sábado, diciembre 01, 2007

NOTICIA 365ª DESDE EL BAR: GOYA Y LAS CLASES TRABAJADORAS (y 4)

Este cuadro es el último que hizo Goya. Lo pintó en 1827, el año anterior a su muerte octogenaria, en su autoexilio en Burdeos. Hay quien dice que pudo pintarlo la hija de Leocadia Weiss, que vivían con él, pero en realidad casi todos los expertos en arte reconocen la total autoría de Goya. Este retrato está considerado el mejor del artista, aparte de que anticipa técnicas que no se darían en plenitud hasta varias décadas después. Goya, que había retratado a Reyes, a generales, a la alta nobleza, a Ministros, a obispos y demás, llevaba años interesado en retratar sin ánimo de lucro (para su disfrute personal, aunque algunas creaciones terminasen en manos de gente conocida por él) decidió dedicarle su último retrato a una adolescente trabajadora y humilde. El cuadro se llama "La Lechera de Burdeos", y es precisamente la imagen de la adolescente que todos los días llevaba la leche a su casa desde la lechería donde trabajaba. Todo un reconocimiento al trabajo por parte del artista.
EL INFORME GOYA Y LAS CLASES TRABAJADORAS (y 4)
Goya plenamente concienciado

A partir del inicio del siglo XIX, Goya parece ya más concienciado con la situación social real. Se ve menos atado a tener que representar imágenes banales sobre las clases trabajadoras. En 1804 pinta cuatro cuadros que Godoy le encargó para decorar los tondos de su palacio. Debían tener relación con la preocupación por las actividades económicas del país y su desarrollo. Debían hacer referencia alegórica a La Ciencia, La Agricultura, El Comercio y La Industria. Se colocarían en el palacio de modo que, nada más entrar por la puerta principal, se pudieran ver decorando los techos con cúpula que estaban sobre la escalera central del palacio, acompañados de esfinges y otras decoraciones exóticas. Analizando sólo La Industria, vemos como Goya usa una alegoría que está cerca de Las Hilanderas de Velázquez. Sin embargo recurre a un modo más realista de enseñar la imagen colocando muy en primer plano a una de las hilanderas con una máquina hiladora. La luz amarillenta expresa un ambiente cansado, mayor aún si se observa la expresión de la trabajadora, un rostro entre cansado y aburrido, en todo caso parece ausente de su tarea. En España la industrialización vendría más tardíamente, pero no impide que ya existiesen algunas industrias, como la textil. El trabajo relegado a un espacio determinado por patronos, con tareas y materias primas que no eran elegidas por los trabajadores suponía cierto distanciamiento y alienación de los individuos, como expone la teoría marxista en su concepto de alienación. Esto es lo que intuye Goya en esta representación. Lo que le aleja del mundo alegre y casi utópico de lo que pintó en los cartones para tapices.

