lunes, agosto 04, 2014

NOTICIA 1373ª DESDE EL BAR: EL DÍA QUE LAS BALAS FUSILARON A LAS PALABRAS

El periódico de tirada estatal Diagonal ha publicado para todo el largo de este mes de agosto un especial de la Primera Guerra Mundial en su edición en papel. Como ya dije nos han invitado a escribirlo a los historiadores Julián Vadillo, Iván Pascual (del que publiqué su ampliación en esta bitácora en la anterior entrada), Laura Vicente, Carlos José Márquez-Alvárez y uno mío propio, más otros dos artículos del periodista cultural Ignasi Franch. Pues bien, hoy os traigo mi artículo muy, muy, ampliado. En todo caso, los interesados en tenerlo en papel pueden comprarlo en los kioskos y papelerías que tienen habitualmente este periódico, o bien por suscripción. En todo caso, en Alcalá de Henares en concreto a fecha de hoy sólo se vende a todo el público, al margen de la suscripción personal, en la Librería Diógenes, en la Calle Ramón y Cajal, nº 1. En esta ocasión, con motivo de ese cien aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial fui invitado a escribir sobre la Literatura y la Primera Guerra Mundial. Un mundo muy rico en transformaciones. Espero que lo disfrutéis y que os interese leer algo.




EL DÍA QUE LAS BALAS FUSILARON A LAS PALABRAS.

“¿Quién me dijo a mí que no? No sé como no le envío al barranquillo donde eché a tantos. Esta porra que ve aquí ha matado muchos hombres franceses, italianos, húngaros… Tengo la lista en mi casa. ¡Obedézcame!, no vaya a danzar con todos ellos. Hace tiempo que la porra no funciona y se me escapa de las manos. ¡Tenga cuidado!”. Así amenazaba Cristobita al padre de su prometida en Los títeres de cachiporra, según lo escribió un joven Federico García Lorca antes del año 1925. Este personaje brutal y maquinal era claramente uno de aquellos señores adinerados y germanófilos que abundaban en España durante la Primera Guerra Mundial, de 1914 a 1918. Apenas hay otros rastros del gran conflicto en la obra del poeta y dramaturgo andaluz, aunque algo más hay en sus primeras poesías. España fue neutral y vivió el conflicto de una manera muy diferente a como lo vivió el resto de Europa. Si la Gran Guerra iba a suponer el paso del siglo XIX al XX, España aún tendría que esperar su calamidad.

La guerra que transformó la Historia de la Humanidad dejó inevitablemente su rastro por todas las obras literarias del mundo. A fin de cuentas la Literatura ayuda a transmitir el pensamiento humano y los valores de su momento, y precisamente aquella guerra que bañó al mundo de sangre hizo tambalearse y caer a una gran cantidad de creencias y seguridades para dar cabida a otras. En España hubo quien escribió sobre el conflicto, no sólo Lorca de una manera tan anecdótica. Unamuno, Pío Baroja o Blasco Ibáñez fueron los que más en serio se lo tomaron. Blasco Ibáñez fue el autor con más éxito de lectores sobre este tema en su preciso momento, con Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis (1916), Mare Nostrum (1918) y Los enemigos de la mujer (1919), se le puede ver en la foto visitando el frente francés. Los autores españoles escribían análisis, reflexiones o historias ficticias en novela o relatos desde la distancia de un país en paz que además se beneficiaba de los negocios de la guerra. Valle-Inclán fue el único que ejerció de periodista de guerra en la zona, visitó el frente francés y todos los días recogía historias de los pilotos de aviones franceses. A pesar de ser carlista no era germanófilo, lo que le valió la enemistad con algunos de sus compañeros de ideas políticas. A pesar de esto, Valle-Inclán tampoco vivió la guerra desde el ejercicio del combate. Por ello cabe preguntarse: ¿qué clase de Literatura engendró la violencia entre los que sí habían participado directamente de las matanzas?

Para poder contestar a esto necesitaríamos toda una biblioteca de tesis doctorales sesudamente estudiadas durante los años de varias vidas. La Primera Guerra Mundial ha sido sobrepasada por todo aquello que generó su hija, la Segunda Guerra Mundial, pero quien se adentra en el conflicto de 1914 no para de sacar documentación, tesis y antítesis aún hoy cien años después. Tan complejo y tal conmoción nos provoca generación tras generación, que no terminamos de explicarnos a nosotros mismos el porqué de todo aquello. Para poder escribir este artículo voy a optar por excluir los innumerables libros de Historia, memorias y demás que se han escrito. Deseo ceñirme estrictamente a la Literatura.

