sábado, septiembre 12, 2015

NOTICIA 1521ª DESDE EL BAR: UN MAL BUEN INICIO (capítulo 13, último)

Llegó el final del relato conjunto de Luis Abad y mío, con los ilustradores Chicha "Excelentísimo Chechu", Ramón Sánchez y Zia Mei. El último capítulo, más un epílogo, de esta historia de género negro escrita para vosotros en este veranito que está llegando a su final. Zia Mei, Nunca tengo menos de veinte cosas por hacer, nos ilustra la conclusión optando por no desvelar nada visualmente y proponiéndonos una ilustración a modo de agudeza visual, mediante el näif, la criptografía, el jeroglífico, nos da las pistas de lo que en este relato de crimen y misterio sin resolver se va a resolver. Nosotros nos hemos divertido bastante haciendo esto. Coincidimos con estar todos a gusto y contentos con el resultado. Esperamos que los capítulos hayan sido de interés para vosotros. Siempre se agradecen los comentarios del lector y de la lectora, como algo retributivo al creador. Pero si no hay comentarios, simplemente, lo dicho, gracias por leer. Que la cerveza os acompañe.

P.D.: A partir de la próxima publicación recuperaré la actividad normal de la bitácora comenzando por el prometido comentario de la actualidad partiendo de la base de mi viñeta mensual y de las pasadas ferias y fiestas de Alcalá de Henares.



UN MAL BUEN INICIO
Capítulo XIII



Ataviada solo con la camisa de él, Ruiz se desperezaba mientras buscaba la cafetera por la cocina. La encontró, la llenó de agua y café y la puso al fuego. El creciente gorgoteo del agua y algún trino de pájaro llenaban la estancia. Se sirvió una taza y pensó si despertarle. Abrió el ventanal y salió al patio. Sobre la mesa había una revista de crucigramas y otro juegos abierto, pasó de largo hasta que una punzada le golpeó en el cerebro tan fuerte que unida a la resaca la hizo tambalearse. Volvió hacia la mesa y cogió la revista. En ella había un juego de pericia mental basado en resolver una ecuación simple con números aztecas, puntitos y rayas, exactamente como los de las figuritas de barro. Corrió a por el teléfono y le envió un mensaje a Fabra. La batería se agotó justo en ese momento. Cogió sus cosas y empezó a vestirse.

-Buenos días madrugadora.  

-Hola guapo.

-¿Te marchas?

-Me he quedado sin batería. Creo que he resuelto una parte importante del caso. Un golpe de suerte por fin -Julio se incorporó y miró su móvil.

-También está apagado. Tengo un fijo en el almacén si necesitas llamar.

-Si, por favor -dijo Ruiz ya vestida e impaciente.

Se puso un pantalón corto deportivo y las zapatillas sin calcetines. Salieron al patio, pasaron por la garita prefabricada y entraron en un almacén. Le indicó donde estaba el teléfono y volvió al patio. Ella marcó el teléfono de Fabra, se lo sabía de memoria, nunca estaba en la oficina cuando le buscabas.

-Te estaba llamando, ¿cómo lo has averiguado? -dijo Fabra a modo de saludo.

-No te lo vas a creer, encontré unos crucigramas y…

-¿Y qué? ¿Oye? ¿Ruiz?

-Mierda…  
    
No le hizo falta darse la vuelta para entender que Julio había cortado el cable que conectaba el teléfono. Se quedó quieta mirando el torno de barro, ahora le parecía percibir cierto olor a aguarrás o algún producto químico fuerte. Como eslabones de una cadena los pensamientos se fueron trenzando en su mente, los crucigramas, conocimientos médicos, experiencia militar, es solitario, metódico, estaba en Trinitarios. Los eslabones se unieron y cerraron la cadena, cadena que ahora le parecía notar en su cuello. Sacó la pistola mientras se daba la vuelta, pero Julio ya tenía las manos levantadas.

… … … … …

Fabra conducía como un loco, no sabía hacia dónde pero era mejor que estar parado. No podía estar parado. Ruiz estaba en peligro, lo sabía, lo podía sentir en sus huesos. Esa niñata torpe había encontrado una pista, así que lo más probable es que se hubiese dado de morros con ella. Y con el asesino. El detective iba pensando: Joder. Siempre va por libre. Claro que yo también. Por eso me aguanta. Joder, joder, joder… Si entró siendo un cachorrito de mirada perdida. Se pasó el primer año pegada a mi lado con la libreta apuntándolo todo. Como le pase algo me corto el cuello. Pero antes se lo corto a él.
El teléfono del coche sonó:

- Has cuadrado la llamada?- Dijo Fabra haciendo chirriar las ruedas en una rotonda anexa a la autopista.

