viernes, febrero 10, 2023

NOTICIA 2198ª DESDE EL BAR: REFLEXIONES DE DANIEL L.-SERRANO "CANICHU" SOBRE TENDENCIAS HISTORIOGRÁFICAS ACTUALES (2 de 4)

 Siguiendo las reflexiones que realicé en 2004 para terminar la Licenciatura de Historia marqué una línea de reflexión en torno al retorno y la renovación de la Historia política e institucional, poniendo en el foco a los individuos y a la gente de las sociedades comunes. El asunto del individuo y la masa en la Historia actual venía muy directamente derivado del poder diferenciar revuelta, rebelión y revolución, cosa que ya se había hecho por historiadores de prestigio en las décadas de 1960 y 1970, pero además consistía en poder colocar a la gente común y sus formas de vida y pensamientos, sus sucesos cotidianos, en el centro de los cambios y evoluciones de los acontecimientos históricos, por más que las instituciones de gobierno tuvieran un papel relevante. Es cuestión de determinar que parte tiene más peso en el devenir de los hechos. 

Tampoco era una de las mayores novedades, la propia historiografía anarquista y socialista en general ya trataba de ello desde hacía un siglo, pero especialmente desde mediado el siglo XX, y más desde la revolución cultural que supuso todo lo ocurrido el año 1968. Pensemos que 2004 estaba tan cerca del cambio brusco de los acontecimientos históricos con los atentados de Nueva York de 2001, y en el caso español en marzo de aquel 2004 se había producido los atentados en los trenes de Madrid (recordemos que estas reflexiones fueron escritas en mayo), que estas reflexiones se enmarcaban en la importancia de la individualidad y los pensamientos de masa más allá de la influencia de los grandes gobiernos en las gentes. Pero sería mirar cortamente si solo se tiene en cuenta eso. Desde el final de la Guerra Fría en 1991 y sobre todo con las protestas globales contra una política neoliberal (capitalismo) que se demostraba cada vez más salvaje atacando derechos sociales, laborales, democráticos, culturales y ecológicos, se llegaba ahora a todas las políticas posteriores al 11 de septiembre de 2001 que supeditaban las libertades a una falsa promesa de seguridad, a la vez que era una falsa dicotomía. Todo ello quedó demostrado falso, pues al entregarse a un dejar hacer libremente al neoliberalismo se llegó a la Gran Recesión de 2008, lo que a través de sus consecuencias se volvió a un regreso al protagonismo de los individualismos y las masas con las revueltas y revoluciones democráticas que se dieron en Europa, América y Asia en 2011, atacados hoy día todos estos nuevos pensamientos renacidos al llamarlos indiferentemente "populismos" por parte principalmente de los neoliberales, pero no solo por ellos. Tanto es así que el ciclo abierto en 2011 fue respondido a partir de 2015 hasta la fecha actual por una contra reacción de ultraderecha y/o ultraconservadora, en parte alimentada porque las aspiraciones de las sociedades democráticas del ciclo abierto en 2011 no fueron satisfechas en su mayor parte, ni en sus partes más importantes, por quienes tenían los poderes y los medios.

Revolución norteamericana, francesa, el movimiento comunero español, diversas revueltas en la Rusia del siglo XVII-XVIII... La reflexión giró en torno a la revuelta, la rebelión y la revolución en la Edad Moderna, lo que es un proceso previo a la Edad Contemporánea en mundos aparentemente diferentes, mucho más si hablamos de la Historia Actual. Pero no son tan diferentes en sus grandes planos, nos sirven para comprendernos incluso hoy día tal como somos. Se trataba de entender y hacer entender la relación entre la macro Historia y la micro Historia. La una y la otra son imposibles de separar entre sí. Se necesitan mutuamente para darse y para entenderse.   

Al poner el foco en 2004 en las revoluciones norteamericana y francesa se reflexionaba igualmente de los acontecimientos actuales de aquel 2004, y hoy día de los de este 2023. La cuestión es que la Historia no es "contar cuentos", es ayudarnos a comprender procesos y poder analizarlos y comprenderlos.

Para consultar la primera parte: Noticia 2197ª.

 

Tendencias en la Historia política e institucional de la Edad Moderna.

