viernes, septiembre 21, 2018

NOTICIA 1816ª DESDE EL BAR: DVORÁK Y ZÁKOVÁ

Cuando comienza el otoño se da el fenómeno en Alcalá de que se llena la ciudad de varios conciertos de música clásica en diferentes escenarios, el auditorio Paco de Lucía, el Teatro Salón Cervantes, el Museo Arqueológico Regional, algunas iglesias de barrio, la Iglesia Catedral-Magistral de los Santos Niños... Precisamente el pasado domingo 16 de septiembre hubo uno de esos conciertos en la Iglesia Magistral. Fue al atardecer, se salió de allí ya con el cielo oscuro. Comenzó a las 20:30 y acabó una hora o una hora y cuarto más tarde. Fue gratuito y era el final de las celebraciones de las fiestas de la Virgen del Val, que afectan principalmente al distrito V, aunque sean fiestas patronales que están en la génesis fundacional de la Alcalá de Henares actual, por ello el colofón era en la Iglesia Catedral-Magistral.

Se trataba de un concierto gratuito del que me enteré a través del semanario Puerta de Madrid, ya que de otro modo no encontré ninguna referencia a él, aunque no me cabe duda de que en algún sitio debía existir esa referencia. Falla, como de costumbre en esta ciudad, la difusión de aquellos eventos que no van de la mano del ayuntamiento. La cuestión es que me llamó mucho la atención, pues el concierto gratuito no era de otro autor mas que de Antonín Dvořák (1841-1904). No es normal encontrar programado en Alcalá a Dvořák. Suele ser más habitual ver en estas fechas a Vivaldi (siempre en el comienzo de otoño), Bach, Brahms, Handel, Strauss o el más habitual Mozart (Noticia 1066ª). Más raro son casos como los del año pasado donde se oyó una obra de Paul McCartney (Noticia 1710ª) e incluso el octubre pasado la Orquesta Filarmónica Cervantina de las 25 Villas se atrevió con muchos autores nada obvios con temas dedicados al Quijote (Noticia 1742ª). Por cierto que esta orquesta tiene programado para mañana, 22 de septiembre, un concierto benéfico (6€ la entrada) en el Teatro Salón Cervantes, fomentado por la Fundación nº 1, para ayudar a las personas con diversidad funcional para un empleo digno, tocarán obras de Warlock, Offenbach, Borodin, Handel, Schubert, Boccherini, Piazzola y otros. Mientras que la Filarmónica de Cámara de Colonia trae ese concierto de cada comienzo de otoño en el auditorio Paco de Lucia donde siempre se toca a Vivaldi, esta vez acompañado de temas de Mozart y Paganini, pero eso será el 5 de octubre, la semana que viene, las entradas de este están en la tienda de instrumentos musicales El Gran Musical, en la calle Infancia.

La cosa es que Dvořák es uno de los autores de sinfonías que me gustan. Tengo en disco en mi casa su Sinfonía del nuevo mundo, su obra más famosa. Música que por otra parte se usó para el booktrailer promocional de mi novela Balada triste de una dama. Dvořák era hijo de la hija de un alguacil de palacio y del dueño de un hotel que también había trabajado de músico y de carnicero, así de peculiar, las necesidades de tener sueldo. Tuvo catorce hermanos y hermanas, pero su padre, muy católico por otra parte, se fijó en él para que aprendiera a tocar instrumentos musicales, por lo que se empeñó en que aprendiera con todos los mejores músicos que él podía conocer y pagar. Dvořák tenía actitudes, por lo que aprendió rápido y, en fin, sin adentrarnos en su biografía mucho más, se transformó en uno de los mejores músicos de la segunda mitad del siglo XIX en el Imperio Austrohúngaro. Él era de nacionalidad checa, por lo que su música contiene fuertes dosis de romanticismo y de nacionalismo.

Pues bien, yo no sabia, ignoraba, que Dvořák había compuesto música para los oficios de misa. El obispado de Alcalá trajo al proyecto y coro musical Cantata Mundi, que esta vez invitó a Miguel A. García Cañamero para estar bajo su dirección musical, ya que ellos actúan con directores invitados. Iban a interpretar la obra Misa en Re Mayor, opus 86, de Dvořák, pero no como acompañamiento de la misa que esa tarde cerraba el domingo y las fiestas de la Virgen del Val, sino como concierto a continuación de esa misa. Además, quien quisiera podía dar un donativo a final de acto para obras de caridad.

Esta Misa en Re Mayor, op. 86, se puede encontrar en discos y conciertos hoy día, por lo que he podido rastrear, interpretada por orquestas filarmónicas. Sin embargo, Dvořák la compuso en 1877 sólo para coro y órgano de iglesia. Fue así, tal como la compuso originalmente su autor, como Cantata Mundi y Cañamero la trasladaron al público presente. Eso hizo que trajeran a otra invitada, una organista checa llamada Lucie Žáková. Muy conocida y, por otra parte, muy activa en la Comunidad de Madrid. Imagino que para ella fue particularmente emocionante poder dar un concierto público de una obra de su compatriota Dvořák con la peculiaridad de darlo fuera de la República Checa y con un público que esperaba oírla.

