lunes, noviembre 07, 2011

NOTICIA 1010ª DESDE EL BAR: EL CÓMIC INTERNACIONAL REUNIDO EN ALCALÁ, ENTREVISTA A ESTHER CLAUDIO

Esta semana, ya, a partir de este miércoles, comenzará al fin el anunciado Primer Congreso de Conferencias Internacional de Cómics y Novelas Gráficas 2011. Sitios de innovación visual y textual. Alcalá de Henares, Madrid. Del 9 al 12 de Noviembre de 2011" ("First International Conference on Comics and Graphics Novels 2011. Sites of Visual and Textual Innovation. Alcalá de Henares, Madrid. November 09th-12th 2011"). Es todo un evento cultural de primera magnitud para la ciudad, pero la miopía del ayuntamiento (o ceguera) y la de la Universidad en sus servicios de anuncio han hecho que buena parte de la ciudadanía no se haya enterado... Será porque no se va a hablar de Cervantes. La cosa es que este evento internacional va a reunir a 134 conferenciantes y, de ir bien, su organizadora dice que para una segunda edición desea traer nada más y nada menos que a Neil Gaiman. Su programa definitivo y completo, con el edificio y salas donde se celerará todo, lo podéis consultar por esta puerta violeta. Yo mismo daré una conferencia sobre Corto Maltés el sábado 12 por la mañana, y moderaré-presentaré a tres conferenciantes el miércoles por la tarde y otros tres el viernes por la mañana. Todo el evento, creado gracias al Instituto Benjamin Franklin de la Universidad de Alcalá de Henares, todas las conferencias, serán retransmitidas por Radio Nacional de España en su programa "Un Idioma sin Fronteras", presentado por Susana Santaolalla, y que incluirá entrevistas a todos los conferenciantes. Será la única forma para interesados que no se hayan suscrito para asistir (aún están a tiempo como público) de poder seguir todo el evento estos cuatro días, ya que la entrada es restringida a los que sí lo hicieron. Pero que sea retransmitido en directo por Radio Nacional ya hace a este congreso internacional y evento totalmente público.

Como anuncié ya desde febrero en esta bitácora, la que tuvo la idea, lo ideó y lo está creando y organizando es una antigua y querida amiga personal, Esther Claudio, que recientemente ha trasladado su vivienda de Madrid a Alcalá de Henares a raíz de este congreso entre otros motivos. Ella ya ha dado una entrevista para Radio Círculo (emisora de radio cultural del Círculo de Bellas Artes de Madrid) para su programa "La Guía del Cómic", y que se puede escuchar por esta otra puerta violeta, a partir del minuto veinte más o menos. Allí no sólo podréis descubrir la vitalidad, entusiasmo y preciosa voz de Esther Claudio, sino que además podréis oir por ella cómo surgió todo, cómo se ha ido formando, quiénes de las personalidades importantes del mundo del cómic van a venir al Congreso, y cómo es la primera vez que se crea un congreso de conferencias sobre el cómic que une tanto lo académico, desde diversos ámbitos (Filología, Bellas Artes, Historia, Sociología, Política, etcétera), como lo estrictamente salido del propio mundo del Noveno Arte, y del mundo editorial. Una entrevista amena y diría que imprescindible para los más forofos del mundo del cómic que estén interesados en lo que esta semana va a producirse en la ciudad con ámbito internacional. Yo por mi parte, he realizado por escrito otra entrevista a Esther Claudio que hoy os comparto a continuación, y que podría complementar a aquella que os he enlazado de Radio Círculo. Es largo, pero apasionante. Saludos y que la cerveza os acompañe.


Tras varios contactos personales por teléfono, correo electrónico y en persona, Esther pudo al fin hacerme un hueco a su agitada agenda de estas últimas semanas para contestarme las siguientes preguntas por escrito. Su carácter divertido y comprometido con sus proyectos y el cómic se dejan ver aquí.


Canichu: ¿Cómo y cuándo te acercaste al mundo del Cómic, tanto como lectora como posteriormente de un mundo más literario o social, porque esa es otra: el cómic lo ves cómo algo literario o como expresión de las sociedades dónde se producen?

Esther Claudio: Madre mía, espera espera, son dos preguntas...y qué preguntas!

Vale, la primera: al mundo del cómic me acerqué como casi todos los frikis (XDDD): desde pequeña me encantaban las series anime que veía en la tele (Oliver y Benji, Bola de Dragón...). Supongo que hay niños y niñas que estas cosas les apasiona más que a otros, así que en seguida empecé a investigar un poco más acerca de las series. Pronto descubrí que se podían leer, que había una cosa llamada manga, y que había mundo más allá de los animes que veía en la tele.

Con quince años me pasaron un cómic llamado Sandman, así que comencé a leer más cómic europeo. Después tuve una época (como a los 18 años) de rechazo total hacia el cómic, porque no encontraba ninguno que me apasionara. Estaba cansada del manga y no conocía mucho más, aparte de algún cómic europeo o americano. Entonces un amigo me pasó Maus y me emocioné. Quise leer más cómics como éste y descubrí a D. Clowes, C.Ware, Hideshi Hino...Desde entonces, mi pasión por el cómic no ha hecho más que crecer. Aunque supongo que, desde que hice la carrera de Filología Inglesa y la de Humanidades, es una pasión más intelectual, un acercamiento un poco más crítico. Lo que no quita que me encante también leer series por pura diversión, como Usagi Yojimbo...

La segunda: creo que el cómic no es algo literario, sino artístico, pues el lenguaje del medio es un híbrido entre arte visual y literario. Dicho esto, entre su vertiente artística y su vertiente social, no creo que una predomine sobre la otra, sino que es el acercamiento del lector el que determina el cómic como producto. Es decir, si me acerco al cómic como un arte con una serie de características visuales y narrativas, mi análisis resaltaría estas cualidades. Si lo analizara desde una perspectiva histórica o social, se apreciarían las características del cómic como producto social. Pero... ¿qué no es un producto cultural, un producto de su tiempo, y a la vez tiene sus propias características artísticas, su propio lenguaje?

De todos modos, centrándonos en lo histórico-social, creo que el cómic es producto del siglo XX. Por supuesto, hunde sus raíces en el XIX con Töpfer, e incluso se puede ir más allá, con los textos ilustrados del Renacimiento o, remontándonos aún más, los jeroglíficos egipcios. Pero el cómic en sí, tal como lo conocemos hoy, se puede considerar producto del siglo XX y ello conduce a una pregunta fascinante ¿Por qué en el XX y no en otro siglo? Pero esto, que lo responda cada uno...


Canichu: ¿Qué diferencias encuentras entre el cómic asiático, el americano y el europeo? ¿Y cuál prefieres?

Esther Claudio: Buffff....hay tanto que escribir sobre esto! Seré breve: El manga, para mí, se caracteriza por su libertad artística. Mientras los cómics americanos todavía siguen limitados por el formato físico del libro (si la página mide tanto, si es apaisada o no, si son tantas páginas o tantas otras...) el manga, desde el principio, ha podido hacer ilustraciones maravillosas a doble página, a sangre, etc. Pensemos en el cómic para chicas, con esas imágenes preciosistas, que rompen la viñeta. O el dramatismo del lenguaje del manga, que es capaz de alargar hasta el infinito un campo de fútbol o el minuto en que se golpea un balón en "Oliver y Benji". Esto ha permitido una evolución más rápida y en muchas formas que el europeo y el americano no han podido aprovechar tanto.

Otra cosa increíble del manga en la cantidad de géneros que abarca desde pronto. El Shojo, el shonen, los de deportes...Todo gracias a una enorme industria de consumo, gracias a la enorme cantidad de lectores que se adentraban en sus páginas. En América y Europa, esto no ha ocurrido de la misma forma, y se nota.