Buena parte del modo de pensar había sido cambiado justo al acabar la guerra, y sin embargo continuaba sus mutaciones sin parar. Todas las artes plasman esos cambios, los cuadros, los grafismos, el cine, la música… y la Literatura. Es la época de esplendor de los –ismos. Quizá el más llamativo de ellos sea el dadaísmo. El poeta rumano Tristan Tzara dio el pistoletazo de salida en Francia, justo durante la guerra. En 1916 escribió La primera aventura celestial del señor Antipirina, al que siguió en 1918 Veinticinco poemas. Su objetivo principal era escandalizar a los burgueses. Sus poemas no sólo tocaban temas moralmente escandalosos para la época, sino que además tendían a la composición a partir de la descomposición y la descontextualización de palabras o frases. Es bien conocido aquel método de Tzara por el cual abría un libro al azar y comenzaba a crear a partir de palabras sueltas que recogía y unía con mayor o menor sentido para dar por nacida una poesía. En el fondo se reproducía en Literatura algo que los cubistas empezaban a recoger en sus cuadros: la descomposición de un ser o de un objeto, en este caso de palabras, en pequeños trozos o en pequeños grupos, sin sentido alguno tan sólo por sí mismos, para que en la observación de su conjunto en la distancia nos hagan comprender que todos juntos en sí mismos sí son algo con sentido. Nada más lejos de aquellos cuerpos descuartizados por las bombas que, precisamente en 1916, gozaron de su mayor monstruosidad en batallas como Verdún o El Somme. Otro ejemplo de descomposición paralela a esto serían los poemas en caligrama que publicó en italiano Apollinaire en 1918, que por otro lado fue herido en la cabeza como soldado en 1916.

El dadaísmo se daría la mano con el surrealismo, sobre todo con el español, y también con el estridentismo, donde la estridencia precisamente era lo que alteraba la normalidad de las historias. Más todavía, en los años 1920 el futurismo, nacido también durante la guerra, daría en Italia un buen trampolín para las ideas fascistas. Unas ideas que creían caducadas y fracasadas las ideas democráticas parlamentarias, dado el resultado de millones de muertos que había existido y, más aún, como concebían muchos de estos autores el socialismo como una necesidad. Se concebía el socialismo como respuesta al gobierno de las elites que habían llevado al mundo a aquel horror de trincheras y bombas. Pero el socialismo en aquellas épocas tuvo muchas versiones, y no necesariamente todas evolucionaron a una visión realmente de izquierdas. De ahí que el futurismo se transformara en un trampolín para introducir el fascismo italiano.