Mayor realismo alcanzaría en los óleos que realizaría entre 1808 y 1812, coincidiendo con la Guerra de Independencia. La guerra, junto a su enfermedad y sordera, y ese proceso que le había llevado a concienciarse (si no a expresar libremente aquello de lo que ya tenía conciencia) le llevó a representar el mundo de una manera más fiel a la realidad de la que fue consciente. Era un mundo más violento en sí mismo, no tan ceñido a ideales como hasta entonces se pensaba. Incluso en algún momento parece alejarse de la idea de progreso, que tenía la ilustración, para mostrar una realidad social más descarnada. A la par de esto, buscó representar la expresión de todas estas ideas más que la imagen. Por ello dio más importancia al efecto que debía crear la imagen al verla que al dibujo de esta. La pincelada es mucho más suelta, casi vanguardista en algunos casos. Las tonalidades se volvieron más oscuras. Se adelantaba a su época. En la Procesión de disciplinantes mostraba a un pueblo capaz de fustigarse a sí mismo en pos de las creencias religiosas. Ya no son solamente una representación de unos cuantos individuos, detrás de los personajes principales aparecen masas de personas compartiendo las vivencias de los protagonistas. Goya quiere mostrar el atraso social de España. Lo mismo ocurre en El entierro de la sardina. Aquí la sociedad está más distorsionada aún gracias a la ayuda pictórica del uso de máscaras que, en algún caso, parecen representar lo que se intuye como la misma cara del que la lleva puesta. Es una multitud entregada al desenfreno y los excesos de una fiesta pagana (los carnavales) de modo casi grotesco. Buena parte de la multitud se encuentra como en sombras y penumbras. En cuanto a la actividad trabajadora le dedica cuadros como El Afilador, donde los rasgos del trabajador muestran a una persona aparentemente sencilla de pensamiento, como embrutecida, pero desarrollando su trabajo sabiendo hacerlo. Es un trabajo duro mostrado a través de la figura trabajando en mangas de camisa y con expresión de gastar cierto esfuerzo físico en la máquina afiladora. Era una profesión con gran desprestigio social, por lo que el retrato del afilador es todo un homenaje de Goya a las clases populares como clases productoras de todo aquello que era necesario para la vida, aunque no se le reconociera. Es un retrato a la altura del de reyes, nobles e intelectuales. A cada uno les había representado con algo que indicaba su actividad preferida o su afición, en este caso el personaje no sólo sale con un objeto referente a su oficio, sino que sale desempeñando su oficio, todo un reconocimiento hecho con realismo a su labor. A fin de cuentas, el cuadro es de 1812. Una fecha de la guerra donde se ha visto que el pueblo tenía una mayor entrega y padecimientos que otras clases. Hay quien dice que este cuadro es el primer retrato del proletariado. Desde luego no se trata de la idealización rococó que las clases nobiliarias del despotismo ilustrado obligaba a tener. Incluso da más sensación de obrerismo y reivindicación de un estatus social que El albañil herido. En el mismo sentido se encontraría La fragua, cuyo tema recordaría que Velázquez tocó el tema en La fragua de Vulcano. Es un cuadro que también representa con realismo la dura actividad productiva en el campo metalúrgico. Dos personajes sujetan con fuerza una pieza sobre un yunque mientras otro lo golpea con un martillo tomando impulso alzando sus brazos. Los trabajadores tienen rasgos de fuerza y tosquedad que da los trabajos más duros. Es un alejamiento total a las pinturas que idealizaban el trabajo, como el de la vendimiadora de La vendimia. Incluso cambia la visión de las lavanderas que ya representó él en rococó. En La carta muestra una joven, tal vez noble o de la alta burguesía (a juzgar por su postura, ropa, perrillo de compañía y criada), que lee una carta mientras su criada intenta protegerla del sol. Tal vez sea una escena de amor secreto, pero lo interesante es que en el fondo del cuadro aparecen lavanderas con unas ropas humildes más propias de desempeñar tal oficio que el que mostraba en Las lavanderas. También tienen aspectos más toscos y una actitud de fatiga al lavar de rodillas, aunque se vea a una en conversación con otra. No ha ahondado en sus rasgos faciales, pero con lo poco que los representa da a entender la sencillez de estas personas. Aún en tinta china pintaría otra escena de lavanderas donde dos lavan y una tiende. Da aquí un ambiente nada idílico y unos personajes realmente toscos por la vida de trabajo continuo. Tal vez más aptas a los rumores de la época sobre la fama de las lavanderas como las "verduleras" de hoy, como ya dijimos más atrás.

