martes, julio 08, 2014

NOTICIA 1365ª DESDE EL BAR: EL AGUJERO DE BARRO

El séptimo relato por el cien aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial nos adentra en las trincheras de un frente con italianos.



EL AGUJERO DE BARRO

Nuestra artillería comenzó el ataque con puntualidad. Los arcos que dibujaban nuestros morteros al surcar el aire se veían claramente. Su silbido terminaba en aquella luminosidad refulgente que alumbraba más aquel cielo oscuro que en un par de horas comenzaría a clarear para dar lugar al alba. Las explosiones pronto fueron respondidas por las del enemigo. Disparaban contra nuestras posiciones intentando aproximarse. No habría entre nosotros más de setecientos metros, pero eran setecientos metros de muerte. Los agujeros de las bombas caídas en días anteriores, como embudos, se iluminaban a cada explosión y con cada bengala de luz que en grupos de tres solían lanzarse al aire. Entonces una luz blanquecina lo iluminaba todo como si fuera de día y dejaba ver aquel campo de cráteres con algunos cuerpos caídos que no pudieron ser recogidos. Buscaban cuerpos moviéndose, nuestros cuerpos. No querían ser sorprendidos por un ataque cuerpo a cuerpo en sus trincheras, nosotros tampoco. Ellos respondían con sus bombardeos hacia las posiciones de nuestra artillería, desde donde también había comenzado ya a sonar la fusilería como anunciando un asalto de trinchera a trinchera. El engaño era bueno, pues nuestra artillería atacaba desde el flanco izquierdo. El flanco derecho apenas estaba activo, era por allí que nuestro grupo de quince hombres saltamos de la trinchera con un ligero apoyo de la ametralladora de un puesto de tiro. Avanzábamos agachados, tirándonos a tierra cada vez que una de esas bengalas nos iluminaba. Apenas eran unos minutos, pero eran unos minutos en los que apretábamos el pecho contra el barro como si no nos quisiéramos marchar jamás de él.

Pasamos nuestras alambradas sin problemas. Delante de nosotros era donde estaban los problemas. Algunas bombas eran tan pesadas que caían sobre el suelo removido de tantas batallas y se hundían allí como si hubieran caído en mantequilla. Explotaban cuando encontraban alguna piedra enterrada en su camino, entonces levantaban unas columnas de tierra altas que podían despedazarte si tenías la desdicha de estar en ese momento allí. Otras bombas acertaban en otros lugares del terreno que no eran  de barro, estas estallaban elevando grandes campanas de tierra hacia arriba. El ruido era ensordecedor. No oíamos las indicaciones de nuestro oficial al mando, que avanzaba como uno más ocultando sus emblemas de teniente. No perdíamos la vista del que teníamos delante.

En el punto crítico del camino que nos separaba de ellos comenzaron a llover sobre nosotros aquellas bombas que desparramaban múltiples bolas blancas incandescentes capaces de penetrar en tus pulmones o piernas y abrasártelas por dentro. Todos odiábamos esas bolas. Saltaban por todas partes, eran incontrolables, podías distinguir el sonido de su proyectil y su trayectoria, pero no podías saber cómo se comportarían aquellas malditas bolas blancas. Saltaban como pelotas de goma, rebotando por donde encontraban, al menos que las atrapase alguna buena cantidad de barro removido. Los austrohúngaros nos disparaban a ciegas en la creencia de que algo se habrían propuesto nuestros mandos con aquel ataque madrugador. Los restos de cadáveres de uno y otro bando se agitaban entre las deflagraciones o bien nos miraban pasar mudos medio enterrados por los combates mientras esperaban su podredumbre o nos mostraban sus partes roídas por las ratas. A veces pasábamos por restos de tibias y peronés con trozos de carne, jirones de uniformes, restos de paracaídas de seda que algún soldado en alguna borrachera se arriesgaba a rasgar para mandárselo a su hermana o su amada para que se hicieran vestidos. Un cabo me dirigió una mirada desde el fondo de un embudo con la mandíbula arrancada y unos gusanos moviéndose entre sus ojos blancos. El sonido de las bombas era muy potente.

