domingo, noviembre 08, 2015

NOTICIA 1538ª DESDE EL BAR: PORQUÉ NO FUI A LOS CORTOMETRAJES EUROPEOS

Al final este año sólo he ido a los dos primeros bloques de cortometrajes europeos de Alcine. He decidido ir ya sólo a los largometrajes de Pantalla Abierta y al concierto de clausura de la Orquesta Sinfónica Ciudad de Alcalá. Si voy o no voy a otras proyecciones del festival es algo que puede que surja o puede que no. No lo he decidido de manera firme, lo único que he decidido es que hay cosas que no quiero ver este año. 

Ya me resulta extraño que haya una clausura el viernes 13 y un palmarés el domingo 15, y luego exista otro palmarés para Pantalla Cero el viernes 20 y otro más para Pantalla Abierta el sábado 21. Me parece un desbarajuste y algo abusivo, más aún si habían decidido que durase el festival como competición dos semanas y no una. Hay días y horas más que suficientes para organizar todo esto de una manera mejor y más versátil. Quizá el problema lo ha dado el querer dar tanto espacio a Pantalla Cero, como si fuera la apuesta más importante de Alcine, olvidando o maltratando a algo tan arraigado y propio como es la Pantalla Abierta a los Nuevos Realizadores.

¿Por qué no he ido a juzgar más que los dos primeros bloques de los cortometrajes europeos? La respuesta es sencilla. Esa sección cumple diez años y suele ser una oportunidad de conocer inquietudes y puntos de vista de otros lugares de Europa que normalmente no conocemos, habitualmente del Norte, Centro y Este de Europa, aunque puede haber cortometrajes de cualquier lugar. Estos cortometrajes siempre han sido algo duros de ver, pero en los primeros años que empezaron a proyectarse, en ese 2005 y sucesivos, siempre cabía espacio para ver rodajes animados, optimistas, alegres... Hace algunos años que los cortometrajes europeos tienen una temática muy triste y depresiva. Quizá desde 2009, porque recuerdo que con la crisis económica hubo un año que hubo una predominancia de cortometrajes de temática social. Los creadores crean según les motivan las cosas que les ocurren o que ocurren a su alrededor. Y la gente que se dedica a seleccionar los cortometrajes también seleccionan de acuerdo a sus constantes vitales y a sus experiencias vitales de esos momentos. Tardan un año en organizarlo todo. Termina el festival, descansan una o dos semanas y se ponen de nuevo a organizar el festival del año que viene. Me consta, porque conozco a algunos de los que han seleccionado cortometrajes en años anteriores, creo que de este año también, pero no he tenido trato y no hemos hablado este año, que muchos de ellos se pasan el verano entero viendo grandes cantidades de cortometrajes llegados de todas partes para poder seleccionar a los participantes de cada año. Son tantos cortometrajes y tantas cosas a tener en cuenta en ellos que es verdad que muchos de ellos se privan de bastantes cosas en sus vidas privadas para poder ver cortometrajes en su casa con esta finalidad. Este año ha sido uno de los años que más cortometrajes han llegado a las oficinas de Alcine. Quizá esa saturación hace en ellos que tiren por elegir algunos metrajes muy transcendentales, o tristes, o no sé. Quizá me equivoco, pero creo que vendría bien descargar de trabajo a esta gente, repartirlo más entre más personas. Abrir un poco más los criterios de selección... volver a incluir una buena carga de cortometrajes que no necesariamente tengan una carga trascendente, existencial y negativa.

