miércoles, septiembre 09, 2015

NOTICIA 1520ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 12 de 13)

Estamos en la antesala del final del relato conjunto de Luis Abad conmigo, con los ilustradores Chicha "Excelentísimo Chechu", Ramón Sánchez y Zia Mei. Hoy Ramón, Ramonadas, nos trae su última ilustración para este proyecto, obra, conjunto. La imaginación onírica y surrealista mezclada con el realismo, dentro de sus grafismos propios de las viñetas, o de la pintura de cultura popular o Arte Pop, nos ha acompañado en sus ilustraciones. Entre tanto, Ruiz, Fabra y un asesino en serie. Que la cerveza os acompañe en el capítulo penúltimo.


UN MAL BUEN INICIO
Capítulo XII


-Tú sabes algo que yo debiera saber –sentenció Fabra a modo de saludo al sentarse en la mesa del bar donde se había sentado Helena Cobeño.

-¿Me ha seguido? –preguntó Helena Cobeño sorprendida por aquella invasión de su espacio.

-Creo que más bien estás siguiéndonos tú. Te he visto en la escena del crimen. Me pregunto que hacías tú allí. Qué hacías tú en muchos de los sitios de este caso. Me pregunto por qué nos estás ocultando algo. Pero sobre todo sé que eres algo más que una víctima. No sé si por tu mente confusa o por otra razón, pero no creo que fuera una casualidad que estuvieras en ese circo de vísceras de ahí fuera.

-Déjeme en paz.

Fabra sacó un pequeño sobre de papel de uno de sus bolsillos y lo puso sobre la mesa moviéndolo de vez en cuando con una de sus manos. Lo cogía y lo levantaba dando pequeños golpecitos con él en la mesa mientras el camarero les servía y ellos se dejaban servir. Ella pidió una cerveza. Él pidió un café sólo. El café llegó negro y oscuro dentro de su taza humeante. La cerveza resbalaba finas capas de hielo sobre el cristal de su vaso. Un pequeño plato de patatas bravas con un tenedor clavado acompañaba la bebida.  Dentro del sobre no había nada, pero Fabra jugueteaba con él, como si tuviera algo, algo incriminatorio. Helena Cobeño miraba el sobre intentando hacer que no se notara, cosa difícil cuando alguien se sienta enfrente de alguien, cara a cara.

-Antes de estar aquí he estado con tu padre –dijo Fabra con la taza a la altura de una de sus manos y el sobre bajo los dedos de la otra. 

-¿Y?

-Hemos hablado de Olga Albescu. Conocías a Olga Albescu.

-Sí.

-Lo sé, no era una pregunta.

-¿Y qué importa?

-Sabes que es una de las víctimas. Y creo que sabes las relaciones fraudulentas con tu padre, tanto como yo –Fabra arriesgó por el todo.

-Hubo una exoneración de cargos por aquello.

Fabra dio dos golpecitos a la mesa con el borde inferior del sobre. Helena bajó la mirada paseándola del sobre a la taza de café del policía.

-Dante. El asesinato de Olga evoca a Dante.

-Muy literario.

-Las cuerdas con serpientes son de la Divina Comedia, del foso de los ladrones. Como las que la ataban a ella.

-Se me antoja que sabes mucho, Helenita.

Ella intentó levantarse de la mesa. Él la paró tomándola suave pero firmemente de una de sus muñecas, como una esposa de carne.

-No hace falta que desperdicies esa cerveza. Bébetela conmigo. Me sigue apeteciendo hablar.

-Yo no quiero.

-Ya no importa lo que quieras. Y tu salvación depende de lo que yo desee hacer, y lo que yo desee hacer depende de lo que tú quieras hablar.

-Todo es una cuestión ética. Hay otro.

-¿Otro?

-Un capitán del ejército.

-¿Quién?

-No lo sé.

-¿Dónde está?

-No está.

-Has dicho que había otro, ¿dónde está?

-Ya no está –repitió Helena casi hablando a su cuello.

-Entiendo –dijo Fabra recapacitando la trascendencia del ya no estar de aquel capitán.

-Cinco asesinatos.

-Cuatro.

-Jennifer Cebrián, Olga Albescu, Manuel Roncallo, el capitán y quien quiera que sea el del coche, son cinco, más tu secuestro.

-No sé quién es el del coche, pero no ha sido él. Son cuatro.

-Sabes mucho. Creo que vas a tener que venir conmigo. Levántate con normalidad y acompáñame a la salida.

-En esta ciudad se han desbordado los asesinos.

-De eso ya hablaremos.

-Señor Fabra, ¿cree usted en el calentamiento global?

-¿Perdón?

-Ya sabe, en el cambio climático. Dicen que el mar engullirá islas y playas, que media España estará dentro del agua del mar, sin embargo dicen que el agua subirá cuatro centímetros. ¿Qué son cuatro centímetros? Apenas nada. El agua un poco más cerca de las toallas en verano.

Fabra se desconcertó con este giro de la conversación, pero no lo externalizó. Siguió tirando de aquel hilo, quizá fuera algo.

-Para que todos los océanos y mares de La Tierra aumenten cuatro centímetros de agua, ¿cuántos litros de agua crees que se necesita? ¿Y de dónde crees que salen? Salen de los casquetes polares, de la fundición de sus hielos. Se libera su agua y se llenan los mares, ese deshielo provoca un descenso de las temperaturas y las corrientes de aire buscan nuevos lugares por los que correr. Todo es una cadena de sucesos. ¿A dónde nos lleva esto?

-¡Aquí! –gritó la joven clavándose  de un solo golpe seco el tenedor de las patatas bravas justo en un lateral de la garganta.

Fabra saltó hacia atrás en un acto reflejo, tirando con gran estrépito su silla y cuánto había en la mesa. El resto de la clientela comenzó a gritar histérica mientras en otro acto reflejo Fabra recuperaba su frialdad casi instantáneamente para taponar el chorro de sangre que comenzaba a brotar de la herida profunda del tenedor retirado del cuello con rapidez por la propia Cobeño. Ordenó a gritos al camarero que trajera trapos limpios indicando que era policía. El camarero no reaccionaba. Estaba pálido, tanto como se estaba poniendo pálida la cara de la bella Helena. La sangre estaba taponada por la mano de Fabra, sin duda saldría toda si la retiraba. Probablemente el tenedor alcanzó alguna vena o, peor aún, la arteria. Unos pocos minutos después de desorden y escándalo, llegaron rápidos los servicios médicos que aún estaban trabajando en los restos del asesinado del aparcamiento. Helena Cobeño fue encamillada e introducida en la ambulancia que salía con estruendo hacia el Hospital Príncipe de Asturias.

