domingo, septiembre 18, 2016

NOTICIA 1642ª DESDE EL BAR: ESPAÑA EN EL PENSAMIENTO

En mis tiempos universitarios vino un estudiante japonés al que un amigo le invitó a comer en su casa de Madrid. El japonés, apenas un recién llegado, preguntaba por todo tipo de tópicos culturales que se han difundido por el mundo como si esos tópicos fueran tal realidad que todo español, por cosa de ser español, cumpliera con ellos. Así de este modo mi amigo, que había invitado a un grupo de amigos, le dijo que lo normal en España era comer paella todos los días, cenar tortilla de patata, subirse a la mesa cuando se terminaba de comer, bailarse sobre ella un zapateado flamenco y después pasarse la tarde dando unas pasadas a capote a algún toro si se podía. El japonés no terminó de entender la broma y, contaba mi amigo, durante largo rato de aquella comida, que era de paella, el japonés creía que todo aquello era real y estaba hasta cierto punto preocupado porque no sabía si podría bailar bien el zapateado sobre la mesa. 

Un caso más famoso fue el de Woody Allen no hace muchos años cuando vino a España a promocionar una de sus películas. Se instaló en un hotel donde recibió en su habitación a un periodista a la hora del desayuno. Contaba el periodista en su narración que, para desayunar a la española, pidió al servicio de restaurante que le subieran dos tortillas de patatas enteras, una para él y otra para su pareja. Y aún en un caso menos famoso, más de mi vida, tuve yo en aquellos años universitarios a un estudiante universitario de Estados Unidos que me solicitó como estudiante español tutor, pues su programa requería tener uno. Yo acepté e hicimos amistad. El chico era judío y, cuando cogió confianza, se atrevió a hablar conmigo sobre su sorpresa acerca de que de todo lo que había visto en España que no se cumplía con lo que le habían contado lo que más le chocaba era que no éramos en general religiosos. Manteníamos fiesta religiosas pero como fiestas prácticamente paganas, ateas o llaméselas como se quiera, con algunos simbolismos religiosos, pero en realidad sin vivirlas religiosamente, le sorprendía más la falta de apego a la Iglesia y las obligaciones católicas, así como la gran cantidad de personas que vivían al margen de un sentimiento religioso a pesar de que bastantes decían ser cristianos, pero no practicantes. Así pues, de lo que se sorprendía era de que la fama de catolicísimos de los españoles era, a su juicio, y probablemente cierto, falsa o quizá cosa del pasado. Católicos por bautismo, pero interiormente sin vida religiosa y en muchos casos sin creencias o sin creencias coherentes con su Iglesia.

