sábado, julio 11, 2026

NOTICIA 2471ª DESDE EL BAR: LOS ATRACADORES / LAS CRUELES / TINTÍN Y EL MISTERIO DE LAS NARANJAS AZULES (cine en el comienzo de verano 2 de 3)

Siguiendo con la serie en tres capítulos de cine que destaco de entre las películas que vi en el comienzo de este verano, toca en esta segunda parte las vistas en televisión. Fueron películas que no conocía y que vi por las noches, antes de ir a dormir para madrugar e ir a trabajar. Para mí fueron un descubrimiento imprevisto. Las pusieron en 8 Madrid y encadené tres días al haberme llamado la atención la primera.

Los atracadores (Aurelio G. Larraya, 1962): Fue la primera que vi de esta serie. Había terminado de cenar y cambiando de canales vi las letras de comienzo. Por curiosidad me paré a ver qué película era, porque siendo 8 Madrid no me sonaba una película española que se llamara Los atracadores. Entre sus actores había una actor francés, Pierre Brice. Comencé a verla sobre todo porque desde el principio su fotografía en blanco y negro me llamó poderosamente la atención, no tenía nada que ver con el cine español de la época que había visto, pero me recodaba a algunas fotografías que yo mismo manejé en papel cuando trabajé en el Archivo de Papel de la Filmoteca Española. Recordaba mucho a la calidad del cine de Hollywood de aquellos años, incluso algo anteriores. Había incluso un atractivo del cine de Luis Buñuel en su etapa de cine social en México durante la década de 1950. Quizá incluso la temática podía recordar lejanamente a Los olvidados (Buñuel, 1950). No era nada de eso. La película creo firmemente que había bebido de todo eso y se notaba en su muy alta calidad. En fotografía, en montaje, en luz, en interpretaciones, en dirección, en el guion... Pero era una película netamente española en plena dictadura de Franco justo en el momento entre el subdesarrollo autárquico y el comienzo de los planes de desarrollo. De hecho me resultó sorprendente y chocante que trataran de fondo el tema social. Básicamente el argumento es que un joven de una familia adinerada de Barcelona y con estudios universitarios entabla amistad con un joven de su edad de familia obrera y que trabaja en una fábrica, y con otro chico de la vida callejera, sin familia y muy pobre, más lumpen que otra cosa. Podríamos pensar que el chico de la calle influye mal en los otros dos, acorde con las ideas de clase social del franquismo, pero no es así, es precisamente el chico rico el que echa a perder a los otros dos. El humilde porque le tiene como alguien referente por su agilidad mental y sus posibilidades materiales en la vida, y el obrero porque quiere prosperar y porque quiere una vida que no le ate hasta la ancianidad a una cadena de montaje en una fábrica. El rico sin embargo arrastra traumas porque su padre tiene una amante y él lo sabe. Se siente desatendido y paga sus insatisfacciones de niño no atendido planeando atracos a farmacias. Así que la película hace un examen a las clases sociales y los problemas de cada una, desde la óptica de la España de 1960. 

Primero comienzan como pandilleros pegando al hombre de una pareja que encuentran besándose en la playa, por otro lado es un mensaje de la moralidad de la dictadura contra la "lascivia" y esas muestras de afecto en espacios públicos, pero también contra la juventud del momento que no se dedica a trabajar o estudiar; pero también es un mensaje contra la laxitud de las modas y las corrientes de libertad estadounidenses, con las que el franquismo más profundo era contrario, pues en la película se muestras que estos jóvenes imitaban en realidad lo que habían visto en las películas americanas sobre mafiosos. Continúan con los atracos a farmacias después de hacerse con una arma de fuego que el chico rico le roba a su padre. Y de ahí pasan a atracos mayores, mientras todo se complica cuando la hermana del obrero conoce al rico. Dan un último golpe en un motel, y ahí todo se desmadra hasta que matan a un hombre. A partir de aquí comienza el intento de salir del problema, pero es la década de 1960 y el metraje requiere de la victoria de los buenos, o del bien, o en el caso de España, de los que ostentan la ley. Y siendo precisamente España, aunque la película podría haber acabado cuando ellos son atrapados o descubiertos, sigue más allá y se pasa a unas escenas que nos muestran un juicio al estilo franquista, la cárcel, con curas incluidos, y una pena de muerte a garrote vil donde la policía parece que hace lo que hace por la ley, y no porque crean en ello. Hay en esto muy evidentemente una intervención de la censura del momento que requería de este tipo de finales aleccionadores y que instruían en las ideas del franquismo sobre la justicia, el orden social y el cristianismo. Si aceptamos que este final es propio de la época y probablemente el director se vio obligado a hacerlo para que saliera adelante el metraje,y comprendemos la lógica del momento de rodaje y de la Historia, el metraje es sorprendentemente algo impecable, que no sólo nos remite al Buñuel social, también al Hitchcock del cine de crímenes. Pero lo que más llama la atención es que de fondo está señalando un problema social, un problema de clases, dentro de la España de Franco, ahora bien, viendo el final, no hay que dejarse engañar, aunque el enfoque nos puede resultar una crítica a una España con desigualdades, en realidad no se critica al orden social, sino a la injusticia social y ahí espacio para hacerlo compatible con las ideas sociales de Falange. 