Fabra salió del bar totalmente enfadado. Tampoco esto lo había visto venir. Este caso estaba escapando a todas sus lógicas. Nada respondía a nada.¿Y si todos eran el resultado del caos? Pero el asesino respondía a un perfil muy educado, casi un intelectual o un extraño ser ético con una moral confusa, como la del Diablo, cuando era un ángel que quería hacer cumplir la voluntad de Dios usando los caminos prohibidos de Dios.

La sangre de Helena Cobeño había brotado caliente como quien abre un grifo de agua y rompe el mando para cerrarlo. Sus manos y su traje estaban manchados de sangre. Ni siquiera le importó, no pensó en ello, no tenía conciencia de estar asustando a la gente que le veía caminar rápido hacia su coche. Quizá todo estuviera unido en una cadena de sucesos trágicos de consecuencias imprevisibles, como el calentamiento global del planeta, quizá una enfermedad había provocado otra creando un segundo asesino, o quizá todo fuera un refinado producto de asesinatos finamente lógicos desde unas ideas intelectuales deformes. Lo único que sabía mientras conducía su coche a toda velocidad por las avenidas que le llevaron hasta el otro extremo de la ciudad era que estaba furioso, aunque externamente parecía estar todo en calma, pese a la sangre que le manchaba.

Otra inocente podía morir. Una inocente equivocada, demasiado implicada con el culpable, en sus emociones o en sus pensamientos, pero una inocente. Una inocente envenenada del veneno del crimen. El crimen, como una plaga, que se extendía por la ciudad. Recibió una llamada en el manos libres, los de la ambulancia decían que había fallecido en el camino. Ahora él estaba allí, en medio del campo verde del campus universitario de las facultades de Ciencias. Aún había conejos asustados ocultos tras las matas más salvajes, mientras algunos estudiantes reían a lo lejos. Su coche aparcado cerca de las vías de tren, no muy lejos del viejo armazón de hormigón que en un pasado remoto fue el hangar de aviación militar del aeródromo más moderno de Europa. Ahora sólo era un esqueleto donde los jóvenes bebían alcohol los fines de semana y escuchaban música, a pesar de las vallas que la Universidad trató de poner en aquel lugar. Con los puños apretados, cesó su tensión física para acercarse a uno de los grupos de jóvenes que bebían no muy lejos.  Eran dos chicos y tres chicas. Tenían consigo un par de botellas de ron, varias más de cerveza y algo de refrescos de cola para mezclar con el ron en vasos de plástico de un litro, todo con su inseparable bolsa de hielo. Una compra fácil y barata en una tienda de ultramarinos regentado por chinos. Daba igual, también los españoles lo hubieran vendido antes de que esas tiendas fueran mayoritariamente de chinos. Sin embargo, las bolsas de plástico donde las habían traído tenían claramente el nombre de un supermercado español que tenía centros por todas las ciudades y pueblos de España.

Fabra, sin mediar palabra agarró uno de aquellos vasos recién llenados de ron y cola y bebió un trago que lo dejó por la mitad. Los jóvenes protestaron. Uno de ellos, el más vociferante, le había llamado viejo apestoso, parecía que iba a sacar una navaja. Fabra sacó su pistola reglamentaria de forma rápida y pegó un tiro que impactó al lado de los pies del joven. Tan cerca que le podría haber reventado el tobillo. No llevaba ninguna navaja. Fabra regresó a su coche. El mundo estaba enfermando.

Amanecía perezosamente. En esos momentos recibió un mensaje de Ruiz. “Los muñecos de barro, numeración azteca”, ponía. De acuerdo, los aztecas numeraban los muertos con sus puntos, pero ya sabía los que había, demasiados.

lunes, septiembre 07, 2015

NOTICIA 1519ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 11 de 13)


El relato conjunto creado a iniciativa de Luis Abad conmigo, con los ilustradores Chicha "Excelentísimo Chechu", Ramón Sánchez, Zia Mei va llegando a su final. Hoy contamos con la última ilustración para esta serie de Jesús "Chicha, Excelentísimo Chechu", El circo de Chicha. Sus perspectivas de ángulos imposibles, casi de gran angular y sin apenas lineas rectas, una distorsión visual de la realidad, espero que hayan sido de tanto gusto para vosotros como para nosotros. Que la cerveza os acompañe en estos últimos capítulos.


UN MAL BUEN INICIO
Capítulo XI


“.. a estas alturas aún no ha hecho una declaración oficial, continúa con la investigación de lo que parece ser un nuevo caso del asesino en serie de la ciudad madrileña. La llamada “operación 38” sigue su curso sin aparentes avances.”

Fabra apagó la radio y siguió conduciendo por la autopista. La noche se abalanzaba rápidamente sobre la ciudad. Las luces heridas por la velocidad formaban histriónicas serpientes de neón. Le parecía estar viajando por un tubo. Se saltó la primera salida a La Garena inmerso en sus pensamientos. Mientras enseñaba la placa para que levantaran el cordón policial las ideas rebotaban por su cabeza. Algo se escapaba, veía conexiones pero no el cuadro completo. Cuando llegó a donde estaban los forenses y se asomó al coche no pudo reprimir una arcada y tuvo que apartarse.

-Hay que ser hijo de puta, ¿qué coño es eso? –preguntó Fabra mientras se recuperaba.

-Una auténtica salvajada, eso es lo que es, ¿quieres un informe previo? –Le dijo el forense.

-La verdad es que no, pero dale.

-Hombre, cincuentaytantos, vestido de militar. Llevaba la cartera y todo, pone que era el General Marcos Lobrego Paino, lo están comprobando. Y el desastre pues como puedes ver, una chapuza.

-Prefiero no ver –dijo Fabra secándose el sudor de la frente.

-Lo han rajado y le han sacado las tripas de cualquier manera. No es un trabajo limpio como el del torso. Le han pintado una sonrisa con su propia sangre. No sé qué más decir. Tal vez tengamos la suerte de que sea otro asesino, no hemos encontrado piedras de barro ni nada.