Precisamente en la carrera universitaria de Historia se reflexionaba y estudiaba mucho a lo largo de varias asignaturas el asunto de las identidades nacionales, llegando a tener incluso un par de asignaturas específicas. La diferenciación entre Estados, países y naciones es importante. hay que entender que la idea del Estado nación nació en el siglo XIX a raíz de las invasiones napoleónicas y este concepto se fue reforzando y cobrando existencia hasta bien entrado el siglo XX, provocando guerras entre medias, como por ejemplo las mundiales entre otras. Una nación no es un Estado, ni tampoco un país, ni un territorio. Una nación es un conjunto de personas con un pasado histórico común, una lengua común, unas tradiciones, unas creencias e incluso, aunque parezca raro, unas vicisitudes y un rumbo conjunto. La noción de nación está asociada en los estudios de numerosos sociólogos e historiadores a los pueblos germanos que invadieron el Imperio Romano, que de hecho tenían expresiones para hacer referencia a esa pertenencia social, a la que ligaban a menudo la raza. No quiere esto decir que no existieran naciones previamente, ni que no hubiera una cierta idea de ella, aunque no de igual modo, entre los pueblos antiguos, pero es con los pueblos germanos con lo que el sentido de nación cobra una fuerza y un arraigo extraordinario en el mundo Occidental. Las naciones godas, los suevos, los alanos, los merovingios, etcétera, iban y venían por el mundo sin arraigo en ninguna tierra, buscando un lugar donde asentarse. Eran naciones, y no estaban ligadas a territorios en principio, otra cosa es que cuando se asentaron en un lugar lo defendieron como propio, como su reino, como su lugar. Los países sin embargo son territorios que aúnan pueblos con signos identitarios y culturales comunes a lo largo de los siglos, sin necesidad de que sus habitantes sean de la misma raza o en algunos casos ni siquiera de la misma religión. Pesan en este caso los avatares de los acontecimientos que refuerzan los lazos culturales e identitarios de personas que asocian su existencia y su ser al arraigo a un territorio. El Estado da una vuelta de tuerca más a todo y es quizá un invento de los antiguos reinos orientales, como Babilonia, Mesopotamia o Persia, al cual los griegos lo revolucionan con la democracia y sus valores, y los romanos lo expanden añadiéndole conceptos centralistas e imperiales que, bien analizados, resultan no ser tan centralistas. Un Estado puede acoger varios países y varias naciones y hacer de todos ellos una unidad política con unos objetivos comunes en lo social, lo económico, lo militar, lo cultural, etcétera. Así pasan los siglos y los conceptos hasta que a finales del siglo XVIII y con el siglo XIX comienza a concebirse la idea de atar de manera indivisible el concepto de Estado nación, transformando a varias naciones en una sola nación y a la nación confundiéndola con el Estado. Así hay nación de naciones, e incluso Estado de Estados. Ni que decir tiene que el concepto de Estado nación ha provocado problemas económicos, militares, sociales, políticos con mucha frecuencia, más aún cuando en el siglo XX se quiso ensalzar además que dentro del Estado nación existían unas personas más válidas que otras o que unas naciones eran mejores que otras, como ocurrió con el caso ideológico tan funesto como lo fue el nazismo. Sea como sea, pasada la Segunda Guerra Mundial y repartida Europa en nuevos Estados nación inscritos en bloques ideológicos enfrentados en la Guerra Fría, poco a poco se quiso ir superando el concepto de Estado nación creando la Comunidad Económica Europea que pasaría a ser la Unión Europea tras la Guerra Fría. En la Unión Europea se diluían parte de las soberanías nacionales para crear una comunidad de Estados, países y naciones con identidad y valores europeos, sean estos los que quieran que sean, pues muchos no nos hemos enterado de qué se trata en general. No ha nacido un teórico capaz de transmitirnos una sensación europea fuerte asentada en la idea de Unión Europea. Sólo con la crisis de 2008 y las recetas ultraliberales alemanas en los últimos años se vuelve a reforzar en parte de las sociedades la idea de Estado nación y de recuperación de la soberanía. Dinero y derechos sociales, asociados estos al poder adquisitivo de cada persona.

La cosa es que España no siempre fue vista por los españoles del mismo modo. El concepto nacional de España varía según el siglo. Cada uno tiene sus particularidades. Parece ser que ahora que Cataluña habla de un referendum para poder decidir su independencia o no, se ha vuelto a poner de moda entre los intelectuales publicar libros que reflexionan y ahondan sobre lo que Fernando Wulf llamó en su día "las esencias patrias", o lo que es lo mismo: lo que puede variar el concepto de España, siendo España siempre el mismo lugar geográfico del mapa. Hace poco Xavier Andreu fue entrevistado por El País a costa de esto y contestaba muy pedagógico sobre cómo el liberalismo del siglo XIX alteró nuestro concepto de qué es España de manera que aún pervive en nuestra mente aquello de los toros, el flamenco y la paella, pero no del modo como se conocían hasta entonces, sino cambiado por los intelectuales de entonces a un mundo no embrutecido por la gente de los pueblos y toreros lanza en ristre, sino con manuales estudiosos de cómo se ha de torear, grandes plazas que puedan comercializar entradas a espectáculos y toreros elevados a famosos con carácter de artistas de ese extraño arte que dicen que es la tauromaquia, dotada, eso sí, hasta de un pasado histórico de relumbrón atado a la antigua Grecia y Creta, aunque otros hablen de los musulmanes españoles. 

