viernes, julio 29, 2011

NOTICIA 963ª DESDE EL BAR: SURCOS DEL TIEMPO

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En el viejo molino de los García aún hay un puente semisepultado por la tierra y el tiempo que nos recuerdan que el caz del río Henares pasó por allí. Ahora el río Henares sigue su paso, como siempre, cerca, bordeando la ciudad, por debajo de un puente por el que pasa una carretera que asciende al monte Gurugú, hacia el cementerio nuevo, el cementerio jardín. La Isla de los García abunda en vegetación, que no en árboles, que un ayuntamiento despiadado con el mundo más ecologista, pretende arrebatarle ahora un pedazo con máquinas de contruir y cementos. Al otro lado del río hay un merendero. Pero mi ascenso por el camino de espigas secas que se clavan en los tobillos ha llegado al molino de los García, que en otras épocas conoció mejores épocas de las que son testigos sus dimensiones y sus puertas. Montones de trabajadores debieron estar aquí y animar a esta ciudad, hace décadas. El molino de los García es un trozo de la Historia de esta ciudad, que ahora descansa más entre ruinas que entre el recuerdo. De niño mis padres me decían que allí vivía gente "mala". De adolescente subía al Parque de los Cerros por aquel camino y mis amigos decían que allí vivían drogadictos y prostitutas, y algún ladrón y violador. Y yo iba por ese camino, bañado por el sol del verano, y me paré a mirar el molino de los García. Cara o cruz. Me intrigaba. Me acerqué a sus muros heridos por el tiempo y las pintadas de jóvenes grafiteros. Entré por los agujeros de sus paredes. Todo estaba hecho. Restos de fogatas. Más pintadas. Latas de conservas y de refrescos tiradas, sin oxidar, delatando que alguien las había usado no muy lejos en el tiempo. Entro por entre las paredes con vigas de madera desvencijada y medio carbonizada por fuegos que, no se ocultan sus pistas, fueron prendidos en noches de frio por alguien que buscó refugio alli. No hay remedio. Cara o cruz. No hay nada que perder salvo una oportunidad de crecer. Me adentro y paso a otra sala en ruinas cuyo techo desapareció, sin saber ni cómo es, ni si hay alguien. No hay nadie. No hay nadie en el molino de los García. Salvo las evidencias de tiempos mejores y tiempos peores conviviendo, como arrugas de carácter en una persona mayor. Los escombros me dejan pasar. No hay nadie de aquellas historias. Y luego, por el túnel de debajo de la carretera del monte Gurugú, asciendo al cementerio jardín, donde las urracas y los mirlos me reciben con sus sonidos, como aviso a los difuntos de que llego. Y las toperas delatan vida debajo del suelo. Y las paredes se encuentran escritas con los nombres de tantas personas que me rodean en su silencio, dentro de cajones de madera y jarrones herméticos. Y allí están mi padre y mi abuela.

En el recibidor del cementerio nuevo, al irme, descubro reformas... hacía tanto tiempo que no podía subir... Descubro cómo el mismo alcalde que trata de destruir la vida natural de la Isla de los García, ha colocado allí una estatua del Quijote... como si los visitantes de este lugar quisieran que les recordasen los hitos turísticos de Alcalá de Henares, como si fueran turistas y aquella otra parada... Para este ayuntamiento todo es Cervantes, todo es Quijote... y se olvida de las personas y del respeto y de los significados. Hay que quitarle las telarañas a ese Quijote... Voy bajando por el puente sobre el río Henares hacia la ciudad. Es mi primer día sin trabajar, en algún tiempo.

P.D.: fotos y video de elaboración propia. Y música de Pink Floyd.

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