Pero, por aquellos años, no sólo representa a una sociedad totalmente alejada de la idealización rococó o de la idealización ilustrada. Es cierto que se ha vuelto más realista y más oscuro. Que intenta representar la expresión de una sociedad en sí violenta. ¿Qué mayor violencia en esos años que la propia guerra que se estaba viviendo? Goya se ha dado cuenta de que se ha de representar la realidad de los hechos hasta el punto que parece un fotógrafo. De hecho, con los años acabará pintando sobre las primeras litografías. La sociedad y el mundo no eran ideales, ni avanzaban necesariamente hacia el progreso y la cultura como algunos ilustrados pretendían, no todos. La sociedad era violenta en su forma de ser, y la violencia estaba en su estado más virulento al desarrollarse una guerra. La guerra también es representada por Goya en retratos de militares y guerrilleros, de gobernantes y, sobre todo, en su segunda colección de grabados de imágenes propias, Los desastres de la guerra. Esta colección no la pondrá en venta nunca durante su propia vida. De hecho, la ocultara en la medida de lo posible a toda persona inconveniente para su propia seguridad. Las ocultó en una caja que dejó al cuidado de su hijo Francisco Xavier en 1823, un año antes de autoexiliarse a Francia. Su hijo la ocultó hasta un año antes de su propia muerte. En 1853 vendió ochenta estampas de los Desastres a la Real Academia de las Artes. Esta edición no fue publicada por primera vez hasta 1863, año del exilio de la familia Real Borbón en España. Otras siete ediciones esperaron hasta 1937, en plena guerra civil española. Goya se debatió entre una postura afrancesada, por liberal, y una postura españolista, por origen. En estos grabados no prima ninguno de los dos bandos, ni siquiera cuando Fernando VII se encontraba de vuelta en el trono al finalizar la contienda, ya que inició una dura represión contra los liberales. Las imágenes que muestra no son temas heroicos o grandes batallas y hazañas. Son escenas de violencia en su estado más crudo. Se trata de violaciones, asesinatos, mutilaciones, torturas, fusilamientos, pillaje… Son imágenes violentas de por sí, pero cuya violencia se refuerza con los comentarios que les escribe por título. Más o menos en casi todas se trata de militares franceses contra gente llana española, o al revés. Una de estas imágenes es Populacho, donde muestra como un hombre y una mujer linchan a un soldado francés, aparentemente muerto por la paliza, mientas les observan sin hacer nada una multitud. La paliza es dad con un palo y lo que parece una herramienta de trabajo campestre. El francés se halla atado por los pies para impedir su fuga. El mismo título hace pensar que Goya ha comprendido aquí la violencia y brutalidad que hay dentro de las personas. Al titularlo populacho, de modo despectivo, podría estar criticando la mentalidad popular de la época que les lleva a tales actos, que son observados como si nada ocurriera. Aunque otras imágenes harían pensar que el termino Populacho tal vez fue escrito con alguna otra intención, pues aparecen imágenes como las de ¿Por qué?, donde se ve a tres soldados franceses empujar del cuerpo de un español, probablemente de la misma clase popular del grabado anterior, que se encuentra atado del cuello a un tronco de árbol, por lo que le están ahogando en un extraño ahorcamiento. Incluso sale en defensa de la Iglesia en Esto es malo, donde unos franceses matan con la espada a un clérigo. Más bien parece que Goya está concienciado del sufrimiento humano, así como de su violencia. Tanto su lado positivo como su lado negativo. Si el lado positivo lo había pintado anteriormente, ahora, en estos grabados lo deja ver muy poco a través del lado oscuro y negativo del ser humano. La sociedad no tenía por qué ir hacia el progreso como querían y creían muchos amigos suyos de la Ilustración. La sociedad era tosca y tenía la violencia potencialmente en sí, como tenía las cualidades de la laboriosidad.

El tema bélico lo completó en 1814 con los cuadros El dos de Mayo y Los fusilamientos del tres de Mayo. En ambos se trata de una denuncia de la violencia y un intento de comportarse como un reportero gráfico actual, al tratar de representar con veracidad las expresiones y hechos de violencia que vinieron a ocurrir, tal como hizo en los grabados. Iban a ser cuatro cuadros de los que sólo pudo pintar dos, ante la incomprensión de lo que trataba de representar, aunque él mismo se había dirigido al regente cardenal Luis de Borbón diciéndole que iba a pintarlos “…para perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones o escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa”. No buscó la heroicidad que se esperaba de estos cuadros y que se siguió representando en cuadros similares hasta entrado el siglo XX. En el segundo, quizá el más famoso e imitado, es la violencia ejercida por las tropas francesas hacia el pueblo indefenso que va a ser fusilado como castigo a su levantamiento el día anterior. Es un hecho famoso de la época que llegó a grabarse para algunos periódicos. El primero, que nos llama más la atención, es el levantamiento del pueblo madrileño contra las tropas francesas, las cuales tenían por tropas de choque los guardias mamelucos de Egipto. El estilo es muy rápido y suelto, con abundancia de marrones y rojos. Se muestra a unos mamelucos y un oficial francés a caballo atados de improviso por una multitud popular con cuchillos y navajas. Uno de los mamelucos muestra un rostro de horror ante la sorpresa, mientras que el pueblo tiene caras desorbitadas llenas de violen y odio en la batalla. Sin duda, el sentimiento por lo popular ha cambiado hacia ese doble sentido de lo violento, por estas imágenes, y lo honroso de su naturaleza, por las imágenes de los retratos de trabajadores. Una sociedad violentada por su condición de vida, embrutecida en cierto modo, y a la vez violenta cuando se desatan sus pasiones, tanto en la guerra como en celebraciones tales como el carnaval o las procesiones.