- Sería mucha suerte tener otro asesino –ironizó Fabra

El teléfono del forense sonó y Fabra se alejó unos metros para dejarle intimidad pero sobre todo por huir del olor. Gran cantidad de mirones se agolpaban en el cordón de seguridad. Sociedad enferma. Una mujer llamó su atención. Todos estaban nerviosos, era una masa informe de movimientos y murmullos, todos menos ella. Helena Cobeño se dio la vuelta y se fue caminando. Fabra salió detrás de ella. Alguien grito su nombre.

-¡Fabra!

-¿Qué? –dijo molesto al forense.

-La sangre que encontró Ruiz en Trinitarios. No coincide. Es de otra persona.

Fabra no dijo nada y se fue en busca de Helena. La vio al fondo y la siguió. Unas manzanas más arriba ella entró en un bar. Fabra también.

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Sonaba “Nights in white satin”, la original. Ruiz paladeaba la copa de vino tinto que Julio le acababa de servir, se levantó del sofá y cotilleó un poco por las estanterías del salón. Muchos libros de medicina, antiguos la mayoría, alguna obra clásica. Seguro que Fabra podría hacer algún comentario brillante sobre ellos, pero ella apenas reconocía sus títulos. Alguna foto vestido de militar, alguna trabajando con niños en algún país exótico, una foto antigua de una señora, quizás su madre por el parecido. Sin polvo. Raro en un hombre pensó su mente policial, es metódico, solitario. Para ya, se dijo, es médico, los médicos son muy maniáticos y este además militar. Seguro que hace la cama mejor que tú. Se asomó con disimulo al cuarto, efectivamente, estaba mejor hecha que la suya. La canción se fue apagando y dio paso a “Sitting on the dock of the bay”. Julio entró con un trapo en el hombro, una bandeja con varios canapés, pan y otra botella de vino. Ruiz sonrió y se sentó de nuevo en el sofá.

-El perfecto anfitrión, ¿eh?

-Lo intento –dijo mientras descorchaba la botella de vino y le servía un trago más -He de reconocer, agente Ruiz, que está siendo la mejor detención de mi vida.

-¿Si? ¿Te han detenido muchas veces?

-Solo una. Y fue en la mili.

-Julio.

-¿Si?

-Llámame Marga.

-De acuerdo.

Puso su mano en la cabeza de él y le besó poco a poco, de menos a más, hasta que terminaron tumbados en el sofá. La claridad se reflejaba en el vino derramado por el suelo, brillante y cálida bajo “el palio de la luz crepuscular” como contaba la letra de la canción que sonaba. Lejos de allí, en un frío sótano, bajo otro palio más fluorescente, un forense mal pagado sacaba un trozo de huella dactilar del cuerpo que reposaba en la camilla abierto como una caja de sorpresas. Lo introdujo en el ordenador y volvió al trabajo. Al poco tiempo un pitido de la maquina llamó su atención. Identificación positiva.

sábado, septiembre 05, 2015

NOTICIA 1518ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 10 de 13)

La oscuridad está sentada en asientos cómodos. El décimo capítulo de Un mal buen inicio, el relato conjunto con Luis Abad, Chicha "ilustrísimo Chechu", Zia Mei y Ramón, de Ramonadas, que nos ilustra este capítulo. Que la cerveza os acompañe.


UN MAL BUEN INICIO
Capítulo X


El edificio que tenía Fabra delante de él a la entrada de Madrid era desigual. Era un rascacielos no muy alto de planta rectangular y cristal por todas partes reflejando el azul del cielo. Sus varias plantas de altura se agrupaban como en tres cubos separados por franjas de hormigón decorado de una manera minimalista e industrial. Los dos primeros cubos de plantas con sus oficinas dentro estaban perfectamente uno sobre otro, el toque de la arquitectura moderna llegaba en el cubo de plantas superior, ligeramente desplazado, como si fuera un juego infantil de cubos donde un niño hubiera colocado el último cubo casi en equilibrio. No es que estuviera muy desplazado, estaba ligeramente desplazado del eje vertical respecto a los otros dos cubos, pero era suficiente para darle un aire moderno a aquel conjunto de cristal tan necesitado de aires acondicionados para sobrevivir el verano sus trabajadores del interior. El arquitecto no lo había ideado así. En su imaginación siempre fue una torre rectangular acristalada normal y corriente, sin nada sobresaliente ni distintivo. Sólo que el arquitecto era un vendedor nato de ideas defectuosas. Se había equivocado en las matemáticas de sus planos. Había sacado su carrera con las notas más ajustadas, la experiencia profesional a lo largo de su vida no le habían mejorado. Una vez incluso casi llegó a ir a la cárcel por el desplome de unas viviendas con sus habitantes dentro. El caso fue sobreseído. Cuando los oficiales de obra y los albañiles comenzaron a construir la torre con aquel error de cálculo atrapó todo el dinero que pudo y desapareció de España. El padre de Helena Cobeño le encargó entonces a otro arquitecto que acabara su edificio. Su empresa crecía, no podía parar aquella inversión. El nuevo arquitecto vio los planos y comprendió la genialidad de desplazar el tercer cubo. Pensaba que el anterior arquitecto era un buen diseñador. Hizo algunos ajustes matemáticos, los trabajadores de la obra se adaptaron a los nuevos puntos donde debían colocar las vigas y los anclajes. El edificio se acabó siendo uno de los emblemas arquitectónicos de Cobeño. Nadie supo explicarse porqué se fue el arquitecto original. Desapareció, simplemente, en alguna aula universitaria hablaban de su genialidad y su excéntrica desaparición.

-Estuvieron cinco días de fiesta previa. Cuando llegó la hora de casarse ya no querían hacerlo –terminó de contar su anécdota el señor Cobeño acompañando a la entrada de su edificio a Fabra.

-Son los tiempos que corren –dijo Fabra sin gran atención, entrando con él al enorme recibidor pulcro y blanco con líneas disimuladas en azul-. Volviendo al tema de su hija, queríamos saber si ha detectado en ella algún comportamiento no habitual desde que regresó.

-Sé que mi hija tiene el Síndrome de Estocolmo, según ustedes, pero sinceramente le repito que yo no he notado nada anómalo en ella. ¿Cree que a un hombre capaz de levantar una torre como esta, fotografiada en varias revistas de arquitectura, se le podría escapar algo?

-Mi trabajo no es creer. Cualquier pequeña cosa que haya notado en ella podría sernos muy valioso.