El cómic americano ha sabido explotar muy bien la vertiente fantástica del género de superhéroes y creo que prácticamente todo el cómic americano se ha visto influido por ello, tanto si es para seguir en esa línea como si reacciona en contra. De todos modos, el cómic americano, en comparación con el japonés, por ejemplo, creo que se caracteriza por esta tensión entre lo comercial y lo intelectual. Por una parte tienes las grandes series (humor gráfico, las tiras de los periódicos, el género de superhéroes...) de consumo general y luego la contracultura, la reacción del cómic underground, del punk, del RAW magazine, del MAD, de Crumb, etc. y creo que esta tensión determina el carácter del cómic americano enormemente.

En el cómic europeo...creo que siempre ha sido algo bastante peculiar. Por supuesto siempre existe esta tensión entre la producción masiva y la minoritaria, pero el europeo creo que bebe de grandes autores como Hergé, Moebius, Manara...Creo que es más individualista, más experimental. Que es el cómic de autor. Cada uno tiene su estilo y no creo que haya una línea clara... aunque tal vez sea la miopía cultural, como europea!

¿Cuál prefiero de los 3? Sé que me vas a matar por esta contestación pero... ¡No puedo elegir! Me gustan todos!


Canichu: ¿Dónde debe tener un cómic más carga, en su guión, en su dibujo, en ambos, o en crear una poesía visual?

Esther Claudio: Para mí, poesía visual, sin duda. Creo que la fuerza del cómic reside en su simbolismo. El colocar aquí o allá tal o cuál viñeta y que tenga determinada forma para lograr, en conjunto, una metáfora visual que narre o describa, y que las palabras sean las precisas para transmitir eso que la imagen muestra, es lo vital.

Leer un cómic es una experiencia en sí. El acto de leer es un acto distinto a ver cine, por ejemplo, porque eres tú el que se va moviendo por la página. Es decir, las imágenes y las palabras no se mueven ante tus ojos, sino que tú te mueves sobre ellas, las sigues. En la maestría del autor está guiar al lector para que siga el tempo de la narración, el ritmo, etc.

También la distribución de la página es esencial y en esto, por ejemplo, sólo hay que ver las maravillas que hace Chris Ware. No es sólo leer la tira y seguir la historia sino alejarse y contemplar la totalidad de la página, que tiene su propio simbolismo, su poesía. Esto es algo que no es tan patente en el cine o en la literatura y creo, con Fresnault-Deruelle, que es algo muy característico del medio y que expresa su vertiente poética.


Canichu: “It’s a Bird”, de Steven T. Seagle, es tu cómic favorito, creo recordar, ¿por qué?

Esther Claudio: Sí, lo es. Puede que no sea una obra maestra que perdurará a lo largo de los siglos como Akira o Jimmy Corrigan pero, para mí, es una obra impecable y que me toca mucho en lo personal. Este cómic trata sobre el Corea de Huntington, una enfermedad sin cura, en la que la persona afectada va perdiendo, poco a poco, el control sobre sus movimientos. Mi abuelo murió de eso y es hereditaria, así que puede que yo también la sufra algún día. No es nada que me obsesione, la verdad. Pero creo que tratar este tema en un cómic es ya de por sí original y atrevido. Al margen, la forma en que "It's a bird" entreteje la temática de superhéroes, la vida personal del autor y el Huntington, a lo largo de la narración es, simplemente, magnífica. Para mí, una obra maestra.


Canichu: Diriges la I Convención Internacional de Conferencias sobre Novela Gráfica y Cómic. Podrías explicar brevemente la diferencia entre cómic y novela gráfica, y porqué algunos eruditos rechazan el término tebeo, popularizado en España en muchas generaciones, por favor.

Esther Claudio: Pues la verdad es que no soy quién para responder esta pregunta. Para mí, sintiéndolo mucho, la terminología no tiene importancia. Todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de cómic, novela gráfica, tebeo, tira, historieta, etc. Asociado a cada uno de esos términos hay una serie de prejuicios y connotaciones que sólo sirven para dividir. La lástima es que esos prejuicios funcionan. Sin ir más lejos, el otro día hablaba con una profesora de universidad involucrada en este proyecto, que me dijo "pero yo no leo cómics. De hecho, a mí no me gustan los cómics. Yo leo novela gráfica. Y sólo he leído una: Maus." ¿Qué puedo decir? El lector debe estar ahora mismo partiéndose de risa o lleno de ira o las dos cosas. Es esta actitud la que veta términos como "tebeo" o "historieta", y me apena. Yo llamé a este congreso "de cómic y novela gráfica" porque, en principio, iba dirigido a público internacional y las ponencias iban a ser sólo en inglés, y fuera de nuestras fronteras, el término "tebeo" no existe, no tiene traducción.

Los que vienen y saben de qué hablan, no tienen problemas con la dicotomía cómic/novela gráfica. Me hubiera dado igual llamarlo "cómic, BD and manga" o algo así. Pero es cierto que "novela gráfica" carece del estigma que los otros términos soportan en el mundo académico y, en este sentido, sabía que ponerle este título al congreso, simplemente, facilita las cosas. Lo importante es que la gente, (sean académicos que no saben de lo que hablan, o sean sólo aficionados), se acerque a este medio. Y si este congreso ayuda a que, al menos, una sola persona aprenda a valorar la riqueza y la belleza de este lenguaje narrativo, a verlo con otros ojos, me doy por satisfecha.


Canichu: En Europa se popularizaron las revistas temáticas, hemos visto como este año “Kiss” anunciaba su cierre en papel, por ejemplo, sin embargo en América se popularizaron los cómic-book que se han ido imponiendo en formatos al resto del planeta desde los 1980’ paulatinamente, ¿cuál crees que es el futuro del Noveno Arte en cuanto a esto, ahora que el cine y los programas de lectura electrónica han empezado a fijarse en este sector?

Esther Claudio: Es difícil de predecir... yo creo que va a pasar como los soportes musicales. Las series largas de cómics, como el género de superhéroes americano, quedará como el cassette, descatalogado pero muy útil, al mismo tiempo. Los cómics más antiguos son un poco como los vinilos, que atraen a un número reducido de lectores pero los guardan como oro en paño. Y el resto o los que vayan saliendo en el futuro, serán consumidos en formato digital. Además, a los precios que están los cómics, a no ser que seas un apasionado o los necesites para algo, tienes que descargártelos de Internet o te arruinas, mal que me pese decir esto. Yo misma me he leído unos cuantos gracias al pirateo y supongo que la tendencia está en alza...

De todos modos, la cuestión clave aquí es el cómic como arte minoritario en sí. Muy poca gente lee cómics. Es así. Es incluso más poca gente que la que lee libros, y ya es decir. Y la gran mayoría de gente que compra libros lo hace, o por leer alguna historia fácil y entretenida o por calzar alguna mesa que se tambalea. Sin embargo, regalar libros, o que la gente te vea leyéndolos, siempre tiene un cariz académico positivo. Si además, el cómic no tiene el prestigio de la literatura, ¿Puede sobrevivir?...


Canichu: ¿Es viable o concebible un Noveno Arte sin papel?

Esther Claudio: Por supuesto! Más que viable: es necesario! A mí no me gusta leer en el ordenador (me duele el cuello, como a todo el mundo...). Además, tenerlo en las manos, pasar las páginas, es un "plus". Pero lo hago porque es muy útil. Aunque, de nuevo, la cuestión está en la cantidad de público que se acerca a las obras: ese es el barómetro que medirá el futuro del cómic.



Canichu: ¿Qué ofrece el cómic español al mundo del cómic?

Esther Claudio: Mucho! Hombre, es indudable que el cómic español se ve influido por las corrientes y las tendencias actuales. Así, hay un giro hacia la autobiografía en los autores nacionales igual que lo hay en autores del mundo entero. También se ha abandonado un poco el género de lo sobrenatural y del humor (fantasía, superhéroes, misterio...) por la cotidianeidad (la biografía, el ensayo, etc). Sin embargo, el cómic nacional sigue conservando su carácter y una de las características, para mí, más importantes, es el humor en todas sus variantes: escatológico, sarcástico, intelectual, irónico...Aquí siempre ha habido buen material, desde la posguerra con autores como Tono hasta ahora como Altarriba. Lo que pasa es que no tiene la repercusión internacional que tienen obras de otros países. En parte, puede que sea debido a que hay poca producción, pero en parte también es culpa de nosotros, los lectores, que no hemos sabido valorarlo y exportarlo como merece.


