domingo, agosto 30, 2015

NOTICIA 1516ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 8 de 13)


Tras un breve descanso vacacional de uno de nuestros ilustradores ya tenemos el octavo capítulo de Un mal buen inicio, el relato conjunto con Luis Abad, Chicha "ilustrísimo Chechu" y Ramón, de Ramonadas, que nos ilustra este capítulo. Que la cerveza os acompañe.





UN MAL BUEN INICIO
Capítulo VIII


Ruiz iba a pedirle fuego para encender su cigarrillo a la mujer rubia que tiraba de un carro de bebé. Pero se paró en seco cuando desde el otro lado de la calle una chica gritó alzando la mano: “¡Valeria!” y la niña del coche asomó tan rubia como su madre con una sonrisa dedicada a la chica que cruzaba la calle para saludarlas de cerca. El mundo parecía inocente así. Hubiera sido fantástico que el mundo fuera inocente. Las noticias de los asesinatos estaban en todos los medios, aunque los medios locales eran monotemáticos con ellos. Nadie sabía quien era el asesino, pero todos intuían un asesino en la ciudad. Nadie sabía quién era ella, pero ella perseguía al asesino. En medio de todo aquello las madres tiraban de los carros de sus bebés y sonreían cuando alguien les saludaba en la calle. No había vacuna contra la sociedad, sólo ser la sociedad misma te hacía inmune.

La excesiva información en los medios de este caso enfermo y atroz se multiplicó con la aparición de aquel actor muerto que interpretaba “Simón Boccanegra”. Nadie puede vacunarse contra la malformación de una de las células del cuerpo que era la sociedad. Una célula asesina que mataba a otras células, que enrarecía a la sociedad misma, que hacía de la sociedad algo asocial. Y sin embargo aún había esos días madres que paseaban con sus hijas y sonreían a la gente, pese a los cadáveres mutilados, los colgados de los árboles o los asfixiados tras la tortura de cientos de visitantes. Todos habían torturado a aquel actor creyendo hacer algo divertido, arte, y sin embargo todos eran parte de un asesinato al que jugaban y que no sabían que estaban cometiendo. Los no vacunados en una sociedad suelen no adquirir las grandes enfermedades porque la mayoría de la sociedad  sí está vacunada. Los virus no tienen por donde sobrevivir, no pueden propagarse. Eso no les hace inmunes, pero les protege. No son individuos solidarios, menos cuando lo hacen con todo su amor (confuso) a su hijo. No les vacunan dentro de su amor paternal y maternal creyendo en la maldad de las vacunas, sin querer escuchar nada que les aclare su error. Arremeten con crudeza contra aquellos que les explican que las vacunas son beneficiosas y que los principales activistas médicos que atacan las vacunas lo hacen porque ellos tienen patentados otros medios más ineficaces que desean vender en masa por encima de las vacunas. La sociedad estaba enferma y la vacuna para que la gente siguiera sus vidas era la sobreinformación sobre la enfermedad. El abuso informativo de todo tipo de detalles sobre los asesinatos transformaban la enfermedad en un espectáculo que comenzaba a aburrir a los espectadores, como si pudieran no ser jamás víctimas de la enfermedad. Tal como le pasa a la gran mayoría de las personas respecto a la muerte, todos lamentan la muerte ajena, pero son muy pocos los que con franca realidad son conscientes de que ellos algún día también morirán.

Había un asesino trastornado suelto por la ciudad. Ruiz montó en su coche pensando en estas cosas. Fabra decía que las tres notas pudieran hacer referencia a los pecados del cristianismo. “¡Qué bella imagen; lástima que no tenga cerebro!”, vanidad. “Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos veces, la culpa es mía”, mentira. “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”, soberbia. Luego estaban las posturas lujuriosas de los tres cadáveres. Dos mujeres, de una sólo quedaba el torso desnudo, la otra estaba atada con cuerdas con cabezas de serpiente y apoyada en un suppedaneum, como Cristo en la cruz. Y un hombre, desnudo, maniatado, expuesto al escarnio público con luces y bailes estridentes a modo de obra de teatro moderna, un auténtico infierno de Dante colado en una obra de Verdi. Las víctimas ni siquiera tenían algo en común. Jennifer Cebrián era dominicana. Olga Albescu era rumana. Manuel Roncallo era español. Y luego estaba la única superviviente del asesino, Helena Cobeño, una hija de papá, rica como pocas, que pese a su evidente pánico traumático tenía algo de síndrome de Estocolmo en cada frase justificativa de aquel hombre al que describió con rasgos tan comunes que podría ser detenida cualquier persona de la Calle Mayor. Era la única liberada, con un colgante trinitario. Una cristiana sin pecado, le había dicho Fabra. Había que averiguar “por qué no tenía pecado” dentro de la mente de su asesino.

“Jennifer Cebrián y Olga Albescu entregaron su carne como prenda”, había dicho Cobeño. Fabra dijo que podía recordar al pasaje bíblico en el que Abraham iba a entregar a su hijo Isaac en holocausto al Señor. Pero Isaac salvó la vida y Jennifer y Olga, no. Aquello sólo fue una prueba y en este caso si el asesino creía tener algo de mesiánico habría excedido lo probatorio. Las piezas seguían muy desencajadas, decía Fabra.

Ruiz estaba cansada. Pasó todo el día yendo de un lado a otro intentando reunir todo tipo de información de los análisis de todos los elementos que tenían disponibles. Por la noche simplemente quería relajarse. Lo solía lograr metiendo sus pies descalzos en un barreño con agua templada. Con la habitación en penumbra y la televisión puesta eso es lo que hizo con la cena descongelada en la mesa. Su vecina le había recogido el correo. El pequeño paquetito envuelto con cuerdas fue lo primero que abrió. Dentro había un muñeco de barro con una línea negra que lo cruzaba. En una nota de papel se leía: “Esopo, Anaxágoras, Benjamín Franklin”.

La sociedad estaba enferma. La enfermedad llegó a su casa.