-Mi hija no es culpable de nada –el señor Cobeño le hizo entrar a una sala ovalada y acristalada que incomunicaba del sonido del resto del recibidor, era una pequeña sala de presentaciones y pequeñas charlas. Allí pidió que les trajeran dos cafés.

Se les veía al agente de policía y al empresario hablar entre ellos desde fuera, sin ser oídos, mientras los trabajadores iban y venían por la puerta y algún cliente pasaba de largo sin saber que uno de aquellos dos hombres era el hombre que le proporcionaba a su propia empresa lo que había venido a buscar allí. Los dos cafés llegaron rápidos.

-La cuestión es que, verá señor Cobeño, no sólo vengo por su hija. Ya sabe que su secuestro está complicado en el caso del asesino de Alcalá de Henares. En ese caso hay una víctima llamada Olga Albescu. Hemos averiguado que trabajaba en esta empresa. Creemos que podría contarnos algo sobre ella, tal vez.

-No conozco personalmente a todos mis empleados. Este lugar es muy grande. Pero si eso es así le pondré en manos de recursos humanos y del departamento donde ella trabajase. Créame también en que estoy totalmente comprometido en que este caso se resuelva.

-Le estoy agradecido –dijo Fabra dejando su taza de café en una mesita que debía servir para aquel que usara la sala para exponer su presentación de ideas.

El señor Cobeño tecleó en un teléfono y pidió a su interlocutor que bajara el responsable de recursos humanos con el expediente de Olga Cobeño. Fabra se hizo el distraído como mirando al otro lado del cristal que les separaba del resto del mundo.

-Es impresionante lo que hace el negocio de la seguridad –comentó Fabra.

-Sí, ¿verdad? –Cobeño estaba satisfecho con el comentario-. Empecé de joven en esto. Al principio heredé el negocio familiar, con unos cuantos guardias jurados a nuestro servicio. Ahora, a mis años, tantos años, ya me ve el pelo cano, incluso ayudo a velar por la seguridad del mundo. Vendemos armamento para la seguridad de la gente a los gobiernos que la garantizan combatiendo en los puntos calientes del planeta. Hace unos años nos absorbió SW, una empresa norteamericana, pero sólo querían garantizarse que no les haríamos sombra –Cobeño sonrió al decir esto-. Nos dejan seguir tal cómo estábamos, sólo que ahora tomamos las decisiones a medias.

-El mundo da muchos beneficios, últimamente –ironizó Fabra.

-La verdad es que sí. Créame, nadie como yo detesta tanto la guerra, pero el mundo es como es, si se pudiera mantener la seguridad mundial de otro modo. En todo caso sólo somos una modesta gota de agua, las grandes potencias son el mar en este compromiso de ser garantes de justicia. Tratamos de ser lo más transparentes posibles. Ya ve, no ocultamos nada a nadie sobre nuestras actividades. Nadie podría decir de nosotros que… Oh, mire qué rapidez. En esta empresa somos todos eficientes –volvió a sonreír el señor Cobeño-, aquí está el expediente de Albescu. Le presento a Mira, nuestra responsable de recursos humanos. Ella podrá hablar mejor que yo de nuestra lamentablemente desaparecida compañera.

Mira tenía el pelo negro, lo era de manera natural, pero se le notaba teñido, en algún movimiento de la cabeza la luz de los fluorescentes sacaban de ella destellos azulados. Tenía la piel muy blanca, los ojos verdes. Le extendió la mano. Fabra se presentó detallando lo que le traía por allí respecto a Albescu. No reveló su última hipótesis sobre una conexión religiosa entre los asesinatos, porque comenzaba a no cuadrar demasiado, todo fallaba. Por ello quería explorar esta línea que aproximaba el camino de la investigación a la figura de los Cobeño. Mira escuchaba y hablaba sonriendo a todo, incluso cuando arqueó sus finas cejas depiladas en signo de repulsa ante los detalles de la muerte de Albescu, parecía recibir todo dato de manera afable. El cristal transparente de aquella sala no llegaba a su corazón.

La muerte de Albescu era bien conocida en la empresa, al menos en aquel edificio que el señor Cobeño usaba sólo en los momentos precisos. Fabra ojeó los papeles de Albescu mientras escuchaba a Mira. De vez en cuando lanzaba alguna pregunta buscando alguna conexión de la empleada con la hija de Cobeño. Parecía un muro infranqueable. Nada hacía parecer que estuviera pisando el buen camino. Desde el principio del caso Fabra estaba en un laberinto. Sólo logró una única conexión, unas vacaciones de hacía dos años en el que la familia Cobeño veraneó conjuntamente en las Canarias y se encontraron con Albescu. Helena estuvo tomando algo con ella uno de aquellos días después de que se presentara. El señor Cobeño, por tanto, sí conocía a Albescu, se había contradicho. Allí podría haber algo. Tal vez algún acto de cohecho, o de corrupción, pero, ¿qué tenía que ver con el asesinato y secuestro? Tal vez nada, nada en absoluto, pero era el único hilo atado ese día, tan débil como el resto del material que tenía, porque, ¿qué figuraba en aquello entonces los asesinatos de la modelo y del actor? ¿Qué conexión tenía el asesino con ellos? ¿Era entonces un asesino trastornado o era un asesino por temas industriales? Su modo de ensañarse con los cuerpos de la víctima no hacía pensar en un profesional, sólo en un psicópata. Ni siquiera la teatralidad de la puesta en escena de cada cadáver llevaba hacia la pista de una trama que implicara a un caso de ajuste de cuentas. Se le escapaban las señales. Fabra pensaba a toda velocidad mientras conversaba con Mira y el señor Cobeño.

Una llamada interrumpió la conversación. Fabra se disculpó un momento y contestó su teléfono móvil. Desde la comisaría le preguntaban si había visto el avance de noticias urgentes del telediario. Obviamente no lo había hecho. Dentro de un coche del aparcamiento de la estación de tren de La Garena y la Torre Garena de Alcalá de Henares se encontraron intestinos a modo de serpentina rodeando pulmones, corazón hígado y riñones correctamente colocados como en un libro de anatomía. Los periodistas lo supieron antes que la policía, a pesar de lo público del lugar. Al lado del corazón había otro muñeco y una nota. Fabra apenas pronunció un monosílabo antes de colgar. Dejó a Mira y al señor Cobeño sin decirles nada del porqué de su ida precipitada.