Llegados aquí quizá es de anotar una evolución particular de la Literatura. Si bien la guerra mundial había deformado algunas tendencias ya existentes o había dado parto a otras, en Rusia iba a ser deformador y padre a la vez de una de las corrientes literarias con más éxito en el siglo XX y comienzos del siglo XXI: la distopía. La distopía fue una evolución del género de la utopía. Hay filólogos que discrepan sobre si se ha de decir distopía o antiutopía, y otros que sostienen que incluso estos son dos géneros diferentes. La Real Academia de la Lengua ya anuncia que para su nueva versión del diccionario recogerá este término, pues hasta la fecha todavía no es oficial en España, a pesar de que se viene usando desde hace treinta o veinte años. La distopía es la constatación de la deformación de las ideas utópicas llevadas a la práctica de una manera tan rigurosa que lo que debía ser una sociedad ideal se transforma en una sociedad asfixiante y de pesadilla. El representante de la utopía con más éxito durante el final del siglo XIX y el principio del XX había sido el inglés H.G. Wells. Durante la guerra Wells había abandonado un poco su estilo de ciencia ficción y mundos utópicos para escribir un libro con éxito en su momento, en 1916, llamado Mr. Britling va hasta el fondo, donde analiza al inglés medio ante la guerra. Aunque Wells ya había visto claramente los problemas del colonialismo que llevarían a la guerra en obras como La guerra de los mundos (1898), lo que nos interesa ahora mismo de él es su amistad con un ruso que había sido preso por actos revolucionarios y que en esos momentos gozaba de una amnistía dada por el zar para que aprendiera en Londres la construcción de los barcos de guerra de doble casco. Zamiatin era partidario de los revolucionarios soviéticos. De hecho, aprovechó su estancia para escribir numerosos relatos de ciencia ficción sobre este asunto, guiado por su admiración por Wells, con quien se peleó cuando se dedicó a criticar a los ingleses por su sistema capitalista. Cuando en 1917 estalló la revolución rusa,  Zamiatin viajó allá para gozar de aquel nuevo mundo que nacía, gobernado utópicamente por los obreros. Sin embargo, la revolución derivó en una guerra civil que se prolongó hasta 1922. Esta otra guerra se llevó por medio toda aquella visión idealizada de lo que sería aquel nuevo mundo cuando los soviéticos comenzaron a aplicar unas formas de gobierno dictatoriales, llegando a ejecutar a todos sus adversarios políticos, incluidos los de izquierdas. La Unión Soviética, que fue posible gracias a todas las convulsiones sociales que provocó la guerra mundial en Rusia, y a una jugada de los alemanes para que Lenin pudiera estar en Rusia, se transformó en algo asfixiante que también fue criticado por un poeta amigo de Zamiatin, Mayakovski. Tanto Zamiatin como este poeta comenzaron alabando al sistema soviético, pero según vieron su evolución comenzaron a criticarlo. La censura y las purgas hicieron que sus críticas oscilaran entre lo directo y lo sutil. Mayakoski sufrió una serie de censuras y retirada de ayudas hasta que llegó al suicidio en 1930. Zamiatin había comenzado a escribir en secreto una obra sin título que mandó a unos editores que la publicaron por capítulos sin permiso suyo en un periódico checoslovaco. Pusieron por título Nosotros, enseguida fue publicado como novela en Reino Unido y en Francia. Era la primera distopía y nacía en 1920. Ponía en entredicho las bondades de un sistema socialista cuando estas suponían un control absoluto del ciudadano hasta en los detalles más pequeños de su vida. Efectivamente, veintiocho años después George Orwell reconoció que admiraba la obra y había escrito su 1984 usando Nosotros, un dato que no es muy conocido hoy día y que hace que mucha gente crea en la originalidad total del escrito de Orwell y desconozca sin embargo al autor ruso, cuya novela es de hecho 1984 visualizado casi treinta años antes. Zamiatin aún tendría otro relato llamado La cueva, a costa de los grandes calibres de los cañones cada vez mayores de la guerra. Allí vaticina lo que en el futuro serían los efectos de las bombas nucleares y el salvajismo del ser humano que, sumido en los odios, prefieren la destrucción antes que la comprensión. El relato también era de 1920. Se exilió en 1932.

Otra ficción que le debe su ser a los soviéticos es un tanto más desenfadada. La escribió un checo que combatió por el Imperio Austrohúngaro a partir de 1915. Se trata de Jaroslav Hašek, un hombre con ideas anarquistas que gozaba de un excelente sentido del humor. Tan buen excelente humor que incluso antes de la guerra había fundado un partido llamado Partido del Lento Progreso Dentro de los Límites de la Ley. Fue destinado a combatir a Galitzia a los rusos, cosa que aprovechó para cambiar de bando, no sin antes ser un preso de guerra. Con la revolución de 1917 fue liberado y él pasó a contribuir a la revolución soviética. Adquirió ideas comunistas, razón por la cual regresó a la nueva Checoslovaquia tras la guerra para propagar sus ideas. Por entonces escribió Las aventuras del buen soldado Svejk, una novela que editó por partes a partir de 1920. Su labor quedó interrumpida por su muerte en 1923. La novela fue terminada por otro escritor compatriota suyo. A menudo se le ha visto como contrapartida cómica a las profundas y serias visiones del otro escritor checo afamado de aquellas épocas, Kafka. El libro es una crítica a la guerra, pero también a las naciones, a las instituciones religiosas, a los nobles, a las convenciones sociales… No hay página que no tenga afilados sarcasmos contra absolutamente todo, especialmente contra las jerarquías. De hecho, el libro tuvo polémica, pues se cree que varios de los oficiales que aparecen satirizados fueron oficiales que durante la guerra fueron superiores de Hašek. Este soldado, que es o bien tonto o bien muy astuto, da vida a la trayectoria de un soldado reservista al mismo ritmo que las novelas de humor del siglo de oro español, del que por cierto hay alusiones a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Cervantes. Personalmente quien escribe cree que probablemente tiene mucho en común con la obra de Historia de la vida del Buscón, de Quevedo, y la del Lazarillo de Tormes, anónima. En su obra, además, podemos comprender perfectamente cómo el Imperio Austrohúngaro estaba totalmente enfermo y desunido en su interior, lo que explica su derrota y desaparición tras la guerra.

