jueves, abril 18, 2019

NOTICIA 1867 DESDE EL BAR: UN INCENDIO EN NUESTROS CORAZONES

A lo largo de varias Semanas Santas he compartido con vosotros alguna obra de Arte, en este caso sacro, para acercarnos a este aspecto de esta cuestión. Este año tenía elegido al autor y al cuadro desde un mes antes, pero los acontecimientos de esta semana me han hecho reflexionar que debía dejar esa elección para otra ocasión, pues creo que esta Semana Santa la obra que os presente debe homenajear a la catedral de Notre Dame, de París. No hace falta decir ya que el pasado lunes, 15 de abril, por la tarde, hacia el anochecer, la emblemática catedral iniciada en el siglo XII ardió. Elijo por ello una obra cuyo autor, lamentablemente, desconozco. Se trata del cuadro "Nuestra Señora de los Siete Dolores" (Notre-Dame des Sept Dólours). Muy evidentemente la catedral estaba advocada a la Virgen María y por ello, con doble sentido, era conocida como Nuestra Señora de París (Notre Dame). Tampoco conozco la época en que fue pintado. Por las características técnicas estaría por aventurar que es un cuadro probablemente del Neoclásico, en el siglo XVIII, quizá de comienzos del XIX. Las telas no tienen vuelos vaporosos, como en el Barroco, y los colores tienden a los colores pastel, por mucho que el manto y ropa de la Virgen tienen color azul y rosa como parte de un significado religioso. Ella inicia el foco del que emana la luz, la cual aumenta en el cielo, que anochece. Los elementos naturales apenas cobran relevancia, salvo el cielo, donde se supone que está el reino ultraterrenal cristiano. Esos colores pastel podrían estar bebiendo de las técnicas del rococó, de aquel siglo XVIII. 

Ella, la Virgen María, tiene ya sobre sí la aureola de santidad y aparece sentada a los pies de la cruz donde ya ha sido bajado su hijo JesuCristo, pues se ve la escalera y el lienzo que usaría José de Arimatea para descenderle. No es la clásica imagen de la piedad, que se popularizó en el Renacimiento, con la mujer sujetando el cuerpo muerto de su hijo, aparentemente ya se lo han llevado a su sepulcro y ella se ha quedado allí con una serena tristeza. Aparece en su pecho el corazón que caracteriza a esta representación de la Virgen, conocida como Virgen de los Siete Dolores, o Virgen de los Dolores, Nuestra Señora de los Dolores o La Dolorosa. Su corazón tiene clavadas siete espadas, como representación simbólica de los siete momentos de dolor que le provocaron la vida de su hijo. Estos son: la profecía que le dijo Simeón, según el testamento de Lucas, donde le vaticino que su hijo (niño por entonces) había nacido para la ruina y resurrección de muchas personas de Israel; la persecución que les hizo el rey Herodes, la matanza de niños y su huida al exilio en Egipto; la pérdida de su hijo Jesús niño dentro del templo de Jerusalén; que encontrara a su hijo cargando la cruz tras sufrir tortura a mano de los romanos; la crucifixión y muerte de su hijo; recibir el cuerpo muerto de su hijo descendido de la cruz; y finalmente la sepultura de su hijo.

Ella en su tristeza ante la muerte de su hijo se ha quedado sola ante la cruz, mientras su hijo, muerto en La Tierra y sepultado, descansa su cuerpo que habrá de resucitar en tres días para culminar así la limpieza de los pecados de toda la Humanidad y el inicio de un nuevo pacto entre Dios y la humanidad, recogido en el Nuevo Testamento y simbolizado en la destrucción del templo de Salomón con un terremoto y la construcción de un templo de vida con la resurrección. Así, queda reflejado ese momento de acongojamiento ante la peor parte del desastre, en un espacio temporal previo a la resurrección y renovación del pacto sagrado. Sirva este cuadro como metáfora esta Semana Santa de ese momento de pena entre la destrucción de la catedral de Notre Dame y su anunciada reconstrucción por el gobierno francés.

Por supuesto podría haber elegido alguna de las obras de Arte que contenía esta catedral, muchas de ellas salvadas gracias a la colaboración de los ciudadanos franceses anónimos que se pusieron manos a la obra a sacar y ayudar a sacar muchas de las obras. Podría haber puesto una de las famosas gárgolas de su paramento, como la que mostró Mag. ayer. Unas gárgolas que han aparecido en infinidad de novelas, relatos, cuentos, poemas, canciones, películas, dibujos animados... Originalmente servían pragmáticamente para expulsar el agua de la lluvia de una forma bella. Más allá de lo pragmático, unían la luz del Reino de Dios con las sombras del Diablo que suelen acompañarle. Ambos mundos andan unidos y se deben la existencia el uno al otro. Luz y sombra, bien y mal. Los pequeños monstruos y diablos que estaban en el exterior de la catedral, observando la ciudad, ahí siguen. 

