viernes, octubre 16, 2026

NOTICIA 2490ª DESDE EL BAR: LA BOLA NEGRA

Estamos muy cerca de Alcine 55, donde volveré a ser jurado del público, como cada año desde el año 2000 incluido, y este año le antecede en el cine comercial una de las películas españolas más exitosas de los últimos años, La bola negra, dirigida y estrenada este año por los directores llamados "Los Javis", Javier Calvo y Javier Ambrossi. Para los que coleccionan estadísticas de premios, de momento ha obtenido el Premio del Público a la Mejor Película del Festival de Toronto (TIFF 2026), el Premio del Público del 74º Festival de San Sebastián y el Premio a la Mejor Dirección en la 79º Edición del Festival de Cannes, está nominada a representar a España en la mejor película extranjera en los Premios Oscar en 2027 y ya veremos que hace ese mismo año en los Premios Goya. Pero el mejor premio se lo está llevando ahora mismo en las salas de cine. Es una de las películas más taquilleras en las pantallas españolas en un año que ha sido muy afortunado con este éxito sumado al de La Odisea (Christopher Nolan, 2026) y Spiderman: New Brand Day (Destin Daniel Cretton, 2026), tres películas muy diferentes entre sí, aunque todas son grandes producciones cinematográficas, aunque las dos de Estados Unidos sobrepasan con mucho como gran producción a la española, que no obstante también cuenta con dos actrices internacionales de peso, Penélope Cruz y Glenn Close, y unos medios económicos que se intuyen elevados por los muchos recursos que se ven de efectos especiales, caracterización, coros de personas, etcétera. He visto los tres metrajes en cine, creo que ha sido un acierto muy grande, y probablemente, aunque está difícil decirlo y decidirlo, puede que La bola negra sea la mejor y la más impactante. No lo digo por ese sentir de defender lo español que cada vez sienten más personas a ciegas, siguiendo lemas tópicos y a veces de rancio sabor incluso cuando se viste de modernidad defendiendo que sólo por ser de España se defiende, cuando algunos de los que lanzan ese lema (que muchos siguen sin pensar) por ser muy español que tú seas, si hay algo que les viene mal de ti, ya te digo yo que precisamente no te van a defender ni aunque tengas acento de Valladolid. 

Pero antes de entrar en hablar de La bola negra en sí, sigamos con las estadísticas. Si seguimos los datos aportados en Wikipedia la película se ha colado entre las diez películas más taquilleras del cine español en España en esta tercera semana desde su estreno, es la octava que más ha recaudado de momento, va subiendo. En cuanto a espectadores lleva a fecha de 15 de octubre unos tres millones y medio, sin haber entrado todavía en las diez que más han tenido en este país, aunque está a punto de desplazar por la parte baja de esas diez películas a No desearás al vecino del quinto (Tito Fernández, 1970) y probablemente sobrepasará con facilidad a El orfanato (2007) y Un monstruo viene a verme (2016), ambas de Juan Antonio Bayona. Tiene toda la pinta de que se situe tanto en recaudación como en público en la primera, siendo en estos momentos respectivamente la primera Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014), que dista en cifras con mucho a las que respectivamente se sitúan como las segundas. No son cifras fáciles, pero da la impresión de que los Javis han dado con una tecla de creatividad muy potente, y eso me hace decir que tal vez también entre entre las diez películas españolas de más éxito en el mundo, donde desde 2001 la primera es Los otros (Alejandro Amenábar), que en este caso sí sería muy difícil de superar por razones que no me voy a explayar aquí, pero que aparentan ser evidentes, pero que sí podría desplazar como mínimo a la que está la décima, que es Momias (Juan Jesús García, 2023), y tal vez a alguna de las de Pedro Almodóvar, que son las siguientes por la parte de abajo de las diez primeras.