Canichu: ¿Qué va a aportar esta convención de conferencias, teniendo en cuenta que la mayor tradición de Noveno Arte en España está más en Cataluña, sobre todo en Barcelona, siempre más abierta a las Artes del resto de Europa, que en el resto del país?

Esther Claudio: Ya te digo...Madrid es, para mí, la capital de la tradición, de lo rancio si quieres...como Barcelona no hay nada en cuanto romper moldes, apostar por lo nuevo y hacerlo bien, etc.

Este congreso no sé lo que aportará (XDDDDDDDD) de verdad!!!

Lo que yo pretendía era crear algo como lo que veía en congresos de Europa y EEUU. Es decir, una reunión de personas que se toman en serio el estudio del noveno arte, que vienen de tooodo el mundo, pero que pueden hacer un estudio del cómic de calidad, como se ha venido haciendo del resto del arte, de la literatura, de la música, etc. No digo que no haya crítica de calidad en España, ¡Que conste! Pero falta ese matiz internacional, esa colaboración entre personas de todo el mundo que enriquece muchísimo tanto a nivel académico como en lo personal.

Puede que el congreso sea todo un desastre o puede que cree lazos entre gente que comparte una pasión y que permita extenderlo y explorar en mayor profundidad el mundo del cómic. Para mí, era un proyecto personal que, por fin, se ha hecho realidad, y con eso ya estoy contenta. Tal vez no aporte nada. Tal vez, con este congreso, se vaya un poco en la tendencia a la innovación de Barcelona... no lo sé. Espero que así sea, porque significaría una innovación de calidad, abierta y apasionante.


Canichu: ¿Te mojarías en decirnos que conferencias irías con especial entusiasmo si sólo fueras asistente y no organizadora?

Esther Claudio: Pues claro!! Iría a la de Jordana Greenblatt, que va a presentar un estudio del cómic porno desde el análisis freudiano fascinante.

No me perdería ninguna de las plenarias (Altarriba, Hatfield...) y mucho menos la mesa redonda de Barrero, Martín, y Varea!

Escucharía a Pepo Pérez, que es un honor contar con él.

A la de Charlotte Pylyser, que maneja un aparato crítico para caerse de espaldas.

A la de Paolo Simonetti sobre A. Polyp.

A la única ponencia sobre Corto Maltés, que seguro que es interesantísima...

En fin, a muuuuchas...


Canichu: Dinos lo que desees sobre el cómic, los autores o la convención. Para despedirte.

Esther Claudio: Lo que decía un poco más arriba: que si este congreso ayuda a abrir mentes, a que gente que desconoce la riqueza de este medio empiece a apreciarlo como se merece, para mí, ya está todo hecho.

Al margen, a título personal, disculparme si no voy a poder llegar a todo. Me espera un duro trabajo y sé que no voy a poder estar con la gente que me gustaría y asistir a todas las ponencias que quisiera, muy a mi pesar. Con el trabajo que lleva todo esto, casi no se tiene un respiro...





Canichu: Muchas gracias, y buena suerte en todo esto que nos traes a Alcalá de Henares. Que la cerveza te acompañe.

Esther Claudio: La cerveza siempre es bienvenida, pero nada como compartirla con la gente adecuada ;) Gracias a ti.

P.D.: como siempre, todas las imágenes son ampliables si se pulsa sobre ellas.

sábado, noviembre 05, 2011

NOTICIA 1009ª DESDE EL BAR: TINTÍN, MILÚ, PEDRO TORO Y YO MISMO

Ayer por la mañana Pedro Toro decía en la radio, en Hoy por Hoy Henares, de la Cadena Ser, que el belga Tintín era de los héroes del cómic juvenil (y adulto) el que menos le atraía. Él era más del francés Astérix, de Goscinny y Uderzo nacido en 1961, o de Mortadelo y Filemón, nacidos estos en España en 1958 de la mano de Francisco Ibáñez, aunque en realidad, su aspecto casi de ese personaje llamado Hellboy le delata (Mike Mignola, 1994), él se decanta más por el cómic europeo que contiene personajes menos populares. Que te lo diga Pedro Toro y te lo razone te hace pensar, porque, no obstante, este hombre con el que he coincidido pocas pero reiteradas veces desde mediados de los 1990' es una persona muy imbuida en el mundo de la cultura desde el cine, el cómic y la música. Fue él una de las personas que en Alcalá de Henares organizaba muestras de cine de terror, por ejemplo, eliminada por el ayuntamiento mucho antes de que comenzara la crisis económica de 2008 con una excusa de falta de dinero que intuyo falsa por parte del ayuntamiento, que en esas fechas estaba eliminando los organismos culturales de la ciudad que no le interesaban, recuérdese la Fundación Colegio del Rey, posiblemente por motivaciones políticas. No voy a entrar ahí.

La cosa es que Pedro Toro decía que le simpatizaba más el capitán Haddock, compañero alcohólico del joven y famoso periodista Tintín, creado por el belga Hergé desde 1929. De pequeño, contaba, no le atraían esos cómics de aventuras, donde el personaje principal le parecía una persona de vida aburrida, sin vicios, sin pareja, a solas con su perro, siempre rebuscando aventuras e historias raras para reportajes que nunca se le veía escribir, pero por los que todo el mundo le conocía. Cómo alguien bromeó en un tweet, ¿cómo haría Tintín para justificar un gasto millonario en un viaje a La Luna para un reportaje?

Yo a diferencia de Pedro Toro no he tenido el placer de leer a Tintín a temprana edad, no he podido elegir entre él o Astérix, tampoco pude leer entonces a Astérix, leía a Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, 13 Rué del Percebe, Capitán Trueno, Azañas Bélicas, Mafalda y los héroes de la Marvel y de DC Cómics, cuyas publicaciones en simples revistas de papel por entonces eran mucho más asequibles. Mi padre trabajaba de tornero desde 1967 en un taller de Madrid. Yo nací en 1979, y coincidía que a mediados de los 1980' los dueños de aquel taller se pelearon entre ellos, dando por resultado una serie de problemas económicos que se combinaron con la crisis de la metalurgia española de esas fechas. En consecuencia la familia se ajustó el cinturón, pues hubo un año incluso que no se cobraba sueldo. Así fue hasta que la empresa terminó cerrando en 1993 y mi padre estuvo entre el desempleo y trabajos mal pagados mientras esperaba la resolución del juicio que los trabajadores pusieron a aquellos empresarios que se habían declarado insolventes usando la ley de modo que siendo personas de mucho dinero legalmente nada estaba en sus cuentas ni a su nombre. Sea como sea, sólo hacia 1995 mi padre pudo cobrar una indemnización que hizo que fuera copropietario con otros dos socios de su propio taller de tornos hasta su muerte en 2003. De aquella etapa de mediados de los 1980' a ese 1995 la familia se ajustó mucho el cinturón y aprendimos a vivir sin despilfarrar y usando lo posible todo lo que teníamos... de ahí que a veces se me vean ropas de los primeros años 1990', supimos lograr que la ropa se conserve... Son esas cosas de la educación que a uno se le queda... ¿Qué le vamos a hacer? Todo esto viene a cuenta de que los cómic de Astérix o Tintín eran caros, solían publicarse a la americana, en cómic books, normalmente integrales, y su precio era tan alto que eran prohibitivos.

