jueves, septiembre 17, 2020

NOTICIA 1994ª DESDE EL BAR: HURACÁN

Acabo de escribir este relato breve y en homenaje uso los apellidos del primer hijo o hija que está a punto de nacer de mi amigo más antiguo, y varios de los nombres de los presentadores del programa de humor Zapeando, que por las tardes, a lo largo de los años me ha hecho compañía bastantes veces, aunque me tome etapas de descanso para dedicarme a escribir, oír música o ver otras cosas, me hace gracia. Últmamente por cuestones de mis horarios de trabajo o solo veo el último cuarto de hora o no llego a verlo, pero sigo por redes a algunos de los humoristas y Alverú, crítico de cine además, me parece un genio, aunque hay otros fichajes esta temporada también bastante geniales, aunque no salgan nombrados en este relato. No sé si este relato será la precuela breve de una novela nueva que tengo en mente, veinte años más tarde y con otros personajes principales, primero debo ir terminando la novela que está casi al completo que escribí en el confinamiento, pero los horarios del trabajo y la vida social de bar, entre otras cosas, me retienen. Como ejercicio para no flojear la prosa, creo que este relato me sirve. Sin depurar, tal cual lo he escrito, os lo regalo para su lectura, espero que os guste y si no, ¿qué le vamos a hacer? Siempre queda la cerveza. Que la cerveza os acompañe.


HURACÁN

 

Había nacido muerto treinta y tres años atrás. Totalmente inane entre las piernas de su madre. La comadrona, una mulata entrada en carnes que servía en la casa desde niña, no escatimó en todo tipo de azotes cada vez más fuertes, como cuando el padre de la parturienta, el señor del potrero, azotaba con su vara a su hijo chico cuando se rezagaba en las tareas que él, como amo, le mandaba. Azotaba bien fuerte y con ganas por la supervivencia del que era el primer hijo de la señorita, a la que ella misma había criado. Bien fuerte y seca, pero el niño no lloró y por ello no abría los pulmones al aire que le habría de mantener vivo. Pasado un rato, ante los gritos agónicos de la señorita, dejó el pequeño cadáver sobre una mesa dispuesta con unos paños blancos bien manchados ahora de sangre y placenta. La comadrona se lavaba las manos en una palangana mientras los señores trataban de consolar a su desconsolada hija y el padre de la difunta criatura salía apresurado y feroz de la casa, capaz de pagar en carnes ajenas el dolor del día. Fue entonces, en medio del drama, que el niño, sin recibir azotes ni estar en brazos, hizo como una extraña tos y comenzó a gemir, que fue un lloro. Lloró y comenzó su vida, por ello le llamaron Lázaro.

 Ahora Lázaro, envuelto en un lienzo de tela, reposaba dentro de unas pocas tablas ensambladas con demasiada rapidez y le metían en un agujero cavado en el barro de las inmediaciones de La Habana. Sobre el agujero pusieron una cruz de madera con su nombre, a la espera de sacarle en cuanto se pudiera para poderle llevar a una tumba pétrea del cementerio de San Diego de los Baños. A sus treinta y tres años Lázaro ya no podría volver a respirar.

 Santiago Alverú, al que llamaban “el catalán”, aunque era de Asturias, conoció a Lázaro cuando llegó a La Habana seis años atrás. Fue la primera persona que le dio a probar el ron de la isla. Habían forjado una buena amistad a pesar de la diferencia de edad entre ellos. Alverú, con su media melena y su barba bien negra, aventajaba a Lázaro en diez años de edad, pero su jovialidad hacía de él un aspecto parecido al de la edad de Lázaro. No era tanto lo físico como la actitud lo que hacía de Alverú joven. Juntos habían iniciado un negocio que si bien no les hacía ricos, les permitía vivir. Básicamente habían iniciado un comercio peculiar donde ellos compraban tabaco de un amigo de la familia de Lázaro que vivía en Pinar del Río y lo revendían a algunos hombres de negocios de los Estados Unidos en La Habana. A menudo se trataba de trueques por productos estadounidenses que luego ellos revendían encarecidos en las tiendas de los hacendados y en los sitieros. Eso requería que estuvieran en viaje por la isla con cierta frecuencia, siendo sus mejores clientes los de Santa Clara y los de Matanzas. A Sancti Spíritus solían acercarse, pero ir más al oriente les hacía perder demasiado tiempo para regresar en el momento adecuado a La Habana, teniendo siempre en sus mentes que su proveedor de tabaco era de Pinar del Río. Así pues conocían bien la Cuba occidental y se movían por ella con soltura, pero Lázaro ya no se movería más.

