lunes, agosto 04, 2014

NOTICIA 1373ª DESDE EL BAR: EL DÍA QUE LAS BALAS FUSILARON A LAS PALABRAS

El periódico de tirada estatal Diagonal ha publicado para todo el largo de este mes de agosto un especial de la Primera Guerra Mundial en su edición en papel. Como ya dije nos han invitado a escribirlo a los historiadores Julián Vadillo, Iván Pascual (del que publiqué su ampliación en esta bitácora en la anterior entrada), Laura Vicente, Carlos José Márquez-Alvárez y uno mío propio, más otros dos artículos del periodista cultural Ignasi Franch. Pues bien, hoy os traigo mi artículo muy, muy, ampliado. En todo caso, los interesados en tenerlo en papel pueden comprarlo en los kioskos y papelerías que tienen habitualmente este periódico, o bien por suscripción. En todo caso, en Alcalá de Henares en concreto a fecha de hoy sólo se vende a todo el público, al margen de la suscripción personal, en la Librería Diógenes, en la Calle Ramón y Cajal, nº 1. En esta ocasión, con motivo de ese cien aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial fui invitado a escribir sobre la Literatura y la Primera Guerra Mundial. Un mundo muy rico en transformaciones. Espero que lo disfrutéis y que os interese leer algo.




EL DÍA QUE LAS BALAS FUSILARON A LAS PALABRAS.

“¿Quién me dijo a mí que no? No sé como no le envío al barranquillo donde eché a tantos. Esta porra que ve aquí ha matado muchos hombres franceses, italianos, húngaros… Tengo la lista en mi casa. ¡Obedézcame!, no vaya a danzar con todos ellos. Hace tiempo que la porra no funciona y se me escapa de las manos. ¡Tenga cuidado!”. Así amenazaba Cristobita al padre de su prometida en Los títeres de cachiporra, según lo escribió un joven Federico García Lorca antes del año 1925. Este personaje brutal y maquinal era claramente uno de aquellos señores adinerados y germanófilos que abundaban en España durante la Primera Guerra Mundial, de 1914 a 1918. Apenas hay otros rastros del gran conflicto en la obra del poeta y dramaturgo andaluz, aunque algo más hay en sus primeras poesías. España fue neutral y vivió el conflicto de una manera muy diferente a como lo vivió el resto de Europa. Si la Gran Guerra iba a suponer el paso del siglo XIX al XX, España aún tendría que esperar su calamidad.

La guerra que transformó la Historia de la Humanidad dejó inevitablemente su rastro por todas las obras literarias del mundo. A fin de cuentas la Literatura ayuda a transmitir el pensamiento humano y los valores de su momento, y precisamente aquella guerra que bañó al mundo de sangre hizo tambalearse y caer a una gran cantidad de creencias y seguridades para dar cabida a otras. En España hubo quien escribió sobre el conflicto, no sólo Lorca de una manera tan anecdótica. Unamuno, Pío Baroja o Blasco Ibáñez fueron los que más en serio se lo tomaron. Blasco Ibáñez fue el autor con más éxito de lectores sobre este tema en su preciso momento, con Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis (1916), Mare Nostrum (1918) y Los enemigos de la mujer (1919), se le puede ver en la foto visitando el frente francés. Los autores españoles escribían análisis, reflexiones o historias ficticias en novela o relatos desde la distancia de un país en paz que además se beneficiaba de los negocios de la guerra. Valle-Inclán fue el único que ejerció de periodista de guerra en la zona, visitó el frente francés y todos los días recogía historias de los pilotos de aviones franceses. A pesar de ser carlista no era germanófilo, lo que le valió la enemistad con algunos de sus compañeros de ideas políticas. A pesar de esto, Valle-Inclán tampoco vivió la guerra desde el ejercicio del combate. Por ello cabe preguntarse: ¿qué clase de Literatura engendró la violencia entre los que sí habían participado directamente de las matanzas?

Para poder contestar a esto necesitaríamos toda una biblioteca de tesis doctorales sesudamente estudiadas durante los años de varias vidas. La Primera Guerra Mundial ha sido sobrepasada por todo aquello que generó su hija, la Segunda Guerra Mundial, pero quien se adentra en el conflicto de 1914 no para de sacar documentación, tesis y antítesis aún hoy cien años después. Tan complejo y tal conmoción nos provoca generación tras generación, que no terminamos de explicarnos a nosotros mismos el porqué de todo aquello. Para poder escribir este artículo voy a optar por excluir los innumerables libros de Historia, memorias y demás que se han escrito. Deseo ceñirme estrictamente a la Literatura.

Buena parte del modo de pensar había sido cambiado justo al acabar la guerra, y sin embargo continuaba sus mutaciones sin parar. Todas las artes plasman esos cambios, los cuadros, los grafismos, el cine, la música… y la Literatura. Es la época de esplendor de los –ismos. Quizá el más llamativo de ellos sea el dadaísmo. El poeta rumano Tristan Tzara dio el pistoletazo de salida en Francia, justo durante la guerra. En 1916 escribió La primera aventura celestial del señor Antipirina, al que siguió en 1918 Veinticinco poemas. Su objetivo principal era escandalizar a los burgueses. Sus poemas no sólo tocaban temas moralmente escandalosos para la época, sino que además tendían a la composición a partir de la descomposición y la descontextualización de palabras o frases. Es bien conocido aquel método de Tzara por el cual abría un libro al azar y comenzaba a crear a partir de palabras sueltas que recogía y unía con mayor o menor sentido para dar por nacida una poesía. En el fondo se reproducía en Literatura algo que los cubistas empezaban a recoger en sus cuadros: la descomposición de un ser o de un objeto, en este caso de palabras, en pequeños trozos o en pequeños grupos, sin sentido alguno tan sólo por sí mismos, para que en la observación de su conjunto en la distancia nos hagan comprender que todos juntos en sí mismos sí son algo con sentido. Nada más lejos de aquellos cuerpos descuartizados por las bombas que, precisamente en 1916, gozaron de su mayor monstruosidad en batallas como Verdún o El Somme. Otro ejemplo de descomposición paralela a esto serían los poemas en caligrama que publicó en italiano Apollinaire en 1918, que por otro lado fue herido en la cabeza como soldado en 1916.

El dadaísmo se daría la mano con el surrealismo, sobre todo con el español, y también con el estridentismo, donde la estridencia precisamente era lo que alteraba la normalidad de las historias. Más todavía, en los años 1920 el futurismo, nacido también durante la guerra, daría en Italia un buen trampolín para las ideas fascistas. Unas ideas que creían caducadas y fracasadas las ideas democráticas parlamentarias, dado el resultado de millones de muertos que había existido y, más aún, como concebían muchos de estos autores el socialismo como una necesidad. Se concebía el socialismo como respuesta al gobierno de las elites que habían llevado al mundo a aquel horror de trincheras y bombas. Pero el socialismo en aquellas épocas tuvo muchas versiones, y no necesariamente todas evolucionaron a una visión realmente de izquierdas. De ahí que el futurismo se transformara en un trampolín para introducir el fascismo italiano.

Llegados aquí quizá es de anotar una evolución particular de la Literatura. Si bien la guerra mundial había deformado algunas tendencias ya existentes o había dado parto a otras, en Rusia iba a ser deformador y padre a la vez de una de las corrientes literarias con más éxito en el siglo XX y comienzos del siglo XXI: la distopía. La distopía fue una evolución del género de la utopía. Hay filólogos que discrepan sobre si se ha de decir distopía o antiutopía, y otros que sostienen que incluso estos son dos géneros diferentes. La Real Academia de la Lengua ya anuncia que para su nueva versión del diccionario recogerá este término, pues hasta la fecha todavía no es oficial en España, a pesar de que se viene usando desde hace treinta o veinte años. La distopía es la constatación de la deformación de las ideas utópicas llevadas a la práctica de una manera tan rigurosa que lo que debía ser una sociedad ideal se transforma en una sociedad asfixiante y de pesadilla. El representante de la utopía con más éxito durante el final del siglo XIX y el principio del XX había sido el inglés H.G. Wells. Durante la guerra Wells había abandonado un poco su estilo de ciencia ficción y mundos utópicos para escribir un libro con éxito en su momento, en 1916, llamado Mr. Britling va hasta el fondo, donde analiza al inglés medio ante la guerra. Aunque Wells ya había visto claramente los problemas del colonialismo que llevarían a la guerra en obras como La guerra de los mundos (1898), lo que nos interesa ahora mismo de él es su amistad con un ruso que había sido preso por actos revolucionarios y que en esos momentos gozaba de una amnistía dada por el zar para que aprendiera en Londres la construcción de los barcos de guerra de doble casco. Zamiatin era partidario de los revolucionarios soviéticos. De hecho, aprovechó su estancia para escribir numerosos relatos de ciencia ficción sobre este asunto, guiado por su admiración por Wells, con quien se peleó cuando se dedicó a criticar a los ingleses por su sistema capitalista. Cuando en 1917 estalló la revolución rusa,  Zamiatin viajó allá para gozar de aquel nuevo mundo que nacía, gobernado utópicamente por los obreros. Sin embargo, la revolución derivó en una guerra civil que se prolongó hasta 1922. Esta otra guerra se llevó por medio toda aquella visión idealizada de lo que sería aquel nuevo mundo cuando los soviéticos comenzaron a aplicar unas formas de gobierno dictatoriales, llegando a ejecutar a todos sus adversarios políticos, incluidos los de izquierdas. La Unión Soviética, que fue posible gracias a todas las convulsiones sociales que provocó la guerra mundial en Rusia, y a una jugada de los alemanes para que Lenin pudiera estar en Rusia, se transformó en algo asfixiante que también fue criticado por un poeta amigo de Zamiatin, Mayakovski. Tanto Zamiatin como este poeta comenzaron alabando al sistema soviético, pero según vieron su evolución comenzaron a criticarlo. La censura y las purgas hicieron que sus críticas oscilaran entre lo directo y lo sutil. Mayakoski sufrió una serie de censuras y retirada de ayudas hasta que llegó al suicidio en 1930. Zamiatin había comenzado a escribir en secreto una obra sin título que mandó a unos editores que la publicaron por capítulos sin permiso suyo en un periódico checoslovaco. Pusieron por título Nosotros, enseguida fue publicado como novela en Reino Unido y en Francia. Era la primera distopía y nacía en 1920. Ponía en entredicho las bondades de un sistema socialista cuando estas suponían un control absoluto del ciudadano hasta en los detalles más pequeños de su vida. Efectivamente, veintiocho años después George Orwell reconoció que admiraba la obra y había escrito su 1984 usando Nosotros, un dato que no es muy conocido hoy día y que hace que mucha gente crea en la originalidad total del escrito de Orwell y desconozca sin embargo al autor ruso, cuya novela es de hecho 1984 visualizado casi treinta años antes. Zamiatin aún tendría otro relato llamado La cueva, a costa de los grandes calibres de los cañones cada vez mayores de la guerra. Allí vaticina lo que en el futuro serían los efectos de las bombas nucleares y el salvajismo del ser humano que, sumido en los odios, prefieren la destrucción antes que la comprensión. El relato también era de 1920. Se exilió en 1932.