Nuestros primeros hombres del ataque de distracción saltaron de sus trincheras justo cuando nosotros alcanzamos las alambradas enemigas. La cortamos con cierta rapidez y pasamos casi sin problemas. El centinela de uno de sus puestos vigía de su trinchera nos disparó. Se notaba que había disparado al bulto. Su bala apenas nos pasó silbando y se perdió. Nuestro teniente ya había saltado cerca de su posición. Lo ejecutó con su cuchillo de manera rápida. Un tajo firme por debajo del oído, seccionando la arteria. La sangre brotó rápida como un río caliente manchándole todo el uniforme.

El túnel de trinchera donde estábamos era estrecho, aunque le habían reforzado las paredes con maderos. El suelo tenía charcos importantes de agua de las lluvias recientes. Como esperábamos casi todos los hombres de ellos se habían concentrado en el flanco izquierdo para responder a nuestro ataque con la máxima potencia que podían. Había que estar alerta, pues nadie abandona del todo una posición. Tarde o temprano mandarían hombres a esta zona. Cada ciertos metros, como toda trinchera, tenían pequeñas construcciones de soporte que nos permitían avanzar en silencio ocultos mientras no hiciéramos demasiado ruido. Alguien del mando italiano había dado orden de inspeccionar las trincheras enemigas y traer al menos un prisionero de guerra. Nadie quería esa misión, pero alguien debía recibir las órdenes. Al menos confiábamos en que los supervivientes recibirían un buen permiso si lográbamos regresar. El teniente Tonetti nos había hecho cargar en nuestros bolsillos todas las granadas de mano que pudiéramos. Lo hicimos. También llenamos nuestras bolsas con todos los cartuchos de munición que nos cupieron.

Llegamos a encontrar alguna ametralladora sin sus tiradores. Pensamos en desatornillarla para llevárnosla, pero cerca estaba algo más jugoso, la habitación escavada de algún capitán  que la había dejado desierta con mapas y documentación sobre la mesa. Nuestro teniente entró con dos hombres a coger de allí todo lo que pudiera. Sin duda se llevaría también alguna cosa que le fuera útil de modo personal, como calcetines o calzones. Todos lo hacíamos si podíamos. Ambicionábamos además poder agarrar alguna lata de conserva. A mí me tocó estar fuera alerta ante el enemigo. No se hicieron esperar. Hicimos un llamamiento a nuestro teniente en cuanto escuchamos las primeras voces alemanas, debían ser austriacos. Lanzamos unas granadas hacia donde se les oía. Tras la explosión se oyeron unos lamentos a los que siguieron numerosos disparos hacia nuestra posición. El primero que acertó se llevó la oreja de mi compañero de delante y se perdió tras unos sacos terreros. Soltamos más granadas y comenzamos a correr por el pasillo. Encontramos una bifurcación. Entramos en ella un tanto desorientados. Una nueva lluvia de disparos atravesaron un camino recto entre nosotros. Ahora otro del pelotón que iba en cabeza caía de bruces mientras un río rojo negruzco nacía de su cabeza hundida en los charcos. Lanzamos más granadas y corrimos tras su estampido. A nuestra derecha se abrió un agujero desde donde se oyeron voces de checos. Aquellos debieran ser zapadores, que estarían cavando nuevos túneles. Unos disparos de pistola salieron de allí y respondimos con más explosiones. Allí dentro difícilmente pudo quedar alguien entero. Un montón de humo salía como una chimenea. Más voces corrían hacia nosotros y ocurrió lo esperable. Nos dividimos en varios grupos corriendo por los diferentes pasillos de manera inconexa y sin planificación. Hacía tiempo que yo había perdido la referencia del avance del teniente Tonetti. La confusión era máxima. Una granada de aquellas con mango cayó muy cerca de mí y otro compañero. Dimos un salto hacia atrás y tratamos de cubrirnos. La explosión le arrancó de cuajo al compañero un jirón de cara. Le levanté del suelo y vi que su aturdimiento no le impedía correr. Sin embargo yo sentí ciertas molestias. Un trozo pequeño del metal de aquel artilugio había penetrado en mi muslo derecho. Sangraba, pero podía moverme. Disparamos a ciegas varias veces. Creo que le dimos a alguien. Los gritos de furia se redoblaron, ahora en una confusión de húngaro y polaco, volvió a caer sobre nosotros una intensa lluvia de balas. Una de ellas me alcanzó rajándome la mejilla, caí para atrás sin remedio y dejé caer a mi compañero por el impacto. Él recibió casi todas las balas. El acribillamiento había hecho de él un peso muerto. De repente un fuerte temblor elevó sobre mi cabeza un montón de cascotes de tierra. La lluvia cayó cubriéndome. Otros impactos de artillería cayeron cerca. Era la artillería italiana, el fuego amigo, que en esos momentos no me era favorable. 