Pero la cosa es que se han leído demasiadas cosas indeseables y desinformadas a raíz de este incendio accidental, por unas obras de rehabilitación del templo. Si bien lo principal es la oleada de tristeza y de solidaridad con Francia por la pérdida de este patrimonio cultural de la Humanidad, una oleada que ha logrado recaudar unos novecientos millones de euros en grandes y pequeñas donaciones para su reconstrucción, se ha leído desde que a la vez hubo otro incendio en la tercera mezquita musulmana más importante de Jerusalén pero nadie le dio tanta atención, que si el templo era de los católicos (en realidad pertenece al Estado francés, aunque tenga culto católico) y que la Iglesia ha creado grandes males a la Humanidad, que si las mujeres, homosexuales y otros colectivos no deberían sentir pena, que si debiera responder el Vaticano, que si todos los que lamentamos este incendio somos hipócritas, etcétera. El argumentario más elaborado fue un escrito largo que circuló por varias redes sociales, y que decía en su parte más relevante: 

"(...) Mientras todo el planeta mira a la Catedral de Notre Dame, cuelga fotos de sus viajes y escribe bien grande que se le parte el corazón, sabed que se siguen vertiendo al mar 200 kilos de plástico por segundo, siguen muriendo 8500 niños de hambre cada día, en India hay 4 violaciones cada hora y en el mundo 137 mujeres son asesinadas cada 24 horas.
'Cada día, 41.000 niñas se casan sin haber cumplido los 18 años, casi 160 personas al día llegan en patera a España huyendo del hambre y del horror, SEOM ha estimado que el número de nuevos casos de cáncer diagnosticados en España en el año 2019 alcanzará los 277.234, un 12% más que en 2015...
'Hoy mismo el río Paraguay ha sufrido su mayor crecida y ha dejado 88000 desplazados, sin hogar. Hoy mismo el ciclón Idai provoca uno de los mayores desastres naturales del hemisferio sur que ha afectado al sudeste de África, en concreto a Mozambique, Malaui y Zimbabue, y la ONU lo ha calificado como devastador. Hoy mismo se ha sabido que ya son 370.000 los muertos en Siria. (...)"

El escrito en sí parte de una demagogia clara, pues que la gente lamente la pérdida de Notre Dame no es indicativo de que a la vez no lamente o no trate de colaborar con la solución de cualquiera otra de las cuestiones que cita. Las personas no son compartimentos estancos. Ni todo es blanco, ni todo es negro. Se puede lamentar la pérdida de Notre Dame y la muerte de niños, no es algo incompatible. Todo lo contrario, ambas son demostraciones de humanidad. Lo que ocurre es que aquel día 15 la noticia más impactante estaba siendo la quema de Notre Dame. Tenía un impacto psicológico claro. El edificio es en sí una obra de Arte y también un símbolo que recoge una gran cantidad de valores de nuestra sociedad, pero también de sueños, de ideales, de esperanzas, de momentos personales vividos, de significados, la Historia y la Cultura occidental han tenido puntos de unión emocional y de evolución relacionados con Notre Dame. Si ha habido un vuelco de solidaridad con su reconstrucción es porque tiene un significado humano que no se puede despreciar. Dudo mucho que quienes hayamos lamentado la pérdida lo hayamos hecho con un poso de maldad hacia todas las demás causas. No somos fanáticos, somos humanos. Por supuesto, si hemos de esperar a que se solucione todo lo que citaban para poder lamentar una pérdida de algo que nos gusta y agrada, entonces tenemos una imposición que acaba con nuestra libertad, y eso no es algo loable ni bueno. No todo vale para lograr la meta. Aparte de que alguien podría decir que hay otras cosas más importantes que las que citaron, o incluso que dentro de lo que citaron hay jerarquía de importancias, y enmendar la plana a quien lo escribió acusándole de lo mismo de lo que acusó él a los demás. 

No es baladí que una gran cantidad de franceses citaran a Víctor Hugo y su famosa novela donde arde Notre Dame cuando acosan al jorobado. No es baladí que una gran parte de personas de mi generación lo homenajearan con fotogramas de la película de dibujos animados El jorobado de Notre Dame. O que se pusieran innumerables fotografías de gente que posó con Notre Dame en el pasado. Son conexiones mentales con algo que nos crea ilusiones, ideales, que nos conecta con algo bueno. No se puede menospreciar el lado humano propio porque se crea que no nos produzca lo mismo los niños desnutridos. Es una creencia falsa, pero es cierto que cada cosa nos conmueve por dentro y nos hace comportarnos cada una a su modo. Recurrir a lo falaz ha sido algo feo.