Sin embargo, con la frialdad del paso del tiempo, se la puede visionar con otros ojos alejados de esa época, aunque entendiendo el contexto de la época, y, sabiendo porqué se rueda y porqué se permitió, nos permite comprender más el momento, la conciencia del problema social en las clases más humildes, la intuición de que la justicia no es igual para todos y, en vista de que se busca un realismo social al más puro estilo italiano de la época, nos muestra la Barcelona obrera en contraste con la rica que nos explica visualmente más que el guion hablado. Ver como vive la familia obrera y sus relaciones jerárquicas familiares y vecinales son toda una lección de Historia social.

Las crueles (Vicente Aranda, 1969): Gratamente sorprendido por la película anterior estuve buscando el día siguiente en el mismo canal si pondrían algo similar. Lo hicieron, pero justo una semana después. Tampoco la conocía... y para gustarme tanto el cine he de confesar que me tiro de las orejas, porque el director es muy conocido aún hoy día, Vicente Aranda. No es su primera película, es la tercera. En este caso la película era en color. Su comienzo tiene algo del cine francés de la época, del de Truffaut y, una vez más, del de Buñuel a esas alturas, ya en una etapa francesa. Así que de por sí volvía a ser raro una película así en el franquismo. Bien es cierto que desde 1967 España buscaba un aperturismo internacional con leyes que ponían la censura a efectos posteriores y no anteriores a las obras. Así que en un principio se podía colar algo. Pero lo que más impacta en las primeras escenas es ver que el director de una editorial de libros recibe un paquete de correos que contiene ni más ni menos que una mano cortada. Aunque parece de cera, cabe la duda. Y eso, aparte de inquietante, es raro dentro de lo que permitía el régimen, que entre su articulado de censura estaba el de no desvelar tramas criminales para no dar ejemplo, que en este caso se podía completar con el de la estética, la moral y el no mostrar cosas tan escabrosas como esta. La película tendrá otra serie de cuestiones digamos que extrañas para el cine de la época, como el adulterio tratado desde la seriedad (que no desde el humor), el consumo de drogas alucinógenas y el descuartizamiento de un cadáver, por otra parte conservado en una nevera. Me pregunté cuánto tiempo habría logrado estar en cartelera, o incluso si le dieron publicidad en su día. Dado que no parece un título recordado, pudiera ser que el gobierno hiciera por quitarla cuanto antes. Pero por otra parte pensé que en algunos capítulos de la serie de televisión Historias para no dormir, de aquellos mismos años, tienen  relatos similares. El final de La cabina es todo un muestrario de horrores. Así que esta película no dejaba de ser como un capítulo largo de esa serie, aunque fuera película. Quizá un cine clasificado sólo para adultos... y con reparos de qué adultos. 

El argumento es el de un editor español que es adultero y que además en su oficio es autoritario. Este comienza a recibir por partes paquetes misteriosos de parte de un asesino en serie. Aunque el personaje cumple con los requisitos cívicos normales, pero también que exigía censura, como es mostrar que se recurre a las autoridades, las autoridades no sólo no le resuelven, si no que le complican más, lo que es raro también que pasara censura, si no es porque hacia el final las autoridades cobran el protagonismo que se les creía debido y porque un personaje francés cobra tintes aleccionadores como que todo lo que venga de Francia y de un mundo tan libre puede ser socialmente malo, que era un mensaje que al franquismo le gustaba promover, pero que Aranda aquí lo muestra a la vez que, si se sabe leer entre líneas, en realidad nos viene a decir que lo que se vive en España es de una opresión que nos hace estar mal, y que sin embargo, con más libertad todo podría ser mejor. Puede que esa lectura entre líneas no supieran hacerla los censores. Sin duda la parte psicodélica de la toma de drogas enlaza este cine con el más puro surrealismo al estilo Dalí y Buñuel. Fue otra grata sorpresa para mí del cine español más desconocido y que debería mostrarse más, para hacernos saber a nosotros mismo que no sólo hacíamos comedias de pueblos pequeños faltos de mujeres, o de pillos de playa y estafadores bobalicones.