Tras la guerra, un nuevo achaque de su enfermedad en 1819 le llevó a retirarse a la Quinta del Sordo. A esta la decoró con las llamadas Pinturas Negras. Estas pinturas de tonos oscuros y amarillos decoraron las paredes de su casa habitual. Tapaban otras pinturas anteriores que debieron ser más parecidas a los cartones que hizo en su juventud. Sin embargo, estas pinturas que se quedaron definitivamente como decoración de su hogar eran de tonos oscuros y amarillos. Pintadas como con las manos en algunos sitios. Muy impulsivas y rápidas. Son pinturas donde la sociedad no se muestra como algo alegre, sino como algo deformado y angustioso. Aparece una escena de canibalismo en Saturno devorando a sus hijo, Saturno, que es Cronos (el Dios griego del tiempo) devora a un cuerpo adolescente con los ojos desorbitados y, según las radiografías hechas recientemente, erecto (actitud censurada por su restaurador en el siglo XIX, al considerarla amoral). El tiempo mata a los hombres, un tema que quizá le atormentaba al ser anciano y enfermo. Tal vez de ahí otra visión, las de dos ancianos comiendo, aunque uno de ellos es una cabeza cadavérica y extraña, casi un monstruo como el que aparece susurrando algo al oído de un anciano que se parece al San Francisco de Paula que pintó en un relicario muy al principio de su carrera, así como al anciano que pintaría pocos años después en Francia como su autorretrato extraño llamado Aún aprendo. Imágenes extrañas y oscuras en temática y estilo de las que quizá cabe fijarse en El Aquelarre o El Gran Cabrón y en La romería de San Isidro. La primera es la culminación de todas las escenas de brujas y satanismo que había realizado hasta ese momento. Ahora las brujas presentes ante el Diablo son seres deformes, de las que destacan en cada esquina del grupo una vieja mirándose las manos y una joven con una ropa oscura como de novicia. Todo está pintado muy rápidamente, se ve en los trazos, pero las ropas dejan ver que se trata de gente de extracción social baja. Son ropajes bastos y viejos, casi como andrajos. En la segunda pintura trata el tema de una romería de San Isidro. Este tema ya lo había pintado en 1788 en el boceto para uno de los cartones de los tapices. En esa ocasión era una escena llena de luz y colores donde una multitud disfrutaba de una acampada a las afueras de Madrid, celebrando la fiesta de San Isidro. Un ambiente muy alegre e idílico que llegaría a tratar otra vez en esa época pintando la ermita de San Isidro. En las Pinturas Negras el lugar es sombrío, oscuro, y lo que se muestra es a una procesión de una multitud en fila y borracha, cantando de un modo esperpéntico, casi intimidador. El ambiente parece casi amenazante, como si algo angustioso fuese a ocurrir. Es casi una procesión de espectros. La masa actúa de modo compacto, y se presenta en algunos puntos como emborronada. Tal vez se deba esto último a un afloramiento de la pintura anterior a ella de la pared en la que estuvo y fue quitada para poner en lienzo. Lo interesante es el contraste de la visión de esta romería entre sus años jóvenes y estos años posteriores a la guerra, ya envejecido y atormentado por la enfermedad y los miedos a la represión. El mundo que ha visto ha transformado todo el mundo idealizado que había percibido en la Corte de los Ilustrados. El resto de las Pinturas Negras presentan otros ejemplos buenos sobre un concepto de la violencia en la sociedad y la vida, como por ejemplo la Lucha a garrotazos. En esa pintura dos personas del pueblo llano, por sus ropas, pelean a golpes de garrota semihundidos en la tierra. Están condenados a matarse. Es un reflejo de las dos Españas que habían nacido, la liberal y la conservadora. Reflejo de la guerra vivida, reflejo de la violencia inherente de la sociedad que Goya percibió. Estudios de las ropas indican que se podría tratar de un gallego y u n castellano. En las cartelas del Museo del Prado se indica que estos duelos a garrotazos se daban realmente en las zonas de Aragón y Cataluña. La sociedad a través de la barbarie. Baste con estos ejemplos.