Debieron caer unas cinco granadas de mortero en aquella zona, las suficientes para que mis perseguidores se hubieran agazapado. Milagrosamente ante mí se abrió un agujero al removerse la tierra por las explosiones. Conectaba con uno de aquellos estrechos embudos que de vez en cuando abrían los zapadores por debajo de la tierra en dirección hacia nuestras líneas para poder colocar trampas y bombas diversas que impidiesen nuestros avances. Sin dudarlo salté dentro y me arrastré todo lo que pude tratando de ocultarme así de mis perseguidores. Era corriente que esos túneles como de topos tuvieran salida. A veces lo hacían al campo de batalla, otras veces habíamos descubierto que habían desembocado dentro de nuestras propias trincheras, sin duda introduciendo espías y enemigos bien a gusto. Eso explicaba cómo algunas mañanas descubríamos a varios de nuestros centinelas asesinados, y las alambradas del enemigo repuestas totalmente nuevas en los lugares donde nos habíamos dedicado a cortarlas. Pero a veces también esos túneles simplemente facilitaban la conexión con otro sector de la propia trinchera enemiga. Perdía sangre por la pierna y por la cara. Lo que menos deseaba era verme atrapado en un túnel sin salida. Casi podía tocar el techo con la espalda. Cualquier vibración fuerte me hubiera sepultado vivo. Rezaba para que ninguna bomba cayera sobre la tierra bajo la que me encontraba, pero también rezaba para que mis perseguidores no disparasen por dentro del túnel ni lanzasen ningún explosivo. La honda expansiva me hubiera triturado como si fuera comida de niño, al menos de estómago para abajo. Aquello no era forma de morir.

Avanzaba todo lo máximo que podía. Mis movimientos eran muy limitados. Mi pierna comenzaba a dolerme hasta casi querer aullar, pero no debía hacer ruido. Los austrohúngaros no habían disparado dentro del túnel y eso me hacía pensar que no habían reparado en el agujero por el que huí. No quería hacer nada que les pudiera llamar la atención, aunque lo más seguro es que aunque hubiera cantado las óperas completas de Verdi a grito vivo no me hubieran oído afuera con la gran cantidad de bombas que estaban lloviendo. Exhausto paré de avanzar. El muslo me ardía. Con cierta dificultad intenté refrescarme la frente con mi propia sangre de la mejilla. Todos habíamos dejado las cantimploras en nuestra trinchera. Lejos de allí, pensé, estaría mi madre preparando ya el desayuno a mi padre. Roma estaría preciosa. Amanecería con un ligero viento fresco mientras el sol comenzaba a iluminar lentamente los restos milenarios del Coliseo. ¡Quién estuviera en Roma! Yo podría poner un pequeño negocio, pensé, y vivir apaciblemente con una dulce esposa. Ir al teatro. Tener niños. Pero los estruendos lo desmenuzan todo. Una sacudida gigante hizo temblar el pasillo. Comenzó a desmoronarse. El techo se desplomó sobre mi espalda y la tierra me llenó la cara. Creía que así moriría en breve, asfixiado al no poder respirar, enterrado vivo, a merced de las ratas que tantas veces habíamos visto corretear entre los muertos. Ni siquiera me recogería una de aquellas ambulancias tiradas por mulas de la Cruz Roja. ¿Quién sabe cuando me encontrarían?

Un pequeño hueco de aire me dejaba respirar. Respiraba costosamente, pues casi no tenía espacio para mover mis pulmones. Así pasé una hora hasta que hubo una luz, un fino rayito de luz del amanecer que se filtró por entre la tierra derrumbada delante de mí. Acumulando todos mis esfuerzos gasté una gran fuerza por avanzar hacia él. Clavaba mis dedos en la tierra de delante intentando hacer palanca para moverme. Alguna uña casi quedó desprendida. El dolor desgarrador no era nada con la promesa de la vida delante. Tardé una media hora en hacer un corto recorrido que al fin me liberó de mi prisión de tierra. Caí rodando dentro del embudo de un agujero de bomba. Los combates ya cesaban y apenas se oían algunos disparos sueltos y algunos tableteos de ametralladora. Las explosiones eran mínimas.