Otra ficción que le debe su ser a los soviéticos es un tanto más desenfadada. La escribió un checo que combatió por el Imperio Austrohúngaro a partir de 1915. Se trata de Jaroslav Hašek, un hombre con ideas anarquistas que gozaba de un excelente sentido del humor. Tan buen excelente humor que incluso antes de la guerra había fundado un partido llamado Partido del Lento Progreso Dentro de los Límites de la Ley. Fue destinado a combatir a Galitzia a los rusos, cosa que aprovechó para cambiar de bando, no sin antes ser un preso de guerra. Con la revolución de 1917 fue liberado y él pasó a contribuir a la revolución soviética. Adquirió ideas comunistas, razón por la cual regresó a la nueva Checoslovaquia tras la guerra para propagar sus ideas. Por entonces escribió Las aventuras del buen soldado Svejk, una novela que editó por partes a partir de 1920. Su labor quedó interrumpida por su muerte en 1923. La novela fue terminada por otro escritor compatriota suyo. A menudo se le ha visto como contrapartida cómica a las profundas y serias visiones del otro escritor checo afamado de aquellas épocas, Kafka. El libro es una crítica a la guerra, pero también a las naciones, a las instituciones religiosas, a los nobles, a las convenciones sociales… No hay página que no tenga afilados sarcasmos contra absolutamente todo, especialmente contra las jerarquías. De hecho, el libro tuvo polémica, pues se cree que varios de los oficiales que aparecen satirizados fueron oficiales que durante la guerra fueron superiores de Hašek. Este soldado, que es o bien tonto o bien muy astuto, da vida a la trayectoria de un soldado reservista al mismo ritmo que las novelas de humor del siglo de oro español, del que por cierto hay alusiones a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Cervantes. Personalmente quien escribe cree que probablemente tiene mucho en común con la obra de Historia de la vida del Buscón, de Quevedo, y la del Lazarillo de Tormes, anónima. En su obra, además, podemos comprender perfectamente cómo el Imperio Austrohúngaro estaba totalmente enfermo y desunido en su interior, lo que explica su derrota y desaparición tras la guerra.

Como relato de ficción nacido de la Primera Guerra Mundial, los libros con más éxito los escribió un británico nacido en el Estado libre de Orange, en Sudáfrica. Hablamos de J.R.R. Tolkien y sus libros El hobbit y la trilogía El Señor de los Anillos. Estas obras las comenzó a escribir a partir de 1925, el primer libro lo publicó en 1937, y la trilogía no la terminó de escribir hasta 1949, pero no la publicó hasta 1954-1955. Es obvio que recoge una gran cantidad de tradiciones, cuentos, mitos y culturas orales tanto del mundo de las islas Británicas como de los mundos germanos, pero a la vez los inscribió en un fenómeno de guerra fantástica y heroica que hablaba además de la destrucción ecológica del mundo a causa de batallas gigantes nunca vistas donde los muertos tapaban los suelos. Todo ello contaba lo que había supuesto la guerra, de la que él fue partícipe como teniente, aunque normalmente en retaguardia. A fin de cuentas, la batalla de Ypres, por ejemplo, había supuesto precisamente una batalla de miles de muertos con armas novedosas y altamente letales que habían destruido un bosque entero. Tolkien era conocedor de todos aquellos hechos, pese a que tampoco cabe duda que dadas las fechas en las que continúo la escritura de la trilogía también combinó todo aquello con los sucesos aún más devastadores de la Segunda Guerra Mundial de 1939 a 1945.

Pero si lo que queremos es leer la realidad más cruda de la guerra, entonces el mejor reflejo de ella lo dio un soldado inglés llamado Wilfred Owen. Por méritos ascendió al grado de subteniente, pero una herida de mortero y más tarde el aislamiento en una trinchera enemiga le llevaron a un estado traumático que le hizo pasar una larga comparecencia en un hospital militar en el que conoció al también poeta y militar Siegfried Sasson, del que tal vez se enamoró. En este periodo escribió una gran cantidad de poemas por los que dio salida a todos los horrores de la guerra que le atormentaban. Son poemas claramente antibelicistas, pero en su día gozaron de un éxito instantáneo que hizo que le publicaran en numerosas revistas militares como si sus temáticas fueran acordes para animar a las tropas a combatir. Sus poemas son muy directos y descriptivos. Concreta en metáforas y pocas palabras toda una serie de imágenes, emociones y conceptos. Toda situación monstruosa que se pueda imaginar pasa por sus manos. Owen manejaba bien el lenguaje poético. Lamentablemente murió durante la última semana de guerra alcanzado de un disparo en la cabeza.

Sin generosidad poética, ni ricos recursos literarios y con un estilo muy seco, pero muy efectivo, estarían los libros de los alemanes Remarque y Jünger, ambos combatientes.

El alemán Erich Maria Remarque tenía por nombre original el de Erich Paul Remark. Tenía ascendentes franceses y no sentía especial aprecio a las motivaciones alemanas para originar la guerra, de ahí el cambio de su nombre. Él escribió en 1929 la novela Sin novedad en el frente. Se trata de una descripción muy ajustada a las vivencias del soldado raso y sin apenas educación académica en la guerra de trincheras. Critica no sólo la guerra, cuyo origen marca como algo ajeno al que realmente combate, sino también los modos formativos de Alemania en los cuarteles militares, e incluso la falta de preparación en las escuelas para enfrentarse a la vida real. No tenía ricos recursos literarios. Era un estilo muy seco, pero muy efectivo. El libro no fue muy apreciado por los nacionalsocialistas de Hitler. Fue perseguido bajo la acusación de descendiente de judíos. Aunque vivía en Suiza desde 1932, emigró a Estados Unidos en 1939.

El escritor y filósofo alemán Ernst Jünger era otro caso. Él se había alistado a la Legión Extranjera antes del comienzo de la guerra, pero se fue como voluntario alemán al estallar la misma. Sus vivencias las relató en forma de novela en Tempestades de acero, que se publicó en 1920. Volvió sobre el tema en 1925 con Fuego y sangre, y con el relato El bosquecillo 125. El primer libro citado le dio muchos reparos interiores. Se trataba de una novela de sus propias experiencias bélicas. Había ascendido por méritos de guerra y había ganado varias condecoraciones como héroe de guerra, cosa que no paró de hacer hasta el último mes del gran conflicto, en el que se encontraba convaleciente por heridas de su último combate. Muchos de sus recuerdos describían la guerra y las estrategias de las batallas que libró personalmente. En buena parte describía sus sensaciones y emociones, su evolución personal, mientras no paraba de describir con detalle los atroces efectos de bombas y balas sobre los cuerpos humanos. Dijo que lo escribió sobre todo como un modo de liberar todo lo que llevaba dentro de sí tras aquel mundo horrible. Seguía, además, las pautas que había establecido Stendhal para hablar de lo ocurrido en Europa. El libro le pareció demasiado ensalzador del belicismo y lo retocó en 1922, dos años después de su publicación. En la quinta edición de 1924 volvió a retocarlo para hacerlo más humano. Comenzó a criticar las consecuencias de la revolución francesa y abrazó el nacionalismo alemán, pero en 1933 también criticó el nacionalsocialismo de Hitler. Para dejarlo claro y para impedir que los nazis siguieran utilizando Tempestades de acero, volvió a cambiarlo en 1934, para que no contuviera nada que le fuera útil a esta ideología. Más aún, ese año escribió el relato El estallido de la guerra de 1914, donde volvía a escribir sobre el patriotismo alemán como un arrebato de juventud en busca de aventuras nacionalistas, en lugar de algo sentido, meditado y entre personas instruidas correctamente. Pese a todo hizo la Segunda Guerra Mundial del lado alemán como militar destinado en París. Volvió a retocar su libro en 1961, para dejarlo definitivamente con un toque antibelicista a través de pequeños giros de algunas frases claves en varios capítulos. Pese a todo, a lo largo del relato se nota demasiado que fue escrito gracias a los diarios que escribió en el mismo momento de la guerra. Algunos capítulos, aunque a ritmo apasionante, se hacen repetitivos.

Humphrey Cobb, por contra, usó su paso por la guerra para acumular una serie de sentimientos contrarios a ella que dieron explosión literaria en 1934. Luchó con el ejército canadiense, pero en 1934 leyó en The New York Times la noticia de la absolución a cinco fusilados franceses por amotinamiento en 1915. Cada viuda había recibido un franco de indemnización. Cobb se vio atraído a investigar aquello. Descubrió que en realidad habían sido fusilados al azar tras un consejo de guerra para dar ejemplo a la tropa que no había querido salir de las trincheras a combatir. Las garantías judiciales eran bastante irregulares de haber sido tiempos de paz. La indignación acumulada como veterano y tras conocer todo aquello escribió la novela Senderos de gloria en 1935. En ella criticaba la guerra, los códigos de honor supuestos, a la oficialidad y a la justicia militar. No tuvo ningún éxito, ni siquiera cuando la adaptó al teatro Sydney Howard en 1935. El mundo sólo le reconoció su valor cuando un joven Stanley Kubrik la llevó al cine en 1957 (en Francia no se permitió verla hasta 1975 y en España hasta 1986).

Cecil Scott Forester tuvo una historia similar. Él nació en el Egipto británico. Gozaba ya de cierto éxito literario cuando escribió en 1935 La Reina de África. En ella quiso reflejar la guerra mundial en el África subsahariana. En este caso la historia en todo su conjunto nos habla de un cierto ideal mesiánico y vengador por parte de la hermana de un predicador evangelista que muere a consecuencia del asalto alemán al poblado de una tribu bajo gobierno británico. De este modo pone el dedo en la llaga denunciando el carácter ultracristiano que cree en el castigo de las malas acciones y el premio de los que creen seguir en la senda del Señor. El libro fue llevado al cine por John Huston en 1951, pero el camino abierto del carácter más vengativo en términos de creencias religiosas y de un Dios apoyando esas acciones fue seguido por Charles Portis en 1968, en su libro Valor de ley, pero esa es otra historia. 