            La historia política normalmente esta asociada a la historia relato. Además suele tratar de grandes hechos, grandes hombres e instituciones. Sólo desde la revolución historiográfica  a la que se refirió Stone y Hobsbawn se ha ampliado el concepto de historia política. La historia política empieza a reconocer que tiene muchos más protagonistas y campos de acción que los meramente famosos. Aunque no son desdeñables los nombres y sucesos más conocidos, como parecía querer hacer Stone al mandarlos a un segundo plano. Para poder comprender los procesos políticos hay que conocer bien lo que ocurría en cada época, lo que nos lleva a emparentar a la historia política con la historia social. Esta idea ya la había citado en modo diferente más arriba. Como dice Javier Gil Pujol, en sus actas publicadas en A Historia a Debate, la historia política se entremezcla con la social y la cultural.

             Él crea una división de cuatro campos donde la historia política actual se suele centrar más: 

1.- La historia de la familia. 

2.- La historia política desde abajo.

3.- La política a través de canales informales. 

4.- Las revisiones de las Revoluciones Francesa e Inglesa.

             La historia de la familia, desde lo político, interesa por su forma de organizarse, ya que dará unas estructuras mentales propias de la época, reflejo de la sociedad, a la par que las familias forman la sociedad al estar compuesta de individuos (que son los átomos de la estructura social). El derecho común de la economía, la jurisdicción, la administración, etc., afecta a la familia y dan formas ya de por sí políticas, pues es la familia en conjunto la que tiene relación con las leyes. Además, más importante, la familia es el núcleo socializador del individuo. Esto también es afirmado por Pedro Luís Lorenzo Cadarso, en su acta publicada en En Torno a las Comunidades de Castilla, para él, ese núcleo socializador es transmisor de mentalidades y solidaridades. Se le unirían las redes clientelares, las organizaciones preexistentes, como los gremios y concejos, las ligas y comunidades juramentadas, las hermandades y los comportamientos de acción colectivos. Todo este transmisor de mentalidades enlazaría con el punto dos de Javier Gil: la historia política desde abajo. Esta historia es la que crean todas las personas cuyos nombres desconocemos hoy día en su gran mayoría. Y lo hacen por medio de las asociaciones que cita Cadarso. Son todos aquellos que no han llegado a ser grandes nombres en la Historia los que crean la Historia, con sus posturas, sus decisiones, su hacer diario, su pensamiento, etc. Su actitud puede configurar una marcha social, y por tanto política, apacible, como pueden provocar revueltas y rebeliones. Según algunos psicólogos, en tiempos de crisis las personas son más propensas a actuar, llevados por cierta idea de tener una oportunidad para cambiar los designios de su vida guiada por decisiones tomadas por un orden social jerárquico determinado. Cadarso confirmaría esto afirmando que si el marco político existente es débil, las masas populares intervendrán más fácilmente. Pero eso se haría si los recursos económicos no son suficientes, si hay homogeneidad en los grupos sociales que intervengan, si preexisten instituciones o grupos previos a la acción, si hay solidaridad en las formas sociales que actúen y si hay un repertorio táctico para actuar. Sin embargo, Cadarso siempre tiende a movilizaciones de tipo conservador, como si las masas en sí tendiesen siempre a la conservación en su estatus, como garantía de bienestar. Eso haría que las grandes revoluciones fueran iniciativas de gente particular no perteneciente a las masas, gente destacada como los ilustrados, por ejemplo. No me parece eso real. Por otra parte, las masas participaron de rebeliones y revoluciones, y no precisamente para mantener su estatus, que por otra parte no parecía darles un bienestar.

