martes, marzo 11, 2014

NOTICIA 1314ª DESDE EL BAR: EL FRÍO QUE NOS ACOGE MIENTRAS LOS ROBOTS CAMINAN ENTRE LOS HUMANOS (capítulo 12)



Capítulo 12: Galerías

El día del esperado encuentro deportivo entre el equipo del Alcalá Basket y la selección de béisbol de Indonesia, el estadio y sus alrededores estaban abarrotados. Jimmy de Jesús y Alejandro Remeseiro se encontraban en el palco de honor. Allí estaban también la alcaldesa Anna Guillou, sin su secretaria, el nuevo cónsul Miguel Ángel Rodríguez, el abogado de ambos Juanca López, el magnate Yogui, la Directora de Asuntos Turísticos de Alcalá de Henares D.F. Ma Ría Ría, la Directora de las Relaciones Públicas Entre Mundos de Indonesia Ana Cañas, don Juan Manuel y, al lado suyo, John Snow. Todos juntos, más otras personalidades y cargos de la ciudad y de Indonesia, como mandaba el buen protocolo, sabio en personalidades, ignorante en personas.

Como era de esperar el partido de baloncesto era un mero espectáculo no muy emocionante, pero lleno de momentos para conservar en imágenes grabadas. La gente común estaba expectante, disfrutando. No era un partido común. Lo que en principio iba a ser un simple partido de baloncesto ahora era una extraña obra de circo donde los tiempos de juego se alteraban para combinar bateos de béisbol que también anotaban en los marcadores. Si el espectáculo no era suficiente, el llamamiento televisivo de Alejandro Remeseiro reclamando a Esther Claudio atraía a las cámaras en un extraño montaje entre imágenes de su cara e imágenes de barridos de espectadores, como esperando que surgiera de allí un reencuentro que, de producirse, podía multiplicar los espectadores durante mucho tiempo después del encuentro deportivo. Anna Guillou y Ma Ría Ría estaban disfrutando aquello que tantos beneficios podía reportar a la ciudad para garantizar los pagos a Galaxia Eléctrica. Aunque Ma Ría Ría sentía predilección por la exhibición histórica de Borja Montero en la recepción que el señor Yogui les había proporcionado, la cual se produciría un día después de aquel encuentro. Procuró no juntarlos en el tiempo, pues sabía que así podía caber la posibilidad de una mayor oportunidad para que todo el mundo tuviera la ocasión de acudir a las dos citas. Sin duda, las cifras de la promoción de Alcalá de Henares D.F. estaban siendo muy productivas. Una gran cantidad de visitantes indonesios habían subido a la ciudad en órbita a ellos. Pudiera ser también un modo de promover su carrera política a ojos de Anna Guillou, la cual, al igual que Ana Cañas, estaba plenamente contenta con los réditos políticos de aquel afortunado encuentro entre dos mundos tan distantes. El afianzamiento como distrito federal de la ciudad era un hecho tras estos días, e Indonesia, con este encuentro deportivo, tenía méritos para las olimpiadas futuras.

Anna Guillou disfrutaba sentada cerca de Miguel Ángel Rodríguez. Había ganado en secreto la partida a Enrique Bermejo. El Papado Amalgamado le había dado su apoyo, y con él, la Federación. Sospechaba cómo había sido la desaparición de Doxa Grey y del antiguo gestor madrileño, aunque no en sus detalles ni en sus modos, pero lejos de creer que fuera un motivo de tristeza, su ida era su afianzamiento. Una celebración para ella, en el silencio de la meta obtenida. No imaginaba siquiera, que a su lado, Miguel Ángel Rodríguez, sabía más que ella en aquellas desapariciones. Era un palco muy sonoro que callaba muchas cosas.

Era un día más frío que otros días. Bajo la cúpula de la ciudad flotante la gente estaba pletórica y regocijada, satisfechos con el espectáculo, pero todos habían fallado en sus previsiones de temperatura. Les daba igual. La hiperactividad les calentaba. Sin embargo, en el palco de honor, Ma Ría Ría sí sentía el frío. Su alegría no tenía que ver con grandes dosis de adrenalina recorriendo su cuerpo, sino con una satisfacción personal. A pesar de que los chicos de Jimmy de Jesús habían logrado anotar varios tantos a su favor, ella necesitaba tomar algo de temperatura más cálida para poder continuar en el palco. Con una excusa sencilla se levantó de su asiento para dirigirse a las galeradas interiores del estadio.

En las galeradas interiores no había casi nadie en esos momentos. El ruido del gentío se colaba por las entradas desde las cuales se podía ver la zona de juego. Ma Ría Ría sacó un cigarrillo para fumar. Era uno de los pequeños lujos que se podía permitir. El tabaco era un producto caro, aparte, el acceso a él estaba altamente restringido en las ciudades galácticas. Pero ella, la pequeña mujer rubia de ojos azules, tenía un cargo municipal de cierta importancia, y ahora que eran un distrito federal, su cargo había pasado a ser federal. Aspiraba a que sus servicios económicos a la ciudad la ascendieran. Los asuntos históricos la apasionaban, se sentía cómoda en su cargo de directora de asuntos turísticos. Pero ella también aspiraba a dirigir aquella urbe viajera cuando Anna Guillou la nombrara su sucesora. Lo cierto era que la casualidad de que el señor Yogui fuera el dueño de un personaje tan unido a la Historia cultural de la ciudad, como era el músico Borja Montero, era lo que más centraba poderosamente su atención aquellos días, a pesar del triunfo económico que había supuesto en su conjunto el certamen deportivo al que estaba asistiendo. Se encendió su cigarrillo y dejó volar sobre su cabeza una caprichosa voluta de humo blanco que jugueteó por un momento con el aire frío en torno a ella.

Un hombre se le acercó. Ella estaba distraída en sus pensamientos, entre cansada de la duración de aquel partido deportivo tan idiota y las expectativas sobre la exposición de Borja Montero. Su mente iba de un lado a otro cuando le saludó Código.

-Buenas tardes, directora –le saludó.

-Buenas tardes, Código.

-¿No disfruta del encuentro?

-Sí… sí, lo hago, pero tenía algo de frío.

-Hace frío últimamente.

-Puede ser. Pero ya conoce los ciclos que proporciona Galaxia Eléctrica.

-Sí, un ciclo –dijo Código pensativo-. Cuando estuve en Indonesia un hombre me dijo que me cuidara del frío.

-Hum… es un planeta cálido, ¿no?

-Lo es. Era un hombre extraño. También me dijo que me cuidara de las voces del pasado. La verdad es que mi encuentro con él fue un tanto extraño.

Ma Ría Ría sonrió.

-Pues en Alcalá de Henares D.F. sólo tenemos una persona que dice escuchar voces del pasado, la escritora, ya sabe.

-Raquel Hernández Luján –contestó Código rápido aunque absorto, recordando la conversación que sobre esto tuvo con Santi, la vendedora de cafés ambulante.

Era la segunda vez que se la mencionaban. Quizá, pensó, debía ir a verla. Las palabras del eremita seguían siendo para él un objeto de reflexión, aunque no estaba allí por él.

-Usted tampoco ve el partido –le indicó Ma Ría Ría.

-Mis misiones no descansan.

-¿Está de misión hoy?

-Sí, es por la chica a la que citó el señor Alejandro Remeseiro por televisión.

-¿Usted también la busca?

-Sí.

-Pues tiene demasiados pretendientes –sonrió Ma Ría Ría mientras dio otra calada de su cigarrillo-. Unas tanto y otras con tan pocos pretendientes. Póngase a la cola, Código.

-¿Hay más hombres buscándola?

-Parece una epidemia. Esa chica es realmente afortunada, no le faltan hombres. Al parecer nuestro entrenador de baloncesto, el señor Jimmy Rizos también la vio cuando se encontró con ella el señor Remeseiro. Creo que incluso han apostado sobre quién la conquistará. Pero no creo que venga al estadio. Ya le digo que no le faltan novios donde elegir. La chica vino al ayuntamiento a uno de los actos promocionales de estos días. Yo no la vi, pero desde luego debió causar impresión, porque hasta los guardas de la casa consistorial desean volverla a ver. Debe ser muy hermosa.