Dejó atrás la enorme torre de cubos de cristal. Montó en su coche y marcó el número de teléfono de Ruiz. No contestó nadie. Se puso el cinturón de seguridad y encendió la radio. Detrás de una emisora con música española había otra emisora donde se oía:

“…Se ha confirmado que los restos encontrados en Alcalá de Henares son de procedencia humana. La policía, que…”

miércoles, septiembre 02, 2015

NOTICIA 1517ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 9 de 13)

Las ferias y fiestas 2015 de Alcalá de Henares han terminado y algún  lector habitual se preguntará si este año haré mi artículo sobre este particular final de verano tan alcalaíno. Sí, lo haré, tras el relato conjunto de trece capítulos creado a iniciativa de Luis Abad conmigo, con los ilustradores Chicha "Excelentísimo Chechu", Ramón Sánchez, Zia Mei. Hoy ilustra el capítulo nueve Jesús "Chicha, Excelentísimo Chechu", El circo de Chicha. Disculpad el retraso quien espera ese artículo, pero pensad que eso nos dará perspectiva a tiempo frío para comentar la jugada, creo que este año hay más de formas que de contenidos que comentar en esas ferias. Que la cerveza os acompañe en la lectura del presente relato, que espero os esté gustando.


UN MAL BUEN INICIO
Capítulo IX

Ruiz sentía que se ahogaba. Necesitaba huir, necesitaba salir de casa. Tal vez para no volver. Cogió las llaves y la chaqueta y salió disparada por la puerta. Fue deslizándose por las dobleces de los descansillos y descendiendo de dos en dos los escalones. Chocó fuerte contra la pared del rellano con el hombro y corrió hasta la puerta. Salió a la calle y una ola de calor de alquitrán recién puesto la abofeteó. Intentó serenarse mientras caminaba nerviosamente hacia el bar Tres Jotas, si, iría allí donde todos la conocían, donde había gente y estaría segura. Cuando doblaba la esquina de la calle del bar se dio cuenta de que llevaba la pistola en la mano, no sabía cuándo la había sacado. La devolvió a su funda y entró.

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Las luces de la biblioteca de la Facultad de Historia estaban apagadas, pero en una mesa del fondo había un pequeño aura de un portátil. Helena estaba detrás de una pila de libros de diversa índoles. “Fabulas de Esopo y Fedro” estaba en su regazo, “Keats and Shakespeare a study of Keats' poetic life from 1816 to 1820” abierto junto al ordenador. Chat del ordenador:


12:06 Freddy74: sabes lo que me haran si me pillan no?
12:07 HelenC.: venga… desde cuando eres tan cobarde?
12:07 Freddy74: de 7 a 25 años de carcel guapa. Toda una puta vida
12:07 Freddy74: además siendo los militares seguro que me meten en un guantanamo
12:08 Freddy74: o con los violadores XC
12:08 HelenC.: no me seas cagon, te has metido en sitios peores
12:07 HelenC.: ademas lo necesito
12:10 Freddy74: a ver aqui sale algo, destinados en Afganistan con la medalla de la Otan españoles… 
12:10 Freddy74: puff son como 15…
12:10 Freddy74: alguna pista ¿??
12:11 HelenC.: retirados
12:11 HelenC.: o en reserva
12:11 HelenC.: unos 50 años
12:12 HelenC.: vienen fotos?
12.15 HelenC.: Fer ¿??
12:17 HelenC.: k haces tronco?
12:20 Freddy74: perdona reina. Mi vieja que quería que le programara el plus
12.21 freddy74: a ver, tengo 3
12.21 freddy74: 2 tienen foto, te los mando por dropbox
12.21 freddy74: mas no puedo hacer vale?
12.22 freddy74: ya está subido, llámame un día de estos y deja de meterte en fregaos XD
12.23 HelenC.: mil gracias rey ¡!!! XXXXXXX


-Así que te llamas Julio de verdad ¿eh? -Helena cerró el portátil, salió de allí y se montó en su Vespa-. Ya te tengo.  

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Tras la segunda cerveza Ruiz sintió que se relajaba, de vez en cuando su mano tocaba la funda de la pistola inconscientemente. Sacó el móvil queriendo llamar a Fabra pero dudó. Tanta exposición mediática al final le estaba pasando factura, el asesino sabía dónde vivía. Una voz la sacó de su ensueño.

-Disculpe –a unas banquetas un hombre que tomaba un café la miraba-. No quiero molestarla pero su cara me suena de algo.

-No, creo que no -dijo Ruiz casi automáticamente.

-Si, diría que sí. 

-Pues usted no me suena -otro loco que me ha visto por la tele, pensó.

-No quiero ser entrometido pero…

-Pues lo está siendo -cortó Ruiz.

-Lamento si la he molestado.

-No, no es culpa suya. No está siendo mi mejor noche.

-Si me permite parece que está usted algo nerviosa, puedo ayudarla en algo. ¿Un hombro? ¿Una cerveza?

-Gracias, creo que me tomare otra cerveza

-Mi nombre es Julio.

 -Marga. Pero todos me llaman Ruiz. 

-¿Puedo?

-Si, adelante.- Él se sentó en el taburete de al lado.

-Un momento, sabía que me sonaba, de la puerta de Trinitarios. No podría olvidar a una mujer que huele tan bien -Ruiz se sonrojó, no solía olvidar una cara y cuanto más le miraba más le parecía reconocerlo.

-Si, es cierto. ¿Qué hace por aquí?

-Oh, vengo a menudo.

-No le había visto nunca.

-Verá soy militar retirado, así que supongo que no soy un tipo muy sociable.

-Vaya, todo un soldado eh?

-Bueno, en realidad más bien un médico. Lo de disparar nunca fue mucho lo mío.

-Y que hace ahora con su tiempo- Ruiz puso cara de arrepentimiento.- Disculpe, gajes del oficio. A veces me olvido de dejar de interrogar a la gente.

-No pasa nada, leo, paseo. Ayudo en una ONG a chavales en situación de exclusión en Espartales, en las chabolas del final. 

-¿Así que sigue salvando gente?

-No siempre -hubo un silencio algo prolongado-. A veces no puedes salvar a la gente.

-Sé lo que me dice. 

-Sí, supongo que una inspectora sabe algo de pérdidas.

-Sí.

-Ya.

- Reina, vamos a cerrar. Caballero 1,35 el cafe.

Ella dejó algo de dinero, recogió su chaqueta y salió a la calle. El hombre salió detrás de ella. No sabía qué hacer, llamaré a Fabra pensó. No quiero ir a casa.