Como relato de ficción nacido de la Primera Guerra Mundial, los libros con más éxito los escribió un británico nacido en el Estado libre de Orange, en Sudáfrica. Hablamos de J.R.R. Tolkien y sus libros El hobbit y la trilogía El Señor de los Anillos. Estas obras las comenzó a escribir a partir de 1925, el primer libro lo publicó en 1937, y la trilogía no la terminó de escribir hasta 1949, pero no la publicó hasta 1954-1955. Es obvio que recoge una gran cantidad de tradiciones, cuentos, mitos y culturas orales tanto del mundo de las islas Británicas como de los mundos germanos, pero a la vez los inscribió en un fenómeno de guerra fantástica y heroica que hablaba además de la destrucción ecológica del mundo a causa de batallas gigantes nunca vistas donde los muertos tapaban los suelos. Todo ello contaba lo que había supuesto la guerra, de la que él fue partícipe como teniente, aunque normalmente en retaguardia. A fin de cuentas, la batalla de Ypres, por ejemplo, había supuesto precisamente una batalla de miles de muertos con armas novedosas y altamente letales que habían destruido un bosque entero. Tolkien era conocedor de todos aquellos hechos, pese a que tampoco cabe duda que dadas las fechas en las que continúo la escritura de la trilogía también combinó todo aquello con los sucesos aún más devastadores de la Segunda Guerra Mundial de 1939 a 1945.

Pero si lo que queremos es leer la realidad más cruda de la guerra, entonces el mejor reflejo de ella lo dio un soldado inglés llamado Wilfred Owen. Por méritos ascendió al grado de subteniente, pero una herida de mortero y más tarde el aislamiento en una trinchera enemiga le llevaron a un estado traumático que le hizo pasar una larga comparecencia en un hospital militar en el que conoció al también poeta y militar Siegfried Sasson, del que tal vez se enamoró. En este periodo escribió una gran cantidad de poemas por los que dio salida a todos los horrores de la guerra que le atormentaban. Son poemas claramente antibelicistas, pero en su día gozaron de un éxito instantáneo que hizo que le publicaran en numerosas revistas militares como si sus temáticas fueran acordes para animar a las tropas a combatir. Sus poemas son muy directos y descriptivos. Concreta en metáforas y pocas palabras toda una serie de imágenes, emociones y conceptos. Toda situación monstruosa que se pueda imaginar pasa por sus manos. Owen manejaba bien el lenguaje poético. Lamentablemente murió durante la última semana de guerra alcanzado de un disparo en la cabeza.

Sin generosidad poética, ni ricos recursos literarios y con un estilo muy seco, pero muy efectivo, estarían los libros de los alemanes Remarque y Jünger, ambos combatientes.

El alemán Erich Maria Remarque tenía por nombre original el de Erich Paul Remark. Tenía ascendentes franceses y no sentía especial aprecio a las motivaciones alemanas para originar la guerra, de ahí el cambio de su nombre. Él escribió en 1929 la novela Sin novedad en el frente. Se trata de una descripción muy ajustada a las vivencias del soldado raso y sin apenas educación académica en la guerra de trincheras. Critica no sólo la guerra, cuyo origen marca como algo ajeno al que realmente combate, sino también los modos formativos de Alemania en los cuarteles militares, e incluso la falta de preparación en las escuelas para enfrentarse a la vida real. No tenía ricos recursos literarios. Era un estilo muy seco, pero muy efectivo. El libro no fue muy apreciado por los nacionalsocialistas de Hitler. Fue perseguido bajo la acusación de descendiente de judíos. Aunque vivía en Suiza desde 1932, emigró a Estados Unidos en 1939.