-¿Por qué fue al ayuntamiento? –preguntó Código buscando nuevos cabos que atar.

-No lo sé. Pero no logró lo que quería, ver a la alcaldesa –Ma Ría Ría dio otra calada a su cigarrillo- ¿Y tú por qué la buscas, Código?

-Asuntos pendientes –Código ocultó la condición de polizonte y ciudadanía ilegal de ella, así como los efectos del polvillo amarillo de la planta de Indonesia, que sin duda debía portar aún en su traje.

-Pues pregúntele a las voces del pasado –bromeó Ma Ría Ría-, porque no creo que se deje ver mucho si allá por donde va crea estragos. Debe ser asfixiante. Si me disculpa, tengo que volver al palco –la Directora de Asuntos Turísticos tiró la colilla de su cigarrillo y se encaminó de vuelta al interior del estadio, hacia el palco.

Código se quedó solo. Posiblemente Ma Ría Ría llevaba razón, aquella chica no tenía porqué aparecer por aquel lugar. Sin embargo parecía tener un interés en ver a la alcaldesa y el estadio era un lugar idóneo, abierto a todo el mundo. Recorrió todos los accesos al palco presidencial. No halló a nadie ni nada que evidenciara a alguien. Buscar entre los espectadores era algo absurdo por inviable. Lo mejor era recorrer las galerías interiores mientras aún no estuvieran atestadas de personas eufóricas comentando las jugadas mientras salían, pero para eso aún quedaba bastante tiempo. En las galerías inferiores no había nadie, tampoco en las del primer piso. Quedaban las galerías superiores del estadio. Aquello era una pérdida de tiempo. Por un momento creyó ver la figura de la chica de pelo corto a lo lejos. Corrió hacia donde la vio, pero allí no había nadie. Código regresó hacia las entradas que daban al palco presidencial. No sabía que con aquella acción estaba disuadiendo a ese alguien fantasma al que había ido a buscar a las galerías superiores. Ella estaba allí. Le había visto de lejos. Huir le había sido fácil. Sólo tuvo que esconderse subiendo al tejado del estadio por uno de los accesos reservados al personal de mantenimiento. Esther Claudio había escapado a Código una vez más. Su vida era huir. Como llevada por el viento. Y ocultarse. Para ocultarse debía quizá cambiar de aspecto. Sólo había una forma de salir del estadio, ya que estaba claro que Código impediría que se acercara al palco. Debía cambiar de aspecto, cosa que sólo le era posible cambiándose de ropa. El acceso al tejado para el personal de mantenimiento contenía un pequeño cuartillo con monos de trabajo. Se desvistió allí mismo y se puso uno de ellos. Echó sus ropas por dentro de las rejas de uno de los conductos del tejado. No quería dejar nada que Código pudiera encontrar, aunque Código abandonaba en esos momentos el edificio convencido por las palabras de Ma Ría Ría de que ella, la antes conocida como Marcela, no estaba allí. Ella hizo lo mismo algo después, sin siquiera comprobar que Código ya no merodeaba por el palco de honor. También salió del edificio perdiéndose en las calles. Sus laberintos personales no habían encontrado sus galeradas comunes.

Entre tanto, cuando se cumplió el final del primer tiempo y una gran mayoría de espectadores iban al interior de las galerías del estadio en busca de los aseos o de algo de calor, el polvillo amarillo residual que quedaba en las ropas de Esther Claudio, la inmune, se esparcía por el interior del conducto a donde habían sido arrojadas. Los conductos de respiración hicieron que miles de humanos respiraran.

viernes, marzo 07, 2014

NOTICIA 1313ª DESDE EL BAR: EL FRÍO QUE NOS ACOGE MIENTRAS LOS ROBOTS CAMINAN ENTRE LOS HUMANOS (capítulo 11)



Capítulo 11: Spes

El robot Sergio Pérez libraba una batalla interior. Sus circuitos de empatía luchaban con un ataque exterior a su programación. Su cuerpo recibía órdenes que debía cumplir. Los circuitos de sus procesadores a los que se podría llamar cerebro estaban siendo asaltados, quizá se podría afirmar que invadidos. Corría por las calles, pero no había en él desesperación. Corría buscando cumplir órdenes ajenas a las que él mismo se generaba. Eran sus circuitos empáticos, en buena parte generadores de su memoria, los que discutían con las órdenes. A ráfagas unas órdenes iban contra otras y se generaba en su interior una discusión. Pero no había desesperación. Ni angustia. Sólo había procedimientos. Sus funciones locomotrices habían sido conquistadas, aunque en algún momento, él lograba apoderarse por unos instantes de las mismas. Su carrera tenía extraños giros, abruptos paros. Su mente era un caos. Su cuerpo de robot tenía un virus humano generado por una humana, Doxa Grey, cuyo cuerpo tenía muchos aparatos de robot.

La gente le dejaba paso en su carrera, le miraban en sus frenos extraños. Nadie le preguntaba al conocido robot si le ocurría algo. Llegó hasta la gran avenida Complutense que cruzaba la ciudad galáctica de lado a lado. La cruzó sin preocupación alguna por el tráfico de vehículos, aunque sus sistemas empáticos dispararon todo tipo de alarmas. Su precisión de máquina evitó ser atropellado, algunos vehículos hicieron trombos. El robot Sergio Pérez se perdió por las calles más allá del Parque de San Isidro, más allá de la calle Goya, por detrás del Palacio de Laredo, pasando la Avenida del Ferrocarril, que también cruzaba la ciudad de lado a lado. La cruzó también sin preocupaciones, provocando otros tantos giros repentinos entre los conductores. Más allá había más calles.

Algunos ciudadanos dieron un aviso del extraño comportamiento del robot Sergio Pérez cruzando las avenidas. Código recibió el aviso, pero se desentendió de él. Tenía a su cargo los dos vehículos accidentados, precisamente por culpa del robot, eso ya de por sí le estaba haciendo perder tiempo para encontrar a Esther Claudio, con el polvo sobre ella.

Mientras unos circuitos batallaban contra otros, en otro lugar de la ciudad, su amigo, el antiguo gestor Enrique Bermejo, estaba en los baños públicos tranquilamente ignorante de los problemas del robot.

Los baños públicos tenían una gran sala rectangular como sauna. La entrada a la sala de la sauna era única, por uno de sus laterales más alargados, en realidad por una de sus esquinas. Claro que la sala era excesivamente estrecha. El suelo, repartido en tres escalones que hacían de asientos orientados hacia una pared, dejaba ver en la misma un paisaje de atardecer marítimo por infografía. La gente, hombres y mujeres, estaban allí totalmente desnudos. Observando como real aquel espectáculo. Estaban todos muy relajados. Para acceder a la sala, un pasillo circulaba la misma, y en el pasillo, unos guardias. Aquella sauna, siendo pública, era secreta. El edificio tenía los baños públicos para toda la ciudadanía, pero el acceso a aquel pasillo que rodeaba la sala de la sauna era restringido, y secretamente ocultado a los ciudadanos comunes. Sólo iban allí determinadas personas, muy selectas de entre un grupo de creyentes muy selectos. Entre ellos, Enrique Bermejo, que se encontraba sentado en uno de los escalones, sudando por todo su cuerpo mientras miraba la infinidad de un mar falsamente atardeciendo sobre una pared infográfica.

Tenía el lugar algo de ceremonial, y un olor, decían, como lo que debía ser el del eucalipto. Saneabas el cuerpo y el alma. Era ese sitio un lugar donde poder eliminar la alienación que algunas personas vivían episódicamente al vivir en la inmensidad del frío de la galaxia.