La visión de España ha cambiado desde su origen, tanto por los españoles como por los no españoles. También de esto habló El País hace poco. España es asociada al mundo exótico de Europa, somos ese lugar del continente con pasado oriental y africano a costa de nuestros ochocientos años de Al-Andalus y las taifas, pero antes de esto, por nuestro pasado cartaginés y fenicio. La visión medieval de la península pasaba por su unidad aunque fuera a costa de mantener dentro diferentes Estados, de los cuáles uno era el preminente. Se consideraba que había un pasado común y unos objetivos afines sobre el futuro y el presente penínsular, pero los Estados andaban divididos. Con la unidad de estos Estados mediante la unión matrimonial y la guerra civil con Isabel I y Fernando V se vió a España como una unidad destinada a la expansión del cristianismo, aunque no era esta España, sino Reino Hispánico, término por el cual se remarcaba la idea de que este reino era un reino de reinos, un Estado de Estados, una especie de federación, la cual tendía a la centralidad del poder, a pesar de que cada reino mantuviera sus leyes y derechos. Los nuevos reinos adquiridos en la península, como Navarra, por ejemplo, se precipitaron a reescribir sus identidades nacionales y donde dijeron "digo" dijeron "Diego". Reescribiendo lo ya escrito y elaborando una visión de sí mismos como lugares que siempre desearon la unidad Estatal dentro del proyecto de los llamados Reyes Católicos. 

La España del siglo XVI fue la España imperial, la católica, la de la furia española, aquella monarquía poderosa donde nunca se ponía el Sol, la de la conquista de las riquezas y la diversidad de sus pueblos, pero a la vez la que generaba recelos y guerras religiosas y de poder y contrapoder político en suelo europeo. Aquella España atraía a banqueros, artistas, teólogos y pensadores de toda Europa, atraídos por lo que venía del Nuevo Mundo, las posibles riquezas de allá y sobre todo porque se estaba transformando en el epicentro del poder occidental. En el siglo XVII se mantuvo esa visión, cada vez más mermarda por las guerras, hasta que hacia sus finales se impuso la visión de la leyenda negra creada por todos los enemigos de España y alimentada por nuestros propios artistas y escritores que hablaban de una España muy empobrecida, llena de pillos y hambrientos, de ejércitos de aventureros por la fortuna en un Imperio de métodos crueles que tenía grandes fortunas que contrastaban con este panorama. Una España retrasada en lo científico y lo cultural, encerrada en la defensa a ultranza de los conceptos católicos del Concilio de Trento. Sin embargo, a esta visión los propios españoles, aún a pesar de sus miserias, se veían a sí mismo como grandes e invencibles, con una visión del honor y la palabra, y, aunque les pese a los enemigos de España de entonces, guiados por unos conceptos más abiertos a la mezcla racial y cultural con sus territorios de ultramar que lo que por aquellas épocas hacían ingleses y franceses o incluso portugueses. Pero era esa una España también en crisis, que llegó a librar sus batallas con unos portugueses, unos catalanes y unos andaluces que no querían ser España. Es la del siglo XVII una España que con Carlos II vivirá una etapa de gobierno de un rey teóricamente incapaz, que no suscitaba orgullo patrio y que vivió además la presencia del primer dictador de nuestra Historia, Juan José de Austria. Con el siglo XVIII, y tras las derrotas de la Guerra de los Treinta Años a mediados del siglo anterior, la crisis bélica de aquellos que se quisieron ir, la merma económica y política de España y el reinado de Carlos II, ya era un hecho que España era sentida fuera y dentro de ella como un Imperio venido a menos. Los españoles creyéndose grandes, a pesar de sus miserias, y los extranjeros creyéndonos un país atrasado y un Imperio de glorias pasadas, aunque, por su tamaño, aún temible, no obstante inauguramos el siglo con una guerra de quince años a costa de las naciones europeas que querían colocar a sus familias reales al frente de este Estado español, cosa que lograron los Borbones franceses. Según avanzó el siglo esta España era una España para la rapiña de aquellos que deseaban los territorios de ultramar. Fue sin embargo un siglo de transformación, pues los Borbones son los que comienzan el centralismo español que hoy día conocemos, la trata de esclavos, nuevas teorías económicas y nuevas estrategias de revitalización cultural, que pasaban en parte por dotar de cierto valor de identidad española lo que hasta entonces consideraron barbarismo y no pudieron solucionar nuestros ilustrados, o en otras palabras: lo que era irremediable en los gustos de la gente menos alfabetizada en sus fiestas y costumbres pasaron a loarlo y dotarlo de cierto espíritu de esencia del ser español.