La bola negra es altamente impactante porque ha sido concebida como algo más que una mera obra de cine para la taquilla. Se nota muy evidentemente que ha sido creada con un sentido artístico muy elevado y muy intenso. Es una película total que no ha querido dejar absolutamente nada ni descuidado ni al aire. Su punto más débil precisamente no es cinematográfico, es publicitario, al empeñarse en incidir  a fomentar a Federico García Lorca más que a la película, aunque es posible que Lorca haya atraído a mucho público que de otro modo no se hubieran acercado si les hubieran dicho que la guerra civil vuelve al cine español. Y lo es también al incidir en los anuncios televisivos y fotografías para prensa en fotogramas y fotografías a coros de actores fuera de fotogramas que muy artísticamente presentan retratos que insinúan o directamente dejan ver homosexualidad, que es un eje central de la película, indudable, pero subrayo, es un eje, hay más ejes en esa película. La película no rueda sólo en una dirección, su riqueza artística es precisamente grande precisamente porque lanza tantos mensajes y tantos caminos abiertos a la reflexión que no deja indiferente tampoco en todo aquello que se ve en el argumento y no tiene que ver con lo homosexual. Aunque es conocido el hacer de los Javis por las reivindicaciones de la igualdad y derechos de los homosexuales, ellos van más allá de ello, y probablemente atrayendo con este tema a también un gran número de público, aprovechan para explicar la realidad social española que al rozarse más escuece desde el arco histórico que marca la Segunda República a la actualidad de 2026. No van al tópico, aunque lo tocan, pero lo tocan para decir lo que incomoda decir a uno y otro sector social de lo que llaman tópicamente "las dos Españas". Para poner  un ejemplo, la aparición de la tropas marroquíes en el ejército de Franco haciendo cosas corrientes, no tanto las atrocidades de guerra que se veían en Libertarias (Vicente Aranda, 1996), sino cosas corrientes de la vida militar y en perfecta convivencia con las tropas de Franco y fascistas italianos, incluso practicando sus rezos islámicos mientras se celebra una misa, está dispuesto en el argumento de una manera que es todo un revulsivo mental imprevisto incluso para los Javis en un momento en el que mucha de la extrema derecha española actual está en pie por el asunto Ceuta. De hecho, en vista de estadísticas que darían por ganador de las elecciones de noviembre a un hipotético gobierno de PP-Vox, uno se pregunta si un gobierno así apoyarían a la película en esa gala de los Oscar de 2027 o si la aplaudirán en los Goya, por más que uno además piensa que se van a ver tentados de hacer censuras y cancelaciones de su proyección (digo tentados, que no sé si ocurrirá, no soy futurólogo). Sí que creo que en su conjunto esta película puede movilizar más mentalidades de cara a las elecciones de noviembre que todos los mítines juntos de cualquier partido que se presente.

Los Javis han sido muy cuidadosos en atender lo que los historiadores y los documentalistas hemos ido conociendo y dado a conocer de la guerra civil y de la sociedad, así como a los detalles que incluso el gobierno de la dictadura se dedicó a darles propaganda. Se hace claro que hay elementos que estaban en los escenarios donde ocurrieron hechos que en su día no se hablaba de ellos, pero hoy conocemos bien. Como por ejemplo carteles de Falange hablando de la nueva España y el despertar en edificios que servían como lugares de detención y de hospital improvisado de los cuáles se sacaban algunos de los presos para ser ejecutados. Lo presentan además con una delicadeza de la fotografía y del cromatismo que, peses a lo crudo de la guerra, tiene algo de la estética de Almodóvar, tan preocupado en los últimos años de esa búsqueda de la estética a la hora de contar visualmente sus historias. Podemos verlo también en La bola negra al comienzo de la película, cuando el protagonista busca refugio en una iglesia bombardeada y va escalando la escultura derruida de un enorme San Sebastián, que conforma el cartel principal del largometraje, con pintura rosa sobre el traje del personaje en ese cartel, no en la película. Recordemos que San Sebastián es un icono para algunos colectivos homosexuales, aunque dicho santo no tenga que ver en su historia particular con los homosexuales. Este santo es toda una metáfora en sí misma, no sólo por ser ese icono hoy día, sino también porque como santo se le martirizó y ejecutó en durante la época de Diocleciano, en el Imperio Romano, por ser un militar que se negó a perseguir y ejecutar cristianos por el mero hecho de ser cristianos. Y ahí entra en buena parte una metáfora explicativa de toda la película que vamos a ver mientras nuestros protagonista se encarama a ese santo derruido perseguido por fascistas italianos que le disparan por confundirle con un republicano. Mensaje sobre mensaje, sobre mensaje. Sí, la película hay que verla con toda la atención y la mente dispuesta a ser alimentada por multitud de mensajes a la vez.  Algo muy sabroso. Muy estimulante.