Allí Enrique Bermejo tomaba la “spes”, la droga de los iniciados. Truji Garrido se la iba dando mientras ella también la tomaba. Dentro de aquella sauna no estaba prohibida, era incluso razonable que aquel fuera su lugar, entre los selectos. La palpitante Truji Garrido había sintetizado su propia droga, su propio “spes”. Era unas hierbecillas mezcladas con unos químicos sobre los que se debía aplicar una pequeña llama. El hilo de humo blanco que provocaba debía ser inhalado directamente por la nariz. Por eso, Enrique Bermejo se inclinaba a aspirar profundamente el humo que le ofrecía Truji Garrido a una distancia no más superior que unos diez centímetros. La paz subsiguiente no era exactamente paz, ni inmediata. La paz que proporcionaba se basaba en la esperanza. La “spes” proporcionaba esperanza. Las posibilidades las transformaba en creencias, las creencias en fe y la fe en certeza; así se formaba la realidad: por medio de la esperanza depositada en la certeza de los pensamientos propios.

Truji Garrido, formidablemente desnuda, con los ojos dilatados, sudando en la sauna, aspiraba ahora ella su “spes”. Para ella aquel acto religioso era una adicción.

Al fin llegó la persona que citó allí al antiguo gestor Enrique Bermejo. El enorme “Oso” Yogui ante ellos dos fue recibido con una reverencia de cabeza de ambos. Truji Garrido le ofreció inmediatamente “spes”. Yogui no la aceptó con un movimiento de la mano, pero acarició la cabeza de la mujer en señal de agradecimiento.

-No es legal a los ojos del mundo de la Federación –dijo sentándose al lado de Enrique Bermejo-, pero es litúrgica para algunos de nuestros creyentes. No sabía que vosotros la practicabais.

-Aunque no es parte de la liturgia reglada, así es –afirmó Enrique Bermejo-. Truji Garrido me acompaña en cada uno de mis destinos. Sabe sintetizarla bien. Pero sólo nos dejamos ver juntos en privado. Es de confianza, mi señor.

-No me llames “mi señor” –dijo Yogui-. No aquí. Aunque os vieran juntos y se supiera públicamente a qué se dedica ella no pasaría nada. Muchos miembros de la casta política de la Federación practica el “spes”.

Enrique Bermejo no hizo gesto alguno ante la afirmación, pues conocía el hecho, aunque tampoco quería aparentar que lo sabía. Yogui siguió hablando.

-Has cortado todos tus contactos salvo con nosotros desde que estoy en la ciudad.

-No he sido yo. Creo que he sido atacado.

-Y nos llegan textos tuyos que nos comprometen.

-No he sido yo.

-Tranquilo. ¿Quieres a nuestro Papa?

-Sí.

-Pues tengo algo de él para ti. Yo sólo soy su emisario.

El corpulento “Oso” Yogui hizo un gesto a un guardián de la puerta de la sauna. Este les acercó un pequeño dispositivo de mensajes en holograma. El guardián lo activó delante de ellos. La figura del Papa Galáctico de la Iglesia Amalgamada se proyectó ante ellos. Truji Garrido reverenció su figura. El actual pontífice, L. Abad Gutiérrez, había grabado el mensaje para el antiguo gobernador desde que comenzó la problemática de la secesión federal de Alcalá de Henares respecto a Madrid D.F.. Yogui sólo era su emisario más secreto de entre todos sus emisarios para los asuntos más delicados y complejos. La Iglesia Amalgamada era la religión oficial de la Federación, la más extendida de todas las religiones. Tenía en su seno todas las grandes creencias de la Humanidad, en un sincretismo perfecto. Era en buena parte la espina dorsal de la unión de mundos tan lejanos en el espacio, y tan cercanos en sus sentimientos de pertenencia cultural. Pero también las pequeñas creencias tenían su cabida en ella. Algunas no muy promocionadas entre la gran mayoría de los millones de sus seguidores. Como la rama de creyentes a la que pertenecía Enrique Bermejo, la de la secta de los estigios, adoradores de la muerte y su vida ulterior. Aquel sincretismo perfecto no era tan perfecto en la absorción de estas pequeñas sectas y sus ritos, ya que si bien en la teoría todo cuadraba y era aceptado, en la práctica muchos creyentes amalgamados sentían rechazo ante estos creyentes. Pese a que todas las tendencias de la Amalgama seguían unas líneas generales muy aceptadas y asumidas, que no profundizaban demasiado en ninguna dirección, el Papado siempre supo que algunas tendencias eran amadas, mas no proclamadas.

El holograma del Papa L. Abad habló:

-Bendito hijo, bendita tu creencia, bendita sea tu muerte –el antiguo gestor correspondió con otra inclinación de cabeza-. La Federación está muy satisfecha con tu labor como gestor de un área metropolitana de una de sus ciudades galácticas. Sin embargo, la secesión de Alcalá de Henares como nuevo distrito federal no debe ser interrumpida. El Consejo Federal no puede impedir que en la legalidad Madrid D.F. lleve a los tribunales a Alcalá de Henares D.F., pero me pide que interceda por el nuevo distrito. Su existencia nos es conveniente. Como tu Señor temporal, y tu representante en lo Eterno, conozco cómo en casos similares has logrado recuperar el control de las ciudades más díscolas. Hijo, voy a ser franco: bajo ningún concepto la alcaldesa Anna Guillou debe sufrir accidente o percance alguno. Hay poderosos intereses en la existencia de un nuevo distrito federal. “Galaxia Eléctrica” no debe salir perjudicada por una pelea de poderes de gobierno. Queda desautorizado desde el Consejo Federal cualquier intento de Madrid D.F. por recuperar la ciudad como área metropolitana, aunque nunca harán pública la desautorización. Si la desobedecieran los madrileños deberán esperar un gran frío en sus vidas. El frío del abandono hasta que todos quedemos complacidos. Por lo que a mí respecta como tu autoridad moral superior, también te desautorizo. Nos han llegado noticias de un intento de asesinato a la alcaldesa y su secretaria por vías confidenciales desde el propio ayuntamiento alcalaíno. No nos pasa desapercibido. Es por ello, querido hijo, que me dirijo en persona a ti por medio de mi emisario Yogui para otorgarte un bien superior que te recompense de todos los males que te proporciona nuestra desautorización. Sea Estigia contigo.

El holograma del Papa desapareció tras hacer un gesto religioso de despida. Enrique Bermejo estaba contrariado. La “spes” comenzaba a hacer efecto secundario ante las palabras del honorable Papa. Sus esperanzas pasaban a ser perspectivas. ¿Iba a ser devuelto a Madrid D.F.? ¿Iba a ser desembarcado en Indonesia? ¿Había pedido Anna Guillou su cabeza? Pero iba a ser recompensado. Cualquier destino iba a tener en cuenta sus servicios. El guardián se alejó con el dispositivo de hologramas. Yogui les invitó a vestirse y a seguirle. Ambos, Enrique y Truji, le acompañaron. En un viaje en coche Yogui les llevó hasta unas de las entradas al mundo subterráneo de la ciudad flotante. Desde allí les llevó a uno de los muelles de carga, donde varias naves de transporte trabajaban. Parece ser que a fin de cuentas, iba a ser enviado a Indonesia.

-Creo que es aquí donde “Galaxia Eléctrica” enviará la señal –les dijo Yogui.

-¿Trabajaré para Galaxia Eléctrica? –preguntó el antiguo gestor.

-Nuestro amado Papa ya te ha dicho que ibas a ser recompensado. Podrás permanecer en la ciudad –le contestó el magnate que en secreto era emisario.

Ahora la “spes” hacía un efecto de euforia remarcando la realidad de las creencias de  Enrique Bermejo. Puede que no pudiera hacer ya nada políticamente por evitar el estatus nuevo de la ciudad, pero desde la empresa “Galaxia Eléctrica” podía satisfacer gran parte de su ánimo de revancha contra la alcaldesa Anna Guillou. Podía, quizá, traer frío o calor excesivo, a su conveniencia. Por supuesto, imaginaba, el cónsul Miguel Ángel Rodríguez iba a ser su jefe, pero, habiendo trabajado juntos cuando era un área metropolitana, estaba confiado en que sabría apreciar sus consejos, e incluso tentarle para extorsionar de manera legal a la ciudad. Satisfacería así su vil ser de gestor despojado de serlo y las ansias de dinero de aquel emporio.