Del mismo modo, hubo quienes ponían fotografías comparativas de Notre Dame en el siglo XIX y Notre Dame en el siglo XXI, donde evidentemente había cambiado su arquitectura y paramentos. Ponían en evidencia, o eso querían, algún tipo de inexistente hipocresía de los que lamentábamos la pérdida. Lo cierto es que la hipocresía residía en querer creer que el Notre Dame del siglo XIX era la misma que la del siglo XII. Los edificios históricos, todos, absolutamente todos, incluso los no históricos, han sufrido cambios y remodelaciones a lo largo de su existencia. Las partes quemadas de Notre Dame han sido, según la prensa, aportaciones de los siglos XVII y XIX. ¿Eran por ello menos valiosas? No. No eran menos valiosas ni nos motivaban en el alma menos. Es un tanto infantil querer creer que sólo la idea original, sin aportaciones, es lo válido en un edificio histórico. O que pervive algo de novecientos años sin alteración ni obra alguna, ni mantenimiento, ni cambios, ni modernización (aunque sea para poner luz eléctrica), ni nada. 

En un alarde de patetismo nacionalista patrio, los telediarios españoles comenzaron a comparar el incendio de Notre Dame con un incendio que sufrió la catedral de León en los años 1950 para que los franceses tomaran nota. Quitando el dato de que Notre Dame ya había sufrido un incendio durante la Comuna de París en 1871, los franceses ya tenían mucha más experiencia que nosotros reconstruyendo edificios, así por ejemplo, tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918) tuvieron que reconstruir al completo la catedral de Reims. La prensa parece que quiso olvidar ese dato para favorecer el de León, lo patrio, lo nacional. De hecho, tras la Primera Guerra Mundial y tras la Segunda Guerra Mundial, toda Europa ha reconstruido una gran multitud de sus edificios históricos, destruidos en los bombardeos y combates hasta 1945. España lo ha hecho con varios, como el Alcázar de Segovia, el Alcázar de Toledo, la Iglesia Magistral de Alcalá de Henares (cuyas fotos se pueden comparar en el museo que contiene hoy día), no así otros edificios, como el Palacio Arzobispal, también de Alcalá de Henares. 

En ese querer ensalzar la catástrofe de León, quizá también como mensaje de esperanza a Francia, aunque lo enfocaron desde un lenguaje patriótico y casi como tirando de las orejas a los franceses, se olvidaron citar otras catástrofes mucho más recientes, como la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo en la Guerra de Bosnia-Herzegovina (1992-1996) o la destrucción del Museo Nacional de Río, de Brasil, el año pasado 2018.

De las insinuaciones de que no fuera un accidente, sino un atentado musulmán o bien de que se alegraran musulmanes (yo no vi tal cosa), como era obvio aquello, aparte de falso, venía de la extrema derecha, que quería pescar a río revuelto. No merecen mayor atención.

A mí el incendio me sorprendió viendo la televisión en mi salón de casa por la tarde, unos veinte o treinta minutos después de su inicio. Vi el desplome de la aguja del siglo XIX sobre el techo. Lo seguí hasta la hora de irme a dormir para poder madrugar e ir al trabajo. Estuve varias horas pendiente. Cuando me levanté miré las noticias en mi móvil y vi que se había salvado la estructura y que el incendio ya estaba apagado. Compré el periódico en Madrid y leí sobre todo lo acontecido. La gente del metro leía mi periódico por encima de mi hombro. Era inevitable, pues, como digo, era el incendio de algo que tiene parte de nosotros en sí.

Pero, de todas maneras, no hay que menospreciar todo lo demás, los problemas que tiene el mundo. Es cierto. Hay muchas cosas que hacer. De todos modos, de esta Semana Santa, el comentario peor que he escuchado y más desinformado es el típico que todos los años formula alguien católico a alguien que considera no creyente (lleve o no lleve razón en su consideración). Esto es: "¿y tú por qué haces fiesta en Semana Santa?". El comentario también admite Navidad y cualquier otra fiesta cristiana. La contestación es obvia: porque tengo derecho, y porque los festivos en España los deciden los sindicatos con la patronal y mediación del gobierno. Puede que la Iglesia intervenga para que adopten sus preferencias, pero la Iglesia no decide ninguna fiesta laboral. Sólo deciden: sindicatos, patronal y gobierno. Por tanto la fiesta cae en Semana Santa, pero su existencia se debe a una cuestión civil, no a una cuestión religiosa. De hecho la Semana Santa ocupa del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, para la Iglesia todos los días de esa semana, todos, son fiesta religiosa, sin embargo, como fiesta laboral sólo son el jueves, viernes y domingo último de esa semana. 

Como sea, saludos y que la cerveza os acompañe.

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