- Si, está pasado Espartales. En medio de la nada. Te he mandado las coordenadas al GPS.

- Llama a todo Dios. Me oyes? Ruiz está peligro.

- Están avisados y de camino. Una cosa más. La huella…

- Ahora no joder.- Dijo mientras colgaba.

… … … … …

-Contra la pared, las manos donde pueda verlas.

-Ya las tengo levantadas. Tranquilízate.

-¿Que me tranquilice? Puto mentiroso. Cómo no le he visto antes, si lo he tenido delante toda la noche.

-Yo no te he mentido en ningún momento.

-No, a lo mejor has omitido algunas cosas importantes, ¿no crees?

-Quería contártelo, pero no encontraba manera de empezar. Yo ya sabía que esto se acababa aquí.

-Claro que se acaba aquí. Reza para que vengan antes de que te pegue un tiro.

-Marga…

-¡No me llames Marga! -Gritó mientras le tiraba las esposas-. Átate a esa tubería.

-Te lo puedo explicar.

-Ya ves que si me lo vas a explicar.

-Mira, no es fácil. He vivido cosas terribles, he intentado llevar algo de luz a sitios donde la esperanza había desaparecido. Pero siempre renacía la oscuridad. Derrocas un caudillo y otro toma su lugar. Ayudas a unos refugiados y vienen y les roban y golpean por colaborar. Nuestros propios soldados, amigos, se vuelven tiranos. Perdí una chica de catorce años en mis manos en Kunar y ¿sabes por qué? La habían violado tantas veces esa noche que no me dio tiempo ni de darle morfina. Ni lloraba, no le quedaban lágrimas, simplemente se apagó. Y no fueron los talibanes ¿sabes? Así que cumplí y me largue. Y cuando después de años de barbarie llegué a casa, seguía viendo deformidad por todas partes. Nadie mueve un dedo y los demonios ya no se esconden. Campan a sus anchas. Corruptos, enfermos, un sistema podrido y endogámico. Necesitan sentir el miedo que provocan, la indefensión. ¿Y la gente? Tienen que reaccionar, pero necesitan un empujón. Alguien que tire la primera piedra, que haga lo que todos piensan pero nadie se atreve a hacer.

-¡Ruiz! ¡Ruiz!

-¡Aquí! ¡En el patio! -Fabra entró atropelladamente respirando con dificultad.

-Está controlado.

-¿Este es el cabrón? -Su mano temblaba tanto que podría darle a cualquier cosa antes que a Julio. Ruiz siguió a lo suyo.

-Así que te tomaste la Justicia por tu mano, ¿eh?

-¿Justicia? Esto no va de Justicia.

-¿Entonces solo es castigo? -preguntó Fabra.

-Sólo soy un catalizador, un resorte. Intentó zarandear la falsa tranquilidad en la que vive la gente. Necesitan algo visceral, ya no sienten el olor de la podredumbre que le rodea, se han acostumbrado. Están cansados de ver atrocidades por la televisión, están anestesiados. Pero cuando la sangre te salpica en la cara, por mucho que te laves, cuando te acuestas y vuelves a sentir su calor en tu piel. Eso no lo olvidas, no puedes dejar de pensar, no puedes cambiar de canal. Yo solo soy un kamikaze, el hombre bala. La tercera gota de sangre de Trinitarios era mía, sé que pagaré con sangre lo que he hecho. Lo más gracioso es que justo cuando pensaba que no podía perder nada, te encontré  a ti.

-Cállate -Ruiz guardó la pistola en la funda.

-Te seguía, te vigilaba. No podía dejar de mirarte.

-He dicho que te calles.

-Esta noche es la primera que he descansado en meses, años tal vez.

-No tengo porque aguantar esto -Se giró para salir al patio y se encontró la boca de un revolver en la suya.

Desde la cegadora claridad de la mañana en el patio fueron surgiendo una mano, después un brazo y por último el resto de Helena Cobeño. Un aparatoso vendaje compresivo le envolvía el cuello. Fabra cambió de diana. Ruiz fue retrocediendo poco a poco. Julio reconoció su pistola reglamentaria del Ejército en la pequeña mano de Helena y dijo: “Mierda”. Fabra se giró para apuntarle al oírle, justo un segundo, para cuando volvió a apuntar a la joven, Ruiz se desplomaba tras un culetazo directo en la cabeza. Cayó como un muñeco a los pies de Julio. Helena intento hablar y se atragantó, tosió varias veces y escupió sangre. Apoyó la mano izquierda en su herida y dijo:

-Hola Julio. ¿Me has echado de menos?

-Helena. ¿Qué haces cariño?