Sin embargo Tintín me atraía. Intuía que en él había algo. Aventuras serias, humanas. Tanto a Astérix como a Tintín sólo los podía leer cuando los periódicos publicaban suplementos infantiles que a veces incluían unas pocas viñetas semanales de las que nunca llegabas a enterarte de nada, pues les faltaba el principio y el final, pero te ilusionaban y hasta las coleccionabas como tesoros. A menudo esperabas a Navidad, que era cuando uno de los dos únicos canales de televisión, televisión española 1 y radiotelevisión española 2, emitían una película de dibujos animados de alguno de estos héroes del Noveno Arte. Pero ahora el director Steven Spielberg (que tantas alegrías me ha dado en mi infancia, juventud y edad adulta también, y alguna decepción) ha estrenado una película de Tintín y decidí ir a verla el pasado jueves, a solas... Hubiera ido con amigos, pero ellos ya habían ido sin yo haberme enterado a tiempo para apuntarme. Sea como sea ahí estaba yo, y quizá a solas saboreé en movimiento dibujos y sensaciones que estaban en mí cándidamente ilusionados en mi más profundo niño interior. Como si ese niño interior hubiera estado esperando dentro de mí todos estos años para ver a Tintín.


Los cómic de Astérix pude leerlos enteros, algunos, en mi adolescencia, gracias a un profesor de latín, Miguel Ángel Areses, que nos daba a leer en latín precisamente para que aprendiéramos la lengua. Eran un placer. Sólo hace pocos años que pude adquirir algunos ejemplares de segunda mano. Pero de Tintín, lo reconozco, no pude leer nada completo hasta 2007, año en el que trabajaba por las noches de camarero en La Vaca Flaca. Por entonces se abría dos horas antes de lo que se abre ahora, y no había literalmente nadie. Uno limpiaba, ponía música y se aburría. Entro los objetos del bar había un ejemplar de Tintín en el Congo publicado en España antes de su actual segunda censura, pero no de la primera (en esa ocasión: autocensura) que sufrió en 1946. Es un cómic de 1930 que en la Biblioteca Nacional Norteamericana está catalogado como libro ofensivo, junto al Mein Kampf de Hitler, y no es broma. Vale que Hergé, el autor, simpatizara con los NAZIS alemanes durante la ocupación de Bélgica en la II Guerra Mundial, pero el tiempo y su forma de ser posterior le exoneró. Cierto es que hay quien ha querido ver en Tintín algún rasgo de esta ideología, que yo creo que no se sostiene, aunque sí que es cierto que ataca al socialismo soviético en algunas historias, pero sobre todo en la Guerra Fría eso no es lo mismo que ser de extrema derecha. Pero la acusación de racismo a este álbum, aunque considerable, es refutable (no mucho) en cuanto a que en el año en el que se publicó la mentalidad occidental de raza blanca respecto al mundo negro y el África era en sus productos culturales del mismo talante, más que nada porque realmente existían en esas fechas las colonias, existían los porteadores negros, el analfabetismo en África y otra serie de rasgos que salen en otras obras, como Tarzán, o los negros pintados del cine de esas fechas. Otra cosa es que el Congo Belga fuera junto a la República Sudafricana de los boers uno de los lugares de África donde los colonizadores más racistamente se comportaron. Pero no me pierdo más en esto, la cosa es que aquel fue mi primer y único tomo de Tintín que he podido leer hasta la fecha entero, resguardado por la falta de clientela en un bar durante dos horas.

Viene bien esta película, además, tampoco en mi vida había visto nada en el cine en tres dimensiones (3-D). Mi padre nos hablaba de ello, de su juventud en esas películas, pero en 3-D yo sólo había visto ilustraciones en revistas juveniles. La primera vez que se trató de recuperar esa clase de cine después de aquellas películas cuya mejor época debieron ser los años 1960', fue en 1991, en la sexta entrega de Pesadilla en Elm Street, película que me dio suficiente miedo en sus reportajes como para no verla. Y desde ahí a las más recientes y evolucionadas películas en 3-D no había entrado a ninguna hasta este jueves. Y fue una gran sensación que aumentó mis ilusiones y fantasías juveniles... 3-D, Tintín y Spielberg... mi juventud revivida en dos de tres cosas que no pude disfrutar en su momento.

Tintín llega además a Alcalá de Henares justo cuando esta semana que entra va a empezar el Primer Congreso de Conferencias Internacional de Cómics y Novelas Gráficas 2011. Sitios de innovación visual y textual. Alcalá de Henares, Madrid. Del 9 al 12 de Noviembre de 2011" ("First International Conference on Comics and Graphics Novels 2011. Sites of Visual and Textual Innovation. Alcalá de Henares, Madrid. November 09th-12th 2011"). Del que vengo informando desde febrero pasado por esta bitácora y del que, tras publicar varios monográficos de personajes de cómic en Historia, lo recordé la Noticia 984ª con sus respectivos enlaces, entre ellos la programación. El sábado por la mañana, como os dije en aquella Noticia 984ª, yo daré un comunicado en una conferencia propia de 20 minutos sobre Corto Maltés, Hugo Pratt y la Historia, pero también previamente el miércoles a las 16:00 h. estaré presentando la sesión del panel 24, a conferenciantes que hablarán a través de "V de Vendetta", y otros cómics, de la distopía, post-colonialismo y lo nacional-popular. Y el viernes por la mañana presentaré la sesión del panel 14, con conferenciantes que hablarán en esa ocasión de diferentes aspectos de la política reflejada en los cómic, ya sea a través de lo que se creó durante la Guerra Fría, a través de la caricatura, o a través de lo que dejan traslucir los autores de sus ideas en sus obras. Muy interesante.

Tintín en 3-D... ¿Tiene sentido que el Noveno Arte, basado en el dibujo en dos dimensiones y la literatura, salte al cine en forma de dibujos animados que pretenden tener tres dimensiones? Es realmente paradójico. Cómo paradójico es que la caricatura de los personajes creada por Hergé siga conservándose en la película pero tratando de aproximarse a un rostro humano real. Los trazos sencillos y claros de Hergé, los colores pastel y planos de su obra, los enfoques a veces esquemáticos que muestran hábilmente en las viñetas lo justo para crear una atmósfera detectivesca, pasan en la película a un mundo lleno de movimiento y acción, a veces de un barroquismo y espectáculo que no hay en esas viñetas, más propias de la reflexión del periodista detective que de su acción física, aunque la haya también en papel. Pero también es una película llena de guiños, y no sólo al propio Hergé y al propio mundo de Tintín, también a películas anteriores de Spielberg, como "Indiana Jones" y "Tiburón", a determinadas escenas del espía "007", y me atrevería a decir que incluso en la manera de manejar los planos, a las mas recientes y exitosas películas de "Piratas del Caribe". Y sin embargo funciona. Apasiona. Uno desearía vivir aventuras con Tintín, que sigue siendo un obsesionado de cada mínimo detalle al que su propio perro, Milú, tiene que rescatar. Quizá Pedro Toro tenga razón y Haddock es el personaje necesario, la fuerza complementaria a la inteligencia obsesiva de Tintín. Pero faltan muchos personajes, como Tornasol, por ejemplo, que quizá en próximas entregas enriquezcan este mundillo en cine. De momento este Tintín es muy recomendable de visitar en la gran pantalla. Más estos días que van a ser tan de Cómic.

Saludos y que la cerveza os acompañe.

viernes, noviembre 04, 2011

NOTICIA 1008ª DESDE EL BAR: EL RELATO DE LAS MIL ENTRADAS (Daniel L.-Serrano "Canichu", final alternativo 5 de 5)

El quinto y último final alternativo de "El Bote Metálico" lo he escrito yo entero. No pude resisitirme a darle final a lo que di comienzo... Se me ocurrieron dos finales, uno de ciencia ficción, que no desarrollé más que en lineas generales en mi cabeza, y este otro, del que por ser yo, Daniel L.-Serrano "Canichu, el espía del bar", quien lo escribe, no me corresponde a mí hablar o analizar, aunque pudiera comentar mi perspectiva. Asíque os voy a dejar directamente con él anotando tan sólo que quise hablar aquí de lo volátil.