La guerra civil contada en crudo, pero con una delicadeza poética que nos hace sentir toda su barbaridad y a la vez no pretende que apartemos la mirada por no soportar los mayores horrores. Contiene en sí la narración clásica, la metafórica, la alegórica, la poética en general, la estética, la musical, todas. Es una película que adopta para sí incluso narraciones de lenguaje sobre Lorca que se han contado en el teatro y en los musicales flamencos. Lo integra con una naturalidad que ni te das cuenta, hasta que te das cuenta que los Javis no sólo quieren dar su visión, quieren integrar la que otros han tenido de Lorca y de la guerra civil. Hay saltos temporales hacia el año 2026 que te sirven de enorme contraste entre lo que padecieron las generaciones de la guerra civil y las pequeñas miseria de la vida común de alguien de nuestros días. Que se atreve incluso a tirar de las orejas, sin quitarles razón, pero tira de las orejas, a las personas homosexuales en comparación entre una época y otra, y que a la vez explica el recorrido de los que les precedieron. Y en esos saltos temporales de repente hay ritmos propios de cortometraje en ocasiones, en otras nos mete en fiestas al estilo de las películas de Almodóvar. Volvemos atrás y de golpe nos mete de nuevo en ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990), que en origen era una obra de teatro de José Sanchís, pero la despoja de todo sesgo de comedia, con italianos incluidos e historias de presos. Nos reproduce, en otra escala, el alboroto de la Universidad de Salamanca que se ve en Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019), pero bajando a las tablas de unas cupletistas no idealizadas los mundos universitarios, pero con la barbarie de espectadores, y en ese sentido se nos va la cabeza a Senderos de gloria (Stanley Kubrik, 1957), donde la diferencia está en que los Javis ni dan por cerrada la guerra con la cupletista, ni da por igualados como humanos a todos los combatientes. 

La narración es múltiple, cae en los poético en sus diálogos y monólogos a veces, y otras en la literalidad. Nos recuerda lo experimental de las obras del Romanticismo del siglo XIX, pero en el siglo XXI. Tiene al comienzo de metraje desde la fotografía con luz y colores que nos hacen pensar en fotografías de color propias de las décadas de 1950 y 1960, a evoluciones múltiples donde esas texturas cambian y se ve desde una fotografía más nítida y digital del siglo XXI en el siglo XXI, cuando la narración parece ritmo de cortometraje, a composiciones de escena al estilo de Almodóvar dentro de la fiesta en un piso, composiciones clásicas de cine durante las escenas de hospital y guerra, rozando hasta El paciente inglés (Minghella, 1996) o las huidas infructuosas de La trinchera infinita (Garaña, Arregui y Goenaga, 2019), o las grabaciones que se han creado para proyectar de musicales flamencos, previamente realizados en teatros, pero llevados al cine. Tenemos ritmos de teatro puro y duro con guiños a obras del propio Lorca, no sólo las cuatro páginas de la obra inconclusa La bola negra, se identifican claramente que de repente ocurren diálogos de La casa de Bernarda Alba, por mucho tiempo considerada metáfora del comienzo de la guerra civil, pero también aparecen otras obras lorquianas, sobre todo poéticas, y en esto llama mucho la atención la representación de la vida ultraterrena, que toma ya un carácter del surrealismo que estoy seguro que Luis Buñuel daría su aprobado. Es una película de lenguajes múltiples... ¡y ninguno es ruido, ninguno está de más! Todo está usado a conciencia de estar al servicio de lo que en cada momento se narra con voz propia y con autoridad de saberse qué se narra y porqué. 