-Verá, se que es algo repentino pero conozco un bar aquí cerca que pone muy buena música, clásicos, ya sabe. Tal vez le gustaría venir.

-Mira no estoy muy de humor y no creo que sea una gran compañía esta noche.

-Bueno, parece que necesita desconectar un poco. Y siempre puede detenerme si se aburre -Ruiz sonrió-. Está bien. Otra vez será -comenzó a caminar-. Julio espera. Más te vale que la música sea buena.

-La mejor te lo aseguro.

-¿Los Chichos?

-Vaya. No sé si tendrán algo.

-Sólo bromeaba.

-Uf, menos mal.

domingo, agosto 30, 2015

NOTICIA 1516ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 8 de 13)


Tras un breve descanso vacacional de uno de nuestros ilustradores ya tenemos el octavo capítulo de Un mal buen inicio, el relato conjunto con Luis Abad, Chicha "ilustrísimo Chechu" y Ramón, de Ramonadas, que nos ilustra este capítulo. Que la cerveza os acompañe.





UN MAL BUEN INICIO
Capítulo VIII


Ruiz iba a pedirle fuego para encender su cigarrillo a la mujer rubia que tiraba de un carro de bebé. Pero se paró en seco cuando desde el otro lado de la calle una chica gritó alzando la mano: “¡Valeria!” y la niña del coche asomó tan rubia como su madre con una sonrisa dedicada a la chica que cruzaba la calle para saludarlas de cerca. El mundo parecía inocente así. Hubiera sido fantástico que el mundo fuera inocente. Las noticias de los asesinatos estaban en todos los medios, aunque los medios locales eran monotemáticos con ellos. Nadie sabía quien era el asesino, pero todos intuían un asesino en la ciudad. Nadie sabía quién era ella, pero ella perseguía al asesino. En medio de todo aquello las madres tiraban de los carros de sus bebés y sonreían cuando alguien les saludaba en la calle. No había vacuna contra la sociedad, sólo ser la sociedad misma te hacía inmune.

La excesiva información en los medios de este caso enfermo y atroz se multiplicó con la aparición de aquel actor muerto que interpretaba “Simón Boccanegra”. Nadie puede vacunarse contra la malformación de una de las células del cuerpo que era la sociedad. Una célula asesina que mataba a otras células, que enrarecía a la sociedad misma, que hacía de la sociedad algo asocial. Y sin embargo aún había esos días madres que paseaban con sus hijas y sonreían a la gente, pese a los cadáveres mutilados, los colgados de los árboles o los asfixiados tras la tortura de cientos de visitantes. Todos habían torturado a aquel actor creyendo hacer algo divertido, arte, y sin embargo todos eran parte de un asesinato al que jugaban y que no sabían que estaban cometiendo. Los no vacunados en una sociedad suelen no adquirir las grandes enfermedades porque la mayoría de la sociedad  sí está vacunada. Los virus no tienen por donde sobrevivir, no pueden propagarse. Eso no les hace inmunes, pero les protege. No son individuos solidarios, menos cuando lo hacen con todo su amor (confuso) a su hijo. No les vacunan dentro de su amor paternal y maternal creyendo en la maldad de las vacunas, sin querer escuchar nada que les aclare su error. Arremeten con crudeza contra aquellos que les explican que las vacunas son beneficiosas y que los principales activistas médicos que atacan las vacunas lo hacen porque ellos tienen patentados otros medios más ineficaces que desean vender en masa por encima de las vacunas. La sociedad estaba enferma y la vacuna para que la gente siguiera sus vidas era la sobreinformación sobre la enfermedad. El abuso informativo de todo tipo de detalles sobre los asesinatos transformaban la enfermedad en un espectáculo que comenzaba a aburrir a los espectadores, como si pudieran no ser jamás víctimas de la enfermedad. Tal como le pasa a la gran mayoría de las personas respecto a la muerte, todos lamentan la muerte ajena, pero son muy pocos los que con franca realidad son conscientes de que ellos algún día también morirán.

Había un asesino trastornado suelto por la ciudad. Ruiz montó en su coche pensando en estas cosas. Fabra decía que las tres notas pudieran hacer referencia a los pecados del cristianismo. “¡Qué bella imagen; lástima que no tenga cerebro!”, vanidad. “Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos veces, la culpa es mía”, mentira. “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”, soberbia. Luego estaban las posturas lujuriosas de los tres cadáveres. Dos mujeres, de una sólo quedaba el torso desnudo, la otra estaba atada con cuerdas con cabezas de serpiente y apoyada en un suppedaneum, como Cristo en la cruz. Y un hombre, desnudo, maniatado, expuesto al escarnio público con luces y bailes estridentes a modo de obra de teatro moderna, un auténtico infierno de Dante colado en una obra de Verdi. Las víctimas ni siquiera tenían algo en común. Jennifer Cebrián era dominicana. Olga Albescu era rumana. Manuel Roncallo era español. Y luego estaba la única superviviente del asesino, Helena Cobeño, una hija de papá, rica como pocas, que pese a su evidente pánico traumático tenía algo de síndrome de Estocolmo en cada frase justificativa de aquel hombre al que describió con rasgos tan comunes que podría ser detenida cualquier persona de la Calle Mayor. Era la única liberada, con un colgante trinitario. Una cristiana sin pecado, le había dicho Fabra. Había que averiguar “por qué no tenía pecado” dentro de la mente de su asesino.

“Jennifer Cebrián y Olga Albescu entregaron su carne como prenda”, había dicho Cobeño. Fabra dijo que podía recordar al pasaje bíblico en el que Abraham iba a entregar a su hijo Isaac en holocausto al Señor. Pero Isaac salvó la vida y Jennifer y Olga, no. Aquello sólo fue una prueba y en este caso si el asesino creía tener algo de mesiánico habría excedido lo probatorio. Las piezas seguían muy desencajadas, decía Fabra.

Ruiz estaba cansada. Pasó todo el día yendo de un lado a otro intentando reunir todo tipo de información de los análisis de todos los elementos que tenían disponibles. Por la noche simplemente quería relajarse. Lo solía lograr metiendo sus pies descalzos en un barreño con agua templada. Con la habitación en penumbra y la televisión puesta eso es lo que hizo con la cena descongelada en la mesa. Su vecina le había recogido el correo. El pequeño paquetito envuelto con cuerdas fue lo primero que abrió. Dentro había un muñeco de barro con una línea negra que lo cruzaba. En una nota de papel se leía: “Esopo, Anaxágoras, Benjamín Franklin”.