EL BOTE METÁLICO

El calor de una mañana de agosto hacía que se le pegase la sábana que cubría el colchón de su cama. Se le pegaba irremediablemente a la piel humedecida por el sudor que no terminaba de definirse del todo y que simplemente hacía acto de presencia allí, en su cuerpo, como si quisiera hacer de él un adhesivo de telas incómodas simplemente. Terminó incorporándose sin saber muy bien qué quería hacer. Simplemente estaba allí. La habitación le arropaba con una penumbra que le gritaba que el sol ya estaba entrando por el hueco de la persiana que dejó abierto para que entrara aire por la noche. El día anterior había estado trabajando con el taxi como cada día. Hoy debía levantarse para volverlo a hacer.

El servicio estaba roto. No se planteaba desayunar. Tampoco había cenado. Apenas tenía en el cuerpo alguna cosa que picoteó el día anterior para comer. Se lo recordaba un estómago que había comenzado a hacer algún sonido en protesta cuando se había levantado para ir al servicio roto a orinar. Se vistió con la ropa que menos trabajo le producía ponérsela y no se fue a la calle en busca de su coche sin asear, apenas peinado. Pensaba que ya se había bañado antes de acostarse y eso era suficiente.

Sentarse en el salón le producía intranquilidad. Se fue a la nevera en busca de algo de leche. La cocina estaba tan sucia como el resto de días de las dos últimas semanas. A veces le sorprendía porqué nunca encontraba una cucaracha. Abrió la nevera y la luz automática le iluminó ante sus ojos un bote metálico con la etiqueta quitada que no recordaba haber dejado él allí. Lo cogió para mirarlo, para intuir qué tendría en su interior. Cuando lo volvió a dejar en la fría y gélida balda de la que lo cogió, estaba realmente inquieto. No recordaba haber comprado ese bote. No recordaba haberle quitado la etiqueta. Sobre todo, no recordaba haberlo metido en la nevera. Se olvidó de la leche. Se fue contrariado al salón y volvió a sentarse en su sofá, que tenía uno de sus brazos modestamente dañado en su forro, mostrando por entre una brecha su espumillón, como si de una herida delatora de la dejadez se tratara. Aquel bote metálico era imposible que estuviera en la nevera. Volvió a levantarse a abrir la nevera. Seguía allí, sin etiqueta. Cerró la nevera. Dio una vuelta en círculo a la cocina tratando de comprender, de darle una lógica. Volvió al salón y se asomó por la ventana. Un hombre estaba comprando un periódico en el kiosco del otro lado de la calle.

-¿Ha sido usted? – le gritó, pero el hombre ni siquiera se dio por aludido ante una pregunta que no tenía apariencia de ser dirigida a él en principio.

Volvió a la cocina. Tenía que hacer algo con aquel bote, tomar una decisión. Abrió de nuevo la nevera. Cogió el bote más para manosearlo, buscarle en el tacto un conato de irrealidad que le devolviera a la realidad. Pero el bote era real. Sin etiqueta. Con su misterio. Y lo colocó en la fría gélida balda de abajo, junto al tarro donde había metido los dedos cortados de los últimos niños. Cerró la nevera y volvió al salón.

Decidió salir a trabajar en ese mismo momento, tal como estaba.

Su trabajo como taxista consistía en dar vueltas con el coche hasta que alguien le hiciese alguna señal, le montase y le llevase a donde quisiera. Otros taxistas esperaban la llamada por radio de la central para la que trabajaba, otros esperaban aparcados junto a las estaciones de tren y autobuses a que algún viajero cargado de maletas necesitase de sus servicios. Pero él prefería conducir por las calles de la ciudad. Creía que así era más fácil captar a alguien que quisiera ir a algún lugar de forma rápida, a algún trabajo, a alguna cita. Pero lo cierto es que pasaba horas últimamente sin que nadie le hiciera un gesto. Era como si nadie le necesitara. Sí sabía que en algún momento unas mujeres mayores o algún tipo con una elegante corbata le había levantado la mano, pero no había parado. Otros taxistas se le adelantaban. Él no reaccionaba a tiempo para parar debidamente, si lo hiciera podría provocar un accidente significativo en el tráfico. Aún con todo eran pocas las personas que le llamaban, casi ninguna. Él sabía que en pocas semanas le despedirían por hacer tan poca caja de dinero.

Paseaba gastando gasolina sin que nadie le llamara por las calles grandes y pequeñas de la ciudad. Pasaba por delante de los colegios donde las madres recogían a sus hijos provocando a menudo congestiones en el tráfico. Pasaba por los grandes edificios de oficinas donde a menudo otros taxis recogían o dejaban gente sin que él mismo llegara a hacerlo nunca. A veces pensaba que alguien le había hecho un gesto a él, pero era a otro coche, quizás eran simples saludos a distancia hacia otras personas, tal vez compañeros de trabajo. Él pasaba por las estaciones de tren y de autobús, pero eran sus compañeros aparcados los que recibían a los pasajeros. Las grandes vías tampoco le daban mejores resultados. Era como si su taxi no fuera visto. Así que encendía la música de la radio y trataba de mantener ocupada su mente, a menudo se quedaba en blanco saturada por sus problemas.

Así pasó el día, otro más sin comer. Regresó a su casa cuando anochecía. La casa estaba en penumbra. La oscuridad iba ganando camino. Sólo la luz del interior de la nevera estaba disponible. El bote metálico seguía allí, enigmático. El tarro de los dedos de niño había vuelto a ser un tarro de salchichas pequeñas en conserva que comenzaban a ponerse moradas. Le alivió que las salchichas volvieran a ser salchichas. Se habían transformado en dedos de niño hacía unos días, como los ojos del tarro de unos niños anteriores, o el olor del paquete de las tripas de otros niños. De aquel paquete se deshizo hacía poco. Su olor era fuerte. Lo metió en una bolsa de basura y esperó hasta horas de la madrugada para salir a tirarlo en el contenedor de tres calles más lejos. El tarro de los ojos comenzaba a transformarlos, les daba color verde, aceitunado. Pero el bote metálico sin etiqueta no sabía qué contenía. Lo cogió y se lo llevó al salón en oscuridad.

Se sentó en el sofá y apoyó el bote sobre una de sus rodillas sin parar de mirarlo. Sonó el teléfono. No lo cogió. El bote seguía sobre su rodilla. Al fin una cucaracha pasó caminando por delante de él. Era la primera que veía una en su piso. Por un momento despistó el bote metálico sin etiqueta. En esos momentos la cucaracha creció enfrente de él. Creció de forma acelerada. Se puso sobre dos patas. Creció hasta una altura humana. Era una persona. Le cogió el bote de entre las manos.

-Esto estará mejor en otro sitio, señor –le dijo.

Aquella persona, aquel ser, se alejó hacia las sillas de su mesa grande, donde había ahora otras personas. Él seguía desaseado, con una bata blanca. Su casa había cambiado. Olía aséptica. Paredes blancas. Como inmaculadas. Como inocentes que guardan secretos. Y las personas sentadas a su alrededor en el salón eran como secretos.


Daniel L.-Serrano "Canichu". Todo el relato es pues propio.

24-26 de octubre de 2011.


(Este relato tiene registro de autor bajo licencia creative commons, al igual que el resto del blog según se lee en la columna de links de la derecha de la página. De este relato no está permitido su reproducción total o parcial sin citar el nombre de los autores, y aún así no estará bajo ningún concepto ni forma permitida la reproducción si es con ánimo de lucro).

jueves, noviembre 03, 2011

NOTICIA 1007ª DESDE EL BAR: EL RELATO DE LAS MIL ENTRADAS (el kOProFagO, final alternativo 4 de 5)

Llegamos al cuarto de los cinco finales alternativos al relato "El Bote Metálico" que me han mandado, cuyo principio escribí para que los lectores que lo deseasen le diesen un final en celebración de las mil entradas alcanzadas en esta bitácora. Este cuarto final lo escribe el kOProFagO, un antiguo lector de esta bitácora que ha llegado a tener su propio blog a partir de diciembre de 2008, y que desde entonces se encuentra en la barra de enlaces de Noticias de un Espía en el Bar. Este autor ya había aparecido por esta blog no sólo en comentarios, sino que también contribuyó a otorgarle uno de los finales alternativos al primer experimento de esta clase en la Noticia 189ª, de diciembre de 2006, con aquel relato de "El Hombre de la Tienda de Neumáticos", cuyo final de 3'14 ha sido el elegido por mí en mis dos últimos recitales públicos para ser leído. el kOProFagO también publicó años después, en 2009, aquel final al que contribuyó en su bitácora.