 Hay incluso un ritmo de documental. Y esta es la parte que más me llama la atención. El naturalismo con el que se ha rodado al comienzo de la película la guerra civil es brutal. Si bien no escatima contar la guerra como se produce, al estilo Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan (1998), con un extraño pero más que contunde referente de Bienvenido míster Marshall (Berlanga, 1953) del que una cupletista hará una velada y amarga referencia sobre su realidad más tarde en el desarrollo de la historia y que nos lleva la cabeza a Guernica, Durango, Alcalá de Henares o Madrid, hay un naturalismo casi de carácter documental que no veíamos desde Tierra y libertad (Ken Loach, 1995). La actriz, actrices en realidad, que son actrices de reparto, que ejercen de monjas recogiendo posibles sobrevivientes entre los muertos, parecen estar en una escena real de guerra. Parece una escena sacada de un telediario. Se merecen un gigantesco premio interpretativo que nadie les va a dar porque a este tipo de personajes pasajeros no se les suele premiar a quienes los interpretan. Parecía de verdad la realidad pura y dura de un telediario y eso te hace acercarte a una guerra civil real, alejada de los relatos ficcionados. Algo a lo que ayuda la multiplicidad de acentos, catalanes (hay un general franquista con acento catalán, asturianos, italianos, marroquíes, andaluces, castellanos... Los interpretan y hablan de una forma tan natural que nos resultan tan expresivos como su propio diálogo. 

Ayuda también que no es una historia de buenos y malos, aunque haya algunos personajes realmente deleznables, nos cuentan una historia de personas humanas reales con todas sus vertientes, buenas y malas, cada una de esas personas con sus ideas, eso es verdad, pero incluso estas tienen sus dudas y sus grados. El propio protagonista, ni el de 1937, ni el 2026, es alguien limpio e impoluto. Y todo esto se impregna además de historias comunes que nos han contado más de una vez de algunas personas, como el clásico abuelo repudiado por su familia porque no guardan buen recuerdo en lo familiar de él y lo asocian a haber apoyado a Franco, pero también quita ese tópico que muchos historiadores hemos dicho que había que revisar, el de "pasaban por aquí" y por eso estuve con ellos. Pero es que no es impoluto tampoco el protagonista del siglo XXI, que es capaz de enfadarse con su pareja por dar una fiesta en su ausencia, aunque él estando ausente ha recurrido a un prostituto. Los traumas familiares y las realidades de barrio son algo tremendamente comprendidos por los Javis y representados, incluida madre alcohólica de vida malograda, y eso nos lleva también a Almodóvar, pero igualmente despojado del sentido del humor. Puesto en la crudeza de los traumas psicológicos familiares. Impecable el recurso a ese novio de ella que el hijo no conoce por ser uno de tantos y que nosotros tampoco llegaremos a ver jamás. Por cierto que es un recurso que ya usó Lorca en varias de sus obras de teatro.

Música al servicio del relato (muy agradable encontrarse con Rosalía por aquí), construcción argumental basada en saltos temporales y cruces de las vidas de un mínimo de tres protagonistas, en realidad cuatro si se cuenta a Lorca (cuya historia en esta historia se narra pasando al blanco y negro), todo en cierto modo al estilo del cine que se potenció en la década de 1990. 