 Murió en la bahía de La Habana, donde ahora yacían innumerables barcos destrozados como si hubieran sido juguetes en las fauces de una bestia. Habían pasado diez días desde el huracán y en aquel octubre aún aparecían cadáveres y restos por todas partes. Habían pasado dos años desde el huracán de San Francisco de Asís, ahora el de San Francisco de Borja se había llevado lo que el anterior no se llevó. Lázaro fue tragado por el mar. Un enorme brazo de agua asaltó el malecón y se llevó al hombre junto a otros tantos desdichados que trataban de asirse a los árboles perdiendo las uñas clavadas en los troncos. Fue devuelto por las aguas días después en las playas a los pies de aquel lugar donde le enterraban adentrados en tierra.

Alverú pensaba en una muerte que a pesar de todo no le horrorizaba. Antes de llegar a Cuba había combatido con el general Pablo Sanz, él estuvo cuando se intentó tomar Oviedo. Había deambulado por toda España con balas de cañón partiendo cuerpos y disparos sesgando vidas. Había, en definitiva, visto médulas y cerebros fuera de sus cuerpos mucho antes de aquel año 1846. La brutalidad humana, consciente y racional, elegida, no le iba a la zaga de la brutalidad con la que la Naturaleza hacía cuentas con la humanidad en ese lugar del mundo cada cierto tiempo.

 Dos años más tarde Alverú vivía en Santiago de Cuba, apenas iba ya a la parte occidental de la isla, todo lo más que llegaba era a Júcaro y no era lo normal. No era lo normal que se alejara demasiado de Santiago de Cuba, si acaso a donde más viajaba era a Bayamo. Pese a su edad había conocido a una joven de origen francés llamada Maya. Su familia había huido de Haití en tiempo de la revolución, mucho antes de que ella naciera, cuando su padre aún era el hijo de su abuelo y su madre apenas la hija de otra familia expatriada. Comenzaron a cultivar una pequeña parcela con el dinero que se habían llevado en su salida tumultuosa, con apenas ganancias agrandaron la finca y contrataron jornaleros que les resultaba más baratos que la mano de obra esclava. Ahorraban la manutención de aquellos y obraban a la contra de como se hacían las cosas en el Caribe y de como muchos otros franceses huidos habían fomentado en el oriente cubano al modo de como llevaban sus negocios en aquella Haití, ahora de gobierno negro.

 Alverú de ese modo vivía más o menos de algunos negocios breves que se le ocurrían, pero era ampliamente conocido que el dinero de la familia de Maya les permitía vivir con ligeras comodidades.

 Maya pintaba cuadros extraños como afición y tenía extraños gustos que sorprendían a quien la conocía. Así por ejemplo, esbelta y de piel brillantemente blanca, nadie en principio la imaginaba apasionaba por el boxeo. Antes la imaginaban con trajes claros y caros en paseos de jardín, pero nunca en aquellas aglomeraciones donde la gente vociferaba a dos púgiles que a puño descubierto se golpeaban salpicando de sangre sus cuerpos, abriendo las carnes de sus ojos inflamados. Alverú la llevaba allí y a los bohíos donde al atardecer los negros cantaban y bailaban. Llevaban consigo un par de botellas de ron y pasaban horas hasta que extasiados volvían al hogar en medio de los rumores de todo su vecindario.

 Un día se corrió la voz que iba a boxear De Jesús Díaz cerca de una de las plantaciones más conocidas. De Jesús Díaz era un joven blanco con diversos combates ganados, una rareza entre todos los púgiles negros y mulatos de la isla. Despertaba tanta admiración como repudio entre la gente de su raza, aunque en realidad De Jesús Díaz era un blanco de alma negra. Con la nariz ya rota desde chico, sus combates le hacían ganar allá por donde pasaba todo aquel dinero que necesitaba él y su apoderado, Enrique Peinado, conocido como “el negro Quique Peinado”. El blanco luchaba para el negro y el negro recogía el dinero que el blanco ganaba con la fuerza de sus brazos. A ojos vistas de los hacendados aquello era un espectáculo aborrecible, a la par que era un espectáculo espléndido ver a un púgil blanco victorioso de entre los negros. Más de un buen nombre social hubiera acabado aquello de un balazo en honor al orden si no fuera porque aquello les hubiera arrebatado el dinero de sus apuestas. Toda carne era dinero.