Se le abrían las puertas a Enrique Bermejo en sus percepciones mientras esperaban la señal de “Galaxia Eléctrica”. Truji Garrido, la adicta feliz, soñaba también en un futuro más perfecto para ambos. Quizá en una vida más cómoda, menos oculta. Una jeringa, su aguja metálica de micras de grosor, deslizó en ella un frío líquido que en minutos debía paralizarla. El corpulento “Oso” Yogui se lo había inyectado desde la espalda. Apenas pudo verlo Enrique Bermejo, pues les daba la espalda en sus propios sueños de esperanzas. Lo primero que vio fue llegar corriendo a su mejor amigo, un robot, el robot Sergio Pérez, que se paró ante ellos.

-La señal ha llegado –dijo Yogui inyectando ahora a Enrique Bermejo también desde su espalda.

El antiguo gestor dio unos pasos hacia delante y se volvió hacia el emisario del Papa de la Iglesia Amalgamada.

-No entiendo…

-Has sido recompensado, hijo nuestro –le dijo el gran “Oso” Yogui-. Siéntete gozoso de recibir la buena nueva.

Truji Garrido apenas se movía ya correctamente. Yogui la cogió y aprovechó que aún podía caminar para introducirla dentro de un cajón de cartón piedra de mediana altura estructurado en pisos. Enrique Bermejo aprovechó para intentar irse, pero su mejor amigo se interponía, no le dejaba avanzar.

-Esta estructura –dijo Yogui-, la traje yo mismo para que Patri S.G. nos haga una de esas maravillosas tartas que a veces cocina, para la recepción con Borja Montero como epicentro. De aquí debía salir un imitador del gran músico. Es una lástima que no veas esa fiesta. Pero estás llamado a mayores alturas, querido hijo. Estaréis quizá un poco apretados, no contaba con la hija Truji, pero cabréis. Es una lástima el destino final de esta estructura, habrá que decir que se deterioró.

Yogui terminó de meter a Truji Garrido. Se despidió en la distancia del antiguo gestor Enrique Bermejo, que era rodeado ahora por algunas personas que no conocía. Sus piernas y sus brazos comenzaban a desobedecerle. Ellos le llevaron al cajón y le metieron. Y les cerraron. El cajón por fuera tenía pintada la forma de una tarta, de la tarta que nunca iba a ser. El cajón por dentro, oscuro, tenía ahora los temores que también el “spes” proporcionaba en un uso fallido.

-¡Sergio! ¡Sergio! ¡Ayúdanos, Sergio! –gritaba Enrique Bermejo a su robot manumitido en la esperanza.

Pero los hombres desconocidos se apartaron, junto a la estructura de cartón piedra le dejaron al robot un enorme sable. Los gritos se oían desde fuera. El mejor amigo de Enrique Bermejo los oía. Sus circuitos luchaban entre ellos. La tarta le hablaba, le confundían unas órdenes, las tartas no hablan, decían otras. Y con la espada, de un golpe seco, cortó el robot el piso superior. Dos cabezas seccionadas, y la sangre, que llenaba la caja. Así fueron los estigios recompensados, pues no hay mayor recompensa que obtener lo adorado.

Los hombres desconocidos se llevarían la caja.

En otro lugar de la ciudad Doxa Grey se veía satisfecha en su venganza. El robot recibía señales de localización de su amigo. Lo había descubierto no hacía mucho. La venganza contra Enrique Bermejo se podía completar. No pudo paladearla. Acto seguido de culminarla los innumerables complementos electrónicos de la blanquecina Doxa Grey, tan unidos a su organismo, comenzaron a colapsar todas sus funciones. En apenas unos segundos, mientras en el muelle aquel cortocircuitaba Sergio Pérez y se quemaban sus circuitos, Doxa Grey sufría un paro cardiaco irreversible. Ya en el futuro sería azul, y no sería.

Miguel Ángel Rodríguez, en su despacho, borró el rastro de señales de rastreo y cerró su ordenador. Sus trabajadores hicieron lo mismo. Juanca López lo daba por bueno.

En el centro de la ciudad, Anna Guillou observaba desde la ventana a Fatima Littlefire pasear.

lunes, marzo 03, 2014

NOTICIA 1312ª DESDE EL BAR: EL FRÍO QUE NOS ACOGE MIENTRAS LOS ROBOTS CAMINAN ENTRE LOS HUMANOS (capítulo 10)



Capítulo 10: Un partido por jugar

Alcalá de Henares D.F. orbitaba Indonesia. La ciudad se veía desde sus cielos de azul turquesa en los atardeceres y sus noches. Mientras las gentes indonesas paseaban por sus verdes entornos, muchos de sus compatriotas estaban embarcando hacia la ciudad galáctica o estaban ya allí. Ma Ría Ría y Ana Cañas habían hecho una gran labor publicitaria. Pocas veces se podía disfrutar de unas vacaciones en órbita dentro de una ciudad flotante. La ocasión era única, era la presentación de la ciudad como distrito federal. Era una ocasión espectacular. El equipo indonesio de béisbol iba a jugar un partido de baloncesto con la selección de los visitantes. Los deportes clásicos podían encontrar allí su hueco incluso en promoción hacia las próximas Olimpiadas. Y luego estaba lo de aquella exposición que patrocinaba Yogui. Todo tenía una repercusión que había desbordado un tanto las previsiones. Los indonesios estaban encantados, tanto como los alcalaínos.

Para la alcaldesa Anna Guillou aquella era la ocasión para recaudar un dinero extra con el que poder hacer frente a las nuevas tarifas energéticas de Galaxia Eléctrica. Era un tema ciertamente preocupante, aunque entraba dentro de los percances previstos en su ascenso político. Era más inquietante el descubrimiento que Doxa Grey había realizado mientras aislaba a Enrique Bermejo de sus entornos cibernéticos. Había sido un descubrimiento fortuito. El antiguo gestor madrileño estaba mejor ubicado de lo que hubieran imaginado. No iba a ser un rival fácil. Detrás de él no estaba tan sólo Madrid D.F., pues al parecer varios de los contactos más delicados de alterar tenían que ver con relaciones personales con la alta jerarquía de la Iglesia Amalgamada, la religión más extendida de la Federación. La prudencia les aconsejó no alterar esas comunicaciones, a pesar de que le habían aislado de todas las demás. Su plan de desacreditarle para poder eliminarle sin problemas posteriores lo habían tenido que dejar de momento parado. Cortar el lazo de unión con esa jerarquía debía ser para ellas una tarea delicada. La eliminación física del gestor hubiera sido deseable. Pero el propio don Juan Manuel ya se había postulado en relación a eso el día que, habiéndose citado para negociar esa muerte, decidió atentar contra sus vidas. Don Juan Manuel era un mero mercenario, como todos los capos mafiosos. Era aún un peón útil para la ciudad. Anna Guillou no deseaba tocarlo, aunque sí deseaba mandarle una advertencia. Pocos días atrás Código casi hubiera podido ser asesinado por Paul Helldog, probablemente, pensaba ella, para aislarla de un protector que además actuaba desde la legalidad. Pero Codigo estaba vivo. Anna Guillou iba con un poco más de cautela. Su principal preocupación era sin duda en esos momentos Bermejo, que era quien había comprado a su socio común, don Juan Manuel.

Doxa Grey ardía en sed de venganza, pero Anna Guillou la había parado en seco. Además, su otra tarea, la de hacerse con el control de los suministradores de energía de la ciudad, no paraba de toparse una y otra vez contra los muros de Galaxia Eléctrica. La inactividad cautelar que le había pedido tener la alcaldesa la estaba revolviendo por dentro. Era demasiado impaciente.

Los indonesios llegaban a los muelles de desembarque con gran fluidez mientras los entresijos de la ciudad estaban negros. Llegaban rodeados de frío, de un frío inusual para el subsuelo de la ciudad. Un frío equiparable al del desierto helado que existía entre todos aquellos que debían ejercer un buen gobierno en ese momento. Un frío, por otra parte, provocado.