El escritor y filósofo alemán Ernst Jünger era otro caso. Él se había alistado a la Legión Extranjera antes del comienzo de la guerra, pero se fue como voluntario alemán al estallar la misma. Sus vivencias las relató en forma de novela en Tempestades de acero, que se publicó en 1920. Volvió sobre el tema en 1925 con Fuego y sangre, y con el relato El bosquecillo 125. El primer libro citado le dio muchos reparos interiores. Se trataba de una novela de sus propias experiencias bélicas. Había ascendido por méritos de guerra y había ganado varias condecoraciones como héroe de guerra, cosa que no paró de hacer hasta el último mes del gran conflicto, en el que se encontraba convaleciente por heridas de su último combate. Muchos de sus recuerdos describían la guerra y las estrategias de las batallas que libró personalmente. En buena parte describía sus sensaciones y emociones, su evolución personal, mientras no paraba de describir con detalle los atroces efectos de bombas y balas sobre los cuerpos humanos. Dijo que lo escribió sobre todo como un modo de liberar todo lo que llevaba dentro de sí tras aquel mundo horrible. Seguía, además, las pautas que había establecido Stendhal para hablar de lo ocurrido en Europa. El libro le pareció demasiado ensalzador del belicismo y lo retocó en 1922, dos años después de su publicación. En la quinta edición de 1924 volvió a retocarlo para hacerlo más humano. Comenzó a criticar las consecuencias de la revolución francesa y abrazó el nacionalismo alemán, pero en 1933 también criticó el nacionalsocialismo de Hitler. Para dejarlo claro y para impedir que los nazis siguieran utilizando Tempestades de acero, volvió a cambiarlo en 1934, para que no contuviera nada que le fuera útil a esta ideología. Más aún, ese año escribió el relato El estallido de la guerra de 1914, donde volvía a escribir sobre el patriotismo alemán como un arrebato de juventud en busca de aventuras nacionalistas, en lugar de algo sentido, meditado y entre personas instruidas correctamente. Pese a todo hizo la Segunda Guerra Mundial del lado alemán como militar destinado en París. Volvió a retocar su libro en 1961, para dejarlo definitivamente con un toque antibelicista a través de pequeños giros de algunas frases claves en varios capítulos. Pese a todo, a lo largo del relato se nota demasiado que fue escrito gracias a los diarios que escribió en el mismo momento de la guerra. Algunos capítulos, aunque a ritmo apasionante, se hacen repetitivos.

Humphrey Cobb, por contra, usó su paso por la guerra para acumular una serie de sentimientos contrarios a ella que dieron explosión literaria en 1934. Luchó con el ejército canadiense, pero en 1934 leyó en The New York Times la noticia de la absolución a cinco fusilados franceses por amotinamiento en 1915. Cada viuda había recibido un franco de indemnización. Cobb se vio atraído a investigar aquello. Descubrió que en realidad habían sido fusilados al azar tras un consejo de guerra para dar ejemplo a la tropa que no había querido salir de las trincheras a combatir. Las garantías judiciales eran bastante irregulares de haber sido tiempos de paz. La indignación acumulada como veterano y tras conocer todo aquello escribió la novela Senderos de gloria en 1935. En ella criticaba la guerra, los códigos de honor supuestos, a la oficialidad y a la justicia militar. No tuvo ningún éxito, ni siquiera cuando la adaptó al teatro Sydney Howard en 1935. El mundo sólo le reconoció su valor cuando un joven Stanley Kubrik la llevó al cine en 1957 (en Francia no se permitió verla hasta 1975 y en España hasta 1986).

Cecil Scott Forester tuvo una historia similar. Él nació en el Egipto británico. Gozaba ya de cierto éxito literario cuando escribió en 1935 La Reina de África. En ella quiso reflejar la guerra mundial en el África subsahariana. En este caso la historia en todo su conjunto nos habla de un cierto ideal mesiánico y vengador por parte de la hermana de un predicador evangelista que muere a consecuencia del asalto alemán al poblado de una tribu bajo gobierno británico. De este modo pone el dedo en la llaga denunciando el carácter ultracristiano que cree en el castigo de las malas acciones y el premio de los que creen seguir en la senda del Señor. El libro fue llevado al cine por John Huston en 1951, pero el camino abierto del carácter más vengativo en términos de creencias religiosas y de un Dios apoyando esas acciones fue seguido por Charles Portis en 1968, en su libro Valor de ley, pero esa es otra historia. 

Envuelto en el romanticismo posterior de su persona, el británico Thomas Edward Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia, realizó tareas de inteligencia y espionaje entre los pueblos árabes para su organización de cara a combatir a la Triple Alianza en Oriente, pero también para formarles nacionalmente entre ellos. También fue escritor y escribió libros como Los siete pilares de la sabiduría, donde en parte contaba alguna de sus experiencias entre diplomáticas y militares. No hay que confundirle con el otro escritor David Herbert Richards Lawrence (D.H. Lawrence), que escribió poemas, obras de teatro, novelas y cuentos sobre la deshumanización, y que era tan antimilitarista que sus viajes por Alemania, Italia, Suiza e Inglaterra levantaron sospechas en todos los bandos de que fuera un espía. No lo era, pero no le libró de ser sometido en Inglaterra a una fuerte vigilancia.

