viernes, mayo 21, 2010

NOTICIA 784ª DESDE EL BAR: LA SENTENCIA DEL PROCESO

"(...) Aunque en todo este tiempo he procurado ir con halago y caricias y ya con serias amonestaciones ponerle presente la estrecha obligación que tiene de amarme, honrarme y asistirme para que de todos modos se verifique el santo fin del matrimonio, viviendo con aquella paz y tranquilidad propia del estado. (...)"


De este modo escribía un tintorero de Alcalá de Henares al Presidente del Consejo Real de Castilla, el conde de Campomanes, en 1787. Su carta pretendía obtener de la Justicia que su mujer le amase, para convivir dentro del matrimonio como mandaba la Justicia civil y la religiosa. El caso fue representado por el escribano y notario (a modo de abogado de hoy día) Nicolás Azaña, un antepasado de Manuel Azaña, el presidente de la II República Española. Un caso bien curioso llevado a las máximas instancias del gobierno, y no al mero juzgado del corregimiento correspondiente. No obstante el divorcio sólo existía para casos muy concretos y mínimos, casi excepcionales, y concedidos por el Papa. Quedaba pues la posibilidad de la separación, pero esta debía otorgarse desde esas máximas instancias, de otro modo se incurría en el delito de abandono del hogar y de los compromisos matrimoniales. Pero separarse era también algo que, si no imposible, era una rareza en sí misma que se concediera.

Jacinto Fernández, que así se llamaba el tintorero, decía de su esposa, Teresa López Mendieta, que le gritaba y le insultaba delante del hijo de esta, que era hijo de ella y su primer marido, hasta el punto que él se iba a casa de un vecino cuando esto ocurría. Sin embargo algunos testigos de las peleas, vecinos y vecinas, dijeron que cuando esto ocurría él también la gritaba e incluso la pegaba, todo debido a celos injustificados de él, a juicio de todos.

El amor no se puede forzar por vías legales, como pretendía en su carta el tintorero. Quizá aún hay quien cree que el amor se fuerza por compromisos o por palabras dadas. Más le hubiera valido a este hombre moderar sus celos, moderar sus maneras. Y ojalá lo lograra, por el bien de ambos, pues Campomanes sentenció, seis meses después de ininterrumpidas diligencias en el asunto, que debían convivir juntos en el santo matrimonio y tratar de calmar sus pasiones. Hay sentencias que pueden ser como condenas. No es forzando las cosas, obligando la convivencia, como se logran determinadas cuestiones. Curioso caso este, donde un hombre denunció a su mujer por no amarle.

Que la cerveza os acompañe.

2 comentarios:

Bardamu dijo...

Qué bueno. Puede ser el comienzo de una buena historia.

(Me apunto El Portón en la lista de lugares a visitar en Alcalá de Henares)

Salud y cerveza fría, que ya me estoy cansando que me la sirvan caliente....

canichu dijo...

Bueno, hay varios casos similares en la época. Es interesante para saber cómo evolcuionaban los juicios por problemas conyugales... los de estupro ya son tremendos. Saludos.