Respiré aliviado tumbado boca arriba lleno de barro y tierra seca por igual. Aquel aire contaminado de los gases de las detonaciones era para mí el aire más puro que podía gozar. Un aire de vida. En la otra pared de aquel embudo aprecié una gran cantidad de masa encefálica desparramada. Era de otro italiano que yacía en una postura deshonesta tirado como en una cabriola. Su casco estaba agujereado y de él aún colgaba un trozo de cerebro que indicaba que de él era el resto de la masa encefálica de la pared del agujero. Otro italiano más caído boca abajo con su fusil en la base del agujero mostraba como sus intestinos estaban fuera de su cuerpo. Se le habían salido, había caído sobre ellos.  El barro humeante se había mezclado con la sangre viscosa de estos compañeros de armas. Con mi cuchillo corté algo de la tela del uniforme más limpio de ellos y me vendé como pude el muslo. De repente saltó dentro del agujero un austriaco que no debía tener más de dieciséis años. Muchos soldados creen que allá donde cae una bomba no volverá a caer otra. Buscaba refugio en la batalla. Ni siquiera llevaba su fúsil. Se le habría perdido. Estaba sucio, aunque no tanto como yo. Su cara de susto al encontrarme vivo en aquel lugar es algo inolvidable, pero breve. Como un resorte le asesté entre las costillas varias cuchilladas rápidas atrapándole en lo que en otras circunstancias hubiera sido un fraternal abrazo y no uno letal. El instinto me había llevado a ello, aunque nada me indicaba que ese chico hubiera reaccionado con violencia tras el primer impacto de verme.

Cayó sobre sus rodillas tratando de respirar, de que no se le perdiese el aire por aquellos agujeros. Me miraba. Unos ruidos extraños apuntaban su muerte, tal vez. O tal vez hubiera podido llevarlo como prisionero y le hubieran podido curar. Busqué la cantimplora del muerto que había perdido la cabeza y me acerqué al joven austriaco que aún se debatía en un combate personal por la vida. Me acerqué lentamente hacia él con la cantimplora en una mano y tratando de indicarle que se calmara con la otra. El austriaco abrió los ojos como platos y se agitó intentando levantarse. Sólo logró caer hacia atrás apoyado sobre una de sus manos. Di dos pasos lentos y vertí algo de agua en mi mano libre para hacer un gesto de acercársela a la boca. Él me cogió la mano y, de nuevo desequilibrado, como un resorte saqué mi puñal y le asesté otra serie de cuchilladas, esta vez en el pecho. Debí rajarle el corazón, una bocanada de sangre por su boca y cayó definitivamente de espaldas. Los ojos de aquel joven no habían parado de mirarme.

Abrí sus bolsillos. Encontré su cartera. Se llamaba Hans Haider. Su madre le había mandado una fotografía con una nota detrás firmada con su nombre, Emil. Quizá era huérfano de padre. Su padre no tenía rastro en sus bolsillos. Me guardé aquello y recogí los documentos de los camaradas italianos. En cuanto pude volví a arrastrarme hacia mi trinchera.

El teniente y tres hombres más habían regresado heridos, pero con vida, antes que yo. No tenían prisionero alguno, pero vivían. Un coronel disgustado llamó a despacho al teniente. Le afeó el fracaso de la operación y le recriminó, con unos planos elaborados con los informes de un avión, que no hubiera tomado los pasillos correctos de la trinchera enemiga para poder saber con qué armas contaban y cuántos puestos de tiro tenían. La falta de prisionero era algo que le irritaba en su despacho de retaguardia. Dentro de dos días el coronel iría a primera línea en persona para ver en el sitio la situación de la batalla. Quería saberlo todo. Aún con todo concedió permisos a los supervivientes y medallas. La mía me llegó al frente unos días después, el papel donde se reconocían mis meritos para obtenerla estaba manchado de tinta, al coronel se le cayó encima de los expedientes que tenía sobre la mesa. Todos los expedientes estaban manchados.



Por Daniel L.-Serrano “Canichu”
Alcalá de Henares, 8 de julio de 2014. Publicado en Noticias de un Espía en el Bar, con motivo del 100 aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).