La sociedad estaba enferma. La enfermedad llegó a su casa.

lunes, agosto 24, 2015

NOTICIA 1515ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 7 de 13)

Luis Abad, Chicha "Excelentísimo Chechu", Ramón Sánchez, Zia Mei y yo hemos llegado a la mitad del relato. Jesús "Chicha, Excelentísimo Chechu", El circo de Chicha, pinta hoy el capítulo. El trabajo de los ilustradores está siendo un trabajo impecable, personalmente estoy muy contento con los resultados. Que la cerveza os acompañe en la lectura.


UN MAL BUEN INICIO
Capítulo VII



Depositó el libro con gran cuidado en la mesa, no quería dañarlo. Era una segunda edición de principios del siglo XIX algo ajada. Una colección de Odas de Keats, tal vez su obra más hermosa. Colocó el separador y lo dejó abierto por la “Oda sobre una urna griega” que tenía subrayada la frase:

¿Quiénes son los que vienen hacia el sacrificio?
¿A qué verde altar, extraño sacerdote,
guías esa novilla que muge a los cielos
con sus sedosos flancos ornados de guirnaldas?

También depositó la placa Petri con 3 gotas de sangre, dos viejas de Cebríán y Albescu, y una nueva. Limpió la mesa por si la pudiera haber manchado de algún modo. La figurilla de barro cocido con cuatro puntos esta vez tenía forma de cánido. Observó el bodegón, recogió la bolsa y se marchó. Cuando atravesaba el umbral de la puerta se topó con una mujer que entraba deprisa, cuando se cruzaron percibió su aroma. Ya bajaba la escalinata cuando ella lo llamó:

-¿Disculpe?- Grito la inspectora Ruiz-, ¿este es el edificio de Trinitarios?

-Sí, ¿en qué puedo ayudarla?

-¿Ha visto algo raro?

-¿Quién lo pregunta?

-La policía- dijo señalando la placa que llevaba atada al cinturón.

-No he visto nada raro, pero había mucho ruido en los sótanos.

-Gracias.

-Perdón.

Ruiz se giró impaciente.

-¿Qué?

-¿Eso que lleva es Agua de colonia Álvarez Gómez?

-Sí –Ruiz sintió como se ruborizaba y se llevó la mano al cuello donde solía echarse una gotitas por las mañanas. Él se marchó y ella entró algo desorientada en el edificio.

Que empezara por los sótanos le daba el tiempo necesario para salir tranquilamente de allí. Para cuando encontrara el bodegón estaría ya en casa. Se había gastado casi todo sus ahorros en montar aquella exposición en la casa de la entrevista. Había tenido que soportar al artistilla de mierda de Manuel Roncallo y su lamentable proyecto audiovisual de danza e imágenes grotescas. Pero al final había podido insertar dentro de la exposición el stand que había diseñado. Ya era hora de sacar a los monstruos a la luz. Desnudo de espaldas y atado por las manos a la pared estaba Javier Cercal. Una bola de sadomasoquismo cubría su boca. Tras el metacrilato los visitantes de la exposición comenzaron a desfilar. Proyectada sobre la pared iba apareciendo su historia, cómo intentó dejarle su mujer, cómo la abofeteó y cómo tras pillarla llamando a la policía, finalmente, tras diecisiete puñaladas consiguió acabar con su sufrimiento. También cómo tras un breve juicio había sido condenado por homicidio involuntario y soltado al ya haber cumplido nueve meses de cárcel. Una manguera de alta presión permitía al gusto dispararle agua al hombre, también un pulsador rojo daba pequeñas descargas eléctricas que se trasmitían por todo su mojado cuerpo. 217 personas acudieron a la apertura de la exposición y desde su casa por el circuito de cámaras de seguridad vio como todos castigaban sin piedad al supuesto actor por su supuesto crimen. No fue hasta el cierre cuando un miembro de seguridad se dio cuenta de que algo iba mal. Pero ya no había vuelta atrás, Cercal había perecido. Cuando los forenses lo desamordazaron encontraron en su boca una figura circular de barro con tres puntos. Por dentro del stand, de modo que solo podía ser leído por Cercal, había una frase, “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.


Helena Cobeño tarareaba distraída la melodía del prólogo de “Simón Boccanegra” de Verdi. Su padre pasaba de la alegría, a la ira y declamaba un interminable monólogo sobre la incompetencia de la policía, del país y hasta de sí mismo. Ya había visto esta obra varias veces, el padre amantísimo que se desvive por su única hija. Lástima que su padre por mucho que dijera, al final, nunca le hacía caso. Tan solo si gastaba más dinero de la cuenta la llamaba. Tampoco le importaba mucho, siempre había sido así, al menos desde que murió su madre. Pasaba meses sin verle. A pesar de su juventud, apenas llegaba a los 24 años, Helena hacía tiempo que era una adulta y vivía sola. Su padre se despidió y juró que la sacaría de allí cuánto antes. Volvió a quedarse sola en la habitación. Acarició la cruz que colgaba de su cuello. Cogió el bolígrafo con el que había firmado su declaración y se levantó. Se miró en el falso espejo, de cerca. Se tocó las ojeras y giro levemente la cabeza. Su brazo se extendió con tranquilidad hacia atrás para luego impactar con brutal fuerza en el espejo. Antes de poder reducirla entre tres policías había rayado en el espejo con el bolígrafo: ¿Por qué yo?

sábado, agosto 22, 2015

NOTICIA 1514ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 6 de 13)

Sexto capítulo de Un mal buen inicio. El relato conjunto con, y ideado por, Luis Abad, hoy con ilustración de Ramón, Ramonadas. Que la cerveza os acompañe.

UN MAL BUEN INICIO
Capítulo VI



-Dice que la dejó en el Ruiz de Velasco –le comentó a Fabra a Ruiz cuando esta llegó a la sala del otro lado del espejo.

-¿El pabellón Caja de Madrid?

-Sí.

-Puede que sea de Meco. ¿Qué ha contado de él?

-Le defiende.

-Síndrome de Estocolmo.

-No me parece un síndrome de Estocolmo habitual –dijo Fabra mirando a través del espejo a Helena Cobeño siendo interrogada por una agente de uniforme.

Helena era una víctima, realmente no debía estar en aquella habitación, pero algunas de las cosas que había dicho se salían de la clásica víctima de un rapto. El único lugar de la comisaría donde podían hablar en un falso ambiente de intimidad que diera confianza a la civil era aquella habitación de interrogatorios. Le habían dicho que en esos momentos ese era el lugar más tranquilo de la comisaría. Mientras la agente de uniforme hablaba con ella acompañada de otra agente con un café para ella, al otro lado del espejo la escuchaban Fabra, Ruiz y otras cinco personas más. Su padre estaba aún por llegar desde Madrid.

-Lleva una camiseta con el gato de Alicia en el País de las Maravillas –comentó Ruiz.

-El gato de Cheshire, con su sonrisa de lado a lado. Macabro, pero da confianza a la pequeña Alicia.

-¿La ropa es suya?

-No. Se la dio él. En realidad si te fijas debajo del gato pone “The big brother and the holding company”, es el primer cartel de un concierto de Janis Joplin antes de ser famosa y ponerle su nombre a su grupo. El gran hermano era una referencia al hermano mayor, el que te vigila y cuida de tipo un medio u otro, como en la novela de George Orwell.

-¿Sabemos si su raptor es nuestro asesino? Podría ser simplemente un camello de droga.

- Sí claro, por supuesto. ¿De dónde sacas eso?

-Oh, venga, no me digas que no has pensado en ello alguna vez –dijo Ruiz con media mueca de sorna en la boca-. No se deberían llevar camisetas de grupos o cantantes de rock. Fomentan el uso de drogas. Sus vidas no son nada ejemplares. Ya sé que puede sonar a estupidez, pero y si ella misma está drogada y por eso le defiende.

-No me parece drogada –dijo Fabra-. Es cierto que todo puede ser lo contrario de lo que parece, el propio libro de Orwell está sacado en realidad de otro de Zamiatin, pero no veo consistente tu teoría de la camiseta y las drogas. En principio aún no hay nada que nos haga pensar que su raptor sea nuestro asesino. De hecho quizá estemos perdiendo el tiempo en este interrogatorio.

-¿Y que es eso que le cuelga del cuello? No parece un collar –Ruiz se acercó al cristal del espejo.

-Ya me fijé –dijo Fabra sin moverse-. Es un escapulario trinitario. Los trinitarios son una orden religiosa que en el pasado se dedicaron a reunir dinero para salvar cautivos cristianos presos de los corsarios musulmanes de Berbería o del Imperio Turco. Cervantes fue liberado por ellos mismos.

-Pareces una enciclopedia.

-Os queréis callar, por favor –dijo un policía de uniforme a su lado.

Ruiz se fijó en la cuerda morada que le pasaba a Helena Cobeño por el cuello para sujetar aquella imagen. Su intenso color morado de la Pasión de Cristo sujetaba precisamente a un Cristo togado de morado en un escapulario díptico, lleno Él de llagas sangrantes de su martirio, maniatadas sus manos con fuertes cuerdas de esparto, rostro sufrido y macilento, casi apuntando ya los colores de la muerte. A su lado una cruz con aspas azul y rojo.

Fabra y Ruiz se miraron. Fabra sacó un pequeño bloc de notas donde anotó pequeños comentarios para seguir la conversación.

“Fíjate en las frases que nos dejó en los dos cadáveres”. A continuación señalaba a la hoja anterior donde estaban anotadas junto al dibujo que hizo del primer cadáver. Se leían: “¡Qué bella imagen; lástima que no tenga cerebro!” y “Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos veces, la culpa es mía”.

Ruiz anotó: “Ella no traía ninguna frase escrita”.

Fabra: “Nos quedaremos con el retrato robot que describió antes, por si acaso, pero puede que no tengamos que estar aquí ya. Luego pediremos la transcripción”.

Ruiz: “Ok”.

Los dos inspectores daban aquello por perdido para su caso y se disponían a irse cuando les llamó la atención que ella sacara algo de su bolsillo para dárselo a la agente del otro lado del cristal. Se trataba de una figurita de barro con forma antropomorfa con dos puntos negros dibujado sobre sí. La extraña figurita que recordaba las cinematográficas figuras de la magia negra del vudú cobró un aspecto espeluznante cuando las palabras de Helena Cobeño dijeron:

-Jennifer Cebrián y Olga Albescu entregaron su carne como prenda.

-¿Perdón? No entiendo –dijo la agente de uniforme del otro lado del espejo.

-Me dijo que les dijera eso cuando les diera este muñeco –dijo temblorosa Helena Cobeño mientras instintivamente tocó con la punta de sus dedos el escapulario trinitario-. Jennifer Cebrián y Olga Albescu entregaron su carne como prenda.

Al otro lado del espejo todos los agentes acercaron su nariz al cristal como queriendo escuchar algo que acababa de dar un giro inesperado, a pesar de que todos esperaban un enlace con los casos de asesinatos.

-Creo que ya no tenemos que buscar más las identidades de los cuerpos mutilados –dijo Ruiz-. Vamos a tener que hablar mucho con Helena Cobeño.

-Sí –afirmó Fabra con voz contundente-, pero no ahora. Nos vamos rápido.

-¡Eh! Pero si ahora si tenemos un enlace entre este caso y los asesinatos. Es nuestro caso. Deberíamos ser nosotros quienes estemos en esa sala.

-No. Algo me hace pensar que debemos ir rápido a buscar algo al único lugar donde hubo trinitarios en Alcalá.

-¿A Trinitarios?

-Sí, a la Facultad de Estudios Norteamericanos de la universidad. Allí está el Instituto Benjamín Franklin, no me gustaría que esto se hiciera internacional. Ya de por sí es suficientemente malo.

-Está bien –suspiró Ruiz-. Sueles tener razón, vayamos, pero necesitamos saber qué se ha dicho en este interrogatorio, de hecho deberíamos interrogarla nosotros.

-Ya tendremos tiempo, y este lo podremos ver en el vídeo grabado. Creo que esto es urgente.

-Os queréis callar –volvió a decir el anterior policía.


Fabra y Ruiz se fueron de allí con rapidez. Ruiz recogió su bolso estirando rápidamente su mano. Fabra salió como si de otras épocas fuera.

Al otro lado del espejo Helena Cobeña con sus marcas de heridas por cadenas en los tobillos describía sin gran trauma algo que no vio, los dos cuerpos descuartizados.