Envuelto en el romanticismo posterior de su persona, el británico Thomas Edward Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia, realizó tareas de inteligencia y espionaje entre los pueblos árabes para su organización de cara a combatir a la Triple Alianza en Oriente, pero también para formarles nacionalmente entre ellos. También fue escritor y escribió libros como Los siete pilares de la sabiduría, donde en parte contaba alguna de sus experiencias entre diplomáticas y militares. No hay que confundirle con el otro escritor David Herbert Richards Lawrence (D.H. Lawrence), que escribió poemas, obras de teatro, novelas y cuentos sobre la deshumanización, y que era tan antimilitarista que sus viajes por Alemania, Italia, Suiza e Inglaterra levantaron sospechas en todos los bandos de que fuera un espía. No lo era, pero no le libró de ser sometido en Inglaterra a una fuerte vigilancia.

Quizá uno de los libros más famosos de esta guerra fue escrito en 1929 por el Premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway. Se trata de Adiós a las armas. Eso sí, con permiso de La iniciación de un hombre (1919) de John Dos Passos, y de Tres soldados (1922), del mismo autor. Adiós a las armas, del citado Hemingway, también fue llevada al cine, en 1932 por Frank Borzage y en 1957 por Charles Vidor. Es un dato a tener en cuenta, pues la versión de Borzage fue pasada por los cines en París en 1937. el pintor Pablo Picasso fue a verla con el propio Hemingway, del que era amigo, y debió verla varias veces más, pues varios estudios parecen indicar que varios fragmentos de su cuadro El Guernica, que estaba pintando en ese momento por encargo de la República Española, corresponden con bastante exactitud a imágenes concretas de fotogramas del metraje durante los bombardeos. No es descartable, pues Picasso nunca vio los bombardeos en España. El libro del norteamericano tuvo hasta cuarenta y siete finales alternativos antes de que Hemingway se decantara por uno. Todos los escribió, pero sólo uno fue el que se editó. El periodista estuvo presente en esta guerra como oficial y conductor de ambulancias de la Cruz Roja en el ejército italiano, a pesar de su nacionalidad, ya que él entró en la guerra antes que su país. En buena parte el libro, una novela de ficción, cuenta con innumerables vivencias reales de su paso por la contienda, tantos que hoy día es difícil discernir qué pasajes corresponden a su vida real y cuáles son invención. En todo caso no es un libro de memorias, es una novela con una trama muy determinada. Su punto de vista se desarrolla desde el de un miembro de la Cruz Roja militar que además goza del privilegio de su condición de oficial. Sus tiempos en la retaguardia nos permite conocer los vicios, pasiones, pequeños lujos y miserias de los oficiales, pero las descripciones bélicas son claramente antibelicistas. Contiene uno de los pasajes más rememorables de esta literatura, que es el dedicado a la retirada italiana ante el derrumbamiento del frente por un ataque austrohúngaro. El derrotismo y la deshumanización ante la derrota alcanzan en este libro unas cotas emocionales muy altas. Incluso predijo motivos para la próxima Gran Guerra.

 
Aunque sin duda, los grandes literatos de la guerra fueron todos y cada uno de sus participantes, aquellos que desde las trincheras salían a enfrentarse a columnas levantadas por explosivos, sufrían gases asfixiantes, atravesaban nubes de balas, e incluso debían vigilar que desde los cielos no bajasen los aviones a matarles. Todos recibían y mandaban cartas que últimamente han sido recopiladas en ediciones de libros, archivos, bibliotecas nacionales, documentales… Con mayor o menor grado de intelectualidad, pues algunos soldados apenas habían recibido las primeras enseñanzas en el colegio, todas esas cartas a fecha de hoy tienen un gran y alto contenido emocional que las confiere todo tipo de valores que transcienden lo documental para la Historia, pisan la literatura de guerra, la psicología, la sociología de trinchera, son testimonio de la transformación ecológica de algunas zonas europeas, etcétera. En buena parte esta gente anónima hicieron algo parecido a todos los escritores que engendró la guerra, aunque desde dentro de sus propios recursos intelectuales, económicos o de prestigio. Todos en general, eso sí, aunque con excepciones, optaron por el rechazo a la repetición de otra guerra, o el rechazo a la guerra en sí misma. Todos coincidían en una visión de la existencia de dos guerras: la de los gobernantes, magnates y militares de alto rango, y la de aquellos que tenían que combatirla, los cuales a menudo no tenían para nada los motivos de los primeros, aunque todos llegaran a la guerra movidos por los primeros. En este sentido la crítica a la propaganda, a los engaños, a las jerarquías y demás, eran más que evidentes. Todo lo que podía ser cuestionado, se cuestionaba. Por ello, y por si las cartas y diarios eran atrapados en asaltos, pasaban censura militar.

Todos estos textos aquí analizados son relatos que desde la ficción fueron enriquecidos por las vivencias personales de sus autores, cuando no se trataba directamente de textos personales de la vida real del autor. Son vitales para conocer emocionalmente la guerra. Después de ella, toda realidad romántica bélica murió en el mismo barro donde estos autores encontraron tibias colgando de jirones de carne. El siglo XX.


Por Daniel López-Serrano “Canichu”,

Ampliación del artículo de julio de 2014 para el periódico Diagonal, por el 100 aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial.

sábado, agosto 02, 2014

NOTICIA 1372ª DESDE EL BAR: LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

En la anterior entrega de los artículos que estoy dedicando al cien aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial os había traído con permiso del autor el artículo "Jaurés o la coherencia socialista" que Julián Vadillo (el autor) había publicado en la edición digital del periódico de tirada estatal Diagonal. Julián, doctor en Historia, también ha publicado otro artículo llamado "El movimiento obrero en la encrucijada", esta vez en la edición en papel del ejemplar de esta quincena del mismo periódico. De hecho, en la edición en papel se encuentra un especial de la Primera Guerra Mundial donde también hay artículos de los también historiadores Iván Pascual, Laura Vicente, Carlos José Márquez-Alvárez y mío propio, más otros dos artículos del periodista cultural Ignasi Franch, como ya dije. Hoy, con permiso del autor os presento el artículo de Iván Pascual donde se explica la Primera Guerra Mundial, con una diferencia respecto al suplemento especial de Diagonal, este es el artículo ampliado y completo. Iván Pascual ha escrito una breve Historia de aquel acontecimiento que es muy completa y de muy fácil lectura y comprensión. Es muy apto para satisfacer al lector que más necesidad sienta de saber. El artículo es de una prosa que invita a seguir leyendo. No cae en tecnicismos, por lo que será de agradecer también por el lector menos adicto a leer Historia. Muy pedagógico. Un saludo a todos y que la cerveza os acompañe.

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL.

En el caluroso verano de 1914, Europa era un polvorín a la espera de una buena excusa con la que saltar por los aires, arrastrando consigo al mundo entero. Las tensiones entre los distintos estados eran de tal magnitud, que casi se podría afirmar que con los disparos con los que Gavrilo Princip puso fín a la vida del Archiduque Francisco Fernando, heredero de la Corona Imperial Austro-húngara, nació el sangriento siglo XX. Fue la chispa que provocaría la primera guerra mundial y que prendería la llama de la revolución rusa. El conflicto que encumbró a los EEUU como la gran potencia mundial y marcó el inicio del declive europeo y de la posterior pérdida de sus imperios coloniales. El triunfo del nacionalismo y el nacimiento del fascismo en las trincheras. Una guerra que provocó 9 millones de muertos y 21 millones de heridos, así como la destrucción de cuatro imperios: el alemán, el austrohúngaro, el otomano y el ruso, y de cuyos escombros emergerían toda una serie de nuevos estados y nuevos conflictos. Una guerra de una capacidad destructiva inimaginable tan solo unas décadas antes.

Cuesta creer que semejante conflicto pudiera surgir de una forma casi inesperada. Y es que pocos podían imaginar que el asesinato del Archiduque, el 28 de junio de 1914, acabara desembocando en una guerra mundial. Guerra que se combatiría por tierra, mar y aire. Desde los campos de Flandes a las llanuras ucranianas. De las selvas de Tanzania a los desiertos de Arabia. Y si inesperado fue su comienzo, su finalización fue casi igual de repentina, con el desmoronamiento por agotamiento de las potencias centrales, cuando parecía que si no la victoria, si por lo menos una paz negociada estaba al alcance de sus manos.

Grandes eran las tensiones que corroían Europa en 1914. La rivalidad germano-francesa y el deseo de ésta de vengar la derrota de 1870. Las ansias expansionistas alemanas y su conversión en una auténtica potencia militar, económica e industrial, lo que era visto con cada vez mayor miedo por sus vecinos. El conflicto balcánico, en donde tres grandes imperios se disputaban la influencia: el austro-húngaro, el ruso y el otomano. El deseo de Serbia de unir bajo su égida a todos los eslavos del sur, lo que entraba en colisión directa con Austria, que administraba gran parte de esos territorios. La competencia colonial en África y Asia, continentes sometidos casi en su totalidad al dominio europeo. Un nacionalismo agresivo, que infectaba a todos y cada uno de los estados de Europa.

Todo ello provocó la formación de dos grandes bloques de poder, por un lado la Triple Alianza, formada por el multiétnico imperio Austro-húngaro, corroído por el nacionalismo y las disensiones internas, el Reich alemán e Italia. Del otro lado la Triple Entente, formada por Francia, Rusia y Gran Bretaña. Potencias hasta hacía poco rivales, unidas ahora ante la amenaza alemana. Éste sistema de alianzas en teoría garantizaba la paz en Europa, ya que arriesgarse a entrar en conflicto con una de ellas, comportaba el riesgo de entrar en conflicto con todas las demás.

Con el asesinato del Archiduque, Austria tenía por fin la excusa para ajustarle las cuentas a Serbia. Sin embargo había miedo a la reacción rusa, defensora de los intereses serbios. Lo que tenía toda la pinta de ser tan solo un nuevo conflicto local en los Balcanes dio un peligroso e inesperado giro cuando Austria solicitó y consiguió el apoyo incondicional del Kaiser alemán Guillermo II para una intervención contra Serbia. El peligroso juego de las alianzas se había puesto en marcha. A partir de ese momento todo se precipitó: ultimátum de Viena a Belgrado, de condiciones tan inaceptables que Serbia solo podía negarse. La solicitud de ayuda por parte de ésta a Rusia. ¿La respuesta del Zar? Aquella que austriacos y alemanes nunca creyeron que se atreviera a dar: movilización general. A partir de ahí se entró en un punto de no retorno. Uno tras otro los estados europeos se fueron declarando la guerra. Para el 5 de agosto, la Triple Entente estaba en guerra con la Triple Alianza (con la excepción de Italia, que esperaría hasta 1915 y para hacerlo del lado Aliado). Las masas, deslumbradas por el nacionalismo, se lanzaron entusiasmadas a la guerra. Una guerra que se preveía de corta duración y en la que para navidad ya estarían en casa.

Al iniciarse el conflicto, la situación estratégica de las potencias centrales era claramente inferior con respecto a la de los aliados. Con escasez de materias primas y de recursos naturales, y prácticamente rodeados, su única salvación consistía en derrotar rápidamente a alguno de sus rivales y así romper el cerco. La escogida para recibir el primer golpe fue Francia, mediante un ataque relámpago a través de la neutral (y desprotegida) Bélgica. La jugada sin embargo salió terriblemente mal. No solo no se derrotó a Francia, sino que además se ganaron al peor de los enemigos posibles: el Imperio Británico, que contaba con un acceso prácticamente ilimitado a los recursos naturales y estaba dotado además de la marina más poderosa del mundo, con la que rápidamente pusieron en marcha un bloqueo marítimo con el que ahogarlas económicamente.

Con la entrada en la guerra de los turcos del lado de las Potencias Centrales, su situación estratégica mejoró ligeramente, pero esto no podía ocultar el hecho de que a pesar de que se contara con un nuevo aliado, a pesar de que se hubiera ocupado el norte de Francia y casi toda Bélgica, y a pesar de que se hubieran infligido dolorosas derrotas a los rusos, la victoria, a largo plazo, en una guerra de desgaste era imposible. Por ello, la estrategia de las Potencias Centrales durante los años sucesivos, consistirá en, por un lado tratar de romper el dogal que se estrechaba sobre ellas, tratando de ocasionar dolorosas e inasumibles derrotas que obligaran o bien a rusos o bien a franceses a firmar la paz; y por otro lado a tratar de minar el dominio británico sobre su Imperio, de tal forma que se viera obligado a poner fín a la guerra por miedo a su pérdida. Para ello fomentarán tanto rebeliones internas (animando a la Yihad en los dominios musulmanes o apoyando el movimiento independentista irlandés), como tratarán de ahogarla económicamente mediante la guerra submarina, cada vez mas indiscriminada. La estrategia sin embargo saldrá solo en parte. Tendrán que esperar nada menos que hasta principios de 1918 para conseguir romper el cerco mediante la firma del tratado de Brest-Litovsk con la Rusia soviética, nacida de la revolución de octubre. La victoria en el este, deslumbrante en su momento, resultó estéril. Llegaba demasiado tarde. Los millones de muertos y de heridos, el bloqueo británico y el ejemplo de la revolución rusa, habían dejado a Alemania y a sus aliados exhaustos. Los tres imperios daban síntomas claros de derrumbe, sobre todo en el caso del Austro-húngaro y el otomano. Además, la guerra submarina total llevada contra Gran Bretaña no solo no había conseguido asfixiarla, sino que además había provocado la entrada en la guerra de otro enemigo aún más poderoso: los EEUU. Hasta 250.000 soldados americanos desembarcarán cada mes en Francia a partir de abril del 18. Unas potencias centrales exhaustas acabaron comprobando como su frente interior se derrumbaba, viéndose obligadas a buscar la paz ante el miedo a la revolución.

En cuanto a la estrategia o estrategias aliadas durante la guerra, oscilaron entre la inglesa, más partidaria de practicar una guerra de desgaste que acabara provocando el derrumbe de Alemania, y la francesa y la rusa, mucho más agresiva y partidaria de encontrar una solución militar lo antes posible. La postura británica era comprensible; al fín y al cabo se sentía segura gracias a su insularidad y al poder que le otorgaba el poseer la mayor marina del mundo, que le permitía un acceso casi total a los recursos de su vasto imperio. Rusos y franceses por el contrario habían visto como el enemigo ocupaba amplias zonas de su territorio y veían amenazada su existencia misma, de ahí su mayor deseo de encontrar una solución militar. En la práctica se alternaron ambas posturas. Por un lado se fueron minando las posibilidades de resistencia alemana a largo plazo, mediante el bloqueo económico (el cual al final acabaría resultando esencial), el ataque y conquista de sus indefensas colonias (la marina alemana bien poco podía hacer para protegerlas) y el ataque a los eslabones más débiles de la alianza, con el despedazamiento de los restos del imperio otomano o el ataque al flanco sur de Austria-Hungría mediante la entrada en la guerra de Italia. Por otro lado las soluciones militares: Ofensiva rusa de verano de 1914 en Tannenberg, batallas de Yprès en 1915, ofensiva del Somme en 1916, ofensivas francesas y rusas en la primavera y verano de 1917, etc. casi todas ellas fracasadas y con un coste terrible en vidas humanas.

Al final Rusia, corroída por sus continuos fracasos en el frente, se acabó derrumbando, aupándose al poder los comunistas, los cuales se apresuraron a salir de la guerra. Con esa salida, los alemanes adquirieron una superioridad momentánea sobre los aliados, pero ya era demasiado tarde. Cuatro terribles años de guerra habían dejado exhaustos a los aliados, pero su situación era muchísimo más favorable comparada con la de las potencias centrales. Una vez que superaron la terrible prueba de la ofensiva alemana de primavera de 1918, la victoria ya no podía escaparse. A partir del verano de 1918 y gracias al aparentemente inagotable apoyo americano, fueron obligando a retroceder a los alemanes.

Las potencias centrales, agotadas y exhaustas, desmoralizadas y con el miedo siempre latente a la revolución, fueron solicitando una tras otra el armisticio, el cual se firmaría el 11 de noviembre de 1918 con Alemania. La guerra más mortífera de la historia había terminado.

¿Por qué la Primera Guerra Mundial fue un conflicto tan destructivo? ¿Por qué segó nueve millones de vidas y produjo veintiún millones de heridos? Dos palabras: Revolución industrial. Gracias a ésta revolución, se produjeron más avances tecnológicos en el ámbito armamentístico en cuarenta años, que en los quinientos precedentes, sometiendo al campo de batalla una transformación total. Sin embargo ese desarrollo tecnológico no se vio reflejado en un principio en un cambio en la doctrina bélica.  La última gran guerra en Europa se remontaba al conflicto franco-prusiano de 1870, y poco habían evolucionado las tácticas bélicas desde entonces. Los únicos enfrentamientos en los que se habían visto involucradas las grandes potencias europeas, habían sido los coloniales, en los que no se habían visto enfrentados a grandes ejércitos. Así pues, las tropas que en el verano de 1914 se dirigieron al frente, lo hicieron con una serie de tácticas arcaicas, mas propias de las guerras del siglo XIX que del XX. El resultado,  unas bajas tan espantosas, que apresuradamente los ejércitos debieron revisar todas sus doctrinas e improvisar otras nuevas. La potencia de fuego era tan destructiva, la capacidad mortífera de las nuevas armas, tan elevada, que la caballería, que durante varios milenios  había dominado el campo de batalla, desapareció en pocas semanas. La infantería solo encontró una forma de sobrevivir a tal potencia de fuego: enterrarse, cuanto más profundamente mejor. La gran protagonista del campo de batalla, la trinchera, había nacido, y la artillería, que hasta el siglo pasado había tenido un papel relativamente modesto en el campo de batalla, se transformó en la auténtica diosa de la guerra. Y es que, si en 1870 un cañón necesitaba ser apuntado a ojo y era capaz de hacer 2-3 disparos por minutos con un alcance de unos 500 metros, en 1914 se superarán los veinte disparos por minuto, con un alcance efectivo de varios kilómetros. Como se puede apreciar, la diferencia será brutal. Las grandes batallas del frente occidental se transformaron así en gigantescos y terroríficos duelos de artillería: en el Somme, en 1916, se bombardearon las posiciones alemanas día y noche durante una semana, lanzando  más de 1.500.000 proyectiles. Seis meses después se daba por finalizada la batalla, con mas de un millón de bajas entre ambos bandos... y todo para  conquistar unos pocos kilómetros de terreno baldío. Al acabar la guerra,  dos terceras partes de las bajas totales habrán sido causadas por la artillería. La faz de la guerra quedó pues transformada totalmente.  Parafraseando a Ernst Junger, la guerra industrial había transformado el frente en auténticas “tempestades de acero” que se abatían sobre los pobres soldados de infantería, que poco podían hacer, salvo encogerse en sus agujeros y esperar. El soldado ahora podía tirarse meses en el frente, oculto en una sucia e infecta trinchera,  para al final ser herido o muerto... sin siquiera haber llegado a ver nunca al enemigo. El adversario, paradójicamente, cuanto más invisible se había hecho, más mortal resultaba.

Para tratar de romper el punto muerto y volver a la guerra de movimientos, los generales lanzarán todo tipo de ofensivas que generalmente acabarán en sangrientos fracasos. Se improvisarán nuevas tácticas. Muchas de ellas acabarán en sangrientos fracasos, pero otras acabarán mostrando su valía. Así, por ejemplo, la artillería perfeccionará el tiro de barrera. Al principio de la contienda y durante gran parte de ella la táctica consistirá en machacar durante horas las posiciones enemigas, para acto seguido dejar que la infantería se lanzara al ataque, en la creencia de que la descarga artillera habría acabado con la mayoría de los defensores y la infantería se limitaría a ocupar el terreno, encontrandose una resistencia prácticamente testimonial. Sin embargo una y otra vez ésta creencia se demostrará falsa. Los defensores, protegidos en profundos refugios sufrirán muchas menos bajas de las esperadas, esperarán al final de la descarga para lanzarse sobre sus posiciones y detener al enemigo que avanzaba prácticamente desprotegido por tierra de nadie. Al final del conflicto las tácticas serán diferentes. La descarga artillera ya no se limita a tratar de machacar las posiciones enemigas, sino en proteger a la propia  infantería que, si está bien coordinada, puede avanzar a tan solo 25 metros de distancia de donde caen sus propios proyectiles. El riesgo de caer por fuego amigo es elevado, pero mejor eso que ser masacrado por el enemigo en tierra de nadie. La ventaja de éstas barreras es que permitía llegar  bastante protegido a las posiciones enemigas, ya que éste se encontraba protegido en sus refugios. Para cuando quería reaccionar, ya tenían a sus enemigos prácticamente encima, siendo la mayoría de las veces la rendición la única opción.

Las otras dos nuevas armas que cambiarán la faz del campo de batalla serán el avión y el tanque. El primero de todos, el avión, inventado apenas unos pocos años antes por los hermanos Wright, pronto tendrá su utilidad en el campo de batalla. Muy rudimentarios al principio, poco a poco irán demostrando su tremenda valía según vayan mejorando su fiabilidad mecánica y sus prestaciones.  Su primer uso será el de la observación. El sueño de todo militar hecho realidad: la capacidad de ver “qué ocurría al otro lado de la colina”, la capacidad de adivinar las intenciones del enemigo. Solo en la ofensiva del Somme la aviación británica tomará más de 16.000 fotografías que le permitirán identificar más de 8.000 objetivos. Esto obviamente generará la creación de una nueva ciencia militar: el  camuflaje por un lado, y el enmascaramiento y  el engaño por otro. Con la primera se idearán todo tipo de vistosos camuflajes que mimeticen a los hombres y a las armas con el terreno. Con el segundo, se tratará de enmascarar, en la medida de lo posible, las acciones propias recurriendo a todo tipo de argucias que engañen al enemigo y le impidan interpretar correctamente lo que la observación le muestra.

 Poco a poco los aviones, en un principio desprotegidos, se irán haciendo con todo tipo de armamento tanto ofensivo como defensivo: ametralladoras y bombas. Así, a lo largo del conflicto surgirán los tres tipos básicos de aviones de combate:  de observación, de caza y los bombarderos.

El siguiente gran arma que nos dará la primera guerra mundial será el tanque. Su génesis fue el inmovilismo del frente occidental, el punto muerto de la guerra de trincheras, la enorme densidad de las redes de alambradas que protegían a estas, y que muchas veces hacían que los ataques acabaran muriendo en ellas. ¿Su origen? En un inofensivo tractor agrícola provisto de cadenas. ¿Su puesta en combate? En septiembre de 1916, en el Somme, por parte británica. En un frente en el que el movimiento era imposible, el tanque, con su protección metálica y sus cadenas blindadas que le permitían avanzar por cualquier clase de terreno, parecía prometer la vuelta al ansiado movimiento. Sin embargo, pasado el shock inicial, pronto se descubrieron sus numerosos puntos débiles. Y es que su diseño tosco y primitivo solo estaba planeado para romper las líneas enemigas. Además, nunca fue realmente bien utilizado. O bien era usado en tan escaso número que apenas causaba impacto, o cuando era usado en masa su escasa fiabilidad mecánica hacía que rápidamente una mayoría significativa quedara rápidamente averiada, o bien la coordinación con la infantería se rompía rápidamente quedando rápidamente a merced de los infantes y la artillería enemiga. Al final el tanque supuso una decepción para muchos, y principalmente para los vencedores. Paradójicamente serán los perdedores los que sin embargo acaben viendo su increible potencial, y veinte años después, durante la Segunda Guerra Mundial, lo acaben transformando en su principal arma  y en la clave de su éxito.

Otros aspectos diferentes del conflicto serán:

Para empezar la guerra fue totalmente global, porque guerra en Europa significaba guerra en el mundo. No se combatirá solo en Europa sino por todo el orbe. Las grandes potencias llevarán la guerra a las posesiones coloniales de sus rivales: combates en Togo y en  Tanzania, en Kenia y en El Congo, en Namibia y en Camerún... cientos de miles de nativos serán reclutados para nutrir a los ejércitos de las colonias y para defender los intereses de sus metrópolis.  Hasta un millón de indios vestirán el traje inglés, y más de medio millón de africanos el francés.

Con la entrada en liza del Imperio Otomano del lado de las potencias centrales, la guerra adquirirá también tintes religiosos: la yihad, esgrimida por los otomanos en su lucha contra los rusos en el Cáucaso y contra los aliados occidentales en Oriente Medio. Yihad contestada por los británicos  enarbolando la bandera del nacionalismo árabe.  

Para continuar  se vivirá la movilización total de la sociedad. Prácticamente todo hombre que no fuera totalmente imprescindible para la maquinaria industrial será movilizado para la guerra. Se calcula que casi el 85% de la población masculina de los países combatientes, con edades comprendidas entre los 18 y los 50 años, fue movilizada en algún momento del conflicto. ¿Una de las consecuencias? La entrada en masa de la mujer al mercado laboral. Serán ellas las que tengan que mantener engrasada la endiablada maquinaria bélica que no para de solicitar y consumir más y más recursos.

El siguiente aspecto diferente a los anteriores conflictos fue que en éste la población civil fue directamente considerada objetivo de guerra, siendo sometida a todo tipo de privaciones. La marina británica ya desde las primeras semanas sometió a Alemania a un bloqueo total. ¿El objetivo? Rendir a Alemania por el hambre. ¿La respuesta alemana? Su propio bloqueo comercial mediante la guerra submarina.   El resultado: mientras que Alemania nunca pudo llegar a cortar el contacto de Inglaterra con el exterior, Inglaterra si lo consiguió, lo que tendría una influencia directa en el curso de la guerra: el frente interior, sometido a todo tipo de privaciones durante cuatro años acabó por derrumbarse antes que el exterior.

Se producirán además los primeros bombardeos aéreos de las ciudades. Toda una serie de teóricos militares escribirán entusiastas tratados en los que abogarán por la destrucción total de las ciudades enemigas como forma de ganar la guerra.  Solo la pobre capacidad técnica de la aviación de la época impedirá que esos sueños se hagan realidad.

En los territorios ocupados de Bélgica y Francia, así como en los del este la población tuvo que sufrir la violencia directa del ocupante, con deportaciones,  asesinatos y juicios sumarísimos por actos de resistencia supuestos o reales.

Fue un conflicto en el que se puso de manifiesto claramente la relación entre  la guerra y el capital. Por cada batalla que Alemania ganaba, caían las acciones de los aliados y viceversa.  Los inversores de EEUU apostaban en la guerra. El éxito significaba crédito aliado significaba crédito, y los financieros no dudaban en prestar a una empresa prospera: Francia y Rusia pagaban la guerra pidiendo prestado al Reino Unido que a su vez ganaba dinero en la bolsa de EEUU por medio de su banquero en Wall Street JP Morgan, que a su vez se lo gastaba comprando armamento y provisiones americanas. Para finales de 1916, EEUU había prestado tanto dinero a los aliados que el banco central americano avisaba de que la gente estaba apostando demasiado por los aliados. Si estos perdían la guerra, quizás nunca recuperarían el dinero.


“Este no es un tratado de paz, sino un armisticio de veinte años”. Mariscal Ferdinand Foch

Con estas palabras profetizaba el gran Mariscal de Francia y uno de los artífices de la victoria, la Segunda Guerra Mundial. Con el Tratado de Versalles, Alemania, considerada por los aliados el principal peligro y la principal responsable del estallido de la guerra, era obligada a firmar cuatrocientos cuarenta artículos que la obligaban a la sumisión económica y política. Millones de alemanes, y entre ellos un joven cabo  austriaco, lo vieron como una afrenta al orgullo nacional y una prueba de que el mundo entero estaba en contra de Alemania. Al fín y al cabo, no habían sufrido ninguna gran derrota, los aliados no habían entrado en el suelo patrio y en el Este se había ganado la guerra. ¿Por qué entonces semejante trato? Muchas fueron las voces que se opusieron a un tratado tan duro, pero al final no pudieron hacerse valer.  El nacionalsocialismo, nacido en el fango de las trincheras, encontraría en un breve plazo, oídos bien dispuestos  para su semilla de odio y su revanchismo.

Mientras, Europa central y oriental empezó a salir de la edad de los imperios para entrar en la era de los estados-nación. Multitud de nuevos estados, inspirados por el principio de la soberanía de los pueblos, surgieron de los escombros de los grandes imperios. Principio que sin embargo no fue aplicado a las colonias, que siguieron sometidas a las grandes potencias coloniales vencedoras.

Multitud de experiencias revolucionarias surgidas en el calor de la derrota, como la alemana, la finlandesa o la húngara fueron yuguladas. Sin embargo se consolidó el primer gran estado proletario del mundo: la URSS.

EEUU se consolidó como la gran potencia económica mundial, desplazando a las principales potencias europeas... y en Oriente se gestaba el germen de un futuro rival: el imperio japonés.

La guerra, que durante un tiempo fue vista como el conflicto que acabaría con todas las guerras  dio origen a toda una nueva serie de problemas: el conflicto irlandés, el  de Oriente Medio, el deseo de revancha alemán, los autoritarismos y los fascismos, el problema balcánico, etc. Y además dejó un peligroso mensaje: las guerras pueden ser terriblemente destructivas y dañinas... pero funcionan, pueden provocar cambios.

A partir de diciembre de 1918 las tropas empezaron a regresar a sus casas, y entre ellos, hombres que el mundo no conocía aun: Erwin Rommel, Von Paulus, Charles De Gaulle, Benito Mussolini, Hermman Goering... y el más insignificante de ellos: Adolf Hitler. En poco tiempo el mundo empezaría a oír hablar de ellos.


Por Iván Pascual, historiador
 

jueves, julio 31, 2014

NOTICIA 1371ª DESDE EL BAR: JAURÈS O LA COHERENCIA SOCIALISTA

Las clases trabajadoras no fueron indiferentes a la Primera Guerra Mundial. Ya dijimos que precisamente al final de la guerra los alemanes consideraron que había que terminar con ella porque sólo respondía a los intereses del emperador, los políticos y los grandes empresarios. Ellos confiaron en los comunistas y los socialdeócratas, que fueron aplastados por el propio ejército alemán en 1918. Por otro lado también comentamos ya cómo los grandes empresarios y los políticos españoles habían usado los beneficios de sus negocios de guerra en enriquecerse al mismo ritmo que su ambición les animó a empeorar las condiciones de vida de los trabajadores para tener aún más beneficios, lo que provocó la huelga revolucionaria de 1917. Y todavía más conocido, y también comentado, fue la movilización de los trabajadores rusos que provocó la revolución rusa de 1917 y la proclamación de la Unión Soviética. Pero, ¿cuál era la postura de las clases trabajadoras ante la guerra previsible antes de que estallase esa guerra?

Para contestar cuento con el permiso y colaboración del historiador Julián Vadillo, que hoy ha publicado un artículo al respecto en el periódico de tirada estatal Diagonal, se puede leer ya entrando por aquí en ese periódico. También lo ha publicado con ampliaciones Mauricio Basterra en Fraternidad Universal. Julián ha publicado otro artículo más llamado "El movimiento obrero en la encrucijada", en la edición en papel de este periódico. De hecho, en la edición en papel se encuentra un especial de la Primera Guerra Mundial donde también hay artículos de los también historiadores Iván Pascual, Laura Vicente, Carlos José Márquez-Alvárez y mío propio, más otros dos artículos del periodista cultural Ignasi Franch.

El cien aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial coincide con el cien aniversario del asesinato del líder socialista francés Jean Jaurès. No fue algo casual, fue precisamente por ello. Él pertenecia a la socialdemocracia francesa, pero como todo socialista en general en aquellas épocas él era pacifista. Efectivamente, desde los tiempos de la Internacional las clases obreras rechazaban la guerra por considerarla contraria a los intereses de los trabajadores. Sólo habían cogido las armas en el pasado para defenderse de los ataques armados de los gobiernos, como fue el caso, por ejemplo, de los hechos de la Comuna de París en 1871. A dato anecdótico, por poner otro ejemplo, en España los socialistas hicieron campaña contra la guerra (y en favor de la paz) que se llevó a cabo contra Estados Unidos por la independencia de Cuba, Filipinas y Puerto Rico en 1898. Cosa que les valió ser tildados de traidores a la patria. Ante la Primera Guerra Mundial estallada en 1914 el socialismo internacional no fue menos en este sentido. Se llamaba al pacifismo e incluso se pedía que los trabajadores no acudieran a alistarse al ejército, o bien que los soldados no combatieran. El fracaso de estas iniciativas es evidente, la guerra se produjo y se extendió hasta 1918. Fue la gran matanza mundial, agravada aún más en 1918 con la epidemia de la gripe española que mató a cincuenta millones de personas más de las que ya habían muerto en la contienda (por la guerra habían muerto entre soldados y civiles unas 22.827.127 personas).

Os dejo con el artículo (muy interesante) de Julián Vadillo.


JAURÈS O LA COHERENCIA SOCIALISTA

En estos días de fastos en el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial hay una fecha que va a pasar desapercibida. Consecuencia del estallido de la guerra y del enconado debate que el socialismo internacional tenía en su seno, el 31 de julio de 1914 era asesinado en París Jean Jaurès. Teniendo en cuenta la importancia de Jaurès para el socialismo internacional, para el socialismo francés, para el movimiento obrero y para la historiografía, no podía dejar pasar hacer una semblanza biográfica suya.

Jean Jaurès nació en Castres en 1859. Perteneció a la segunda generación de socialistas en el seno del movimiento obrero que toma la herencia dejada por la Comuna de París de 1871. A él le precedieron pensadores como Proudhon o Blanqui o militantes de primer orden como Varlin o Eudes, en otros muchos. Jaurès comenzó su militancia política en las filas del republicanismo. Imbuido por la Revolución francesa de 1789, Jaurès vio en la República la consagración de sus ideales sociales. Sin embargo al estallar las huelgas mineras en Carmaux y la durísima represión que la Tercera República ejerció sobre los trabajadores hace considerar a Jaurès que esa República no es la soñada por él. Y más teniendo en cuenta que el propietario de las minas era un reconocido monárquico. Esa huelga y la represión consiguiente llevó también al anarquista Emile Henry a atentar contra las oficinas de la empresa de minas de Carmaux en París. La bomba de Henry acabó estallando en la comisaría de la Rue de Bons Enfants.

El impacto de estos acontecimientos así como los estudios que Jean Jaurès estaba realizando sobre el socialismo le llevó vincularse definitivamente en las filas del movimiento obrero. Sin embargo Jaurès difería bastante del pensamiento de los líderes del socialismo marxista francés. Sobre todo de Jules Guesde. El guesdismo venía dominando el socialismo francés desde el final de la Comuna de París. Con una fuerte impronta obrerista, el POF (Parti Ouvrier Français-Partido Obrero Francés) consideraba negativa cualquier tipo de alianza con otras corrientes del movimiento obrero y mucho menos con los republicanos, a los  que responsabilizaba del fracaso de la Comuna y de la represión del movimiento obrero. Una posición que compartía también los socialistas españoles de Pablo Iglesias. En el caso español fue fundamental la influencia que tanto José Mesa como Paul Lafargue había ejercido sobre el grupo marxista español. Lafargue, con diferencias con Guesde, también era otra de las grandes figuras del socialismo francés del momento. El yerno de Marx ofreció un amplio contenido ideológico y de debate al socialismo. Sus aportaciones tanto al POF como a las páginas de L'Egalité son fundamentales para entender el desarrollo del socialismo francés.

Pero Jaurès introduce novedades en el seno del socialismo. No cierra la puerta al contacto y posible acuerdo con otras fuerzas de izquierdas y obreras. Anarquistas españoles como Anselmo Lorenzo, se entrevistaron con Jaurès en su exilio y sacaron una grata impresión del dirigente socialista. Curiosamente en España los textos de Jaurès se conocen gracias a los canales de los libertarios y no de los marxistas, que en esos momentos están fuertemente influenciados por las posiciones de Guesde. Jaurès polemiza y debate con el resto de las fuerzas marxistas. Con Lafargue tuvo unos interesantes debates sobre la historia y el idealismo.

La influencia de Jaurès creció. Su acceso como diputado hace que desde la tribuna parlamentaria defienda los intereses de la clase obrera.

A finales del siglo XIX Francia se dividió por el llamado “Caso Dreyfus”. Alfred Dreyfus, oficial del ejército francés, fue acusado de espionaje, juzgado, degradado y condenado durante más de 12 años. La sociedad francesa se dividió entre aquellos que defendían a Dreyfus y los que consideraban que era un traidor. La condena contra el oficial tuvo una importante carga de antisemitismo (Dreyfus era judío) que fue la razón fundamental de la condena. Mientras la extrema derecha católica francesa y los monárquicos hicieron campaña contra Dreyfus, la izquierda se dividió. Desde personajes como Zola que en su famoso texto Yo, acuso (J'accuse) hizo una defensa del oficial francés, hasta socialistas como Guesde que considero que el caso era simplemente un problema de la burguesía capitalista. Jaurés tomó partido por Dreyfus, considerando injusto las acusaciones contra él. En 1898 Jaurès publicó Las pruebas, donde el dirigente socialista francés defiende la inocencia de Alfred Dreyfus. Para Jaurès el problema no estribaba si Dreyfus era un explotador. Contra Dreyfus se estaba cometiendo una injusticia y el socialismo tenía que condenar cualquier tipo de injusticia. Aquí Jaurès marcó bien su linea de socialismo humanista.

Este último acontecimiento hizo concebir a Jaurès la idea de que la República francesa estaba seriamente erosionada. La represión contra el movimiento obrero, los casos de antisemitismo y algunas cuestiones más hacen ver a Jaurès de la necesidad de unificar las fuerzas socialistas. En 1904 fundó el periódico L'Humanité. Es sus páginas Jaurès comenzó a defender la idea de crear un partido socialista unificado. Y este acontecimiento se produjo solo un año después. En 1905 los máximos dirigentes del socialismo francés consideran de necesidad unificar las fuerzas. Jules Guesde, Edouard Vaillant, Paul Lafargue y Jean Jaurés, junto a otros muchos, fundan la SFIO (Section Française de l'International Ouvrier-Sección Francesa de la Internacional Obrera) o PSU (Partido Socialista Unificado). Tan solo un año después de su fundación la SFIO consiguió 51 diputados.

Pero la capacidad y contribución de Jean Jaurès no solo fue en una línea estrictamente política. Jaurès fue un profundo conocedor de la historia y su contribución de la historiografía es fundamental. Destaca su Historia socialista de la Revolución francesa, La revolución rusa de 1905, etc. Gran polemista en las páginas de distintos periódicos no dudó en debatir con otras tendencias del obrerismo, pero siempre tendente a la convergencia.
          
Diferenciándose de otros socialistas, Jean Jaurès mantuvo una estrecha relación con los sindicalistas revolucionarios franceses. A pesar de que estos estaban en una gran parte influenciados por el anarquismo y alejados de las posiciones parlamentarias, para Jaurès era necesario crear convergencias sociales y no solo estrictamente electorales. Algo con lo que discutía con otros marxistas de la época que negaban la capacidad revolucionaria y transformadora del sindicalismo revolucionario. De ahí que Jaurès tuviera buenas relaciones con personajes como Pelloutier (fallecido en 1901) o Merrheim.

El último gran debate en el que participa Jaurés es en relación a la inminente guerra que se avecinaba sobre Europa. Mientras el movimiento anarquista mantiene su posición de “guerra a la guerra” considerando los conflictos bélicos un problema que sufren los pueblos y benefician al capitalismo, el socialismo se divide entre aquellos que comparten esa crítica y los que consideran contraproducente oponerse a la guerra. Jaurès se sitúa en el primer grupo y comparte la visión de los sindicalistas revolucionarios. Si estalla la guerra había que convocar una huelga general.

Cuando el 28 de junio Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo, Jean Jaurès comienza una campaña por la paz. Para los elementos ultranacionalistas esas campañas eran equivalentes a enemigo de la patria. Y así fue como el 31 de julio de 1914, en el café "Le Croissant" de la calle Montmatre de París, Raoul Villain, un ultraderechista fanático, lo asesinó. Con esto se completaba toda una campaña orquestada desde las posiciones ultras contra Jaurès. Y también despejaba el camino para que una parte del socialismo francés entrara a formar parte de un gobierno de concentración nacional al que Jaurès se hubiese opuesto. Su asesino, Villain, fue encarcelado y salió de prisión en 1919. Se estableció en Mallorca y al estallar la Guerra Civil en 1936 fue reconocido y asesinado por milicianos anarquistas.

Así se ponía fin a una de las figuras más representativas del socialismo internacional. Francia le recuerda estos días. En el resto de lugares el centenario de muerte pasará desapercibido. Pero su figura merece un recuerdo.

Por Julián Vadillo Muñoz, doctor en Historia.

lunes, julio 28, 2014

NOTICIA 1370ª DESDE EL BAR: BASTOÑA, LA PRIMAVERA DE 1924

Hoy es 28 de julio, y justo un mes después de aquel 28 de junio que se cumplieron cien años del asesinato del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando, se cumplen hoy cien años justos de las declaraciones de guerra entre varios países que dieron lugar a la Primera Guerra Mundial (1914-1918). 

Todo este mes de junio lo he dedicado a relatos y literatura en general en recuerdo a aquel acontecimiento histórico que cambió el mundo. Tras aquella guerra desaparecerían los llamados imperios centrales, que eran los de Alemania, Austrohungría, y Turquía. También Rusia desapareció imperialmente, aunque Rusia había sido parte de la Triple Entente. Bulgaria, aliada de la Triple Alianza, sufriría también la derrota. De la desaparición del Imperio Ruso nacería una guerra civil entre comunistas soviéticos y zaristas en la que en seguida intervinieron los países occidentales de Europa, incluido Estados Unidos de América, para intentar ayudar militarmente a los zaristas, que sin embargo ya estaban en sí mismos derrotados. Para 1920, se podría decir que ya era un hecho absoluto la consolidación de la Unión Soviética en los territorios del antiguo Imperio Ruso. La intervención militar occidental de última hora en aquella guerra civil iniciada en 1917 podría calificarse de inicio de lo que sería la primera etapa de una Guerra Fría cuyo punto culminante estaría tras el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y se prolongaría hasta 1991. Incluso en este 2014, con el asunto bélico de Ucrania, tenemos resabios de la Primera Guerra Mundial y de aquella Guerra Fría posterior a 1945. El gobierno de Lenin pronto se transformó en una dictadura soviética donde se eliminaba no sólo a los zaristas, también a los socialdemócratas, anarquistas y nacionalistas que discreparon. Cosa que empeoró cuando Stalin se hizo con el gobierno sobre 1924. Sin embargo, aún era un modelo ideal e idealizado para los trabajadores del mundo que aspiraban a la justicia social.

No sería el único cambio decisivo. El triunfo de la revolución rusa en 1917 había provocado que Rusia saliera de la guerra aquel año. Alemania había ayudado a Lenin a llegar a Petrogrado precisamente para que esto se produjera. Sin embargo el final de la guerra para Alemania no sólo se debió a la entrada y empuje de los norteamericanos en suelo europeo. Tras varios años de conflicto bélico los alemanes empezaron a ver a los socialdemócratas y a los comunistas como salvación. Ya estaban cansados de aquel conflicto al que cada vez vieron más como algo más propio de los intereses de la casa Imperial de Guillermo II que de los ciudadanos. La Liga Espartaquista se puso manos a la obra con la revolución en Berlín, fijándose en los triunfos rusos de los soviéticos. Si bien es cierto que socialdemócratas y comunistas alemanes chocaban entre sí, fue el ejército alemán quien zanjó el asunto dirigiéndose contra su propia gente y represaliando a todos los socialistas. Alemania tuvo que parar la guerra en 1918 y firmar la rendición en 1919. Entre tanto proclamaron una República en Weimar, veían su territorio separado en dos gracias a un corredor en Leipzig otorgado a los polacos, también vieron como algunos territorios que les habían arrebato a los franceses en 1871 les eran devueltos a Francia, y como se les exigía a ellos, los alemanes, el pago de enormes cantidades de dinero en concepto de indemnizaciones de guerra. Si bien hubo algunos planes económicos para evitar una quiebra total que llevara a toda Europa al comunismo, lo cierto es que la quiebra se produjo en Estados Unidos en 1929 y golpeó a Europa en 1930. Alemania se hundió económicamente y, herida en lo económico y en su amor patrio por las condiciones de paz, se dejó llevar por las ideas nacionalsocialistas de Hitler. Ganó este las elecciones de 1933 y llevó al país a una serie de represiones contra toda la izquierda política, los judíos, los gitanos, los testigos de Jehová y otros, y a una serie de anexiones territoriales por la fuerza, que al final desembocaron en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Alemania había dependido demasiado del dinero americano tras 1919, y el corte de la llegada de divisas por la crisis de 1929 había sido letal.

 Austriahungría fue fraccionada. Los innumerables nacionalismos estaban ya enfermos en su unión fraternal desde el siglo XIX. Hacía tiempo que no se sentían tan fraternales. Wilson, presidente de los Estados Unidos, propuso una serie de puntos para la paz que resolvían estos asuntos aceptando que aquellos pueblos que se sintieran nación tenían derecho a tener su propio Estado. Del Imperio Austrohúngaro nació Checoslovaquía, Hungría, Rumania, se otorgaron territorios a Polonia y a Italia y se creó el Reino de Yugoslavia con parte de lugares del viejo imperio y reuniendo a algunas naciones de los Balcanes.

El Imperio Turco, que había masacrado a los armenios dentro de su territorio, desapareció como Imperio. Perdió casi todo su territorio oriental. Pasó a ser una República democrática que imitaba a las europeas y que deseaba vivir una revolución cultural y laica como la había vivido Japón en el siglo XIX. Los japoneses ahora se beneficiaban de haber a apoyado a la Triple Entente y seguía su expansión inexorable y su creencia de supremacía de entre todos los pueblos orientales. Algo que la llevó a aliarse al fascismo alemán e italiano y combatir con ellos en la Segunda Guerra Mundial. No sería la única en cambiarse de aliados en la próxima contienda. Italia, que había sido también aliada de la Triple Entente, se benefició de la victoria, pero en los campos de batalla ellos habían terminado la guerra con una serie de derrotas muy serias. Recuperaron territorios históricos que habían perdido contra Austriahungria entre 1859 y 1866, sobre todo en el Piamonte, pero su intervención militar tan desastrosa abrió una brecha de inconformismo social al comenzar una crisis moral y económica. El socialismo atrajo a muchos italianos tras la guerra, pero en 1922 el fascismo italiano, basado en ideales de extrema derecha nacionalista y social, se hizo con el poder. Al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939 Italia tenía pactos con Alemania, decidieron entrar en guerra junto a ella en 1940.

África comprendió que los blancos no eran superiores. Si en Europa las mujeres accedieron al trabajo por la falta de hombres en las fábricas durante la guerra, en África fueron los negros quienes cumplieron este papel. Además fueron alistados en los ejércitos. En las zonas del Imperio Británico, incluso los indios, pakistaníes y afganos dieron una nota exótica a los frentes de combate europeos. Los africanos adquirieron ideas socialistas a través de los sindicatos blancos que ejercían en sus diversos lugares de trabajo africanos. Tomaron conciencia además de su carácter racial dentro de la sociedad y desarrollaron lo que se ha llamado el movimiento de la negritud y el panafricanismo. En Asia, Gandhi comenzó a despuntar tras la guerra como un ideólogo pacífico para alcanzar la indepencia de los británicos. 

Los pueblos árabes comprendieron la necesidad de su unión para lograr avances en la libertad o la igualdad, gracias en parte a Lawrence de Arabia, el agente doble británico. Mientras el territorio de Palestina vivía ya sus primeras disputas en los foros internacionales sobre su futuro, el judaísmo y el islamismo. 

América Latina se había beneficiado económicamente de toda la guerra, sobre todo Argentina. Cosa que hizo también España, sólo que los empresarios y los políticos de España usaron los beneficios para sí mismos, mientras bajaban los salarios a los obreros y subían los precios del pan. Eso llevó a una huelga general revolucionaria en 1917 que fue fracasada. Los acontecimientos en España se precipitarían hasta la huelga anarquista que logró las ocho horas de trabajo en 1919, consecuentemente el pistolerismo de la patronal asesinando a los líderes sindicales, la respuesta en los mismos términos de asesinato por parte de anarquistas contra los líderes que pagaron a los primeros pistoleros, la Guerra de África, la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1923, la Segunda República de 1931 y el estallido de la guerra civil española entre 1936 y 1939, antesala de la Segunda Guerra Mundial.

Se creó la Sociedad de Naciones, un organismo internacional pensado para que todas las reclamaciones de los diferentes Estados del mundo pudieran sentarse a hablar para alcanzar soluciones mediante la colaboración y no mediante la guerra. Fue el antecedente de la Organización de Naciones Unidas de después de la Segunda Guerra Mundial. El problema de la Sociedad de Naciones estuvo en que Estados Unidos y la Unión Soviética no quisieron participar de ella por diferentes intereses propios. Tampoco se dejó participar a las potencias perdedoras como Alemania hasta muy tarde, en los años 1930. No contaba tampoco con tropas militares que pudieran intervenir, y apenas tampoco con fondos económicos propios. Su fracaso ante la guerra civil española de 1936 a 1939, y de las anexiones alemanas de territorios europeos desde 1933, pusieron muy en entredicho su papel en el mundo. Ante todo esto quizá es de anotar que es curioso que los acuerdos de "No Intervención" en la guerra civil de España, no sólo se llevaron a cabo teniendo en cuenta que la Segunda República Española era un país democrático afiliado a la Sociedad de Naciones, también era la única nación del mundo cuya Constitución de 1931 había adaptado su legislación en cuanto a las relaciones internacionales a los artículos de la constitución de la propia Sociedad de Naciones, entre los que se contaban el rechazo de la guerra como medio para obtener fines políticos y ofensivos.

El mundo así vivió un descanso tras la Primera Guerra Mundial, pero los múltiples problemas no resueltos y las múltiples problemáticas de una sociedad que pedía ya abiertamente beneficiarse de ventajas como las clases dominantes, ya fuese la petición de soluciones desde la izquierda o desde la derecha, llevaron a la Segunda Guerra Mundial. El siglo XIX que aún vivía el siglo XX se dio por terminado con la guerra de 1914, y la guerra de 1939, hija de aquella, cambiaría el mundo hacia el que ahora hemos heredado. Cien años después, este mismo año 2014, la prensa aún saca noticias sobre el desentierro de material bélico de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en las zonas Europeas que dan al Océano Atlántico. Algunos lugares repitieron escenario bélico para sus batallas. Algunos incluso por tercera ocasión, pues en las regiones francesas de Alsacia y Lorena hubo sitios donde se libraron batallas donde ya se habían librado en la Guerra Franco-Prusiana de 1870-1871.

A pesar de lo que ha dicho hoy el noticiario del canal "24 Horas", de Televisión Española, aún hoy cien años después no está claro que Gavrilo Princip, asesino del archiduque, perteneciera a la organización nacionalista "Mano Negra", aunque esta parece que estuvo involucrada en los hechos del asesinato de algún modo. Así mismo, el periodista que ha afirmado que las cifras de muertos y destrucción  no son tan importantes en esta guerra, sino sus cambios, ha dicho una auténtica barbaridad. Claro que fueron y son importantes. Precisamente su magnitud y sus formas de producirse son los que cambiaron la Historia de la Humanidad en las formas de relacionarse las naciones y en las formas sociales de vivir y entender la vida desde entonces. Todo cambió.

Os traigo hoy el duodécimo relato que os he escrito en recuerdo de este cien aniversario y os anticipo que en breve cerraremos esta serie con varios artículos escritos ya desde el análisis histórico y no desde la literatura. 



BASTOÑA, LA PRIMAVERA DE 1924

Se notaba que Jane era norteamericana. Siempre hacía cosas despreocupadamente. Por eso le gustaba tanto su compañía a Natalie. En aquel rincón de Bélgica, tan cercano a Luxemburgo y tan en medio entre Francia y Alemania, era de agradecer que alguien viviera la vida en su presente feliz. Las bombas, los soldados manchados de barro o las nubes de gas que el viento transportaba ocasionalmente de los campos de batalla a los pueblos y ciudades, quedaban atrás en el tiempo. Ahora era ahora. La guerra había terminado hacía cinco años. Ya no iban a ver en aquel bosque ni mutilados ni esas horrendas latas gigantes y blindadas que mataban personas con gran facilidad ya fuese con sus bombas y balas o aplastándolas bajo las cadenas de sus ruedas. Los carros de combate ni siquiera tenían ya aquellas formas tan graciosas como terriblemente letales. Los principales combates, por otra parte, se habían dado más hacia el oeste del país y aunque todos los belgas habían padecido la guerra, para Natalie la vida era aquel bosque y sus pájaros revoloteando aquella primavera. Lejos estaban las caras de tristeza, las angustias de saber si seguirían vivos al día siguiente, si los alemanes pasarían por el pueblo buscando pertrechos, o las tragedias familiares cada vez que llegaban noticias de los frentes.