En esta ocasión el kOProFagO recoge a nuestro protagonista de "El Bote Metálico" para mostrarnos con especial sequedad violenta, pero a la vez surrealista humor negro, una realidad social como es el mundo de la competitividad confundida con territorialidad, tan propio de esta sociedad basada en el egoísmo de las personas más imbuídas en este sistema capitalista donde el hombre es un lobo para el hombre. El "negocio" que ocupa a nuestro protagonista es ciertamente muy particular, pero a la vez nos permite leer la combinación de mi propuesta engarzando perfectamente con el estilo de este autor acostumbrado a ese humor negro y el sarcasmo, y a los asuntos turbios. Su literatura abunda en asuntos turbios propios de los rincones más íntimos del ser humano. Sólo hay que pasearse por su bitácora para poder disfrutarla. De momento, os dejo nuestra segunda colaboración en un relato por aquí.


EL BOTE METÁLICO


El calor de una mañana de agosto hacía que se le pegase la sábana que cubría el colchón de su cama. Se le pegaba irremediablemente a la piel humedecida por el sudor que no terminaba de definirse del todo y que simplemente hacía acto de presencia allí, en su cuerpo, como si quisiera hacer de él un adhesivo de telas incómodas simplemente. Terminó incorporándose sin saber muy bien qué quería hacer. Simplemente estaba allí. La habitación le arropaba con una penumbra que le gritaba que el sol ya estaba entrando por el hueco de la persiana que dejó abierto para que entrara aire por la noche. El día anterior había estado trabajando con el taxi como cada día. Hoy debía levantarse para volverlo a hacer.


El servicio estaba roto. No se planteaba desayunar. Tampoco había cenado. Apenas tenía en el cuerpo alguna cosa que picoteó el día anterior para comer. Se lo recordaba un estómago que había comenzado a hacer algún sonido en protesta cuando se había levantado para ir al servicio roto a orinar. Se vistió con la ropa que menos trabajo le producía ponérsela y no se fue a la calle en busca de su coche sin asear, apenas peinado. Pensaba que ya se había bañado antes de acostarse y eso era suficiente.


Sentarse en el salón le producía intranquilidad. Se fue a la nevera en busca de algo de leche. La cocina estaba tan sucia como el resto de días de las dos últimas semanas. A veces le sorprendía porqué nunca encontraba una cucaracha. Abrió la nevera y la luz automática le iluminó ante sus ojos un bote metálico con la etiqueta quitada que no recordaba haber dejado él allí. Lo cogió para mirarlo, para intuir qué tendría en su interior. Cuando lo volvió a dejar en la fría y gélida balda de la que lo cogió, estaba realmente inquieto. No recordaba haber comprado ese bote. No recordaba haberle quitado la etiqueta. Sobre todo, no recordaba haberlo metido en la nevera. Se olvidó de la leche. Se fue contrariado al salón y volvió a sentarse en su sofá, que tenía uno de sus brazos modestamente dañado en su forro, mostrando por entre una brecha su espumillón, como si de una herida delatora de la dejadez se tratara. Aquel bote metálico era imposible que estuviera en la nevera. Volvió a levantarse a abrir la nevera. Seguía allí, sin etiqueta. Cerró la nevera. Dio una vuelta en círculo a la cocina tratando de comprender, de darle una lógica. Volvió al salón y se asomó por la ventana. Un hombre estaba comprando un periódico en el kiosco del otro lado de la calle.


-¿Ha sido usted? – le gritó, pero el hombre ni siquiera se dio por aludido ante una pregunta que no tenía apariencia de ser dirigida a él en principio.


Volvió a la cocina. Tenía que hacer algo con aquel bote, tomar una decisión. Abrió de nuevo la nevera. Cogió el bote más para manosearlo, buscarle en el tacto un conato de irrealidad que le devolviera a la realidad. Pero el bote era real. Sin etiqueta. Con su misterio. Y lo colocó en la fría gélida balda de abajo, junto al tarro donde había metido los dedos cortados de los últimos niños. Cerró la nevera y volvió al salón.


Mientras se mesaba el pelo con las dos manos, intentaba pensar quien podría haber entrado en casa. El casero no podía ser. Desde hacía varios meses había llegado a un acuerdo con él para que no entrara en el piso. Este ya le había dado un par de toques debido a la suciedad de la vivienda, pero algo de dinero extra al mes le tranquilizó y no volvió a molestar más. Si se le hubiese ocurrido entrar, lo pagaría caro.


Lo que estaba claro es que alguien había entrado y había dejado ese puto bote allí. Decidido, fue a la cocina de nuevo y volvió a abrir la nevera. Tomó el bote y lo dejó sobre la cochambrosa mesa a la vez que buscaba con la vista el abrelatas. Lo encontró bajo una pila de platos sucios y con gesto serio se dispuso a abrirlo. Al introducir la parte afilada del abrelatas en la tapa, saltó algo de líquido sobre la mesa. Con cuidado, se inclinó para observarlo y comprobó que se trataba de un líquido transparente y viscoso. Continuó abriendo el bote y cuando pudo, dobló la tapa para ver que contenía en su interior.


En ese momento, alguien llamó a la puerta. Indiferente y con el sudor corriendo por su cara, permaneció inmóvil sujetando el bote mientras miraba lo que contenía. Eran dedos. De niño. Unos seis o siete dedos de niño nadando en almíbar. Dejó el bote sobre la mesa y abrió la nevera para coger el tarro de cristal donde guardaba los dedos. Tras destaparlo, comenzó a contarlos. Salían veintitrés. Y tenía que haber treinta. Se sentó en una silla y volvió a contar los dedos del tarro. Veintitrés. Cogió el bote, terminó de abrirlo y contó los dedos en almíbar. Siete. Volvieron a llamar a la puerta.


Lentamente se levantó de la silla y con la mirada perdida cogió uno de los platos sucios que había en la pila. Lo dejó sobre la mesa y echó cuidadosamente los dedos en almíbar en el plato. Con las manos apoyadas sobre la mesa miró fijamente los dedos. En ese momento, alguien abrió la puerta de la casa y entró hasta el salón. Ajeno a esto, en la cocina, varios pensamientos se agolparon de pronto en su cabeza. ¿Qué clase de desequilibrado había entrado en su piso, había descubierto el tarro que guardaba en la nevera, había sacado siete dedos, los había almibarado y los había metido en un bote metálico?


-¿Quién? – balbuceó en voz baja sin quitar los ojos del plato.


- ¡Yo! – contestaron a su lado.


Giró la cabeza sorprendido y vio al hombre del kiosco, con un periódico doblado bajo el brazo. Con extrema rapidez, el hombre del kiosco metió la mano en el periódico, agarró un cuchillo de carnicero y con un golpe seco seccionó los dedos de la mano derecha del taxista.


- ¿Te ha gustado mi regalo? – dijo el hombre del kiosco mientras cortaba de otro golpe sobre la mesa los dedos de la mano izquierda.


El taxista quería gritar, pero la voz no quería salir de su garganta. La hemorragia era muy escandalosa y en pocos segundos la mesa y el suelo se llenaron de sangre. Sobrecogido, miraba sus manos mutiladas y la cara de su agresor mientras se arrodillaba lentamente en el suelo de la cocina.