En su autoexilio a Francia (1824-1828) parece reconciliarse con la antigua visión de la sociedad. De esta época pueden ser algunos de los dibujos en tinta china sobre el trabajo comentado más arriba. Ahora pinta y dibuja retratos, otra vez, que no resultan oscuros. Son familiares, amigos y gente que ve habitualmente, como La lechera de Burdeos. Este cuadro muestra a una joven trabajadora que le llevaba la leche a su casa. Hay controversia sobre la autoría de este cuadro, pero la gran mayoría se la otorgan a Goya. Sería una chica a la que Goya conocía, pero a la que honra con un retrato como si fuera una gran dama de la alta sociedad. Es una de sus culminaciones. Pinta sobre marfil y sobre litografías. Pinta escenas de tauromaquia, actividad tantas veces criticadas por los ilustrados, de la que él intentó alejar su afición por conveniencia al llegar a la Corte. Pinta dibujos y grabados de disparates que se asemejan a Los Caprichos. Estos Disparates no fue una obra acabada, aunque pudo realizar varios de los grabados. Eran más imaginativos que los anteriores y tenían también críticas sociales, aunque esta vez también criticaba actitudes ilustradas idealistas que él mismo conoció en el pasado, como por ejemplo en el grabado Modo de volar. Ahí unos hombres vuelan con unas alas artificiales que recuerdan a las actuales alas deltas. Podría ser una referencia a las ideas ilustradas que creaban un posible mundo ideal. Tras las guerras habidas, estos no se abrían adherido a la realidad exacta del mundo.

Es este último Goya un Goya reconciliado con el mundo. Volvía a ser alegre, aunque más realista. Es un Goya renovado cuya labor interrumpida por la muerte podría haber dado un nuevo giro a su interpretación del mundo.

Conclusiones:

Goya demuestra en sus pinturas, grabados y dibujos desarrollar a lo largo del tiempo una visión particular de conciencia social hacia las clases subalternas. En un principio sui mayor interés era perfeccionarse en su estilo. Por ello viajó a Italia y pintó en varios estudios y para varios concursos. Su interés por poder vivir de su pintura le hizo aceptar encargos donde se adaptó a los estilos de moda y a las temáticas comúnmente demandadas. La visión del mundo que mostraba era una visión guiada por los cánones hasta entonces establecidos y por el contacto con un determinado ambiente cortesano e intelectual. Fue precisamente ese ambiente intelectual el que le dio la posibilidad de tener ciertas inquietudes que le hicieron reflejar tímidamente algunos reflejos de realidad social en ambientes totalmente idílicos.

Con el tiempo logró cierta independencia, que iría creciendo, para poder representar los temas que deseaba. Por ello pudo representar imágenes aún idealizadas pero que empezaban a mostrar escenas no tan idílicas. La realidad social tuvo su gran cabida en Goya a partir de su primera serie de grabados, Los Caprichos, con gran influencia del pensamiento ilustrado. Fue quizá a causa de esta serie que empezó a adentrarse en ese mismo mundo popular de un modo más profundo ya en cuadros al óleo, lo que le dotaba de cierta dignificación al tema.

Con la llegada de la guerra y tras su enfermedad tuvo una vida interior inmensa y fructífera, a la par que veía a su alrededor un mundo nada ideal y violentado. Las ideas ilustradas, representadas en la revolución francesa, habían traído cierto desasosiego que no conducía a felicidad alguna, ya que chocaba con deseos y mentalidades no tan ilustradas. Goya se cambió su visión hacia un mundo violento desesperante, a la vez que representaba a ese mismo mundo lleno de personajes de gran dignidad que no pertenecían a la nobleza o el ejército, sino que eran trabajadores desempeñando su trabajo, el cual no era ideal ni mostraba llevar a una felicidad total. Era un trabajo duro y embrutecido pero desempeñado dignamente, como algunos ilustrados habían llegado a escribir años antes, pero que no habían mostrado tan fielmente como las pinturas y dibujos de Goya.

Acabada la guerra el mundo se le había vuelto a Goya un mundo violento en sí mismo, en su forma de desarrollarse. Un mundo desapacible y oscuro. Es la etapa de Las Pinturas Negras. La vejez y la enfermedad le atormentan. Pero es capaz de pintar a su doctor, Arrieta, salvándole la vida. Por lo que aún quedan esperanzas. Esperanzas que reflejará en su exilio en Francia. Su última etapa de la vida es una reconciliación con un mundo donde cabe la felicidad. Es más realista con lo que representa, pero no es tan pesimista como en las etapas anteriores.

Goya abarca un complejo mundo de estilos y de psicología personal, así como de conciencia acerca de la sociedad de su época. Este breve trabajo ha tratado sobre tal asunto, esperando haber logrado aclarar la mentalidad de Goya al respecto a través de los años. Al menos desde la visión del autor del presente escrito.

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