Tintín y el misterio de las naranjas azules (Philipe Condroyer, 1964): Esta me la encontré más bien al regresar del trabajo lleno de calor y tumbándome en el sofá. Aunque el metraje es francés en realidad cuenta con una más que amplia contribución española tanto en actores como en localizaciones de la costa española, como en participantes en las partes técnicas. Se podría decir que en realidad era una coproducción con España. Me llamó la atención que las letras del inicio se expusieran en bocadillos de cómic, y me quedé viéndolas hasta que vi el título y que no se trataba de una película de dibujos animados, si no de actores. Supongo que esta fue una película que se realizó pensando para el público infantil y juvenil de los cines de barrio. Sin más pretensión que abarcar el entretenimiento tal vez del veranos de 1964 en esos cines de barrio, sin aspirar a más ambiciones. Es todo un punto a su favor la caracterización de todos los actores como los personajes de los cómic, que en esos momentos estaban en pleno auge con Hergé aún creando. Los maquilladores, peluqueros y los de vestuario lograron sin duda que todos tuvieran el aspecto exacto de sus personajes del cómic, y sin efectos especiales por ordenador, como hizo Spielberg en 2011, a lo sumo con el uso de prótesis de látex. El guion corrió a cargo de cinco personas y dos de ellas eran creadoras de cómic francófonos, el mismo Hergé y Goscinny, conocido por Astérix. Los diálogos y las situaciones son exactamente igual que los que se ven en las viñetas. Incluso la mansión donde viven tienen referencias visuales a historias pasadas del personaje. Hay que recordar que Hergé le dio un orden cronológico. 

El profesor Tornasol está metido en una investigación sobre lograr hacer cultivos en el desierto para acabar con el hambre en el mundo. En estas se encuentra cuando recibe una naranja de color azul de un colega suyo que vive en Valencia, en España. Tornasol se da cuenta de que su amigo ha debido resolver cómo lograr que los frutales crezcan en las zonas áridas (aún a pesar de que Valencia no es árida, y de hecho es conocida por sus naranjos). Cuando está pensando en estudiar la naranja a fondo sufren un asalto a la casa y el robo de la misma. Las pistas de los responsables llevan al grupo a ir a Valencia en busca del colega del profesor. Descubren que está raptado. Así se da pie a una típica aventura de Tintín en busca del desaparecido y resolviendo el misterio de las naranjas azules. No es una gran película, más allá de ser un entretenimiento para los niños de la época, que quizá logre el mismo resultado con algunos niños de ahora que les guste mucho Tintín. Tiene todo el lenguaje oral y estético de los cómic de la década de 1960. 

Hay una cosa llamativa en esta película que, por otra parte, para los forofos de Tintín tiene que ser también un punto de referencia. Lo llamativo a lo que me refiero es una escena central en la que se arma un altercado en el mercado al aire libre de Valencia, provocado por Haddock (sale su alcoholemia sin cortapisas). Se nota muy claramente que la escena fue rodada en aquella Valencia con la complicidad de numerosos valencianos anónimos que usaron de actores de figuración. La gran mayoría son mujeres amas de casa con sus hijos e hijas, tal vez sobrinos y nietos. Las caras de los niños, y también de las mujeres, aunque se comportan acorde a algún tipo de instrucción que les han dado, denotan cierta curiosidad y hasta felicidad con estar allí entre esos personajes. Especialmente los niños pequeños no pueden evitar ver a Tintín, Haddock y Milú huir y esconderse entre ellos par evitar a la policía española. Hay pura felicidad real y en parte se nota en la cara de los actores que lo están disfrutando. Es algo que el director o no pudo evitar en absoluto, o decidió dejarlo en el montaje. Nos muestra dentro de la ficción un pequeño rescoldo de la realidad social española del momento, y posiblemente un respiro de algo novedoso en sus vidas aquel día. Del mismo modo que las calles que aparecen o el interior de algunas casas nos recuerdan aquella España más rural de esa época, una España que en parte seguía casi intacta cuando a algunos como yo de niño nos llevaron en la década de 1980 a pasar los veranos en aquellos lugares. Es totalmente reconocible si lo has vivido, por lo que, a su modo, es un testimonio visual, aún siendo una ficción narrando una aventura de un personaje de cómic.

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