El pasado miércoles 28 de octubre, por la mañana, como es amplia y públicamente conocido en España y fuera de ella, hubo un terrible accidente de tren a la altura del municipio de Urda, en la provincia de Toledo, cercano a la provincia de Ciudad Real. Un tren de alta velocidad tipo AVE se estampó con la parte trasera de otro tipo de alta velocidad de la compañía Iryo que se encontraba inmovilizado en la misma vía que ambos debían cubrir para realizar la ruta Madrid-Sevilla. Misma ruta que unos meses atrás ya había sufrido otro accidente ferroviario este mismo año, en enero, a la altura de Adamuz, en la provincia de Córdoba. Fue aquel accidente de cuarenta y seis muertos y ciento cincuenta y dos heridos. El actual accidente se ha cobrado sesenta y nueve fallecidos y unos cincuenta y tres heridos.
Personalmente yo me encontraba trabajando como archivero que soy a través de una empresa, pero para el Estado. Lo habitual es que se trabaja para el Estado en cualquiera de sus modalidades. En España es más raro que fundaciones y empresas recurran a archiveros profesionales, aunque en otros países es más común. Pasé toda la jornada laboral oyendo la radio mientras se desarrollaban las noticias. Ya en esos primeros momentos llegué a escribir un mensaje público en las redes de Cadena SER en el que además expresaba un deseo que personalmente creo que era general: que no fuera usado políticamente para las elecciones. Poco hay que decir de que eso no pudo ser por parte de un partido político al mismo tiempo que se iban sucediendo las noticias. El resto de partidos, quien más o quien menos, se fueron sumando a la crítica política a partir del día siguiente de manera gradual.
Pero no es por asunto político que yo escribo hoy de todo esto, a una semana de los hechos. Personalmente creo que no se debería usar como arma arrojadiza y pedrada política al contrario, pero sí que creo que es oportuno hacer el análisis y la crítica siempre que sea con finalidades claras. Se hace evidente que achacar la responsabilidad total a una sola persona en el centro de mando de Atocha es algo ilusorio. Que hay multiplicidad de causas, algunas técnicas, otras de infraestructura, no sólo humanas, pero sí, también hay causa política y las decisiones de cómo se usa el dinero público. No es algo novedoso decir que hace años que la gente se queja en general del deterioro del transporte público. No sólo se puede oír en la calle, se puede hasta consultar en prensa durante los últimos años. No ha habido una iniciativa claramente eficaz y eficiente en el manejo de un Ministerio de Transporte y Movilidad Sostenible de España, cuyo titular es Óscar Puente (PSOE). Durante su periodo hemos asistido a la compra de trenes que no cabían en los túneles de la ruta Madrid-Cantabria en 2023, un descarrilamiento dentro del túnel de Atocha en Madrid en 2024, varios descarrilamientos en los cercanías de la Comunidad de Madrid y también en Cataluña, retrasos cada vez mayores por múltiples incidencias precisamente en los cercanías de ambas comunidades autónomas, y los dos descarrilamientos tan fatales citados de este año 2026. Se podrían citar otros asuntos, pero esos son bastante básicos. No se entiende muy bien que se haya mantenido su gestión ministerial sin ser cesado, aún teniendo en cuenta que la falta de inversión o la falta de personal, o incluso la privatización paulatina de la red comenzó años antes incluso de que el PSOE gobernara, habría que remontarse al gobierno de Rajoy (PP) y los recortes que se iniciaron en 2012, y para algunas cosas concretas incluso al gobierno de Zapatero (PSOE) cuando comenzó la Gran Recesión en 2008. Pero no hay que defender a Puente por haber adquirido una labor de personaje destinado a azuzar a los oponentes, tal como le defendió un amigo mío que vino de visita vacacional a España, porque lo que se necesita es una labor más de gestión. Como sea, la situación de Puente tampoco es mi intención de comentario hoy.
