ese cientificismo para volver a tratar sobre documentos narrativos que trataban sobre el Estado, la política...

2.- Modelo ecológico/demográfico francés: usado desde 1945, sólo sería historia científica [y por tanto historiable para ellos] la cuantificable.

3.- Metodología cliométrica americana: Hecha por cliometras desde la década de 1960. Tienen metodología propia y pretenden dividir a los historiadores entre tradicionalistas (desde los narrativos a los económicos y demográficos) y los científicos (diferenciados por una metodología propia para un tema y no tanto por la interpretación de este). Se especializan en economía y aplican gran cantidad de fórmulas matemáticas y algebraicas de datos procesados electrónicamente.

Añade la importancia de los métodos estructuralistas y funcionalistas. La vuelta a la narrativa sería, para Stone, la insatisfacción por el modelo económico cuantitavista al separar la historia social de la intelectual, y privar de respuestas de carácter más humano que las cifras. Se reconoce, de nuevo, la importancia del poder, las batallas, las decisiones personales en la historia, lo que hace necesario el regreso a la narración, aunque, como se ha dicho, sin abandonar la cuantificación, la cual ha mejorado la búsqueda histórica y la calidad del discurso, aportando datos si no comprobables del todo sí contrastables. Lo que puede provocar indeterminación al poder existir innumerables variables narrativas y cuantificables.

La búsqueda en el nuevo método que propone Stone abriría nuevas vías en lo sociológico y lo antropológico, lo que recordaría a algunos de los historiadores antiguos con sus métodos. Las diferencias entre los actuales y los clásicos estarían en:

1.- La preocupación por las vidas, sentimientos y conductas de los personajes anónimos.

2.- Un análisis tan importante como la narración.

3.- Uso de nuevas fuentes, sobre todo testimonios jurídicos literales de testigos.

4.- Historia contada bajo la influencia de la novela actual, la psicología y la antropología.

5.- Cuentan historias particulares (de personas, juicios, episodios) no por sí, si no por dar luz a desarrollos internos de culturas y sociedades pasadas.

Así, actualmente habría cuatro tipos de historiadores:

1.- Historiadores narrativos (biógrafos, políticos).

2.- Cliometras (dan estadísticas).

3.- Sociales (dan estructuras impersonales).

4.- Historiadores de las mentalidades.

Stone dice que la historia total sólo se puede hacer a partir de pequeñas historias llamadas microcosmos. Por lo que la historia se compondría con muchos cambios en la naturaleza del discurso histórico.

Hobsbawn cree también en la combinación de narración y análisis de las mentalidades, pero el uso de los microcosmos por necesidad para entender la historia universal sería algo optativo. Elegir un microcosmos o un macrocosmos sería una cuestión de método del historiador. Aunque actualmente la tendencia es tratar el microcosmos.

Actualmente, se va más allá de una historia que trate lo singular y lo universal, con lo que ello conlleva, y los historiadores se fijan en lo vivido por medio de las comunicaciones de masa, que son otro medio de narración. Eso crea un conflicto que necesitaría tres niveles: ciencia que establezca los hechos, arte de presentarlos y filosofía para comprenderlos. La obra histórica tendría una estructura verbal en forma de discurso, teorías para combinar datos, conceptos para explicarlos, estructura para ordenar todo, y modo poético para presentarlo.

Estas estructuras de estilo en los métodos históricos, para White, se dividirían en: para los argumentos en formalismo, organicismo, mecanismo y contextualización. Para la intriga en novela, comedia, tragedia y sátira. TY para la implicación ideológica en el anarquismo, el conservadurismo, el radicalismo y el liberalismo. Todos estos estilos implican los estilos literarios precisos, dotados cada uno de cierta poética. Para White la conciencia histórica se resumiría en:

1.- Indiferenciación entre filosofía e historia.

2.- Estrategias de explicación de orden moral o estético.

3.- Cientifismo histórico aplicado al conceptismo histórico.

Por lo que White rebate a Stone abogando por un método de investigación atento al discurso que se hace (como parte importante de crear historia) [sería reintroducir el concepto de historia de Hegel].