- Amigo, esta ciudad es muy pequeña para que convivan dos psicópatas – explicaba con serenidad el hombre del kiosco-. Entiéndelo, no es nada personal, pero entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera – concluyó con una media sonrisa.


De un golpe certero seccionó la yugular del taxista, que cayó hacia delante como un saco de escombro sobre las baldosas ensangrentadas. El hombre del kiosco observó el cuerpo inerte y después cogió un trapo harapiento que se encontraba sobre la mesa. Cuidadosamente limpió sus manos, el cuchillo de carnicero y por último, y con gesto de contrariedad, sus zapatos. Luego miró el plato, tomó uno de los dedos y se lo llevó a la boca.


-Hay que ver que rico me sale el almíbar.


eL kOProFagO (http://koprofago.blogspot.com/) y Daniel L.-Serrano “Canichu”

24 al 30 de octubre de 2011.


(Este relato tiene registro de autor bajo licencia creative commons, al igual que el resto del blog según se lee en la columna de links de la derecha de la página. De este relato no está permitido su reproducción total o parcial sin citar el nombre de los autores, y aún así no estará bajo ningún concepto ni forma permitida la reproducción si es con ánimo de lucro).

miércoles, noviembre 02, 2011

NOTICIA 1006ª DESDE EL BAR: EL RELATO DE LAS MIL ENTRADAS (Juan Carlos López, final alternativo 3 de 5)

En esta ocasión el tercer final alternativo al relato que inicié en celebración de la entrada 1.000ª de esta bitácora para que lo acabara el lector que lo desease lo escribe Juan Carlos López. Este autor es un joven hombre de leyes que particularmente este año se ha involucrado en las causas que buscan una mejora en el sistema democrático actual y en la justicia social. Un hombre jovial que al igual que Coma Cero es un reciente lector de Noticias de un Espía en el Bar. Si en el primer final alternativo Luis Abad nos mostraba el mundo alterado y angustiante del desconocimiento y el descontrol sobre un elemento en la vida de una persona claramente perturbada y oscura, con un final esperanzador al igual que violento e irónico, y si Coma Cero daba un giro a ese enfoque, haciendo del bote una cuestión de angustia vital en la vida del personaje y a la vez una condena eterna a vivir esa angustia vital, ahora Juan Carlos López nos habla, y subraya en negrita, de la vida metódica y costumbrista de una persona claramente psicopática desde la normalidad que se hablaría de la vida metódica y costumbrista de un panadero padre de familia, por ejemplo. Nos habla de la persona obsesiva compulsiva que de repente se enfrenta en su vida cotidiana y rutinaria a un algo nuevo que no puede explicar ni controlar y prefiere asumirlo. Ese mero hecho anecdótico nacido en su nevera será la clave para explicar toda su vida en un acertado último párrafo al que es imposible llegar correctamente sin toda la ambientación previa que se crea en la mente del lector con el resto del relato. Aquí os dejo con ello. Espero que os guste.


EL BOTE METÁLICO


El calor de una mañana de agosto hacía que se le pegase la sábana que cubría el colchón de su cama. Se le pegaba irremediablemente a la piel humedecida por el sudor que no terminaba de definirse del todo y que simplemente hacía acto de presencia allí, en su cuerpo, como si quisiera hacer de él un adhesivo de telas incómodas simplemente. Terminó incorporándose sin saber muy bien qué quería hacer. Simplemente estaba allí. La habitación le arropaba con una penumbra que le gritaba que el sol ya estaba entrando por el hueco de la persiana que dejó abierto para que entrara aire por la noche. El día anterior había estado trabajando con el taxi como cada día. Hoy debía levantarse para volverlo a hacer.

El servicio estaba roto. No se planteaba desayunar. Tampoco había cenado. Apenas tenía en el cuerpo alguna cosa que picoteó el día anterior para comer. Se lo recordaba un estómago que había comenzado a hacer algún sonido en protesta cuando se había levantado para ir al servicio roto a orinar. Se vistió con la ropa que menos trabajo le producía ponérsela y no se fue a la calle en busca de su coche sin asear, apenas peinado. Pensaba que ya se había bañado antes de acostarse y eso era suficiente.

Sentarse en el salón le producía intranquilidad. Se fue a la nevera en busca de algo de leche. La cocina estaba tan sucia como el resto de días de las dos últimas semanas. A veces le sorprendía porqué nunca encontraba una cucaracha. Abrió la nevera y la luz automática le iluminó ante sus ojos un bote metálico con la etiqueta quitada que no recordaba haber dejado él allí. Lo cogió para mirarlo, para intuir qué tendría en su interior. Cuando lo volvió a dejar en la fría y gélida balda de la que lo cogió, estaba realmente inquieto. No recordaba haber comprado ese bote. No recordaba haberle quitado la etiqueta. Sobre todo, no recordaba haberlo metido en la nevera. Se olvidó de la leche. Se fue contrariado al salón y volvió a sentarse en su sofá, que tenía uno de sus brazos modestamente dañado en su forro, mostrando por entre una brecha su espumillón, como si de una herida delatora de la dejadez se tratara. Aquel bote metálico era imposible que estuviera en la nevera. Volvió a levantarse a abrir la nevera. Seguía allí, sin etiqueta. Cerró la nevera. Dio una vuelta en círculo a la cocina tratando de comprender, de darle una lógica. Volvió al salón y se asomó por la ventana. Un hombre estaba comprando un periódico en el kiosco del otro lado de la calle.

-¿Ha sido usted? – le gritó, pero el hombre ni siquiera se dio por aludido ante una pregunta que no tenía apariencia de ser dirigida a él en principio.

Volvió a la cocina. Tenía que hacer algo con aquel bote, tomar una decisión. Abrió de nuevo la nevera. Cogió el bote más para manosearlo, buscarle en el tacto un conato de irrealidad que le devolviera a la realidad. Pero el bote era real. Sin etiqueta. Con su misterio. Y lo colocó en la fría gélida balda de abajo, junto al tarro donde había metido los dedos cortados de los últimos niños. Cerró la nevera y volvió al salón.

Empezó a dar vueltas intranquilo. Rápidas. Iban casi más rápido que su mente. Quería recordar que había hecho días anteriores para haber comprado ese bote metálico que no recordaba haber tenido antes en sus manos, en su casa.

Se preguntaba, si sería una pista indolente de alguien, de él mismo, que le habría hecho darse cuenta de que tenía un bote. Allí, dentro de aquella cocina llena de suciedad. Claro, pensó. Tengo pocas cosas, si tengo algo nuevo, me daría cuenta. Volvió a la cocina. Buscó y rebuscó, por qué un bote y no otras cosas. Que cosas, se preguntó. Observó dilatadamente durante un rato. Encima del frigorífico, dentro de las repisas de la nevera. La pila. La encimera Los cajones que contenían afilados cuchillos, entre la demás cubertería revuelta. No encontraba nada nuevo. Ningún detalle de que algo estuviera fuera del orden, dentro del desorden.

Volvió al salón, y repitió la misma operación, de un lado para otro. Se volvió a sentar. Al lado vio el cenicero, con un paquete de tabaco algo aplastado y arrugado. Lo cogió. Creía haber dejado algún cigarrillo, para la mañana, tras levantarse como solía hacer habitualmente. Pero no había nada. Simplemente le quedaba medio cigarro apagado en el cenicero al lado del paquete. Lo cogió con sus dedos sucios y algo húmedos por el nerviosismo de no saber qué hacía aquél bote metálico en su casa. Idea que además se acentuaba por tener la etiqueta quitada. ¿Que querría decir?

Mientras se esfumaba entre caladas el cigarro, se percató de que había sangre tras las cortinas. Corrió las cortinas y miró la ventana que daba a la calle de su piso bajo. Pensó. Ha entrado alguien. Volvió a pensar. ¿Por qué? Se preguntó para él. Quizá alguien se ha enterado de lo que hago para saciar mi aburrimiento.