Quizá uno de los libros más famosos de esta guerra fue escrito en 1929 por el Premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway. Se trata de Adiós a las armas. Eso sí, con permiso de La iniciación de un hombre (1919) de John Dos Passos, y de Tres soldados (1922), del mismo autor. Adiós a las armas, del citado Hemingway, también fue llevada al cine, en 1932 por Frank Borzage y en 1957 por Charles Vidor. Es un dato a tener en cuenta, pues la versión de Borzage fue pasada por los cines en París en 1937. el pintor Pablo Picasso fue a verla con el propio Hemingway, del que era amigo, y debió verla varias veces más, pues varios estudios parecen indicar que varios fragmentos de su cuadro El Guernica, que estaba pintando en ese momento por encargo de la República Española, corresponden con bastante exactitud a imágenes concretas de fotogramas del metraje durante los bombardeos. No es descartable, pues Picasso nunca vio los bombardeos en España. El libro del norteamericano tuvo hasta cuarenta y siete finales alternativos antes de que Hemingway se decantara por uno. Todos los escribió, pero sólo uno fue el que se editó. El periodista estuvo presente en esta guerra como oficial y conductor de ambulancias de la Cruz Roja en el ejército italiano, a pesar de su nacionalidad, ya que él entró en la guerra antes que su país. En buena parte el libro, una novela de ficción, cuenta con innumerables vivencias reales de su paso por la contienda, tantos que hoy día es difícil discernir qué pasajes corresponden a su vida real y cuáles son invención. En todo caso no es un libro de memorias, es una novela con una trama muy determinada. Su punto de vista se desarrolla desde el de un miembro de la Cruz Roja militar que además goza del privilegio de su condición de oficial. Sus tiempos en la retaguardia nos permite conocer los vicios, pasiones, pequeños lujos y miserias de los oficiales, pero las descripciones bélicas son claramente antibelicistas. Contiene uno de los pasajes más rememorables de esta literatura, que es el dedicado a la retirada italiana ante el derrumbamiento del frente por un ataque austrohúngaro. El derrotismo y la deshumanización ante la derrota alcanzan en este libro unas cotas emocionales muy altas. Incluso predijo motivos para la próxima Gran Guerra.

 
Aunque sin duda, los grandes literatos de la guerra fueron todos y cada uno de sus participantes, aquellos que desde las trincheras salían a enfrentarse a columnas levantadas por explosivos, sufrían gases asfixiantes, atravesaban nubes de balas, e incluso debían vigilar que desde los cielos no bajasen los aviones a matarles. Todos recibían y mandaban cartas que últimamente han sido recopiladas en ediciones de libros, archivos, bibliotecas nacionales, documentales… Con mayor o menor grado de intelectualidad, pues algunos soldados apenas habían recibido las primeras enseñanzas en el colegio, todas esas cartas a fecha de hoy tienen un gran y alto contenido emocional que las confiere todo tipo de valores que transcienden lo documental para la Historia, pisan la literatura de guerra, la psicología, la sociología de trinchera, son testimonio de la transformación ecológica de algunas zonas europeas, etcétera. En buena parte esta gente anónima hicieron algo parecido a todos los escritores que engendró la guerra, aunque desde dentro de sus propios recursos intelectuales, económicos o de prestigio. Todos en general, eso sí, aunque con excepciones, optaron por el rechazo a la repetición de otra guerra, o el rechazo a la guerra en sí misma. Todos coincidían en una visión de la existencia de dos guerras: la de los gobernantes, magnates y militares de alto rango, y la de aquellos que tenían que combatirla, los cuales a menudo no tenían para nada los motivos de los primeros, aunque todos llegaran a la guerra movidos por los primeros. En este sentido la crítica a la propaganda, a los engaños, a las jerarquías y demás, eran más que evidentes. Todo lo que podía ser cuestionado, se cuestionaba. Por ello, y por si las cartas y diarios eran atrapados en asaltos, pasaban censura militar.

Todos estos textos aquí analizados son relatos que desde la ficción fueron enriquecidos por las vivencias personales de sus autores, cuando no se trataba directamente de textos personales de la vida real del autor. Son vitales para conocer emocionalmente la guerra. Después de ella, toda realidad romántica bélica murió en el mismo barro donde estos autores encontraron tibias colgando de jirones de carne. El siglo XX.


Por Daniel López-Serrano “Canichu”,

Ampliación del artículo de julio de 2014 para el periódico Diagonal, por el 100 aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial.