Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen son los astronautas de la NASA que van en la nave Orión, que es su nombre, pues Artemis II es el nombre de la misión. Como se puede ver, viaja en ella la primera mujer en misión hacia La Luna, Christina Koch. También está el primer canadiense, y de una manera novedosa buena parte de la tecnología utilizada es de la Unión Europea, hay hasta un aparato creado íntegramente por España. No es en absoluto la primera vez que colabora la NASA estadounidense con la ESA europea, pero sí parece ser que es la vez que más interacción y unión de fuerzas han hecho, aún a pesar, o quizá por ello, de que el presidente de Estados Unidos actual, Donald Trump, ha hablado más de una vez en contra de la NASA y a favor de su desmantelamiento o dejarla en mínimos. De hecho, más o menos a la misma hora del lanzamiento él decidió hacer una aparición pública en televisión para hablar de la Guerra de Irán, contraprogramando el lanzamiento, pero hizo una referencia aludiendo a que Estados Unidos gana en La Tierra, gana en La Luna y gana en el espacio entre medias. Al margen de este rocambolesco comentario, la misión Artemis II nos involucra a toda la Humanidad, aún cuando es patente la carrera espacial competitiva entre Estados Unidos y China, como en la segunda mitad del siglo XX lo fue entre Estados Unidos y la Unión Soviética (URSS), hoy Federación Rusa.
La Luna ha sido pisada por estadounidenses desde a 1969 a diciembre de 1972. La última llegada al satélite despertó entre los televidentes americanos menos interés que una competición deportiva que ocurría a la misma hora. Con la Crisis del Petróleo de 1973, la derrota bélica en Vietnam, el escándalo y final abrupto de la corruptela de Richard Nixon y el comienzo de la etapa de distensión política entre Estados Unidos y la URSS, no volvió a haber interés en estar allí. Por los altos costes económicos, el escaso interés político que comenzó, y por avances científicos que a los políticos no les interesaban tanto. Interesó un acercamiento, un hipotético establecimiento en 1983 con el programa de Ronald Reagan Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI), popularmente apodado como Star Wars, como la película. Era un programa que desarrollaba la idea de crear satélites con capacidad militar para atacar al bloque soviético si era necesario, y dentro de ese programa no se descartaba instalaciones en La Luna con ese carácter. En parte la URSS se vio obligada a reforzar su inversión militar, lo que ayudó económicamente a hundirla, se vio necesitada de cambios políticos a partir de 1985 que terminaron por colapsar el sistema soviético en 1989 y su definitivo final en 1991. El programa SDI jamás se llevó a cabo, porque también era excesivamente caro para Estados Unidos, aunque sí existen satélites espías y, se rumorea, posibles guías de misiles. Diversas conferencias internacionales acordaron que La Luna era de toda la Humanidad, por lo que nadie podía tomar ventaja particular sobre ella. Es la base de la colaboración NASA-ESA.
Aunque no pisamos el satélites desde el final de 1972, los rusos habían sido los primeros en posar una sonda allí en 1959, la Luna 2, y lo hicieron varias veces hasta 1966, pero nunca mandó a un humano allí. En 2023 La India posó por primera vez una sonda en el polo sur, la Chandrayaan 3, y China posó la suya por primera vez en la cara oculta del satélite en 2024, la Chang'e 6. Con ello quedó abierta una nueva carrera espacial competitiva, en lugar del rumbo colaborativo iniciado entre estadounidenses y europeos desde la década de 1970, a la que se sumaron los rusos desde la década de 1990, actualmente interrumpida esa colaboración rusa por la Guerra de Ucrania iniciada en 2022. China quiere mandar a su primera persona e incluso crear una base humana allí en principio para 2030, pero ahora hablan de 2027. La cuestión es que los chinos no colaboran con el resto de países y mantienen en secreto sus proyectos espaciales, siendo además que su agencia es principalmente militar, en lugar de ser principalmente científica como en el caso estadounidense y europeo. Eso crea recelos amplios y lleva una ambición geoestratégica a La Luna, o sea: selenoestratégica.
No sólo hay un recelo de un posible uso militar del suelo lunar, el principal recelo está en que se quieran apropiar de espacios y terrenos de La Luna, iniciando una competición colonial en el satélite a la que, se teme, se puedan unir de manera expansiva los Estados Unidos, al margen de los acuerdos sobre que La Luna es de toda la Humanidad. En el fondo, más allá de posibilidades militares, se encuentran intereses económicos de uso de recursos minerales, de agua en La Luna e incluso de materias que casi no se encuentran en La Tierra pero son abundantes en La Luna y sirven para crear supercombustibles. Por otro lado, La Luna puede ser una lanzadera de avanzadilla a otros destinos, como Marte, o un observatorio del Universo que nos dé más datos de todo él, o nos ayude a calcular rumbos de asteroides y meteoritos.
Los humanos que allí se establezcan terminarán notando cambios adaptativos de sus cuerpos y organismos a las condiciones de la gravedad en La Luna, las condiciones de su luminosidad, su inevitable cambio de la concepción y percepción de lo que divide y son el día y la noche, deberán acostumbrarse a defenderse de las radiaciones solares sin la atmósfera terrestre, a fabricar o proveerse de oxígeno, obtener alimentos en una nueva forma a cómo sabíamos, y muchas más posibilidades. Sin embargo, se dice, si todo esto se lleva a cabo, todas estas personas se verán en la necesidad de ser alternadas por otras al menos durante años, tal vez décadas, hasta que se resuelvan asuntos tan básicos como el del oxígeno y el agua, por ejemplo. Y en ese sentido, yo me pregunto, ¿no podríamos considerar entonces que la primera colonia espacial ya lleva mucho tiempo funcionando y es la Estación Espacial Internacional, en órbita alrededor de La Tierra desde 1998? El concepto es similar, la diferencia es que es una especie de nave flotante, y no una estructura asentada sobre un suelo. Quizá, si mi pregunta fuera acertada, podríamos decir que la nueva misión busca crear la primera colonia asentada en un suelo no terráqueo.
Pero todo puede pasar. Recordemos la Edad Antigua, con colonias fenicias, griegas o romanas, fracasadas por diversos motivos a los pocos años de su fundación, aún cuando todos tengamos en la memoria las que perduraron. Recordemos primeros intentos de establecimiento en América por parte de ingleses y franceses (entre otros) en el siglo XVII, o incluso entre los españoles en el final del siglo XV y a lo largo del XVI. No todas lograron perdurar. El caso más notable fueron las numerosas ocasiones que se intentó establecerse en la entrada del Río de la Plata y que se tardó casi un siglo en lograrse de una manera indudablemente estable.
Sea cómo sea la deriva de la nueva misión espacial, y todo puede ocurrir en un mundo que entra de lleno en una nueva crisis del petróleo y un presidente de nuevo desapasionado de la NASA, aunque no en sus posibilidades geoestratégicas, lo cierto es que sí podríamos afirmar algo de momento desde nuestra perspectiva de 2026, los líderes más poderosos y parte de los científicos de la Humanidad han apuntado al siglo XXI para iniciar el primer paso en el que alguien pueda llegar a decir: "vivo en La Luna" y no sea una metáfora.