Miguel Ángel Rodríguez, el nuevo cónsul de Galaxia Eléctrica, había dado la orden secreta de ir bajando la temperatura de aquel mundo mientras no se abonase lo que la empresa consideraba suyo por cambiar de categoría política aquel rincón flotante de la Federación. Los dueños de la situación, ellos, los ejecutivos de aquel lucrativo negocio, no tenían miramientos con los habitantes de los mundos a los que suministraban energía. Ellos sólo contemplaban el dinero. Daban frío a Alcalá de Henares D.F., un frío que algunos habitantes empezaban a notar como algo anecdótico en sus conversaciones, confiados en que nunca nada malo podía pasarles, mientras por ellos velasen los que les suministraban el calor necesario cuando era necesario. Pero aquellos eran fríos, como máquinas. Como máquinas que eran.

Nada de todo ello parecía existir. Por tanto, nada importaba. Las noticias locales daban en sus pantallas en esos momentos una entretenida entrevista donde careaban a los entrenadores del Alcalá Basket, Jimmy de Jesús, y de la selección de béisbol de Indonesia, Alejandro Remeseiro. Era un programa que esos días llamaba suficientemente la atención a ciudadanos y visitantes, sobre todo en vísperas del encuentro deportivo. No dejaba de ser gracioso lo que se decían. No se tomaban en serio aquel encuentro. Sólo los espectadores más simples, los que menos respuestas necesitan, se tomaban en serio un encuentro deportivo entre dos equipos cuyos deportes nada tenían que ver entre sí, salvo ser deportes clásicos.

Código se encontraba en un bar bajo una de aquellas pantallas de televisión. Él no prestaba mucha atención. Le preocupaba principalmente el paradero de Esther Claudio, la polizón. Desde su último encuentro no había parado de pensar en ella. Le había salvado la vida, sin tener porqué, pero sobre todo había desaparecido en la ciudad con las ropas cubiertas de aquel polvillo amarillo que ya había acabado con la vida de dos personas y que tenía a la bióloga Pat Patri en su casa, sin apenas vida social. Ni siquiera parecía importarle demasiado reparar en que tenía un problema mayor, don Juan Manuel, que, parecía ser, había puesto precio a su cabeza, o al menos eso parecía cuando Paul Helldog intentó matarle.

El bar estaba medio lleno de gente de fuera de la ciudad, pero siempre estaban allí en la barra los clientes habituales como él. No era un bebedor empedernido, pero le gustaba ir por allí y encontrarse con otros habituales de los que se había hecho conocido. Por ejemplo, de Iván Pascual.

Iván era la persona que más conversación le solía dar, reunidos con una cerveza en aquella barra. Según él, había sido uno de los navegantes exploradores que habían descubierto un par de planetas habitables hacía ya muchos años. No era muy viejo, pero tampoco muy joven. Era imposible cerciorar su historia, pero para todos era una historia real. La realidad siempre es aquello en lo que se cree real, y en aquel bar todas las historias de sus habituales eran historias reales.

-Navegar en medio de una tormenta galáctica, eso sí que es una proeza –le contaba sentado a su lado en la barra-. No esto de jugar corriendo detrás de unas pelotas. Ya no se aprecia lo que nosotros hicimos. La fama hoy día es para el más insulso. No se valora el esfuerzo o el costo de una proeza. No creo en ninguno de estos tipos.

Iván Pascual seguía hablando sin que Código estuviera realmente atento del todo. El programa televisivo proseguía con Jimmy de Jesús contestando con sarcasmo a Alejandro Remeseiro. Ambos entrenadores sabían que su cometido en aquella ciudad era un paripé interesado y político. Algunos forasteros escuchaban atentamente embelesados la promesa de un gran espectáculo irrepetible, a pesar de que no captaban el sentido irónico de Alejandro Remeseiro contestando a Jimmy de Jesús. Aquellos espectadores portaban consigo las entradas del evento en sus bolsillos. Iván Pascual seguía bebiendo su cerveza mientras hablaba con Código.

-Me interesaría más bajar a ese planeta que ver ese estúpido partido –Iván Pascual bebió-. Oye, Código, te noto ausente.

-Sí, tal vez un poco –contestó Código-. Han pasado cosas.

-Deja el trabajo, ahora estás en tu tiempo libre. Tienes que apreciar tu tiempo libre. Algún día no lo tendrás más.

-Pensaba en una mujer.

Iván Pascual sonrió.

-Mira –le dijo-, como este –Iván señaló con su jarra de cerveza hacia la pantalla de televisión.

Código levantó la cabeza y observó la pantalla con cierta desidia. Alejandro Remeseiro había dejado de hablar por un momento del encuentro deportivo y hablaba de una mujer de pelo corto a la que había conocido. Estaba haciendo un llamamiento televisivo para que fuera al campo de juego con la finalidad de conocerse en persona. Los espectadores de la mesa estaban regocijados. Aquella entrevista ahora añadía un cierto matiz de asuntos del corazón que les hacía gracia. Su entrenador de béisbol parecía haber encontrado el amor en Alcalá de Henares D.F., lo que probablemente ahora había atraído la atención hacia la pantalla a algunos presentes más en el bar.

Código comprendió enseguida que aquel hombre estaba describiendo a Esther Claudio. Probablemente la había encontrado furtivamente en algún lugar. Se despidió rápidamente de Iván Pascual y dejó pagadas las bebidas de ambos sobre la barra. Su idea ahora era encontrar su vehículo para ir hasta la emisora donde se estaba produciendo la entrevista. Debía encontrarse con aquel indonesio. Quizá fuera valiosa la información que le diera sobre el lugar del encuentro que hubiese tenido con ella. No había tiempo que perder. En la calle había mucha gente andando de un lado para otro llenos de artículos promocionales. Código montó en su coche gravitatorio y se lanzó a lo largo de la avenida Juan de Austria buscando el mejor camino hacia el Paseo de los Afligidos. También el tráfico era fluido, pero él llevaba los indicadores oficiales para que le abrieran paso. Los silenciosos vehículos electromagnéticos abrían para él vías inexistentes para evitar accidentes innecesarios. Sin embargo, torciendo en un cruce, un coche más raudo que el suyo se estrelló contra su parte trasera. Código perdió la estabilidad de su vehículo. Dio varias vueltas sobre sí. La gente llena de pánico le dejaba sitio como podía, hasta que definitivamente Código logró hacerse con los frenos justo a tiempo para que el choque contra una pared de una casa apenas fuera demasiado grande. Los sistemas contra accidentes se habían disparado dentro del coche. Código no podría seguir su camino. El coche que se había estrellado era el de la autoescuela del robot Sergio Pérez, el amigo manumitido del antiguo gestor Enrique Bermejo. Estaba unos metros más lejos, parado de igual manera.

Código se acercó al coche del empático para ver si el robot seguía funcionando. Era extraño que hubiera perdido el control como lo había hecho. Cuando Código llegó, sin embargo, no había nadie dentro. ¿Ahora también le quería eliminar el antiguo gestor madrileño?

El robot empático Sergio Pérez corría unas calles no muy lejanas a aquella, alejándose con un destino muy concreto. Mientras en otro lugar de la ciudad, en ese mismo momento, Doxa Grey volvía locos sus circuitos. Doxa Grey ardía en sed de venganza. Enrique Bermejo debía pagar sus deudas. ¿Quién iba a sospechar que hacía unos días había llamado al robot desde el ayuntamiento, o más bien le había dado una orden remota de ir hacia allá, para manipular físicamente sus circuitos? Anna Guillou podía ser cautelosa, pero ella, Doxa Grey, era furiosamente vengativa.

viernes, febrero 28, 2014

NOTICIA 1311ª DESDE EL BAR: EL FRÍO QUE NOS ACOGE MIENTRAS LOS ROBOTS CAMINAN ENTRE LOS HUMANOS (capítulo 9)



Capítulo 9: En la ciudad.

Código soñó que un colibrí volaba delante de su cara, estático, mirándole. Aquel pájaro era tan preciso como un robot. Siglos de evolución había transformado la constitución de aquel precioso animal en una perfecta máquina para comer del interior de las flores más altas y más inaccesibles. Sabían buscar aquello que querían. Era una especie misteriosa, por mucho que se sabía de ella. Para él era misteriosa. Allí estuvo, con sus vivos colores, delante de él en su sueño. Era imposible no verle. Su mente se lo mostraba. Era lo que quería ver.