             A esto último citado, Cadarso habla de la existencia de varias actitudes por las que se llega a actuar: fatalismo (no se puede hacer nada), moralismo (que guían unos líderes autoritarios), tradicionalismo (que es lo que crea memoria histórica y por lo que parece, según él, que se mueve el pueblo), radicalismo (que termina en un extremismo de los grupos que se mueven por conservar la tradición, originando una revolución) y misticismo (se mueven creyéndose elegidos de Dios, o siguiendo a un elegido de Dios). Aún más, Andrés-Gallego cita a Freud y a Ortega y Gasset en sus obras sobre las masas y la psicología social, apoyando en cierto modo lo dicho. Pero los cita mal. Cuando menos a Freud. Dice Andrés-Gallego que las mentalidades se transmiten en los núcleos básicos dichos, en torno a las actitudes mentales antes mencionadas. Si una mentalidad es mala toda la acción se derivaría mal. Pero esto no es así. Freud no dice tal cosa. Para Freud no existe bueno o malo. Esas apreciaciones son valores dados desde unos conocimientos aprendidos en la infancia de modo pulsional. Son pulsiones. El ser humano y sus actos no son buenos ni malos, eso es algo cultural. Por lo que una mentalidad no puede ser mala, ni las acciones derivadas de ellas tampoco. Tampoco son buenas. Otra cosa diferente es el valor cultural que nosotros le hayamos dado o que nos sugiera como pulsión. Las mentalidades, por otra parte, es cierto que se pueden crear en grupos, que existe una psicología individual y otra social. Pero ello se deriva de una exacerbación de pulsiones reprimidas, al ser consideradas como rechazables por la cultura. En los grupos estas pulsiones salen a flote. Se es capaz de hacer cosas que individualmente no se harían. Además existe un efecto de contagio dentro de las masas, así como de deseo de seguir a un líder que se lega a idolatrar en cierto modo. Pero estos efectos de las masas tampoco tienen por que ser de tipo negativo-destructivo-violento, también originan el desarrollo del idioma, de la cultura, de las relaciones...

             Volviendo al hilo de lo que contábamos acerca de la teoría de Gil Pujol, el tercer punto era la política a través de canales informales. En la edad Moderna, hoy día también (la corrupción da para mucho), era habitual que las relaciones políticas no tuvieran porqué seguir unos cauces oficiales. Existía el derecho consuetudinario al margen de los jueces, así como la justicia impartida por los señores a sus vasallos, además tenía un papel importante en la toma de decisiones políticas los favores personales, las relaciones de tipo clientelar, el patronazgo, los clanes, etcétera. Situaciones que, sin duda, escaparían a un investigador cuyas principales fuentes fuesen las estrictamente jurídicas e institucionales. En esto juega también un papel importante las identidades culturales, que Cadarso cita de la siguiente manera: 

-Igualdad originaria, en el sentido bíblico, lo que hacía que el pueblo llano viera mal a los nuevos nobles que adquirían privilegios cuando antes no los tenían. 

-Antisemitismo, representado en España en la limpieza de sangre, factor que funcionaría también en la nobleza, que no quiere mezclar su sangre con el pueblo bajo. 

-Solidaridad vecinal o sentimiento de comunidad aldeana. 

-Solidaridad familiar y clientelar. 

-Solidaridad profesional. 

-Mitificación de la Monarquía y su papel de contacto directo con el pueblo y no mediante señores, como ocurre en la edad Moderna. 

-Respeto a la tradición. 

-Valorización de los símbolos. 

-Creencias religiosas. 

-Y la cultura popular representada en el folclore, el idioma, el teatro, etcétera.

             El último punto de Javier Gil es el del revisionismo de las Revoluciones Inglesa y Francesa. Estas ya no se verían como conjunto de hechos y personajes importantes. Ahora se intentaría investigar su proceso. Para ello se recurre a investigaciones de tipo social y algo antropológicos de toda su sociedad, ya que es la sociedad en su conjunto quien protagonizó los hechos, y no sólo los personajes más relevantes. Es por ello que ahora interesaría investigar sobre las mentalidades colectivas. En ese sentido destaca el libro Revoluciones y Rebeliones de la Europa Moderna,  cuyos autores son Smit, Stone, Elliot, Mousnier y Raeff. Es un conjunto de intervenciones en una universidad norteamericana en 1968. La novedad del libro es hablar acerca de las precondicones sociales previas a las revoluciones ocurridas durante la Edad Moderna en los Países Bajos, Inglaterra, Francia, España-Italia y Rusia. No habla de las grandes figuras ni explica los grandes hechos a modo de grandes batallas. Trata de hacer comprender la situación económica, moral, religiosa, social en general, que imperaba en los ambientes de las clases subalternas para que se diesen aquellos episodios. Además, distinguen entre lo que es una revolución, una rebelión y una revuelta, haciendo con ello lo que decía Andrés-Gallego acerca de dejar claras unas bases sobre las que hablar y exponer la historia. Así por ejemplo, en Inglaterra se entremezclan causas religiosas con causas de propiedad de la tierra y representación política de los nuevos propietarios, según Stone. En Francia, sería lo religioso mezclado con las hambrunas por malas cosechas. En Rusia sería el misticismo y el descontento por la subida de impuestos. En los Países Bajos habría descontento entre los nuevos ricos acerca de no tener representación política, tampoco. Y en España-Italia las malas cosechas se mezclan con la indeseabilidad de ser gobernados de manera centralizada, por lo que de impuestos pueda suponer, así como de pérdida de poder de los nobles del lugar (lo que afectaba a los lazos clientelares).