Cuando yo llegué a la iglesia magistral aún quedaba unos veinte minutos de misa. Me coloqué en el lateral izquierdo con respeto al acto, que iba por la parte de presentar la ostia y el vino a los presentes para dar la comunión a los que estuvieran en disposición y quisieran, formándose una gran cola, he de reconocer. Lo peculiar es que esa misa se estaba dando acompañada de un concierto de órgano que tocaba otra mujer. Así pues me pude hacer una idea de cómo se usaban y funcionaban aquellas composiciones que se hacían para las misas. Le dotaba junto a la casulla del sacerdote, el olor a incienso, la presentación manos en alto de los objetos sagrados o la teatralidad de sentarse en un trono frente a los fieles y levantarse y moverse a voluntad, los cánticos de sacerdote y feligreses incluidos, de un ambiente ciertamente digno de ver. La música creaba un ambiente de transiciones que parecían guiar a un estado de espiritualidad. Podía recordar algunas escenas de películas poco o nada piadosas, pero lo cierto es que aquello que se desarrollaba ante mí era como originalmente debía ser aquellas composiciones para misa como la de Dvořák. No había visto una misa así antes, aunque sí alguna donde la misa se interrumpía para fragmentos de órgano y luego este se ponía en silencio para el oficio del sacerdote. Pero en este caso, música y oficio estaban compenetrados, hasta el punto como he dicho en el que algunas partes de la misa adquirían un tono musical, algo de letanía, muy particulares. Era una obra en sí misma, con toda su parafernalia de atrezo complementario incluido.

Terminó la misa y el sacerdote presentó el concierto. Entró el coro, primero las mujeres, dos enormes filas, y luego los hombres, una fila. Entró el director. Se presentaron, presentaron la obra y luego presentaron a Lucie Žáková, quien en su vestido blanco contrastaba con los vestidos negros de todos ellos. Žáková subió al órgano, donde la esperaba la organista que tocó en la misa supongo que para asistirla, ya que me da la sensación de que en alguna parte pudo haber sonado el órgano a cuatro manos, pero no lo puedo afirmar, quizá era para asistirla en otros asuntos. Varias personas se habían ido tras la misa, pocas, pero bastantes. Sin embargo, sus sitios fueron rápidamente ocupados por personas nuevas que venían al concierto. Yo pude sentarme en una de las bancadas. La iglesia se llenó, aunque no tanto como en otros conciertos en los que estuve en este lugar, quizá por no haber tenido la difusión suficiente. Pero es cierto que la iglesia estaba llena.

Fue un concierto espectacular. Me encantó. Era una música muy obviamente del siglo XIX, llena de detalles romanticistas y de lineas de órgano diferentes tocadas a la vez. Se dejaba distinguir a un Dvořák dado a las sinfonías que trataba de crear en una misa una historia narrada por un órgano. Contenía las partes típicas, sin añadir mucho más, el Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Benedictus y Agnus Dei, si bien entre Credo y Sanctus el coro no cantó porque se desarrolló un pequeño concierto de sólo de órgano precedido por un pequeño fragmento de voz cantado por la propia Žáková que abandonó el teclado para ello. Su voz fuerte y prácticamente de ópera se apropió desde lo alto de la columna donde se haya el órgano, como si fuera un púlpito o un estrado de teatro de todos los presentes, muy por debajo de ella. Su contraste en traje blanco la destacaba más de lo que por sí sola se destacó con sonidos extraños de los tubos del órgano y aquella voz femenina y potente. Sin duda, para aquellas personas que desean hacer ver a la mujer para alcanzar una mayor igualdad de género, debería haber tomado nota de aquello. Una organista que además cantaba con total propiedad en aquel concierto de misa en una catedral. Si son meritorias todas y cada una de sus capacidades musicales, no poco lo son precisamente esta presencia suya que impuso un tono personal y claramente femenino en la obra de su compatriota.

No hubo prácticamente parones de silencio entre las partes, mas que unos breves para diferenciarlas. El juego de voces iba alternando varias lineas por turnos que luego se iban sumando entre sí y a menudo terminaban cruzándose y alguna vez aunándose. Mientras el órgano usaba sonidos delicados y extraños, producto del protagonismo de los tubos más agudos, que creaban un extraño sonido como pompas perdidas en las galaxias que nos presentaban en los dibujos animados de los años 1970. Los tubos más graves estaban presentes en un plano secundario, comprendiendo que el vuelo del alma estaba en los mundos ingrávidos de aquellos otros sonidos como pompas de jabón, como sonidos electrónicos, sin serlo, del pop más de los años 1980. Un concierto delicado y extraño compuesto en 1877, pero tan novedoso en sí mismo que cualquiera podría firmar que fácilmente hubiera sido la música de una de las canciones de las mejores épocas de Deep Purple o de Led Zeppelin, o quizá, más ajustadamente, de aquel rock sinfónico que se hacía de manos de gente como Yes. Pero no era rock. No lo olvidemos. Era música de misa y trataba de narrar una historia que claramente es la ascensión del alma hacia Dios mediante la comunión, apoteósis de la misa. Obviamente comunión es conjunción, unificarse, en este caso con Dios.

Sus partes más lentas eran todo un ejercicio de viaje que de no ser por ser decimonónico, se diría psicodélico. Este efecto no lo he encontrado en las grabaciones sinfónicas de esta misa que he podido rastrear estos días posteriores. Ignoro si otros director y otra organista lo hubieran planeado de otro modo, pero tal como sonó en la Iglesia Magistral yo avalaría que así se tocase. También es cierto que el espacio ayudaba con su acústica a alcanzar un estado de transporte personal. Fue un concierto memorable.

3 comentarios:

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