Código se levantó de su cama. El día comenzaba sin ningún encargo ni misión que realizar. Los días en la ciudad galáctica se regulaban por las horas. A falta de gravitar alrededor de una estrella, se veían necesitados de controlar las luces de la ciudad subiendo y bajando su intensidad imitando las horas del día y de la noche del planeta madre, La Tierra. Hasta el punto que incluso imitaban la variación de las horas de luz del día según las estaciones, a pesar de que no imitaban la temperatura variable de las mismas. El cielo siempre era en general oscuro, con las estrellas rodeándoles, como aquel nuevo día en el que salió a la calle, pero la intensidad de las luces en las calles imitaban un día soleado.

El automóvil gravitatorio de la autoescuela del robot Sergio Pérez le pasó cerca sin detenerse. Iba en dirección al ayuntamiento. Código observó como se alejaba. Era temprano, quizá iba a recoger a un alumno. Daba igual, era un robot empático, cualquier cosa podría haberle motivado a empezar a trabajar tan temprano. Quizá ni estuviera trabajando. Puede que simplemente quisiera dar un paseo antes de empezar a dar clases. Aquel robot manumitido era muy curioso. Sus circuitos empáticos habían hecho de él un ciudadano normal y corriente más. Era el mejor amigo de Enrique Bermejo, lo que le hacía pensar a Código en la inmensa soledad del antiguo gestor madrileño. Sabía que también era amigo de don Juan Manuel, pero aquel capo sólo era amigo de sus socios. Por cuestiones de gobierno podría haber sido amigo, o al menos entenderse bien, con la alcaldesa Anna Guillou, sin embargo había un abismo entre ellos lleno de ambiciones personales. Al menos, pese a la soledad de Enrique Bermejo, este tenía un amigo, aunque fuera el robot Sergio Pérez, que había desaparecido con su coche entre las calles que iban al ayuntamiento. Él, Código, apenas podía decir que tuviera un amigo. Mucha gente le conocía por su trabajo, pero nadie era alguien al que pudiera llamar amigo. Lo más parecido fue Grisóstomo. El anuncio de su muerte hace unos días le había borrado de aquel mundo. Fue un accidente. Cuando pulsó el lanzamiento de la cápsula unipersonal no sabía que él estuviera allí.

Código atravesó un par de calles cuando apareció sobre él un carrito gravitatorio con el logotipo “Cafés Álvarez-Dardet”. La chica rubia que lo pilotaba descendió hasta poder estar mirándose ambos a la cara. Todas las mañanas se encontraban en la misma calle a esas horas.

-Hola, Santi –le saludó Código.

-Buenos días, Código –le devolvió el saludo la chica rubia y de pelo ondulado.

-Dame lo de siempre –pidió Código.

Santi, la chica rubia, comenzó a preparar un café en la máquina del carrito mientras calentaba algo de leche. Era un pequeño negocio bastante especial. Era la única vendedora ambulante de cafés de la ciudad flotante. Le había quitado el carrito a su pareja en un divorcio bastante reñido. Ahora su expareja se encontraba muy lejos, rehaciendo su vida en un planeta distante, mientras ella llevaba mucho tiempo feliz con aquella pequeña venta de cafés que le permitía conocer a múltiples personas. Tenía su clientela fija, como Código, gente fiel a un estilo de consumo.

-¿Cómo va tu cuadro? –preguntó Código mientras le dejaba el dinero en una bandeja del carrito. Santi pintaba cuadros desde aquel divorcio, no se le daba mal.

-¿El de la cabra? Bien, a mi me gusta cómo va quedando –contestó-. El otro día conocí a un tipo que insistía en darle una explicación, pero le dije que sólo era una cabra. Creo que no le gustó la explicación. Pero no había nada más detrás. Es muy realista, se parece mucho a las de las imágenes de la Enciclopedia Única. Cuando la acabe te la enseñaré.

-A veces se buscan demasiadas explicaciones –Código cogió su café y le dio un sorbo mientras Santi le devolvía las vueltas de su dinero-. Anoche soñé con un colibrí. Era bonito. Rojo, azul, con el pico amarillo… Estaba volando delante de mi cara. No se apartaba.

-Qué bonito. ¿Lo tocaste?

-No. Sólo lo miraba.

-No hubieras podido tocarlo. Pueden volar estáticos en el aire, pero no creo que se dejen tocar. ¿Has visto alguna vez alguno real?

-No… ni siquiera en los planetas. Tal vez en La Tierra…

-Sí, tal vez –dijo Santi con una sonrisa-. ¿Si quieres te pinto uno?

-No hace falta, gracias –Código de repente recordó a aquel eremita de Indonesia, le había venido a la memoria con el recuerdo de aquel sueño-. Oye, Santi, ¿qué crees que significa que el viento acerque palabras de voces conocidas?

-Aquí no hay viento, salvo cuando se conectan los imitadores de brisas para favorecer a nuestros organismos –dijo Santi algo desprevenida por la pregunta, pero al ver la cara ausente de respuesta de Código añadió-, pero quizá te pueda ayudar Raquel, la escritora… Raquel… ¿cómo era?

-La escritora… Raquel Hernández Luján –resolvió Código.

-Sí. Ella. Dice que puede comunicarse con el pasado –contestó la rubia de pelo ondulado mientras recibía dos clientes nuevos.

-Gracias, Santi. Sólo era una tontería. Adiós –Código se alejó mientras Santi se despedía y recibía a los nuevos clientes.

Código había recordado de la nada las palabras del eremita. No sabía muy bien qué querían decir, pero tampoco parecía que fuera buena idea optar por visitar a una mujer que decía comunicarse con el pasado. Ahora se le mezclaban los pensamientos del sueño del colibrí, con los del recuerdo del eremita. En realidad nunca le había abandonado aquel recuerdo. Poco a poco se acercó a la Calle Mayor. En buena parte, desde que regresó le había entretenido la devolución de la polizonte y la muerte de Grisóstomo. Esta mañana era la primera que había descansado bien y soñando. La Calle Mayor reproducía perfectamente una calle medieval de la región europea del viejo planeta La Tierra. Imitaba un núcleo comercial como se suponía que lo fue en la ciudad madre. A esas horas algunos comercios comenzaban a abrir. Otros ya estaban abiertos. Código terminó su café y entregó su vaso a una de las cajas de reciclado instantáneo que había en una de las innumerables columnas del porticado de ambos lados de la calle. La calle era larga, recta y plana. Reproducía adoquines de piedra en el suelo de su zona central, que dejaba ver el cielo galáctico. A los lados los soportales de columnas al estilo medieval soportaban la reproducción de las casas que se suponía estaban ahí en la ciudad madre. Eran casas de una o dos alturas, no muy altas, con gran variedad de estilos arquitectónicos. A los jóvenes estudiantes les solían llevar allí a pasear para darles clases de arquitectura y Arte. Código paseaba para iniciar una mera ronda mientras esperaba algún encargo de parte del gobierno local. No tardó mucho en encontrarse delante del escaparate de “Especialidades Siglo XX”, una tienda de anticuario que trataba de vender objetos preferentemente del siglo XX. Su dueño se llamaba Juan Manuel Peña. Este hombre, alto y calvo, tenía cierta fijación con ese siglo. En su tienda cabían antigüedades de otra época, pero prácticamente todos sus anaqueles los ocupaban ordenadores, televisores, radios, libros, teléfonos y otros objetos del siglo XX. La gran mayoría no eran antigüedades reales. Eran reproducciones de la más alta gama, de un lujo exclusivo por su fidelidad absoluta. Objetos que se habían fabricado en las mismas condiciones que los originales para garantizar un mercado de coleccionistas. Había otros objetos que imitaban las antigüedades, pero en realidad se adaptaban a las necesidades de su época actual, estos otros eran más zafios, según el vendedor. A esas alturas y en una ciudad galáctica era difícil encontrar auténticas antigüedades del siglo XX, pero alguna había. Eran pocas, pero sin duda las más admiradas, deseadas y caras. Prácticamente no encontraban compradores en la ciudad, cuyos ciudadanos se acercaban a la tienda sólo para verlas como si fuera una sala de exposición. El señor Juan Manuel Peña se contentaba con tenerlas allí porque le gustaba tenerlas, sólo cuando se acercaban a un planeta se vislumbraba la posibilidad de tener nuevos clientes con nuevas capacidades. Precisamente la llegada del señor Yogui a la ciudad podía suponer una oportunidad única. Además, traía una exposición temporal con la exclusiva pieza de Historia que suponía el cuerpo crionizado de Borja Montero. Había colocado ya una guitarra eléctrica y un par de discos en el escaparate. Ahora, al lado de Código, abría la puerta del negocio portando un enorme retrato del músico, del primer Borja Montero, y una caja llena de camisetas de algodón que reproducían un logotipo que sin duda fue de la época de aquel que ahora dormía. Pero no eran los únicos que estaban allí. Código no sólo se detuvo para mirar la guitarra del escaparate. “El Carbonilla” y Liliana Sáez habían madrugado para esperar la llegada de Juan Manuel Peña.