Por lo demás es la historia del que se cree que fue el último amante de de Federico García Lorca, aunque hay un manuscrito que habla de otro, y una obra de teatro inacabada de la que sólo se salvaron cuatro páginas de un incendio en la casa donde se guardaba, asaltada por Falange en 1939. Obra de teatro que se sabe que se iba a llamar La bola negra, y que explícitamente habla de una pareja homosexual, aunque este tema ya lo trató en otra obra inacabada, El público. Así que sí, sale Lorca y salen otras numerosas personas de la cultura de la década de 1930, aunque no se les nombre por su nombre, pero se dé por hecho que, siguiendo el relato histórico conocido, la gente pueda saber identificarlos. Yo intuyo que sale Altolaguirre, por ejemplo, pero se evidencia la presencia de Manuel de Falla con su música, única persona que denunció el asesinato de Lorca. Pero aunque de Lorca lo principal es su obra, y dentro de esta, tanto la defensa de la igualdad para los homosexuales como, me da en la nariz que por encima de esa idea, la denuncia de cómo la intolerancia puede acabar con todas las libertades de golpe si las libertades no se defienden e incluso si te pones al servicio de quien pretende imponer su punto de vista. El argumento pasa a tres personajes principales. Se narra las historias del que fue su amante, Rafael Rodríguez Rapún; de la persona que le fusiló, Sebastián; y del nieto de Sebastián, Alberto. En torno a ellas hay historias de personajes secundarios con mucho peso, como la madre de Alberto, el abuelo del mismo y también el novio, la familia completa de Rodríguez Rapún, un soldado fascista italiano, una cupletista, los miembros de un casino que emiten bola negra de inadmisión a Rodríguez Rapún, y otros personajes. Pero de verdad que hasta los actores por debajo de los secundarios, hasta los que son de figuración, cobran aquí una potencia narrativa impresionante, véase los marineros sin camisa tomando el sol, de los que en alguna ocasión habló Lorca en alguna de sus obras, creo recordar que en poema. Y por cierto, otra referencia, la de la mítica La vaquilla (Berlanga, 1985), los Javis recogen esa escena donde soldados republicanos y soldados de Franco se bañan todos juntos totalmente desnudos en un río, la despojan una vez más de todo sentido del humor y reaparece aquí reinterpretada, aunque con un mensaje metafórico muy idéntico, y los soldados de Franco y los italianos se bañan del mismo modo desnudos al completo en el mar, con multiplicidad de acentos españoles venidos en aquel 1937 tanto de zonas de la España de Franco como de la por entonces España de las zonas de la República. 

Narra la conexión de todos estos personajes desde el amorío de Lorca y Rodríguez Rapún, como el rechazo a Rodríguez Rapún en el casino, al comienzo de la guerra civil en ese escenario de 1936, la evolución de esa guerra en un salto hacia el desplome del frente republicano en el norte de España en 1937, previo repaso al avance de la guerra en el entorno rural. A partir de ahí comienza el encuentro de dos de los personajes principales durante la custodia de Rodríguez Rapún como preso de guerra en un hospital de guerra y su evolución como persona a ejecutar. Ahí se explorará las almas humanas de los personajes y el alma deformante de la guerra. Y dará un salto al siglo XXI, a los pormenores de 2026, con una pareja homosexual masculina, dos estudiantes precarizados, hemos de imaginar según el trato de la dirección artística de sus condiciones de vida y de vestir, con traumas familiares con su madre uno de ellos, el cual recibe la herencia inesperada de su abuelo, al cual creía muerto mucho antes, pero que acaba de morir en realidad. Y eso nos remite, otra vez, a Ken Loach y Tierra y libertad, en la que con una misma estructura argumental el heredero de algo inesperado en esa ocasión es una joven que descubre que su abuelo estuvo alistado en el POUM durante la guerra civil española, en alusión directa, a la vez, a George Orwell. 

Muy excelente película. Muy recomendable. Y muy para sumar a una filmoteca personal como amante del cine, como historiador y como amante de la poesía. Muy cuidada en todos sus detalles

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