El novio de Jane, Alistair, no había venido a combatir a Europa. Él no había alcanzado la edad de alistamiento el último año de la guerra. Tampoco él había conocido aquellos horrores. Así que allí estaban Jane y su novio Alistair con ella en el bosque de Bastoña disfrutando de un día de campo apacible, sin más sonidos que los propios de la Naturaleza. Ellos eran dos personas inocentes en cuanto a los horrores que se conocían. Eran dos jóvenes adultos que aún vivían de sueños de niños. Y allí estaba Alistair llevándose al pequeño hermano de Natalie a jugar con una pelota de rugby lejos de ellas, entre los árboles. Alistair le había prometido a Simon que le enseñaría a lanzar aquel extraño balón apepinado. Simon aún era muy niño. Había nacido los últimos meses de la guerra. El padre de Natalie y de él había disfrutado de un permiso militar entre diciembre de 1917 y enero de 1918 y los aprovechó con su esposa, la madre de ellos, para hacer algo durante la guerra que no había hecho en todo lo que esta había durado: dar vida a alguien. Se podría decir que Simon era el hijo del final de la guerra. Había nacido en septiembre de 1918. La guerra terminó en noviembre, aunque las firmas de las paces con Alemania no llegaron hasta el verano del año siguiente, hasta el 28 de junio de 1919, la misma fecha cinco años después del asesinado del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando. Aún se hizo todo más complejo, pues los periódicos siguieron informando de la evolución de los tratados de paz con el resto de imperios derrotados hasta que se terminaron de cerrar del todo en 1920. Natalie era una gran consumidora de periódicos. No le gustaba la guerra, pero le gustaba saber.

-No perderemos el coche de vista –le dijo Natalie a Jane-. Nos quedaremos por aquí.

-Este bosque es precioso. Sus árboles son altísimos.

-Sí. Sobrevivió a la guerra.

-He oído que algunos bosques belgas han tenido que ser replantados.

-Sí, en Ypres. Los combates los arrasaron. ¿No has visto fotos?

-No. No leía los periódicos tanto como tú.

-¡Pero eran muchas las cosas que se publicaban todos los días!

Jane, extendió una manta en el suelo. Se sentó e invitó a sentarse a Natalie. Su amiga belga tenía unos años más que ella. Era una chica rubia muy guapa, con los ojos verdes. Le sorprendía mucho que con toda la gente que había muerto en aquel país su amiga aún quisiera hablar de estos temas. Quizá fuese porque su familia debía ser de las pocas que no había recibido un muerto en su casa. Eso daría otras perspectivas, pensaba la norteamericana.

-¿Qué hiciste tú durante la guerra, Natalie? –Le preguntó.

-Trabajaba.

-¿Ayudabas a tu madre con el huertito de tu casa?

-No. Bueno, también, pero quiero decir que trabajé en una fábrica. Hacía ollas de metal con una máquina.

-¡Ja ja ja…! No te puedo imaginar así, manchada de grasa, Natalie… Tu piel parece tan delicada… ¿Dónde están los callos? ¡Ja ja ja ja!

-Los tuve. Tuve callos en las manos. Éramos muchas. A mí me gustaba aquello. Cuando acabó la guerra regresaron los hombres que quedaron y nos echaron a casi todas. Ya no contratan mujeres para las fábricas, pero a mí me gustó aquello.

-Natalie, la obrera –dijo con sorna la joven Jane.

-No te rías. Es bonito fabricar con las manos. Era un trabajo en cadena y duro, pero merecía la pena. Además ganaba un dinero que me permitía hacer más cosas de las que ahora hago trabajando otra vez en mi casa.

-Trabajas en la panadería.

-Sí… pero no es lo mismo. ¿Crees que en Estados Unidos podría tener más oportunidades que aquí?

-No sé… Supongo que sí. Pero todo esto es muy bonito para abandonarlo. Yo no me iría.

-¿En qué lugar podría tener trabajo?

-¡Ja ja ja ja…! En cualquiera, Natalie. Eres preciosa, podrías trabajar donde quisieras. Pero si te refieres a trabajar como obrera, no sé… supongo que tendrías que ir a Michigan, en Detroit hay muchas fábricas. O quizá a Illinois, a Chicago.

-¿A Chicago? ¿Con los gangster?

-Sí. ¡Con Al Capone! ¡Ra ta ta ta  ta! –Jane hizo el gesto con sus manos de ametrallarla con una ametralladora ligera de mano.

Ambas se rieron. Natalie volcó a Jane en el suelo. Se quedaron tumbadas boca arriba, mirando el cielo enmarcado por la copa de los árboles. Algunos pájaros volaban de rama a rama. En un breve silencio mesado por una brisa, Jane pensaba en la maravillosa Bélgica que estaba conociendo. Aquellas vacaciones estaban siendo muy divertidas y era una suerte haber conocido a Natalie. Natalie pensaba en aquel silencio en otro mundo.

-Allí no podrías beber –dijo Jane divertida-. Echarías de menos la cerveza de abadía.

-Tú sí que la vas a echar de menos –dijo Natalie con una sonrisa-. Oye, sabes qué esas ametralladoras…

-¿Las de los mafiosos?

-Sí, esas. Las inventaron para matar más rápido dentro de las trincheras de aquí –Natalie cambió su expresión a un tono más serio al decir esto.

-No lo sabía –dijo Jane.

-Las llamaban “Tommy gun”.

-Creía que se llamaban Thompson.

-Eso es una marca. Creo que es el nombre del inventor, pero durante la guerra hubo otras parecidas de otra marca, no eran Thompson. Las llamaban “Tommy gun” porque aquí a los americanos y a los ingleses os llamaban a todos Tommy.

Jane sonrió con este dato. Ambas volvieron a mirar hacia el cielo pensativas.

-¿Has visto ¡Armas al hombro!? –preguntó Jane.

-¿La película de Chaplin?

-Sí. Es tan graciosa. Fui con Alistair cuando la estrenaron. A veces viene bien reírse de estas cosas.

-No la he visto, pero no creo que esta guerra haya sido graciosa.

-En serio, deberías reírte de ella.

-No viviste aquí…

-Pero eso da igual. Cuando fui a verla había algunos chicos con sus novias que habían combatido en Europa y ellos también se reían.

-Tommys

Ambas rieron ante esta salida de Natalie.

-¿Sabes que los franceses fueron a la guerra montados en taxis? Eso sí que me parece gracioso –preguntó Natalie de nuevo.

-¿En serio?

-Sí, fue en la primera batalla del Marne. Movilizaron a todos los taxis de París.

-Desde luego no llegarían tarde a la guerra.

Ambas rieron de nuevo antes de volverse a quedar pensativas mirando al cielo y las copas de los árboles.

-Estaría bien trabajar en Detroit –rompió el silencio Natalie y se volvió a crear en torno a ellas dos tumbadas en aquel bosque primaveral.

-¿Cómo me dijiste que llamabais a Bastoña? –preguntó Jane para romper el silencio.

-¿En neerlandés?

-Sí, ¿cómo lo llamáis vosotros?

-Basternaken.

-Parece alemán.

-Los Países Bajos fueron parte del Imperio Alemán en otro siglo. También del español –Natalie hizo una pequeña pausa-. Pero siempre seremos belgas.

-Si yo viviese aquí vendría mucho a este bosque. Es magnífico que no se destruyera. Se respira paz y alegría.

-Nosotros también estamos muy satisfechos con nuestro bosque.

-Ninguna guerra debería venir por aquí –añadió Jane cerrando los ojos ensoñada.

-Ninguna –dijo Natalie cerrando los suyos.

La brisa movía ligeramente las ramas de los árboles. Los pájaros se buscaban entre sí. Si hubiera habido un silencio total quizá hasta hubiera cruzado por allí un conejo o un zorrillo. Alistair jugaba con Simon a lo lejos. Se lanzaban la pelota oblicua, que daba extraños cambios de rumbo cuando caía al suelo. Simon reía a carcajadas cuando aquello ocurría. La pelota que iba recta a él podía de repente irse hacia la derecha o a la izquierda en un bote, sin más razón aparente que su propia forma al golpear con el suelo del bosque. El pequeño perseguía la pelota corriendo torpemente. Reía más alto cuando la atrapaba con sus manos. Alistair disfrutaba con aquel pequeño que, por otra parte, apenas le entendía nada de lo que decía. Le había enseñado muy pocas palabras en inglés aquellas semanas que estaban allí, pero su comunicación principal había sido a través de las traducciones que le hacía la hermana de aquel niño, Natalie, y a través también de lo gestual, idioma básico de todos los humanos. A la hora de jugar, todos los niños entendían. Sólo había que disfrutar. Sólo había que reír.

El niño corría por todos los sitios detrás de la pelota que le lanzaba Alistair. El zigzagueo constante del juego no le cansaba. Un estruendo tremendo resonó por todo el bosque cuando el niño corría. Un montón de tierra se elevó al aire arrancando todo lo que pudo el gran estertor. La explosión tremenda espantó a todos los pájaros, salieron volando alborotados tan lejos como pudieron. Jane y Natalie se levantaron de golpe para ver caer toda aquella tierra de nuevo a la tierra de donde había sido arrancada de cuajo. Una gran cortina de polvo lo cubría todo. Sobresaltadas corrieron hacia donde estaban jugando ellos. No les veían. Pero un llanto delató a Simon caído en el suelo con heridas en las rodillas. Estaba lleno de polvo. Alistair no estaba. Alistair no regresó nunca con ellas. Alistair fue encontrado a trozos entre las copas de los árboles. Ellas sólo encontraron de Alistair su camisa, que había sido arrancada de súbito por la fuerza de la explosión bajo sus pies.

-La guerra –explicaba Jane muchos años después a sus alumnos de un colegio de Pensilvania-, nunca trae algo bueno.

Los padres iban a recoger a aquellos alumnos cuando terminaban las clases para llevarlos a la seguridad de su hogar, donde les aguardaba la comida segura. Muy lejos, en Bastoña, Natalie abrazaba a su hermano Simon, con veinte años. Habían acogido a un niño español de otra guerra que terminaba en su país. Casi no pasaban por el bosque. De vez en cuando aún se sacaban viejas bombas sin estallar sepultadas bajo la tierra, como esperando. Alistair nunca regresó con ellas. Nunca le vieron colgando troceado. Tardaron tiempo en poder reunirle. Las guerras no traían nada bueno.

Era marzo. Los periódicos anunciaban la anexión alemana de Bohemia-Moravia. Pareciera que el mundo iba hacia otra guerra europea, otra guerra mundial, y las bombas de la anterior aún estaban en la tierra, como semillas, esperando germinar.

Muy lejos, Jane, miraba por la ventana.



Por Daniel L.-Serrano “Canichu”
Alcalá de Henares, 28 de julio de 2014. Publicado en Noticias de un Espía en el Bar, con motivo del 100 aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).