             François-Xavier Guerra viene a confirmar esta tendencia historiográfica de la política como algo más allá de los análisis de grandes hechos y grandes acontecimientos. La historia política debería enfocarse de modo que nos permita entender las relaciones, estructuras y mecanismos sociales. Además, en cierta consonancia con Stone, alude a que las formas de investigación de tipo puramente económico (ya sea marxista o malthusiano) se han demostrado ineficaces por sí solas. Tras las revueltas, rebeliones y revoluciones de 1968, se habría tenido un ejemplo vivo de que los argumentos de lucha de clases, las diferencias económicas, y otras de este tipo, no eran tan importantes en la protesta como el idealismo. Eran las ideas, y por tanto el ambiente de las mentalidades donde se desarrollaron lo que debía cobrar importancia. Los grupos sociales en política no se podían entender como grupos socioeconómicos. Las ideas transvasaban los límites socioeconómicos. Se había visto como jóvenes de clase media alta eran, con frecuencia, los que enarbolaban la protesta y no tanto así los jóvenes de clase baja. En cierto modo es darle parte de razón a Cadarso acerca de los instintos de conservación tradicional de un estatus, mas yo creo que, en lugar de eso, se trata de una mentalidad de masa basada en la sumisión a la autoridad por cuestiones pulsionales, como dijo Freud y Milgram, sólo superables ante un reconocimiento del yo y un aumento de los conocimientos.

             En general, según Guerra, se ha primado la historia política de los grandes hechos y personajes, pese a que los historiadores hayan tendido a ampliarla a lo social. Cosa que creo cierta. Al primarse ese tipo de historia, donde no es el individuo el protagonista sino abstracciones del conjunto de individuos (a disgusto, quizá, de Hobsbawn), se encuentra uno el problema ya citado acerca de que un individuo no tiene porqué corresponder de una manera exacta y cerrada a una categoría sin más. Incluso puede entremezclarse con formas dadas a otras categorías. Además puede haber diferentes orígenes culturales en una misma categoría. Como el ejemplo que da de la cultura que tiene un obrero de fábrica venido de ambientes obreros igualmente fabriles, y de un obrero de fábrica venido de ambientes rurales. Parece, entonces, que se impone la historia individual por encima de la colectiva, pero se constata que los individuos organizados en, o dentro de, una estructura estos crean lazos de unión entre sí, lo que también se ha dicho ya antes siguiendo a Cadarso y Freud. Así que podría llegar a hablarse de grupos sociales, por más que estos puedan ser heterogéneos en su composición.

             Por otra parte, para él, es preferible estudiar fenómenos de microhistoria para entender la macrohistoria, ya que esta última resultaría inabarcable. Los fenómenos microhistóricos serían más fáciles de estudiar y pueden servir, en su conjunto, para entender los grandes fenómenos históricos, los cuales serían tratados en generalidad. El estudio de los actores primarios (los protagonistas de la historia) es lo fundamental en esa forma de hacer historia, y con ellos el marco que les rodea en su vida y las relaciones que establece con otros protagonistas dentro de ese marco. Sería la relación entre individuos, los comportamientos sociales, las que crean una serie de hechos que son los hechos históricos, en definitiva: la historia. Se puede englobar a los individuos en diversas categorías, pero estas sólo han de ser generalidades que faciliten la tarea de los historiadores en el momento de crear las líneas generales de la historia. Las categorías deberían ser analizadas en su profundidad y complejidad, y eso es ya microhistoria. En definitiva, Guerra propone una forma de hacer historia que no esté cerrada en determinados prejuicios y categorías, donde se vaya del átomo que es el individuo, a las relaciones de este con otros en diversos grupos humanos (familia, trabajo, etcétera), a las identidades de esos grupos (estamentos, clase social, profesión, nacionalidad, sindicato, etcétera) y de ahí a una historia global, que no dejará de ser general, pero basada en todo lo analizado minuciosamente en la microhistoria. 

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