viernes, abril 22, 2016

NOTICIA 1594ª DESDE EL BAR: 37

Mi gata siempre está ahí. Me gusta estar con mi gata. Ayer nos hicimos esta fotografía juntos al despertarnos, sacamos al canario a la terraza, desayunó ella y yo me fui a desayunar a la Churrería Cibeles de una de las adyacentes a la calle Luis Vives, cuando yo era niño estaba en la Plaza de Cervantes, y en mi adolescencia, pero hace años que se la llevaron allá. Era temprano, pero por alguna razón los churros estaban fríos. La clientela era la habitual de un jueves, poca y claramente vecinos y trabajadores. Luego atravesé Nueva Alcalá y paseé pasando la Isla de los García, en ascenso del monte Gurugú. Los campos estaban verdes, con muchas tonalidades de diferentes plantas y árboles silvestres, cubriendo las ruinas del viejo molino y de su pasarela. El cielo gris, con nubes como grandes acumulaciones de gases negros con blancos moviéndose en lo alto por un viento que de vez en cuando traía gotas de llovizna. Algunos blancos de margaritas, también llamadas crisántemos, pocas amapolas, alguna florecilla amarilla y el sonido de los coches en la carretera se cambió por el del agua del río Henares, bajando fuerte y revuelta por las lluvias de estos días, pasando los vanos del puente y pasando las orillas llenas de matojos, arrastrando algún tronco de árbol muerto. Llegué al cementerio, paseé por la zona, visité a algún familiar y volvi a bajar a la ciudad.

Llegué a la antigua iglesia del edificio de Caracciolos, hoy sala de exposiciones adjunta a la Facultad de Filología. Hay una exposición llamada El rostro de las Letras, escritores y fotógrafos en España, desde el Romanticismo hasta la Generación de 1914. Me gustó mucho. Fotografías del siglo XIX y hasta los años 1930 de gente como Unamuno, Blasco Ibáñez, Emilia Pardo Bazán, Azorín, Machado, Pío Baroja, Gustavo Adolfo Bécquer, Pedro Antonio de Alarcón, Valle-Inclán, y muchos más, algunas conocidas, y otras más inéditas. Algunas impactantes, como el ataúd con símbolos masones de Blasco Ibáñez o Bécquer con barba. Me encontré con un amigo fotógrafo allí que me ofreció retratarme como autor cuando sacara mi libro el mes que viene, pero fui poco hablador. Mi mente estaba cruzada por una ligera desilusión del momento que nada tenía que ver con él, ni con la exposición, ni con el paseo de la mañana. Era un asunto emocional y personal. Yo en mi mundo, me acerqué a La Ruina, el bar de la calle Victoria, donde me encontré a otros dos amigos y donde recibí la llamada de teléfono de mi editora, tratando de cerrar la presentación en un bar de la ciudad que pone condiciones leoninas, incluso sin haber hecho nada en la edición del libro ni en la apuesta por el autor. Había que renegociar. Me puse un poco más triste. La camarera nos invitó a unos chupitos de licor de café.

En mi casa, cerca de los restos de Complutum, la tristeza me hizo comer tan sólo un huevo frito, aunque había recibido a esas horas la llamada telefónica y la voz de muchas amistades, y el mensaje escrito a mi número privado de otros tantos. Pero no había tenido algo que hubiera querido. Descarté por el camino hacer varias de las cosas que me había propuesto hacer. Ahora bien, pasadas unas dos horas otra amistad me propuso vernos, como cada 21 de abril, y nos vimos en el barrio del Campo del Ángel, donde me dio unas cosas de valor sentimental y yo le di una especie de pastel que compré en un lugar llamado La Celiacoteca, casi oculto en el interior de una casa de la calle Talamanca, en su número 3, que es un obrador, pastelería y panadería para celiacos. Así pasó el tiempo en un nuevo paseo por las vías del tren, la vía Complutense y el centro de la ciudad entre la Plaza de Aguadores y la Plaza de los Santos Niños, encontrándome nuevas caras amigas y más llamadas a las que pusieron colofón una cerveza escueta en una terraza de bar entre el Parque O'Donell y las murallas medievales con la misma persona de antes más otra amiga.

Un paseo nuevo a lo largo de la Avenida del Ejército y en casa la tristeza y el enfado me hizo cenar nada, dos rodajas de un embutido que no estaba en su mejor momento. La habitación en media luz, escribí en mi ordenador... Melancolía. Mi gata maullándome por unas caricias y la cama, a luz apagada, horas sin poder dormir. El tiempo se va. Este año con la gente más cercana cerca, menos un nombre que creyó estarlo sin hacerlo ni lograrlo hacer sentir. Los años se van, los días pasan. Feliz estoy de celebrar años con la misma persona que los celebra el mismo día que yo, feliz de mantener a mis amigos más cercanos, cerca. Melancólico por el tango, que no hay mayor melancolía que la melancolía de aquello que nunca se vivió.

Fue así como transcurrió mi primer día con 37 años, ayer. Al despertar hoy mi gata estaba, como siempre, a mi lado en la cama, en algún momento de la noche, vino conmigo. Saludos y que la cerveza os acompañe.