-Buenos días –se saludaron todos.

“El Carbonilla de Alcalá” abrió la conversación con Juan Manuel Peña, que terminó de abrir la puerta.

-Me gusta la guitarra –dijo mirando el escaparate-, deberías poner al lado la del almacén, la española.

-Sí, lo pensé anoche –dijo Juan Manuel Peña-, aún no he traído lo tuyo. Mis proveedores llegan a esta ciudad de tarde en tarde, ya lo sabes. Quizá lo tenga para el próximo mes.

“El Carbonilla de Alcalá” asintió de forma automáticamente. Llevaba tanto tiempo esperando un teléfono móvil original sin recibirlo que tenía asimilada la respuesta. Él no era coleccionista. Simplemente desconfiaba de todos los aparatos transmisores de su época. Creía firmemente que su función que los conectaba con el ciberespacio era una forma más de mantener un control sobre la vida individual por parte de la Federación o de las grandes compañías, como Galaxia Eléctrica, cuyos ejecutivos habían comprado parte importante de esos sistemas hacía apenas unos meses. “El Carbonilla” recibía su apodo de la portada de un viejo disco de un cantante de flamenco; disco que le vendió el propio Juan Manuel Peña. Su parecido era enorme. Piel aceitunada, pelo largo y moreno con unas puntas blancas en el flequillo, ojos penetrantes y oscuros. Se diría que él mismo era el cantante, pero uno de ellos no era del siglo XX. “El Carbonilla” tenía un trabajo modesto y mecánico en la zona mecánica del subsuelo de la ciudad galáctica. Había sido siempre muy celoso con su vida. No tenía actividades comprometedoras, pero recelaba de ser espiado. Había comprado un par de teléfonos móviles  en tiendas de antigüedades para poder comunicarse con su familia. Tenía en su casa incluso una pequeña antena y un equipo moderno que permitía distribuir las señales de los antiguos aparatos. Sin embargo, el suyo había recibido un golpe no hacía mucho. Fue en la calle. Tropezó con una personalidad conocida de la ciudad, el abogado de la alcaldesa y de Galaxia Eléctrica, Juanca López. La caída del aparato supuso su rotura. Desde entonces esperaba que Juan Manuel Peña le consiguiera un nuevo aparato, o al menos piezas para reparar el que tenía averiado. No podía ser difícil, era una tecnología básica para lo que ahora usaban.

El caso de Liliana Sáez no era diferente. Ella era escritora, no se fiaba de nada que fuera electrónico. Veía en ellos un espía en su vida. Buscaba denodadamente papel y un lapicero, como si fuera un tesoro reservado sólo para pocos habilidosos en la técnica de escribir a mano, en un mundo donde la electrónica ya había barrido con ello en buena parte. Ella se sentía una especie en extinción, a la que le gustaba escribir su prosa como se acostumbraba “antes”. Lo cierto es que el papel y los instrumentos para escribir en él nunca habían desaparecido de la vida de la Humanidad. En numerosas ocasiones, por catástrofes o conflictos, se había demostrado que la información más importante debía guardarse en soportes físicos, por mucha copia y originales que hubiera en modo electrónico. Aún más, las batallas de las grandes empresas por el control de las ventas de sus productos electrónicos habían provocado entre los siglos XXI y XXII la pérdida de más de la mitad de la producción escrita de las sociedades del momento, ya que los formatos incompatibles para guardar datos habían llegado a alcanzar la desaparición de libros y documentos incluso anteriores a aquellos siglos. En ocasiones parecía que se tenía más información de un siglo tan retrasado como el siglo XIX que del más cercano siglo XXII. Sin embargo, el papel y cualquiera de sus productos de escritura, ya fueran lapiceros, bolígrafos, estilográficas, máquinas de escribir o impresoras de papel, eran productos de lujo. Eran altamente caros. No era común que los tuviera gente ordinaria. Ella los buscaba y gastaba el dinero que fuera necesario, defendía la necesidad de regresar a esa costumbre. Además, el acto de la escritura a mano era un acto íntimo. Leer un texto manuscrito suponía leer el trazo del pulso de alguien. Era lo más cerca que se podía estar de una persona, fuese de la época que fuese ese alguien. Coincidía con “El Carbonilla” en el recelo contra las nuevas tecnologías, que imperaban. No obstante, el precio del papel y la producción de bolígrafos era mayoritariamente propiedad de algunas grandes empresas que en realidad se dedicaban a generar suministros mecánicos para las grandes compañías energéticas. No había una industria papelera específica. Ella y él habían quedado esa mañana para desayunar juntos y aprovechar para visitar “Especialidades Siglo XX”.

-Creo que para ti sí tengo algo –le dijo Juan Manuel Peña a Liliana Sáez-. Aún no se ha agotado la caja de cuadernos que me llegaron cuando éramos área metropolitana de Madrid D.F., si los quieres, los tengo en la tienda. Esta vez te duró algo más el otro cuaderno.

-Sí -dijo ella-. No tenía mucho que escribir. Pero hoy se me ocurrió una historia terrible. ¿Sabes lo de Grisóstomo?

-Sí, ¿cómo no saberlo? –contestó Juan Manuel Peña mientras todos asentían. Código sólo miraba la guitarra, pero les escuchaba como un añadido a la conversación.

-Pues creo que podría escribir una historia de misterio –dijo ella.

-Pues ya la leeremos cuando la acabes… en nuestras pantallas –bromeó Juan Manuel Peña.

-Yo tengo una historia mejor –dijo “El Carbonilla”.

-¿Cuál? –chismoseó Liliana.

-Pat Patri, la botánica –dijo enigmático al parar un segundo-, desde que regresó de Indonesia dicen que no se la ve. Entró en su invernadero, y… ¡zas!

Código se interesó por esto.

-¿Cómo que “zas”? –dijo

-Pues eso, zas –rió “El Carbonilla”.

-Desde luego es inquietante –dijo Liliana.

-Yo le cantaría aquello de:
            “En sus cabellos se enredaron las enredaderas,
              que florearon flores blancas, flores rojas,
              flores llenas de primavera,
              y ahora ella besa, que besa y besa…”

Todos menos Código rieron.

-O sea que está enamorada –dijo sonriendo, Juan Manuel Peña.

-Sus amores rebosan “zas” –bromeó “El Carbonilla”.

-Somos humanos –dijo sonriente Liliana mientras Código se despedía con la mano y ellos entraban en la tienda.

Código tuvo una intuición. Pat Patri pudo haberse envenenado de la misma planta que Grisóstomo. A fin de cuentas, ella era la que más la manipulaba y, como el pobre Grisóstomo, también parece que estaba como desaparecida, abandonada a sí misma, dentro de un espacio. Grisóstomo lo hizo en la bodega de carga y ella, como era lógico, en su invernadero. Se encaminó directamente para allá. Debía comprobar su sospecha. De ser cierta, quizá había que hacer algo con aquella planta. Un enamoramiento, en principio, no era algo peligroso, pero los enamoramientos de aquella planta habían conducido a la muerte a Grisóstomo, y a Pat Patri parece que la encaminaban hacia la dejadez.