Volvió a la cocina rápidamente. Abrió la nevera cogiendo la empuñadura sesgada y sucia, apañada con pegamento y algo de celo. Casi la rompe por la fuerza imprimada al querer abrirla de un tirón. Observó buscando el bote donde tenía los dedos de los niños. Lo abrió. Las manos y el cuerpo le temblaban. Empezó a contar si estaban todos los dedos, de la misma forma y colocación en que los había dejado la última vez. Creyó haberlos contado. Volvió a contar. Faltaba uno. Se puso más nervioso todavía. Empezó a tambalearse, como si fuera a desmayarse. Y se cayó. El bote, donde tenía sus trofeos. Chocó fuertemente contra el suelo, dejándose llevar por la gravedad. Estalló en mil pedazos. El formol inundó parte de la cocina. Ya no había colocación. Todos los dedos parecían iguales. Se agacho, y se levantó. Una y otra vez hasta recogerlos todos.

Recogió toda la cocina. Ya era tarde. No había comido. Tenía que volver a trabajar en el taxi. Otro día comenzaba. Otra jornada. Y qué mejor manera para saciar su hambre, que trabajar. Mientras pensaba en su próxima víctima y en el bote metálico que le iba a servir para guardar sus nuevos trofeos.

Juan Carlos López y Daniel L.-Serrano “Canichu”

24 al 30 octubre de 2011


(Este relato tiene registro de autor bajo licencia creative commons, al igual que el resto del blog según se lee en la columna de links de la derecha de la página. De este relato no está permitido su reproducción total o parcial sin citar el nombre de los autores, y aún así no estará bajo ningún concepto ni forma permitida la reproducción si es con ánimo de lucro).

martes, noviembre 01, 2011

NOTICIA 1005ª DESDE EL BAR: EL RELATO DE LAS MIL ENTRADAS (Coma Cero, final alternativo 2 de 5)

Aquí tenemos el segundo final alternativo del relato inacabado que escribí en la celebración de las mil entradas de esta bitácora. En esta ocasión escribe el final Coma Cero, una lectora creo que reciente de Noticias de un Espía en el Bar, salida de entre el movimiento de indignados del 15 de mayo de este año. No sé mucho más de ella. Su visión del relato se centra en esta ocasión en la exploración de una obsesión que transforma al misterioso bote metálico sin etiqueta en una cuestión vital y existencial. Ha logrado adaptar su estilo al estilo propio del comienzo que le di al relato, logrando un efecto de cohesión de ambas partes muy conseguido. Os dejo con él:


EL BOTE METÁLICO

El calor de una mañana de agosto hacía que se le pegase la sábana que cubría el colchón de su cama. Se le pegaba irremediablemente a la piel humedecida por el sudor que no terminaba de definirse del todo y que simplemente hacía acto de presencia allí, en su cuerpo, como si quisiera hacer de él un adhesivo de telas incómodas simplemente. Terminó incorporándose sin saber muy bien qué quería hacer. Simplemente estaba allí. La habitación le arropaba con una penumbra que le gritaba que el sol ya estaba entrando por el hueco de la persiana que dejó abierto para que entrara aire por la noche. El día anterior había estado trabajando con el taxi como cada día. Hoy debía levantarse para volverlo a hacer.

El servicio estaba roto. No se planteaba desayunar. Tampoco había cenado. Apenas tenía en el cuerpo alguna cosa que picoteó el día anterior para comer. Se lo recordaba un estómago que había comenzado a hacer algún sonido en protesta cuando se había levantado para ir al servicio roto a orinar. Se vistió con la ropa que menos trabajo le producía ponérsela y no se fue a la calle en busca de su coche sin asear, apenas peinado. Pensaba que ya se había bañado antes de acostarse y eso era suficiente.

Sentarse en el salón le producía intranquilidad. Se fue a la nevera en busca de algo de leche. La cocina estaba tan sucia como el resto de días de las dos últimas semanas. A veces le sorprendía porqué nunca encontraba una cucaracha. Abrió la nevera y la luz automática le iluminó ante sus ojos un bote metálico con la etiqueta quitada que no recordaba haber dejado él allí. Lo cogió para mirarlo, para intuir qué tendría en su interior. Cuando lo volvió a dejar en la fría y gélida balda de la que lo cogió, estaba realmente inquieto. No recordaba haber comprado ese bote. No recordaba haberle quitado la etiqueta. Sobre todo, no recordaba haberlo metido en la nevera. Se olvidó de la leche. Se fue contrariado al salón y volvió a sentarse en su sofá, que tenía uno de sus brazos modestamente dañado en su forro, mostrando por entre una brecha su espumillón, como si de una herida delatora de la dejadez se tratara. Aquel bote metálico era imposible que estuviera en la nevera. Volvió a levantarse a abrir la nevera. Seguía allí, sin etiqueta. Cerró la nevera. Dio una vuelta en círculo a la cocina tratando de comprender, de darle una lógica. Volvió al salón y se asomó por la ventana. Un hombre estaba comprando un periódico en el kiosco del otro lado de la calle.

-¿Ha sido usted? – le gritó, pero el hombre ni siquiera se dio por aludido ante una pregunta que no tenía apariencia de ser dirigida a él en principio.

Volvió a la cocina. Tenía que hacer algo con aquel bote, tomar una decisión. Abrió de nuevo la nevera. Cogió el bote más para manosearlo, buscarle en el tacto un conato de irrealidad que le devolviera a la realidad. Pero el bote era real. Sin etiqueta. Con su misterio. Y lo colocó en la fría gélida balda de abajo, junto al tarro donde había metido los dedos cortados de los últimos niños. Cerró la nevera y volvió al salón.

Un rayo de luz enceguecedor que entraba por el hueco de la persiana dejaba ver con claridad las paredes desconchadas, el opaco suelo de madera, la desvencijada mesa de madera color caoba que estaba delante del sofá. El calor se hacía cada vez más insoportable pero él, curiosamente, ya no sudaba. Quería descansar, sólo descansar. Si pudiera sentarse sólo un momento en el sofá. No podía. La intranquilidad se agudizaba, una sensación de desazón le inundaba. El tiempo transcurría pero él ya había perdido la noción de realidad e irrealidad.

No dejaba de dar vueltas y vueltas por el salón, no dejaba de pensar en el bote metálico. Por fin, con paso firme fue a la cocina, abrió la nevera. El bote metálico seguía allí, en la misma balda en que lo había dejado. Lo cogió con ambas manos sin decidirse a abrirlo. Sintió que era algo suyo, que le pertenecía… pero no recordaba haber comprado ese bote. Volvió a dejarlo en la nevera sin saber muy bien porqué. Un escalofrío sacudió su cuerpo.

Quería gritar, no podía. Regresó al salón, abrió las persianas de par en par, se asomó a la ventana. La calle estaba vacía, los edificios se hundían en el asfalto, la sensación de agobio era insoportable. Al final de la calle, al lado de su taxi estaba su cuerpo tendido en el suelo, totalmente ensangrentado, con el pecho abierto en canal. Quería gritar, no podía.

Un hombre recién duchado se dirige a la cocina, busca entre los cacharros amontonados en la pila un cuchillo y un tenedor, abre la nevera, coge el bote metálico, lo abre y vierte su contenido en un plato. Sale tranquilamente de la cocina con el plato y los cubiertos, los pone sobre la desvencijada mesa de madera. Se sienta tranquilamente en el sofá. Mientras lee tranquilamente el periódico empieza a comer y saboreando un trozo del corazón aún latente, piensa ¡ummm, qué bueno! y de postre… fingers.

COMA CERO y Daniel L.-Serrano “Canichu”.

24 a 26 de octubre de 2011.


(Este relato tiene registro de autor bajo licencia creative commons, al igual que el resto del blog según se lee en la columna de links de la derecha de la página. De este relato no está permitido su reproducción total o parcial sin citar el nombre de los autores, y aún así no estará bajo ningún concepto ni forma permitida la reproducción si es con ánimo de lucro).