Aquel miércoles, ya por la tarde, seguí las noticias ya en imágenes en televisión, hasta que por saturación me fui a ver una exposición fotográfica. El jueves seguí oyendo la radio mientras trabajaba y compré por la tarde la prensa y leí allí. Me dediqué a escribir y otras cosas mías. Muchos pueblos que se mencionaban me sonaban de haberlos oído a mi familia paterna, como Consuegra o Puerto Lapice, pues de Herencia, cerca de Urda, eran mis abuelos paternos.
Fue el viernes 30 de octubre, ya al atardecer, que estaba yo en mi casa preparando el cuento de Halloween de este año (Noticia 2495ª) cuando recibí un mensaje de una antigua compañera de trabajo en archivos, la cual ahora está en esa provincia de Ciudad Real, para decirme que había muerto una compañera nuestra. Lo vio anunciado en la página de otra empresa de archivos donde, yo mismo, también había trabajado. Por razones que desconozco en mi psicología no asocié el apellido de la chica que me dijo con la persona que me decía. Cosa rara, porque tal compañera de archivos fallecida no sólo fue compañera de trabajo, también fue amiga de juventud y compañera de Universidad en Alcalá de Henares. Había tenido mucho trato y una trayectoria laboral conjunta, hombro con hombro, más de una vez. Pero no reconocí el apellido. Ignoro también cómo pudo anunciar su muerte la empresa que puso el anuncio, porque ella llevaba ya un tiempo siendo funcionaria, pues aprobó una oposición no hace tanto, y porque el propio Ministerio de Cultura, del que dependen los archiveros, salvo los archiveros de los archivos que tienen que ver con Defensa, no anunció su nombre de entre las fallecidas hasta el la mañana del sábado 31 de octubre.
Fue el 31 de octubre que entonces comencé a relacionar el apellido con el apellido de mi amiga, un apellido que conocía mucho, porque repito que la conocía desde la Universidad, pero sobre todo, hemos compartido más de un proyecto de archivo en varias empresas. Hice una llamada a otro compañero, llamé a la antigua jefa que anunció aquello antes que el Ministerio y contacté con un antiguo dueño de bar de rock amigo de ambos. Y sí, era ella. Luego vino el anuncio del Ministro de Cultura, Urtasun (Sumar), hablando de ella al anunciar su fallecimiento, como corresponde a todo responsable político de sus áreas, como es archivos de Cultura. Así que llamé a la otra compañera y le confirmé que sí, que era ella, que por lapsus mío mi cerebro no relacionó correctamente el apellido.
La prensa local le dedicaría un extenso artículo a ella el domingo 1 de noviembre, se puede leer en Alcalá Hoy. Artículo donde además se honra a la profesión de archivos.
Pero bien es cierto que en el artículo que le dedican una vez más parece incidirse en la idea de que archiveros sólo son funcionarios. No es así. Existimos los archiveros que trabajamos como asalariados en empresas. La gran mayoría de los funcionarios de archivo, de hecho, han pasado por estas empresas. Y la gran mayoría de los que estamos en empresa opositamos sin parar para ver si nos hacen funcionarios. El mayor bagaje de ella en el oficio ha sido en empresas, y es todo un triunfo que lograra ser funcionaria desde tiempos recientes. Era buena profesional. Lo raro no es que lograra serlo, sino que el sistema para acceder al funcionariado ponga tantos reparos a personas muy válidas, algunas incluso con más experiencia que muchos de los más jóvenes que tienen más teoría para aprobar esos exámenes. Unos exámenes que se quedan decimonónicos y que siguen sin impedir que a veces los candidatos no puedan tener las garantías que daría un anonimato total de cara a quienes les corrijan las pruebas. Ella estuvo muchos años intentándolo, como el que esto escribe. Incluso llegamos a compartir temario adquirido entre tres compañeros, a propuesta de ella, porque no había otra forma de pagar lo que costaba trabajando muy precariamente. Porque la precariedad reina en los archivos, y eso lo suple la vocación... Pero sólo de vocación no se vive... Sólo que se aprovecha abusivamente de la vocación de la gente.
Lamento mucho la muerte de la que fue amiga y compañera de trabajo en numerosas ocasiones. Se marcaba objetivos e iba a por ellos. Era una luchadora. Que la tierra le sea leve.