A toda prisa abandonó la Calle Mayor y pasó de largo la Plaza de los Santos Niños. El invernadero estaba a unos quince o veinte minutos andando, justo en la reproducción de un vivero natural de la ciudad madre, por donde también pasaba parte del río artificial. Prefirió no regresar a por su vehículo oficial. A buen paso podría llegar pronto. A la entrada de la llamada calle de Andrés Saborit, en un cruce en cruz de calles, con un precioso parque infantil enfrente suya, encontró un tráfico de vehículos un tanto fluido, y entre el tráfico un taxi gravitatorio. Código lo llamó y subió a él. En menos minutos de los pensados estaba ante el invernadero. Código encontró allí a Pat Patri sentada en la puerta.

-¿Estás bien? –le preguntó.

Pat Patri asintió con la cabeza.

-Me han dicho que no te ven desde hace días. Que no sales de aquí.

-No salgo de aquí.

-¿Por qué no sales, Pat?

-Por si vuelve.

-¿Quién tiene que volver?

-Grisóstomo.

Código la miró pensativo. Cuando Grisóstomo se envenenó ella estaba al lado. Debió envenenarse de amor también, pensó. La mayor parte de aquella especie de polen la respiró él, pero algo debió contagiarla también a ella.

-Grisóstomo no va a volver –le dijo-, no puede volver.

-Lo sé. Se ha ido.

Código se agachó para ponerse a su altura.

-Pat, vuelve a casa. Descansa. Duerme. Date un baño. Creo que estás fatigada –de hecho la bióloga tenía un aspecto algo demacrado.

Pat Patri le miró.

-Pero y si…

-No va a volver, Pat. Sabes que se ha ido. Que se ha ido para siempre.

Pat Patri asintió. Se dejó incorporar por Código. El taxista seguía allí. Código la montó en el taxi gravitatorio y le dio la dirección de la bióloga. El vehículo se alejó de allí. Código le dio dinero extra para que se asegurara que ella entraba en su casa y cerraba la puerta tras de sí, si era necesario para que la acostara. La visitaría más tarde. De momento él tenía que entrar en el invernadero a por la planta que había provocado aquello. El lugar era cálido y húmedo. Había varios pasillos con cultivos y humificadores. La planta que buscaba estaba al fondo, en su campana de aislamiento. Sin duda el envenenamiento debió ser dentro de La Nereida. Código se acercó a observar aquel espécimen de cualidades tan peculiares. Allí estaba aquel ser vivo, con su clorofila dándole la vida, provocando enamoramientos en las otras especies vivas. Sus florecillas eran llamativas. Código no quería abrir la campana de aislamiento, pero tampoco quería dejar allí la planta. Lo mejor era esperar una mejora de la bióloga para tratar el asunto, pero entre tanto, por si algún otro científico o personal de allí entraba, había que hacer algo para que nadie tocara a aquel ser vivo, que no por inmóvil a costa de sus raíces en su maceta era menos inofensivo, como lo había demostrado. Sólo se habían dado dos casos, pero uno de ellos estaba muerto y la bióloga parecía fuera de juego. Lo último que deseaba era una floración de aquellas esporas por todos los jardines de Alcalá de Henares D.F. en vísperas de recibir multitud de turistas y una gran actividad en la ciudad por un encuentro deportivo y una exposición temporal.

Un ligero sonido llamó la atención de Código. Se agachó creyendo que había pisado algo. Un montón  de cristales saltaron encima de él. La campana aislante había saltado brutalmente y la planta había sido en parte destrozada. Una nube de polvillo amarillo se expandía sobre su cabeza. Código reaccionó automáticamente huyendo hacia un extremo del lugar agazapado y cubierto por una mesa en hilera con plantas. Llegó hasta un armario pequeño. Se cubría la boca con la mano. Trataba de no aspirar aquel veneno. Por debajo de las mesas distinguió las botas del motero Paul Helldog avanzando hacia el lugar de la planta destrozada. Sin duda había disparado contra él por la espalda. Sólo la fortuna le había salvaguardado de la muerte. Y ahora la casualidad ponía ante sus ojos un trapo en una de las mesas, lo cogió sin levantarse y se lo anudó tapando su nariz y boca.

Paul Helldog estaba fastidiado, era la segunda vez consecutiva que fallaba su objetivo a la primera. Ahora tenía que buscar a Código y matarle en un cara a cara. Esperaba que Código no llevara su arma reglamentaria. De hecho no la llevaba. Don Juan Manuel había sentenciado a Código por la muerte de Grisóstomo. Era el único agente de Anna Guillou que podía haber cometido el asesinato. Con su muerte le quería mandar un mensaje a la alcaldesa, antes de su propia muerte. Paul Helldog llegó hasta la planta. La nube amarilla que había desprendido la planta y ahora se expandía por el invernadero le cubría la cabeza. Miró a sus lados buscando a Código. Al fin lo encontró agazapado a un extremo, como un animalito indefenso. Paul Helldog dio unos pasos para terminar aquel asunto mientras cargaba de nuevo su rifle. Código reaccionó rápido. Se escabulló agazapado hacia la entrada y cerró de golpe la puerta. Debía impedir que aquel polvo saliera del invernadero, algo le decía intuitivamente que eso era algo primordial. Rápidamente fue a ocultarse a otro extremo, a la espera de tener una oportunidad para tomar por sorpresa a Paul Helldog, que ahora avanzaba con cautela pero con altivez hacia la entrada, para ver si podía ver por donde se había escabullido. Sabía que no había salido. Paul llegó a la puerta y volvió a mirar lentamente a sus lados. Encontró de nuevo a Código en un rincón, tras una mesa. Se dirigió hacia allí. De repente un mareo comenzó a hacerle titubear en sus pasos. Una sudoración nerviosa empezó a brotar rápidamente de su sien. El corazón de Paul se aceleró. Y justo en ese momento, una bandeja de metal le golpeó con total contundencia en la boca del estómago. Paul se retorció sin poder contestar al golpe. Al mirar hacia arriba encontró a una bella joven de pelo corto y embozada incorporarse de su escondite debajo de otra de las mesas. Paul la miró confuso y recibió otro golpe contundente en la cabeza con una de las macetas del lugar. Paul Helldog se desplomó.

Código se levantó para mirar a la chica que le había ayudado y que hasta ese momento estaba escondida.

-Tú… -dijo Código reconociendo a Marcela, la ahora Esher Claudio.

Esther Claudio tenía polvos amarillos sobre su ropa. Sin duda una buena parte de los depósitos de la nube estaban ahora sobre ella, que continuaba mucho mejor embozada que él, ya que no sólo tenía un trapo, sino que sobre él había una mascarilla.

-Yo –dijo la joven de voz dulce, a pesar de estar resoplando en esos momentos por la acción.

-¿Qué haces aquí? –dijo Código entre sorprendido y agradecido.

Esther Claudio se volvió y se fue corriendo cerrando tras de sí la puerta del invernadero. Código debiera haberla seguido, pero tenía allí a Paul Helldog en el suelo y una emergencia con la planta. Código se inclinó sobre Paul y lo recogió para sacarlo de aquel lugar. Al salir cerró bien la puerta. El lugar iba a permanecer en cuarentena, como mínimo. Afortunadamente nada del polvo parecía haber salido al exterior. Salvo el polvo que Esther Claudio llevaba en su ropa y el que ellos mismos tenían. Código colocó sus dedos en la garganta de Paul Helldog, que permanecía demasiado quieto. Estaba muerto. Lo volvió a meter en la entrada del invernadero. Cuando llegó allí una unidad especial de socorro dictaminaron una muerte por infarto. No había sido por los golpes. Quizá había respirado demasiado de aquel polvo amarillo. Se lo llevaron en una caja sellada. Código dio orden de quemar el cadáver con sus ropas lo antes posible. Él mismo había metido las suyas en la caja con el cadáver, se había puesto otras de la propia unidad de socorro. El sellado del invernadero fue inmediato. Pero en todo esto se había perdido tiempo, mucho tiempo, para encontrar a Esther Claudio, que era tan… bella.