-¿A ella también la llamas cariño?

-Pero si habías muerto -dijo pálido el policía.

-Los sanitarios hicieron un buen trabajo. Por eso después de hacerles llamar los dejé encerrados en la ambulancia. Vivos -se volvió hacia Julio–. Vine a buscarte ayer por la noche pero no estabas. Sin embargo encontré tu pistola, me ha sido muy útil.   

-Para antes de que sea tarde. El detective Fabra es un buen hombre, sabe que has pasado por mucho estrés. Aún hay vuelta atrás.

-Baje el arma Helena -dijo Fabra.

-¿Vuelta atrás? ¿Pensaste tú en volver atrás cuando me tuviste encerrada esperando morir? No ¿verdad? Este gilipollas va dando tumbos, no sabe nada de ti. Pero yo si te conozco. Y tú a mí. Entiendo lo que haces.

-Estas confundida.

-No, ahora lo veo todo claro. Recuerdo las historias que me contabas de la guerra. De cómo la empresa de armamento que mi padre compró les vendía las mismas armas del ejercito a los talibanes. Como aquella zorra de Albescu se reunía con tu General para que no levantara la liebre. Pues me parece que el General Lobrego no va a poder chanchullear nunca más.- Un sonrisa histérica brotó de su hinchada cara, iba hasta arriba de analgésicos, Fabra se preguntaba cómo podía mantenerse de pie. La había visto perder mucha sangre, como la que estaba perdiendo en el suelo su compañera.

-¿Cariño que has hecho?

-Una puta carnicería, eso es lo que ha hecho. Le ha sacado las tripas como a un conejo.-Dijo sin dejar de apuntarla el detective. Helena se encogió de hombros, Julio bajó apesadumbrado la cabeza y entonces vio a Ruiz.

-Está perdiendo mucha sangre, déjame que frene la hemorragia.

-No, que se joda esa boba condescendiente. Aun recuerdo como me miraba.

-Cariño, es policía, esto es muy grave. Fabra deme las llaves de las esposas, tengo que taponar esa herida! - Fabra acató la voz autoritaria pero se recompuso y volvió a apuntar a Cobeño. Mientras Helena miraba de reojo al policía, en un rápido movimiento Julio cogió la pistola de la funda de Ruiz y apuntó a Fabra.

-Deje que se marche, ya me tiene a mí.

-Y unos huevos se marcha, de aquí no se va nadie.

-¡No sea estúpido! Está trastornada, no va a ceder. Dele una salida.

-Yo no me voy sin ti -dijo Helena y comenzó a toser de nuevo, bajo un poco el arma. Se oían las sirenas acercándose, también sus respiraciones y entonces hubo un disparo, seguido de otros dos. Y después, después ya no se oyó nada.  


Epílogo


La ventana del Hospital daba a un descampado. No era muy reconfortante. La cartas de ánimo y de pronta recuperación se acumulaban en la mesita al lado de la cama en la que descansaba el detective Fabra. Tenía la espalda magullada, el hombro destrozado del balazo y el orgullo bastante maltrecho. Una chavala casi se lo lleva al otro barrio. Si no fuera porque Julio había disparado a la lámpara no hubiera fallado el tiro y Helena no se habría escapado. Recuperaron su casquillo de la pared, gran disparo como colofón a una investigación desastrosa. Todo el mundo se centraba en la captura del temible asesino de la operación 38, la prensa se vanagloriaba, su jefe besaba niños por la televisión. Pero Helena se había largado. Y la idiota de Ruiz había comenzado a visitar en secreto, o eso pensaba ella, la cárcel para ir a ver a ese loco. Le dolían las piernas de estar todo el día tumbado, él quería caminar, no, correr, correr detrás de esa muchacha antes de que le hiciera daño a alguien más. Se sentía como un león que huele a una gacela. Tenía pistas que seguir, cosas que comprobar. Entró una enfermera con la insulsa comida habitual. Le dio las gracias y destapó el primer plato. Magnifico, sopa sin sal, ni pan. La sorbió tranquilamente mientras seguía dándole vueltas al asunto. Terminó y se limpió con la mano buena. Abrió la tapa del postre rezando por un flan, pero no. En el hueco del postre había una cruz trinitaria. Esbozó una sonrisa y pensó: tal vez sea yo la gacela. 




Escrito por Luis Abad y Daniel López-Serrano “Canichu” entre junio y agosto de 2015, en Alcalá de Henares.

Ilustrado por Jesús López (“Chicha excelentísimo Chechu”) en capítulos impares, Ramón Sánchez Melchiore en capítulos pares, y Esther Muñiz (“Zia Mei”) en el último capítulo. Entre julio y septiembre.