A lo largo de la vida las personas tenemos mejores y peores momentos. Yo no estoy en mi mejor momento. Al ir este viernes pasado a los dos primeros bloques de los cortometrajes europeos en el Corral de Comedias me encontré con una dosis grande de continuidad con los últimos años: tristeza, negatividad, activismo político y social sin aporte de positividad sobre determinados asuntos, música tremendista, silencios brutales entre parejas, relaciones rotas y desgarradoras, dramas emocionalmente muy virulentos... Yo estaba ahora mismo tratando de salir de una gran cantidad de días de hundimiento, ir a esa sala y encontrarme con este panorama fue regresar por la vía rápida a la depresión y la desesperación, a un sentimiento de frustración y fracaso, a una cómica frase al salir que lo resume en "mátame camíón". Yo no quiero ir al cine para sufrir. Otros años lo soporto bien, porque estoy bien, pero este año no estoy bien y no quiero soportar esto. De hecho, no sé porqué tenemos que soportar esto. ¿Es que nadie se ríe al otro lado de los Pirineos? El cine ha de ser cine, y sí, es verdad que puede tener negatividad, activismo social y político, temas trascendentes y filosóficos o existenciales, y demás, lo malo no es eso, lo malo es pretender que todo el cine que se tiene que ver sea eso. 

Hay gente que va al cine para ver una película de terror, y eso está bien, porque les divierte, ver tres días seguidos este otro tipo de cine que se ha visto en los cortos europeos, tan depresivo, no puede ser bueno para el alma, al menos no para el alma que ya está triste. La mía lo está. Por eso, cuando pasando al lado de un bar el sábado escuché música de rock en concierto, en una decisión repentina me dije: esto es lo que quiero. Entré y me divertí mientras seguía envenenado de... de ausencia. De una ausencia. Pero al menos aquello fue mejor que ir a unos bloques de cortometrajes que, como me dijo por teléfono una amiga que sí fue, seguían con una dinámica muy negativa y triste. Ella también abandonó los bloques de cortometrajes para irse a una fiesta de otra amiga suya, para sentirse bien. 

Ya ocurren cosas malas en la vida como para tener que darse una sobredosis extra de negatividad. Yo al menos este año no necesito ese refuerzo, salvo si quieren empujarme a la autodestrucción. Esta misma queja creo que ya la escribí hace dos o tres años. No voy a mirarlo ahora. Como dijo un amigo cinéfilo del Tornillo de Klaus, que también se fue de uno de los bloques de los cortometrajes europeos para ir a los cortometrajes del Golfomaratón, "no sé por qué creen que a los que nos gusta el cine europeo no nos gusta reírnos y pasarlo bien". 

Si he de destacar algún cortometraje de los que yo vi y juzgué, destacaría Lost Village, de G. Todria, por su fotografía, que es una fotogafía preciosa, pero que es una historia que lanza una idea de no salida, no solución, condena irrenunciable, fin de tu mundo y suicidio. También destacaría, de los que yo vi, Café Froid, de S. Lansaque, una animación por ordenador que cuenta una historia ambientada en Hong Kong, creo, sobre la vida de una mujer que vende café para llevar en un puesto en la calle. La historia parte de ahí, pero es más compleja que eso, ya que muestra como una pequeña variación en la vida cotidiana puede cambiar toda una vida y pasa a ser algo que debe ser ocultado, aunque se sepa que lo que ha ocurrido, ha ocurrido. Y destacaría por último Ártun, de G.A. Guomundsson. En esa historia unos niños adoran el punk y hacen cosas muy rebeldes para demostrarse a sí mismos que son adultos, pero el modo como pretenden descubrir la sexualidad hace ver a uno de ellos que son unos niños y que sólo uno, él, quizá ha tenido su primera experiencia realmente adulta. 

Creedme si os digo que no me hizo ningún bien ver esos dos bloques. Ahondó y recuperó en mí un malestar profundo del que estoy tratando salir. Vacío existencial, cansancio vital, sentimiento de fracaso, frustración, ausencia... ausencia de alguien y ausencia de algo. Y una espera sin rumbo ni sentido, como los planetas de mi mundo desde hace dos semanas. Una espera sin espera. No me sentí comprometido a ir a los otros cuatro bloques de cortometrajes europeos. Con los dos primeros ya tenía la llaga reabierta y llena de sal. Al menos el sábado hubo un concierto de rock. Espero que Pantalla Abierta, que es la sección en la que yo empecé a ser jurado del público y a la que soy muy fiel, enmiende este comienzo desafortunado de Alcine 45 en mi vida particular. 

Saludos y que la cerveza os acompañe.