viernes, noviembre 13, 2015

NOTICIA 1539ª DESDE EL BAR: LENTAMENTE



“Lento, ve lento”, dijo suavemente. “Claro, era así”, pensó él. La luz empezó a inundarlo todo, desde dentro de ella. Al comienzo no lo notaron, porque nació desde muy dentro de su cuerpo, donde el corazón bombeaba rítmicamente la sangre y la impulsaba con fuerza por las arterias y las venas. Las vísceras funcionaban todas a la vez gracias a la fuerza de ese corazón, la oscuridad de su interior fue desapareciendo poco a poco. Ellos abrazados no lo notaron. La luz al principio se traslució a través de su piel, era como una bella llamarada que no quemaba y lo abarcaba todo. Salió blanca y brillante por su boca, sus ojos, su nariz, orejas, ombligo… Una luz blanca y pura que envolvió a la pareja abrazada hasta hacerles desaparecer dentro de sí misma mientras cobraba tanta fuerza que los colores de los objetos de la habitación desaparecieron y con ellos los objetos. Esa luz se filtró por las rendijas de la persiana y por los resquicios de la puerta. Era tan potente que inundó el pasillo, las habitaciones contiguas, el edificio, los árboles de alrededor…  

“Lento, ve lento”, dijo suavemente ella. “Claro, era así”, pensó él.

Todo inundado de luz en su mente, mientras se duchaba. Ella estaría a punto de llegar mientras él pensaba en aquella enorme luz nacida de ellos que ya cubría toda la ciudad entera. Una luz donde cabía todo un mundo completo, donde se movían las hormigas y las personas, donde los planetas orbitaban, donde los amaneceres y los atardeceres estaban allí, posibles. Fue entonces cuando sonaron aquellos tres golpecitos en la puerta del baño. No tenían que haber sonado, pues no había nadie más que él en su propia casas, pero sonaron los tres golpecitos. Todos sus pensamientos quedaron en suspenso. La puerta se abrió. Corrieron la cortina de la ducha. Un hombre extraño le miró cara a cara. Antes de que él pudiera reaccionar aquel hombre alto y enjuto le ordenó: “duerme”. Sin poderlo contener, obedeció la orden, cayó dormido dándose un ligero golpe hacia atrás contra la pared rociada de agua, resbaló por los azulejos y terminó caído sobre sí, como sentado en cuclillas, en una extraña posición entre infante e inane.

“Lento, ve lento”, dijo suavemente ella. “Claro, era así”, pensó él cuando abría los párpados despacio y la luz le hacía doler los ojos. Ella estaba borrosa, pero cada vez más clara. “Abre los ojos”, dijo, “como en la película”, y sin poder comprender la oscuridad profunda y fría como la mano de la muerte por la que acababa de atravesar su vida, abrió los ojos lentamente, inundándolo todo de luz, viéndola a ella, clara, nítida, donde la luz, siendo ella la luz. Y respiró, probablemente el mismo aire que respiraba ella. Se sonrieron. Luz.



Por Daniel L.-Serrano "Canichu", noviembre de 2015