En el siglo XIX España era vista como un país retrasado en lo científico, en lo técnico, en lo industrial, en lo económico y en lo cultural, así como la veían en exceso arraigada a un sentimiento religioso católico que en realidad, según escriben diversos intelectuales y viajeros de la época, estaba más lleno de supersticiones que de creencia religiosa bien asentada. Pervivían los sentimientos casi feudales y las técnicas de trabajo más propias de otros siglos. Se esperaba todo porvenir económico de las rentas, sobre todo de tierras y viviendas, sin realizarse apenas inversiones de auténtica apuesta modernizadora. Los españoles consideraban que el futuro estaba en las rentas y en los trabajos de pasantes, que serían los hoy funcionarios. Era una España dolida con la pérdida del Imperio en buena parte tras la independencia de la gran mayor parte de América en la década de 1820, y por consiguiente arruinada en lo económico mientras se sucedieron golpes de Estado y guerras civiles entre lo que se consideró el origen de las dos Españas: una muy conservadora que consideraba sus valores éticos y morales los propios de España, y otra de carácter progresista que rechazaba todo lo conservador. Era una España que se veía exótica y de espíritu romántico. Aún creíamos en nuestra grandeza, a pesar de nuestras miserias, y vivíamos del recuerdo de nuestro pasado al que dotábamos de una gloria en nuestras mentes, quizá reforzado por el engrandecimiento que hicimos de ser una nación pobre que pudo derrotar a Napoleón Bonaparte cuando nadie lo hacía teniendo más medios y recursos. Esa España entre lo atávico y las rentas de la vieja gloria atraía el interés de mucho europeo que encontraba en ese ser una esencia extraña dentro de Europa. Y he ahí que justo al final del siglo, en 1898, pecisamente nuestro orgullo de gloria pasada nos metió en una guerra contra Estados Unidos donde perdimos en poco tiempo los territorios de ultramar de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y un conjunto de islas menores en el Pacífico. Al año siguiente vendimos otras islas a Alemania y todo junto creó un revulsivo en los españoles que cambió nuestro concepto de España justo al comienzo del siglo XX. Uno irónico y cínico, no exento de humor negro y resignación.

En el siglo XX nos hemos construido varias veces varios conceptos de España. Las primeras décadas corresponden a esa visión fatalista de nosotros mismos a costa de la conmoción que supuso saberse fuera de las grandes naciones a costa de los sucesos de 1898. Se pensaba en la necesidad de la regeneración social, política y económica. Fue ahí donde las dos Españas crearon sus diferentes conceptos de España. Desde los que ponín el punto de vista en la necesidad de aproximarse a la modernidad europea, separando Iglesia y Estado, por ejemplo, trayendo una democracia efectiva, aproximándose incluso al socialismo como política que miraba por los intereses ciudadanos, reformando la educación de raíz, buscando inversiones económicas en industria, etcétera, y que ahondaba sobre todo en la intelectualidad y la reflexión, a la otra España cuyo punto de vista pasaba por la tutela de la sociedad mediante las grandes fortunas, la Iglesia, la monarquía y el ejército, en la organización católica a ultranza y en el paternalismo social. Como fuera, aquella España se veía a sí misma, en rasgos generales, como una España que ahora se sabía atrasada, derrotada y llena de atavismos propios de otros siglos, que clamaba a gritos su necesidad de regenerar también la cultura de la sociedad, darles conocimientos y vidas dignas, mientras esta sociedad misma, sobre todo en el mundo rural, se acogía a su religiosidad más supersticiosa que teológica y a sus costumbres folclóricas que a veces rozaban o caían en la crueldad. Llegó la Segunda República y el concepto de la gente, al menos la urbana, cambió hacia la posibilidad de una España diferente, más moderna, más europea. Se creía en la construcción de un nuevo modelo de España, una España que podía aportar a Europa una sociedad nueva con valores diferentes a los del mundo germano. Sin embargo la guerra civil lo truncó todo y la dictadura de Franco, extendida hasta la Constitución de 1978, o hasta las elecciones de 1977, lo que se prefiera, construyó y potenció una visión de España propia del siglo XIX más conservador, la España de los valores católicos, que se creía imperial e imprescindible en el mundo, sin serlo, que vivía de viejas glorias, mientras el pueblo, empobrecido, mantenía costumbres con atavismos, supersticiones, altas tasas de analfabetismo, y un acatamiento de la autoridad lleno de temor a la posible consecuencia de no hacerlo. España, en todo ese tiempo, siguió siendo la España romántica que igual que en el siglo XIX atraía al resto de Occidente. Una reserva de valores de otra época de caballeros andantes en tiempos de fábricas mecanizadas. Era una España que potenció el folclore de la tauromaquia, el flamenco, las misas de Semana Santa y hasta de la furia española representada ahora, no sin cierto humor, en la figura del hombre español que rinde de amor a las extranjeras y la mujer española, casta, que con una mirada cautiva al extranjero. La España que piensa en el Cid, mientras en algunos pueblos aún no llegaba la electricidad estando ya pasada la mitad del siglo XX.