 Maya insistió a Alverú en ir a ver el combate de De Jesús Díaz. Alquilaron un carro y con él se fueron más allá de la campiña hacia donde una gran multitud formaba ya corro en torno a un tablado que habían levantado los organizadores fuera del bohío. El joven blanco era ancho de espaldas y, aunque de nariz aplastada, tenía una cara angulosa como de un joven de aquellos de las estatuas romanas. No muy alto, pelo rizado y negro. Mirada más allá de a donde llegaba cualquier otra mirada. Así le vio por primera vez Maya al bajar del carro. Hicieron sus apuestas por él cuando apareció el contrincante, un negro enorme, de cabeza rapada, digno de decirse de él que hubiera podido derribar la columna de un templo. Brillaba al sol, diríase que le habían untado cera por su pecho y sus brazos.

 Los primeros golpes del combate fueron bastante violentos en medio del vocerío. Alverú apostaba más dinero a favor de De Jesús Díaz cada vez que este golpeaba impulsando todo el peso de su cuerpo al lanzar puñetazos con la izquierda. No tardó mucho en abrirse una brecha en una de sus cejas ante uno de los contraataques del negro. Maya recibió la salpicadura sobre su vestido y lejos de escandalizarse sintió la sangre como un regalo que la incitaba a animar con más fuerza como uno más de la multitud. No había prácticamente descanso. Era un combate anómalo. No parecía que intentaran reservar sus fuerzas para el momento más adecuado. Era como si los dos púgiles tuvieran prisa en acabar aquello. Exultantes de juventud, los dos combatían por algo más que por un combate. No trataban de cansar al otro, ni siquiera de resistir a la espera del momento, con ferocidad inexplicable ambos querían acabar aquello ya, de una vez, como si fuera posible. El negro cobró nombre. Daniel Mateo, así nombrado por sus padres educados en el Evangelio por los que fueron sus amos antes de manumitirles a la hora en que ellos, amos ya ancianos, fueron ascendidos a una gloria no exactamente concretada con sus obras en el mundo terrenal.

 Daniel Mateo recibió una brecha en su pómulo derecho cuando trataba de lanzar un ataque fallido. Ya a esa hora Maya había recibido más sangre de De Jesús Díaz y ahora se confundía con la de Dani Mateo. Alverú gritaba animando al blanco, carne vapuleada y vapuleadora, huesos duros. Combatían como en un baile de condenados en medio de los caníbales que les hacían bailar. Entregaban su sangre al aire en cada golpe, atontaban sus cabezas, que no paraban de pensar en medio de un ardor como una fiebre, y un zumbido provocado por cada segundo que resistían la violencia. Nada debía hacer que se entregaran al suelo. Se golpeaban una y otra vez en un tiempo que les parecía eterno.

 Al fin como un caimán llegó un vientre al suelo. Dani Mateo se apartó para dejar espacio a De Jesús Díaz, pero no bien se creía en posesión de la victoria, cuando De Jesús Díaz levantó y como si no hubiera pasado nada, con un contrincante sin tiempo a reaccionar, asestó un golpe por debajo de la oreja, allá donde la mandíbula acaba, seguido de un gancho desde abajo con el otro puño, que derribó a Dani Mateo de manera ya irremediable. Respiró hondo y satisfecha Maya.

 Alverú se apresuró a reclamar su dinero al negro Quique. De Jesús Díaz miró a Maya, se dio cuenta de ella y de su sangre en ella. La sonrió y Maya le sonrió, él también estaba manchado de sangre. Ambos manchados por la misma sangre, mantuvieron un huracán.

 Todos los barcos a punto de ser astillados vociferaban en busca de su dinero en torno al negro Quique. Santiago Alverú tomó sus ganancias y se volvió satisfecho buscando a Maya para enseñarle los billetes levantándolos. Ella le miró sin haber perdido aún la mirada de su huracán. Manchada de sangre se dejó llevar por él de vuelta al carro. De Jesús Díaz le lanzó una última mirada mientras el negro Quique le limpiaba el sudor, la sangre manaba de él. Ella le miró. Alverú arreó al caballo para emprender el viaje de vuelta. Ella sabía que la sangre que llevaba era del púgil.

 Aquella noche Alverú soñó con Lázaro. Como regresado de entre los muertos le mostró La Habana silencioso. Al día siguiente, inexplicablemente sintió el enorme deseo de regresar a aquella ciudad. Su sangre no estaba arraigada en Santiago de Cuba y su dinero siempre estuvo en los negocios.

 

Por Daniel L.-Serrano “Canichu”

Alcalá de Henares, 17 de septiembre de 2020.
 
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