Así llega la Transición y con ella su propia reconstrucción y replanteamiento de España acorde a los tiempos. Una reconstrucción que pasa por la idea de reconciliación asimilándola a olvido mal entendido, pues en realidad se trataba de silencio. Tuvo que pasar la segunda mitad de la década de 1970 y los años 1980 para que, con fecha simbólica en 1992, se nos viera ya como un país moderno y capaz, democrático, aunque igualmente exótico, y nosotros creyéndolo. Los años 1990 y buena parte de los 2000 fueron los años donde contruímos la idea de una España que lo podía lograr todo, de una sociedad que podía obtenerlo todo, de una gente que opta por la paz y no la guerra, que se cree moderna y más libres y tolerantes que el resto de las naciones de Occidente. Si bien esta visión ha cambiado, quizá gracias a la facilidad para viajar por otros países de la Unión Europea, ha tenido que venir una crisis económica como la de 2008 y un movimiento social como el de 2011, para identificarnos de nuevo con la España catastrófica, necesitada de regeneración, que vive de las rentas, que no invierte, que es corrupta y pilla, que admira a sus ricos mientras cada vez genera más pobres, una España que recompensa no al que mejor lo hace, si no al que mejor le cae en simpatía, en todos los aspectos de nuestra vida. La construcción de España en estos momentos pasa por replantearnos el centralismo y el regionalismo, a volver a pensar en la federación. Una España que ahonda en las dos Españas y sus propias visiones de España. Que mientras saca pecho cuando logra logros deportivos o de vez en cuando se acuerda de algún logro científico, olvida el padecimiento de todos aquellos que la maquinaria del Estado y de los empresarios empobrecen hasta forzarles a irse a otros Estados o bien deterioran sus condiciones de vida o hasta mueren o se dejan morir.

Pero, ¿qué potencia España ahora? Puede que el folclore pueda ser un atractivo, aunque la tauromaquia ya no tiene la prensa internacional que antes tenía. Tengo la impresión que tratamos de vender una España al servicio de los demás, que ofrece playas, tradiciones degeneradas en fiestas cuyos celebrantes no saben qué celebran, y comida, montones de gastronomías deseables. Fuera de ese paquete turístico puede que el mensaje que estamos mandando es un mensaje de una España que parece unida artificialmente, aunque tengamos un pasado común muy rico. Una España dividida en nacionalismos, en un alto desnivel económico social, enfrentada en antagonismos políticos cada vez mayores, una España de fiestas y acogedora que guarda en su interior una pequeña bomba que no se sabe si explotará. Somos la España que sigue siendo el lugar exótico de Europa, el romántico, pero también donde parece que todo se puede hacer aquí, y, por otra parte, menos festiva, hay quien por Europa puede que piense que somos la España permisiva con todo tipo de delitos, algunos peligrosos en cuanto a seguridad, pero también dentro de esto existen las denuncias de torturas y derechos humanos. A pesar de que para los no españoles siempre existirá la visión de la España acogedora donde poder beber y comer a gusto. El lugar exótico de Europa con su punto cultural y social un tanto lejano de lo que se ve en sus calles centroeuropeas.

España está bien vista en general en el resto del mundo. Nuestra visión de nosotros está por construir en el siglo XXI, ya que hoy por hoy es muy similar a la que se hizo en el comienzo del siglo XX. Ya no pensamos en nosotros como una unidad de destino, ni como un gran Imperio, ni como los invencibles (salvo en el deporte, aunque no sea así). Nos estamos repensando. Las nuevas generaciones no creo que pongan los puntos en valor en las costumbres folclóricas, aunque las mantengan. Quizá los puntos en valor más deseables para este siglo XXI serían los que estén unidos a políticas de avances sociales, culturales y científicos, pero hoy por hoy, me temo, que nuestra construcción de españolidad se basa más en la España del tócame Roque, éramos pocos y parió la abuela, viva la Pepa, para qué queremos más, no querías caldo pues toma dos tazas, ande yo caliente y ríase la gente, y del aquí no pasa nada, que pasa lo de siempre.

Saludos y que la cerveza os acompañe.